
Merino Rivera, E. (2024). La era pedagógica de la IA. Aula de Encuentro, volumen 26 (1), Editorial pp. 1-3
Merino Rivera, Elena1
1 Universidad Internacional de la Rioja, elena.merino@unir.net
https://orcid.org/0009-0000-8816-3346
El ámbito educativo está viviendo una transformación profunda impulsada por la democratización y el perfeccionamiento del uso de los modelos de lenguaje generativos de inteligencia artificial (IA). La inteligencia artificial (IA) es, a todas luces, una herramienta revolucionaria que redefinirá nuestra manera de enseñar y de aprender. Sin embargo, para aprovechar al máximo sus beneficios, es imprescindible que los educadores se formen, acepten lo que está sucediendo y se adapten a tener un compañero o asistente virtual.
El cambio fundamental ante el que nos encontramos, por lo tanto, es de naturaleza relacional. Del tradicional binomio profesor- alumno, pasaremos a tener que abrir este sistema a una tríada en la que profesor- alumno e inteligencia artificial tendrán que relacionarse de una manera novedosa para llevar a cabo un intercambio de conocimientos, tareas y resultados que redunde en un proceso educativo optimizado. Al final, hay algo esencial que no cambia. Y es que todo seguirá dependiendo del mismo objetivo que nos mueve hasta ahora: encontrar el modo óptimo para que nuestro alumnado aprenda y se desarrolle.
Pero ¿de qué aspectos se encargará la inteligencia artificial y cómo cambiará nuestro rol docente? Con cada avance que nos proponen las grandes empresas tecnológicas como OpenAI, Google o Meta, nos replanteamos las tareas que puede hacer la IA y las que quedarán para realizarse por una gestión exclusivamente humana. En el momento en el que se escribía este editorial, asistíamos en directo a un nuevo salto tecnológico. Y es que el día 13 de mayo de 2024, OpenAI lanzaba su versión mejorada de Chat GPT- 4, Chat GPT-4o o “omni”.
Frente a las posibilidades que ya ofrecía Chat GPT- 4, la versión 4o o “omni” ofrece importantes mejoras que serán ampliamente aplicables al contexto educativo. La versión anterior del modelo, por ejemplo, era capaz de “hablar” en su versión móvil y a través de una extensión en la versión de escritorio. Sin embargo, la versión “omni” incluye los comandos por voz de manera automática y ha sido entrenada con conversaciones. Entiende elementos pragmáticos tales como la ironía o el sarcasmo y mantiene intercambios orales con un alto grado de realismo, pudiendo interactuar con el entorno. Esta herramienta será revolucionaria, por ejemplo, en la enseñanza de idiomas, tradicionalmente acuciada por la necesidad de los alumnos de realizar simulaciones conversacionales o role- plays.
Partiendo este ejemplo podemos vislumbrar que la inteligencia artificial puede, efectivamente, sustituirnos para realizar tareas que antes solamente se podían realizar con el profesor o mediante la asignación directa del mismo. Sí, quizá sea parte de lo que se nos viene. Pero la IA no es perfecta. Ni siquiera es humana. Creemos que piensa como nosotros, pero no lo hace. Simula nuestro pensamiento y ofrece soluciones probables a partir de una ingente cantidad de datos magistralmente relacionados mediante la tecnología de las redes neuronales que imita el funcionamiento de nuestro propio cerebro. Y lo hace de una manera muy efectiva. Y cada vez más porque, asombrosamente, aprende.
Pero rebobinemos. Llevábamos años hablando del hecho de que los alumnos con acceso a internet tenían prácticamente todo el conocimiento de sus materias disponible a golpe de clic. Así, el profesor había pasado de ser el “poseedor” de un conocimiento al que los alumnos no tenían acceso a convertirse en “curadores de contenidos”, capaces de guiar a sus alumnos a través de la maraña de la desinformación.
Intuimos que, en la era pedagógica de la inteligencia artificial, el rol del profesor evolucionará en este sentido. Pasaremos de ser “curadores de contenidos” a ser “curadores y organizadores de procesos”, que, en gran medida, podrán organizarse para ser realizados por la inteligencia artificial. Pero como todo, esto no es tan sencillo y requiere de una instrucción adecuada. Si queremos que la IA corrija exámenes, por ejemplo, y que lo haga como nosotros queremos, tendremos que ser capaces de aprender a entrenarla y nunca, nunca, nunca, dejar de supervisarla.
Para cerrar este editorial, podemos concluir que la integración de la inteligencia artificial en el ámbito educativo representa una oportunidad sin precedentes para optimizar el proceso de enseñanza y aprendizaje. Sin embargo, este cambio requiere de una adaptación significativa por parte de los educadores, quienes deben asumir un nuevo rol de "curadores y organizadores de procesos" en un sistema triádico donde la IA actuará como asistente y facilitadora de procesos anteriormente relegados en exclusiva a la interacción humana. Aunque la inteligencia artificial puede asumir muchas tareas tradicionalmente realizadas por los profesores, su supervisión y correcto entrenamiento serán cruciales para garantizar que se alineen con los objetivos educativos y se mantenga el enfoque en el desarrollo integral del alumno. Que seguirá siendo el verdadero protagonista.