LOS BOSQUES EN ANDALUCÍA DURANTE EL SIGLO XV. UN PALIMPSESTO DE MIRADAS

Emilio Martín Gutiérrez

La Ergástula, Madrid, 2025, 264 páginas

Hay libros que entran en el paisaje historiográfico como un caminante debe adentrarse en el monte: con la determinación de quien sabe que, una vez dentro, ya nada volverá a verse igual que como se miraba desde fuera. Los bosques en Andalucía durante el siglo XV. Un palimpsesto de miradas, de Emilio Martín Gutiérrez, pertenece a esa categoría. No pretende sumar un capítulo más a la historia de los recursos naturales: viene a recordarnos que lo que durante décadas se trató como escenario, el bosque, el monte, la dehesa, fue en realidad un protagonista político, económico, social y cultural. Y que para entender Andalucía en el tránsito bajomedieval hacia la modernidad hay que empezar, literalmente, por los árboles. Para empezar, el libro se presenta con una honestidad poco habitual: no promete una síntesis total, sino una lectura situada, consciente de las asimetrías de las fuentes y de la desigual distribución de archivos y montes. Sin embargo, a medida que uno avanza, se da cuenta de que esa modestia inicial encubre algo más ambicioso: una verdadera tentativa de reescribir la historia ambiental bajomedieval desde Andalucía hacia fuera. Martín Gutiérrez no llega a los bosques del siglo XV como un excursionista ocasional de domingo, sino como alguien que lleva décadas trabajando el tema ambiental en la Edad Media, excavando pleitos de montes, ordenanzas, licencias de corta, topónimos y mapas, y que ha decidido, por fin, ordenar todo ese material en una narrativa socioambiental de largo alcance.

La elección del siglo XV no es caprichosa. El autor lo explica y, sobre todo, lo demuestra. Es el momento en que las viejas estructuras señoriales y concejiles conviven con nuevas formas de apropiación, privada y comunal, de la tierra; cuando la presión sobre los recursos forestales aumenta por crecimiento demográfico, expansión de la agricultura de regadío, desarrollo de manufacturas urbanas y necesidades militares; cuando los poderes locales tratan de cerrar, cercar u “ordenar” unos montes que hasta entonces habían sido espacios de uso flexible. Es, dicho en términos tan fatídicamente familiares hoy en día, un laboratorio de riesgo, vulnerabilidad, resiliencia y gobernanza antes de tiempo. El bosque se convierte en un problema político, en un campo de fuerzas donde se cruzan intereses campesinos, expectativas urbanas, necesidades de la Corona y discursos morales sobre el buen gobierno del territorio.

Una de las virtudes mayores del libro es que no se lanza a esa espesura sin brújula teórica. El primer bloque, dedicado a conceptos, fuentes y terminología, funciona como un pequeño tratado de historia ambiental aplicada y es una de las grandes fortalezas de la monografía. Martín Gutiérrez se detiene en algo que demasiadas investigaciones dan por supuesto y rara vez abordan: discutir qué quiere decir exactamente cuando habla de “bosque”, “monte”, “dehesa”, “baldío” o “sierra”, y qué implicaciones sociales y jurídicas arrastra cada palabra. No se limita a definir, sino que muestra cómo esos términos se usan en la documentación, cómo cambian, cómo los manipulan los escribanos municipales y los juristas de la Corona. Esta precisión terminológica, lejos de ser un ejercicio erudito, es el cimiento interpretativo del libro. Permite evitar anacronismos, matizar generalizaciones y comprender que cada término lleva implícita una forma de relación social con el territorio.

Los capítulos centrales despliegan el núcleo metodológico y analítico de la obra: un análisis paciente y sistemático de las prácticas de aprovechamiento forestal y de los conflictos que generan. Destaca de forma especial el uso sistemático de las licencias de corta y de las ordenanzas municipales, tratadas con una minuciosidad que recuerda a la mejor escuela de historia económica y social, pero integradas en un marco conceptual ambiental contemporáneo. Las grandes tablas de las páginas 184-190, lejos de ser una acumulación positivista, funcionan como radiografías de la tensión entre necesidades domésticas (viguería, carbones, leña, pequeñas construcciones) y proyectos de mayor impacto (astilleros, obras urbanas, explotación protoindustrial). Lo notable no es la acumulación de datos, sino la capacidad del autor para trenzar lo cuantitativo y lo cualitativo: detrás de cada licencia emergen redes de intereses, clientelas urbanas, resistencias campesinas, estrategias de ocultación y, sobre todo, las fragilidades de un sistema normativo que parecía robusto solo en el papel. Es una buena demostración de cómo integrar datos cuantitativos y cualitativos sin que unos engullan a los otros.

El libro es muy consciente de la geografía desigual de sus fuentes. Pero conviene expresarlo de forma más precisa: es el reino medieval de Sevilla, incluyendo ámbitos esenciales como la actual Sierra Morena sevillana, Huelva y zonas de la actual Cádiz, en donde el autor ha encontrado la mayor densidad documental. No es Sevilla y su entorno en sentido moderno, sino la gran matriz occidental bajomedieval donde confluyen intereses concejiles, ganaderos, pesqueros, manufactureros y comerciales. El autor lo reconoce con claridad, evita extrapolar abusivamente estos patrones a regiones menos documentadas (especialmente el reino nazarí de Granada o las sierras béticas orientales) y consigue, aun así, formular interrogantes y tensiones que resuenan en toda Andalucía: los límites de lo comunal, el avance de la propiedad privada, la persistencia de prácticas comunitarias, la presión de la fiscalidad y la fragilidad ecológica de determinados paisajes.

Los estudios de caso sobre la Sierra Norte de Sevilla, las sierras de Cazorla y Segura o los paisajes de Cádiz son especialmente interesantes. El lector sigue de manera casi topográfica la relación entre cuencas, pasos, vegas, montes y núcleos de población. Aquí los mapas del Seminario Agustín Orozco (un aparato gráfico excepcional en calidad y pertinencia) no ilustran, argumentan. Desde la reconstrucción de masas forestales del Libro de la Montería (p. 123) hasta los mapas locales del entorno de Abadín (p. 130), pasando por la organización interna del reino de Sevilla (p. 139) o la distribución demográfica de Andalucía en el XV (p. 142), la cartografía no es ornamental: es una herramienta epistemológica central del libro. El lector puede seguir, casi físicamente, el movimiento de los rebaños, la presión sobre determinadas cuencas, la relación entre núcleos de población y montes circundantes. En un campo donde seguimos arrastrando manuales sin un solo mapa decente, este aparato gráfico convierte el libro en referencia.

Otro rasgo que merece subrayarse es la manera en que Martín Gutiérrez combina escalas. Un pleito concreto por la tala ilícita en un monte determinado le sirve para iluminar, en pocas páginas, el funcionamiento de los concejos, la lógica de las penas pecuniarias, las estrategias de resistencia campesina, las dudas de los oficiales reales y los márgenes de maniobra cotidiana dentro de un sistema normativo que, sobre el papel, parece monolítico. De la misma manera, ciertas ordenanzas sevillanas sobre el uso de montes comunales se analizan no solo como documentos normativos, sino como artefactos de negociación, como textos producidos en contextos de conflicto que cristalizan equilibrios inestables entre grupos sociales. El libro salta del detalle al patrón general con una naturalidad envidiable, sin perder nunca de vista que las grandes estructuras se juegan en pequeños escenarios.

A medida que avanza, el lector va notando que el bosque de Martín Gutiérrez no es solamente masa vegetal: es también un paisaje percibido. De ahí el tercer bloque, dedicado a las representaciones culturales de los montes y dehesas andaluzas. Esta parte de la monografía, en la que aborda las representaciones culturales (pintura, escultura, crónicas, descripciones literarias), es uno de los más arriesgados y sugerentes. No trata la imagen como documento auxiliar, sino como registro de percepción del paisaje. Cuadros como el Paisaje del Campo de Carmona o relieves ligados al abastecimiento alimentario permiten rastrear cómo cambian las sensibilidades sociales sobre los montes: de espacios abundantes a espacios escasos; de territorios abiertos a ámbitos regulados; de símbolos de identidad a recursos estratégicos. Este diálogo entre cultura visual, paisaje y gobernanza conecta la obra con historiografías europeas más amplias, desde la historia cultural del paisaje hasta la ecología política.

No menos interesantes son las reflexiones finales, donde el autor explicita, con una claridad poco frecuente, qué cree que aporta su libro al medievalismo y a la historia ambiental global. Reivindica una lectura del paisaje andaluz que no se limite a contar talas, incendios o repoblaciones, sino que integre palimpsesto, gobernanza, resiliencia y sostenibilidad como ejes interpretativos. El término “palimpsesto” no es decorativo: define de verdad el enfoque. Los montes andaluces del XV son, para Martín Gutiérrez, espacios donde se superponen capas de uso, memoria y regulación; donde un mismo territorio puede funcionar a la vez como reserva de recursos, escenario de conflicto y símbolo identitario. La idea es poderosa porque permite conectar el siglo XV con nuestros debates actuales sobre justicia ambiental, gestión comunal de recursos o cambio climático. No hace falta forzar el paralelismo: los problemas están ahí, casi en bruto, esperando que alguien los nombre, tal y como lo hace Emilio Martín Gutiérrez.

Al libro, aun con todo, se le podría señalar algunas pequeñas debilidades. La desigualdad regional, aunque justificada, deja al lector con ganas de saber más sobre otras áreas andaluzas donde la documentación es menos generosa. La menor presencia (que no ausencia) de Granada y de las sierras orientales deja un territorio pendiente para investigaciones futuras. También podría haberse incorporado, en ciertos pasajes, un diálogo más intenso con la arqueología del paisaje y los estudios paleoambientales, que hoy avanzan con rapidez. Y quizás el cierre cultural, tan rico en referencias y sugerencias, puede resultar algo denso para lectores no familiarizados con la historia cultural del paisaje. Pero son objeciones menores frente a la solidez del conjunto. Ninguna de estas cuestiones empaña la robustez del volumen, simplemente señalan la magnitud del campo que el libro contribuye a abrir.

Conviene insistir en lo que el propio autor dice de pasada: este libro no es solo “un” estudio sobre bosques medievales, sino una propuesta de redefinición de la historia medieval andaluza desde claves ambientales. Al desplazar el foco hacia los montes, la obra obliga a repensar la articulación entre ciudades y campos, las redes de abastecimiento, la construcción de fiscalidades locales y la propia cronología del cambio. El siglo XV deja de ser una orilla previa a la modernidad forestal y se convierte en un tiempo de decisiones cruciales cuya huella sigue marcada en muchos de los paisajes actuales. Aquí está, probablemente, una de las contribuciones más sugerentes del libro: mostrarnos que los comunales, las dehesas, los pleitos de leña o las ordenanzas de corta no son cuestiones pintorescas, sino piezas centrales para entender la Andalucía contemporánea, con sus conflictos por el uso del territorio, su dependencia de monocultivos y su frágil equilibrio entre conservación y explotación. El estilo de Martín Gutiérrez acompaña bien esa ambición. Escribe con erudición, pero sin solemnidad, dejando que el archivo se escuche sin perder de vista al lector. Hay cierta ironía contenida, sobre todo cuando aparecen las pequeñas trampas de vecinos y regidores, o las proclamadas preocupaciones conservacionistas de ciertas élites. Todo ello con un tono narrativo que hace digeribles incluso las secciones más cargadas de datos. Se nota que conoce el terreno, los papeles y el debate historiográfico, y que no necesita exhibirlo todo para convencernos de sus argumentos.

En definitiva, Los bosques en Andalucía durante el siglo XV. Un palimpsesto de miradas es una obra llamada a convertirse en referencia obligada para quienes se dedican al medievalismo, pero también para quienes quieran pensar la historia ambiental ibérica y, por extensión, las relaciones entre sociedad y naturaleza en la larga duración. Este no es un libro “sobre bosques”: es un libro sobre cómo las sociedades se piensan, se organizan y se disputan a través de los bosques. Propone, en definitiva, una narrativa socioambiental total, capaz de integrar escalas, disciplinas y sensibilidades. Después de leerlo, el paisaje bajomedieval andaluz deja de ser una cartografía en sombra: se convierte en un territorio lleno de voces, tensiones, memorias y decisiones. Y uno comprende, quizá mejor que antes, que los bosques nunca fueron un decorado, siempre estuvieron en el centro del escenario donde se jugaba la historia. Después de este libro ya no podemos mirar un bosque medieval sin sospechar que también nuestra mirada acabará siendo, tarde o temprano, otro estrato más en ese inacabable palimpsesto de miradas.

Guillermo García-Contreras Ruiz
Universidad de Granada