Arqueología y Territorio Medieval 33, 2026. e10215. I.S.S.N.: 1134-3184 DOI: 10.17561/aytm.v33.10215

Espacios funerarios y sociedades locales en el sur de la Meseta del Duero (siglos VII-X)

Burials and local societies in the Southern Duero Plateau (seventh-tenth centuries)

Iñaki Martín Viso1, Francisco Javier San Vicente Vicente2, Patricia Fuentes Melgar3, Antonio Trigo García4, Elías Sánchez Cañadillas5, Leonor Baeza Gomariz6

Recibido: 01/02/2026
Aprobado: 21/04/2026
Publicado: 24/07/2026

RESUMEN

El artículo presenta los datos procedentes de tres necrópolis altomedievales en el sur de la Meseta del Duero: El Horcajo-La Solana, El Picacho y Teso Santo. Se trata de espacios funerarios asociados a comunidades campesinas que no se relacionan con iglesias. Su análisis, en el que se incluyen el estudio isotópico y el uso de SIG, permite desvelar algunos aspectos sobre la configuración de las sociedades locales en ese periodo. Se contextualiza el papel de los ajuares y se plantea la relevancia que pudieron adquirir algunos espacios funerarios situados sobre puntos destacados del paisaje como materialización de la identidad comunitaria y como vías de reclamación del control del territorio circundante.

Palabras clave: necrópolis, Alta Edad Media, sociedades locales, Meseta del Duero.

ABSTRACT

This paper is based on data from three early medieval cemeteries in the southern Duero Plateau: El Horcajo-La Solana, El Picacho, and Teso Santo. These are burial sites linked to peasant communities and they were not related to churches. Their analysis, which includes isotopic studies and the use of GIS, shows certain aspects of the structure of local societies during this period. The role of grave goods is contextualized, and the significance of some burial sites placed at prominent points in the landscape is explored, as manifestations of community identity and as means of asserting control over the surrounding territory.

Keywords: cemeteries, Early Middle Ages, local societies, Duero Plateau.

En memoria de Francisco Javier San Vicente

 

A las aladas almas de las rosas

del almendro de nata te requiero,

que tenemos que hablar de muchas cosas,

compañero del alma, compañero.

(Miguel Hernández, “Elegía a Ramón Sijé”)

1. Introducción

El estudio de los espacios funerarios durante la Alta Edad Media se ha renovado en los últimos años. La constatación de que la ecuación entre lugar de enterramiento e iglesia es una realidad que no surgió hasta la formación, por otro lado muy diversa de los cementerios parroquiales (ZADORA-RIO, 2003; LAUWERS, 2005; GARCÍA ÁLVAREZ-BUSTO, SÁNCHEZ PARDO, 2021) y la lectura de los ajuares en términos de construcción y representación de las identidades locales, superando los viejos clichés de la interpretación etnicista (LUCY, 2002; EFFROS, 2003; HAKENBECK, 2011; BARBIERA, 2012), resultan clave en ese desarrollo. Dos aspectos parecen esenciales a la hora de comprender el funcionamiento de las áreas de inhumación a lo largo de estos siglos. El primero de ellos se refiere a su identificación con espacios sociales, creados por grupos humanos que los utilizaron para representar vínculos o identidades sociales. Su organización no obedeció a ninguna norma o regla aceptada, sino que fue la consecuencia de decisiones colectivas y conscientes, con las que se quería formar una memoria y transmitirla, aunque pudieron darse cambios a lo largo del tiempo (HÄRKE, 2001; DEVLIN, 2007; WILLIAMS, SAYER, 2009). Puede verse la plasmación de “comunidades funerarias”, que no necesariamente respondían a comunidades locales definidas por un lugar de residencia, sino que podían ser el reflejo de distintas identidades dentro de una misma localidad o una identidad que agrupase a varias localidades (VIGIL-ESCALERA GUIRADO, 2013). De hecho, no todos los habitantes de un mismo lugar tuvieron que enterrarse en un único espacio funerario. Por tanto, los espacios funerarios construyeron lugares que dieron sentido a las percepciones y a los discursos sociales.

El segundo aspecto se refiere a su cualidad de creadores de paisajes. Las zonas de enterramiento se integraban en un amplio conjunto de lugares diferentes que incluían, entre otros, las áreas de residencia, los espacios de cultivo o las áreas incultas. Se trataba de elementos interconectados y que formaban paisajes, entendidos como espacios antropizados pero, sobre todo, como la percepción que se tenía sobre los mismos (TILLEY, 1994; TOSCO, 2020). En tal sentido, el valor simbólico de las áreas de enterramiento resulta muy significativo, ya que suponían la “espacialización” de la memoria. Dado que durante los siglos altomedievales el control eclesiástico del recuerdo de los antepasados no fue hegemónico, ni siquiera la práctica más frecuente (MARTÍN VISO, 2014), los espacios funerarios pudieron crear paisajes específicos. Su localización y organización interna resultan imprescindibles para comprender cómo funcionaban estos “paisajes funerarios” (necroscapes) (SEMPLE, BROOKES, 2020) y cómo se organizaban unas “geografías funerarias” que no respondían a la mera relación con un centro de culto (WILLIAMS, 2006).

De todos modos, los estudios sobre los espacios funerarios altomedievales han privilegiado el papel de los ajuares, si bien no necesariamente mediante una lectura étnica de los mismos. Los objetos se entienden como ventanas que se nos abren para estudiar a las sociedades de ese periodo. Sin embargo, la locuacidad de los muertos con ajuares se transforma en silencio a medida que avanzamos en el tiempo y esta práctica comienza a desaparecer, como sucede a partir del siglo VII. Las razones de esta transformación fueron seguramente numerosas, entre las cuales estuvo sin duda un cambio de la inversión en el ámbito funerario a favor de las “iglesias propias” (GASPARRI, LA ROCCA, 2005; LA ROCCA, 2007), aunque esta explicación no parece ser suficiente para aquellos casos de necrópolis rurales donde no se aprecia la existencia de centros eclesiásticos. Puede descartarse, en cambio, que fuera una consecuencia de una mayor cristianización, puesto que las prácticas funerarias cristianas eran permisivas con el depósito de ajuares, incluso en el caso de autoridades eclesiásticas (GEARY, 1994: 31). Pero es probable que la respuesta deba hallarse en las dinámicas locales que favorecieron el uso de ajuares —siempre entre un grupo minoritario— y en los cambios que pudieron promover otros modelos de construcción de relatos y memorias. Es importante subrayar que tales transformaciones pudieron generar nuevos paisajes funerarios, que también son muy locuaces si sabemos escucharlos atentamente. Como consecuencia, las áreas de enterramiento altomedievales fueron plurales en sus formas y cambiantes en el tiempo y su estudio permite un acercamiento a las sociedades locales, que numerosos trabajos sitúan como el eje fundamental para estudiar la Alta Edad Media europea (DAVIES, 1988; WICKHAM, 1988; KOHL, PATZOLD, FELLER, 2019; ESCALONA, VESTÉINSSON, BROOKES, 2019; ZELLER et alii, 2020).

Esta reflexión encuadra el caso de estudio: la Meseta del Duero entre los siglos VII al X. La investigación ha resaltado dos grandes narrativas que han dominado la explicación sobre este periodo. La primera de ellas es la lectura étnica de los ajuares, especialmente los que se vinculan con los visigodos y que se han hallado especialmente en la actual provincia de Segovia. Se han entendido como el reflejo de un asentamiento popular visigodo (PALOL, 1966). Sin embargo, nuevas lecturas subrayan que se trataba de espacios funerarios con fases previas y posteriores (JEPURE, 2015), por lo que no responden exclusivamente a la llegada de una población. Por otro lado, los ajuares se han interpretado en clave de representación de las sociedades locales en momento de fuerte estrés sociopolítico (TEJERIZO GARCÍA, 2011). De todos modos, algunos investigadores plantean al menos una influencia bárbara a través de unas prácticas culturales nuevas (EGER, 2020).

La segunda se refiere a la teoría sobre la despoblación del valle del Duero en el siglo VIII y su repoblación posterior (SÁNCHEZ-ALBORNOZ, 1966). Esta idea tuvo un notable desarrollo y todavía está ampliamente difundida fuera de los círculos académicos. No obstante, la investigación de las últimas cuatro décadas ha permitido observar que era una interpretación errónea y resulta innecesario seguir dando vueltas sobre ella (ESCALONA, MARTÍN VISO, 2020). Aunque contemos con evidencias arqueológicas sobre la persistencia de población en la Meseta del Duero en los siglos VIII-IX (NUÑO GONZÁLEZ, 1997-98; CRUZ SÁNCHEZ, MARTÍN RODRÍGUEZ, 2012), la cuestión fundamental no es afirmar que había gentes viviendo en tan amplia región, sino estudiar, analizar y comprender sus mecanismos sociales, políticos y culturales, así como las posibles transformaciones que sufrieron. Estas sociedades locales se adaptaron a las condiciones de un proceso de fuerte colapso sistémico, en el que los poderes englobantes desaparecieron y las élites disminuyeron ostensiblemente su agencia y visibilidad (TEJERIZO-GARCÍA et alii, 2024). Por otro lado, un análisis más adecuado de los siglos VIII-IX permite comprender mejor las dinámicas del siglo X, habitualmente resumidas en torno al concepto de “repoblación”, y en las que las continuidades también debieron desempeñar un importante papel.

Una consecuencia de esas dos interpretaciones, que en buena medida están ya amortizadas, ha sido el escaso interés prestado a las evidencias funerarias que carecían de ajuares. No podían ser entendidas en términos étnicos y tampoco podían formar parte de unas poblaciones que se suponía que no existían en esta región, al menos hasta que el uso más habitual de las dataciones radiocarbónicas ha permitido situar a algunos de estos lugares en los siglos VIII y X. Pero el estudio de los espacios funerarios de este periodo no solo visibiliza a esas sociedades locales, sino que compone un elemento esencial en la comprensión de los fenómenos relacionados con un periodo caracterizado por la debilidad o ausencia de poderes englobantes y la relevancia de las sociedades locales. Prueba de ello son los análisis sobre las tumbas excavadas en la roca en zonas del suroeste de la Meseta del Duero, una práctica funeraria que parece haberse desarrollado ya en los siglos VI-VII y que pudo tener una continuidad. A partir del estudio de la localización en el paisaje de esas sepulturas, se ha planteado su relación con el recuerdo a unos ancestros y a la formación de una identidad grupal, y con la reclamación de áreas críticas para los usos agroganaderos, además de permitir la visualización de los asentamientos rurales de ese periodo (MARTÍN VISO et alii, 2017; MARTÍN VISO, 2021; RUBIO DÍEZ, 2018).

El objetivo de este artículo es analizar tres necrópolis recientemente intervenidas y para las que disponemos de datos que nos permiten asegurar su ocupación entre los siglos VII al X (Figura 1). Se pretende estudiar cómo estos lugares sirvieron como arenas de las sociedades locales de este periodo y cómo pueden detectarse cambios, eludiendo deliberadamente las narrativas que han dominado durante décadas la interpretación de este periodo. La Meseta del Duero constituye una región muy diversa, no solo en términos geográficos sino también en cuanto a dinámicas sociopolíticas a lo largo de la Alta Edad Media. No se pretende, por tanto, elaborar un modelo, sino exponer algunas ideas sobre comportamientos específicos a partir de los casos de estudio, que serán discutidos posteriormente junto a otras evidencias.

Figura 1. Localización de las necrópolis estudiadas: 1) El Horcajo-La Solana; 2) El Picacho; 3) Teso Santo.

Figura 1. Localización de las necrópolis estudiadas: 1) El Horcajo-La Solana; 2) El Picacho; 3) Teso Santo.

2. Casos de estudio

2.1. El Horcajo-La Solana

El sitio de El Horcajo-La Solana se encuentra en el municipio de Castrillo de Duero (provincia de Valladolid), cerca del pago de Fuente Umbría y a unos 3 km al nordeste de la población. Se localiza en una zona de páramo que se abre hacia el sur del curso del río Duero a unos 900 m de altura. En concreto, la necrópolis se halla en una ladera que se emplaza sobre un pequeño camino. En este lugar, se llevó a cabo una intervención de urgencia con el objetivo de documentar una serie de tumbas que habían quedado al descubierto tras el corte de parte del terreno en 2021 (SAN VICENTE VICENTE, TRIGO GARCÍA, 2021). Los trabajos consistieron en un sondeo de 43,5 m2 realizado en un área de ladera con problemas derivados del corte al que se ha hecho referencia.

Gracias a esta intervención, se pudieron detectar 11 tumbas, de las que se excavaron ocho, aunque algunas de ellas presentan una notable afectación, y se recuperaron restos de 11 individuos (Figura 2). Todas están orientadas hacia el este-sudeste y aparecieron cercanas unas a otras, sin superposiciones, por lo que puede plantearse que estemos ante un sector de una necrópolis de mayores dimensiones. Las tumbas 1, 2, 4, 5 y 7 estaban seccionadas y presentaban por tanto una lectura más compleja, mientras que el resto no sufrían esos problemas y algunas de las sepulturas (6 y 8) se localizaron intactas. En todas las tumbas se hallaron restos óseos, aunque en aquellas que estaban afectadas por el corte artificial del terreno, los individuos estaban seccionados o quedaban muy escasos restos. Algunas de las sepulturas tenían evidencias de reutilización, ya que se han encontrado huesos pertenecientes a más de un individuo: dos en la tumba 3 y tres en la tumba 6. En ambos casos, se llevó a cabo la reducción de las personas inhumadas previamente, por lo que los restos se hallaron sin conexión anatómica y a los pies de los enterrados con posterioridad. Es especialmente llamativa la tumba 6 (Figura 3), porque se pudieron recuperar los restos de una mujer y de un niño, al tiempo que existía una reducción de un individuo previo. Existen algunos indicios de que estas sepulturas estaban delimitadas mediante algunas piedras, como sucede en las tumbas 2, 3, 8, 9 y 11.

Figura 2. Planimetría y ortofoto del sector intervenido en la necrópolis de El Horcajo-La Solana.

Figura 2. Planimetría y ortofoto del sector intervenido en la necrópolis de El Horcajo-La Solana.

Figura 3. Tumba 6 de la necrópolis de El Horcajo-La Solana.

Figura 3. Tumba 6 de la necrópolis de El Horcajo-La Solana.

Un aspecto destacable es la recuperación de algunos ajuares. En la tumba 3, los dos individuos portaban sendos anillos. El primero en ser inhumado, y cuyos restos se hallaban sin conexión anatómica, tenía uno de hierro incompleto (UE133), mientras que el segundo, que fue enterrado con posterioridad, poseía uno de bronce (UE131). Por otro lado, la mujer de la tumba 6 fue inhumada junto con un jarrito carenado y bruñido, del que se desprendió posiblemente el vertedor en un momento posterior, tal vez con ocasión del enterramiento del individuo infantil (Figura 4). Además, la mujer portaba una pieza de hierro en el brazo derecho, aunque su estado de preservación es bastante defectuoso. Finalmente, el individuo de la tumba 7, un adulto, conservaba una hebilla liriforme (Figura 5), una tipología asociada a una cronología entre los siglos VII y VIII (RIPOLL, 1998). También se recuperaron dos placas de hierro que podrían proceder de un mismo objeto, posiblemente un descarnador, así como un objeto de hierro con forma de martillo o piqueta, con un extremo afilado y otro apuntado.

Figura 4. Jarrito carenado procedente de la tumba 6 de la necrópolis de El Horcajo-La Solana.

Figura 4. Jarrito carenado procedente de la tumba 6 de la necrópolis de El Horcajo-La Solana.

Figura 5. Hebilla liriforme procedente de la tumba 7 de la necrópolis de El Horcajo-La Solana.

Figura 5. Hebilla liriforme procedente de la tumba 7 de la necrópolis de El Horcajo-La Solana.

Se enviaron restos óseos de algunos de los individuos al laboratorio de Beta Analytic, que proporcionaron cuatro dataciones (Tabla 1). En concreto se pudieron analizar los restos de los tres individuos localizados en la tumba 6, arrojando los tres una horquilla de dataciones entre la segunda mitad del siglo VII y los dos primeros tercios del VIII. Las diferencias cronológicas parecen ser pequeñas, aunque aparentemente el individuo inicial (UE130) parece ser algo más antiguo que la mujer (UE126), siendo el individuo infantil (UE119) el más tardío. Por otro lado, se enviaron a datar los restos procedentes del enterramiento de la tumba 7, en la que se pudo recuperar un pequeño ajuar, como ya se ha advertido. Las cronologías vuelven a moverse en la misma horquilla. Por tanto, la necrópolis de El Horcajo-La Solana, o al menos el sector que se ha podido intervenir, se sitúa en su fase final en torno a finales del siglo VII y comienzos del VIII, con la posibilidad —gracias a las probabilidades menores— de que se proyectase hacia el siglo VIII, pero no hacia la primera mitad del siglo VII.

Tabla 1. Dataciones radiocarbónicas realizadas en El Horcajo-La Solana.

MUESTRA

LABORATORIO

TUMBA

UE

DATACIÓN BP

DataciÓN AD CAL

629441

Beta Analytic

6

126

1270±30

663-775 (83,7 %)

786-828 (11,2 %)

862-866 (0,4 %)

629442

Beta Analytic

6

130

1290±30

659-774 (95,4 %)

629443

Beta Analytic

6

119

1260±30

668-776 (73,9 %)

786-830 (17,8 %)

853-874 (3,8 %)

629444

Beta Analytic

7

116

1280±30

662-774 (89,8 %)

790-821 (5,6 %)

2.2. El Picacho

El sitio de El Picacho (Olmos de Peñafiel, provincia de Valladolid) se localiza en el páramo de Campaspero, una altiplanicie calcárea de carácter masivo, poco recortada por la erosión fluvial —a cargo, fundamentalmente, del río Duratón y los arroyos Valcorba, Botijas y Carramonte—, que se alza en el extremo suroriental de la provincia de Valladolid, superando en algunos casos los 900 m de altitud. Dentro de este marco geográfico, el lugar ocupado por el yacimiento destaca por su destacada posición dentro del paisaje, al aprovechar la superficie de un pequeño espigón de páramo que domina la confluencia de los valles de los arroyos Botijas y Carromonte, este último subsidiario del primero. El yacimiento ocupa un sector que abarca la estrecha y alargada plataforma superior del espigón y parte de sus laderas. Se trata de una posición claramente dominante sobre la actual población de Olmos de Peñafiel, emplazada precisamente a los pies del cerro.

En este lugar, y debido al hallazgo de algunos restos humanos que se pensaba que correspondían a momentos contemporáneos, se hicieron dos campañas de excavación en las que se intervino sobre 185,5 m2, cuyos resultados se han publicado previamente (MARTÍN VISO et alii, 2023) y que se resumen a continuación. Se han podido exhumar 28 tumbas —aunque la numeración llega a la 36— que se distribuían por una estrecha plataforma, y en las que se pudieron hallar restos óseos (Figura 6). Estas sepulturas se han agrupado en cinco conjuntos. El primero de ellos se refiere a una serie de inhumaciones orientadas al suroeste, de pequeñas dimensiones y de escasa profundidad. El conjunto 2 está formado por una serie de sepulturas con eje noroeste-sureste, trapezoidales, con talla regular, con los perfiles con cierta inclinación. En cuanto al conjunto 3, se ha integrado en él una serie de sepulturas con eje noroeste-sureste, pero realizadas con un corte rectilíneo y regular, que intenta definir de manera precisa las esquinas y los rebordes sobre los que parece que se colocaba la cobertura de estas. No obstante, podría tratarse de una serie de tumbas con una fase de uso sincrónica a la del conjunto 2. Por otro lado, las tumbas 7 y 9 componen el conjunto 4, con una orientación suroeste. Finalmente, el conjunto 5 estaría conformado por un variopinto conjunto de sepulturas difícilmente agrupables por su tipología, forma u orientación en el resto de los conjuntos. Se trata de las tumbas 4, 15, 16 y 17. Un aspecto destacable es que ninguna de las sepulturas incluía ajuares funerarios. Esta ausencia es especialmente significativa y contrasta con la elección como espacio funerario de un emplazamiento destacado dentro del paisaje local.

Figura 6. Detalle de las tumbas de la necrópolis de El Picacho (campañas 2020 y 2021) sobre plano topográfico de PGO Topografías.

Figura 6. Detalle de las tumbas de la necrópolis de El Picacho (campañas 2020 y 2021) sobre plano topográfico de PGO Topografías.

Se ha podido identificar una edificación, de la que se conservan dos pequeñas estructuras murarias excavadas en la misma roca, aparentemente zanjas de cimentación de unos 4 m de longitud una y de 2 la otra. Se ha hecho una reconstrucción hipotética de un edificio de planta rectangular, que incluye una pequeña cabecera, donde se han registrado varias huellas de poste (UUEE 30, 32 y 34), que estarían reflejando una construcción techada, a lo que se añade el hallazgo de tejas curvas. Estos datos no hacen más que confirmar la existencia de una estructura de pequeñas dimensiones de una sola nave, de aproximadamente 6 x 12 m, aunque no deja de ser una hipótesis, ya que no se ha apreciado la presencia de la cabecera —que se plantea a partir de unos posibles hoyos de poste (Figura 7). Es interesante advertir que las tumbas del conjunto 1 (tumbas 5, 6, 11 y 24) parecen respetar el espacio de esa estructura, por lo que podrían ser elementos coetáneos. Sin embargo, esa construcción se vio posteriormente modificada y las tumbas del conjunto 2 (tumbas 1, 2, 3 y 10) ocupan el espacio de la edificación y resulta evidente que el edificio no estaría en pie, al menos no en su totalidad. Por tanto, el edificio parece relacionarse con una primera fase de ocupación, sin continuidad posterior.

Figura 7. Reconstrucción hipotética de la edificación del yacimiento de El Picacho.

Figura 7. Reconstrucción hipotética de la edificación del yacimiento de El Picacho.

Se han realizado siete dataciones radiocarbónicas a partir de muestras de restos óseos (Tabla 2). Los resultados muestran que el espacio funerario estuvo en funcionamiento desde finales del siglo VI-primera mitad del siglo VII y que se mantuvo en uso hasta el siglo X, momento en el que parece abandonarse la necrópolis. Se trata de un periodo de uso muy largo. Este segmento temporal incorpora los siglos VIII y IX que constituyen uno de los periodos para los que menos datos disponemos y para los que se ha propuesto un vaciamiento demográfico. Sin embargo, los datos de El Picacho permiten afirmar la permanencia de una población que continuó utilizando el mismo espacio funerario que venía ya funcionando desde los siglos VI-VII. Se nos abre así una vía para explorar esas poblaciones habitualmente mudas en términos históricos. Por otra parte, cabe pensar que el número de tumbas recuperadas (aunque puede haber más) y lo reducido del espacio implican que se trata de un área de uso restringido a algunos individuos y familias. El relativamente bajo número de inhumados para ese largo lapso temporal parece inclinar la balanza hacia la presencia de otros espacios funerarios cercanos.

Tabla 2. Dataciones radiocarbónicas realizadas en El Picacho.

MUESTRA

LABORATORIO

TUMBA

UE

DATACIÓN BP

DATACIÓN AD CAL

585432

Beta Analytic

2

71

1450±30

571-651 (95,40 %)

585433

Beta Analytic

4

83

1440±30

576-654 (95,4 %)

629438

Beta Analytic

21

70

1290±30

659-774(95,4 %)

629439

Beta Analytic

27

209

1289±30

662-774 (89,80 %)

790-821 (5,6 %)

585431

Beta Analytic

10

84

1230±30

771-884 (67,1 %)

682-774 (27,5 %)

762-766 (0,8 %)

629440

Beta Analytic

29

215

1150±30

823-990 (88,4 %)

774-789 (7 %)

629437

Beta Analytic

20

75

1110±30

882-995 (93,10 %)

1006-1016 (1,5 %)

Por otro lado, la datación de la tumba 2, perteneciente al conjunto 2, que amortiza la construcción a la que se hacía referencia, nos sitúa en un horizonte entre finales del siglo VI y primera mitad del siglo VII. Por tanto, para ese periodo ya no estaba en uso la edificación. Dado que el conjunto 1 parece ser coetáneo a la pequeña construcción, puede plantearse que el origen de esta necrópolis se debe situar antes de mediados del siglo VI. Al mismo tiempo, otras tumbas de ese conjunto, en concreto la 10 y la 20 —esta última un enterramiento triple (Figura 8)— poseen cronologías posteriores, 771-884 AD y 882-995 AD respectivamente, por lo que los conjuntos establecidos por sus características formales corresponden a inhumaciones que se extienden por un amplio lapso de tiempo. De hecho, la tumba 4, perteneciente al conjunto 5, ofrece una datación prácticamente coetánea a la tumba 2 del conjunto 2. La conclusión es que se utilizaron tipologías y formatos muy diferentes de manera aparentemente coetánea y que se mantuvieron algunos de ellos durante largo tiempo. En definitiva, la tipología no parece un elemento firme en la datación, aunque debe destacarse la ausencia de uniformidad.

Figura 8. Tumba 20 de la necrópolis de El Picacho.

Figura 8. Tumba 20 de la necrópolis de El Picacho.

2.3. Teso Santo

El sitio de Teso Santo nos lleva a otra zona de la Meseta del Duero. Se halla en la localidad de Gejo de los Reyes, en la comarca de La Ramajería, al noroeste de la provincia de Salamanca. Todo este sector pertenece a las penillanuras paleozoicas del reborde suroccidental de la cuenca del Duero, un paisaje dominado por planicies alteradas por ligeros desniveles y algunas colinas, identificadas como tesos. Uno de ellos es Teso Santo, situado a 1,4 km de Gejo de los Reyes, un lugar que representa la elevación más sobresaliente con 840 m de altitud.

En este lugar, ya se habían detectado algunas tumbas en la primera mitad del siglo XX, aunque no se había hecho ninguna intervención. Los datos apuntaban a una cronología tardorromana (MORÁN BARDÓN, 1919; MALUQUER DE MOTES, 1956: 67), aunque el inventario arqueológico provincial otorgaba al lugar una cronología imprecisa, que incluía el periodo visigótico. Además de las tumbas, visibles en superficie, se documentaron materiales constructivos (especialmente teja curva) y algunos fragmentos de cerámica a torno. Como parte de las actividades de un proyecto de investigación, se realizó una intervención en este sitio. En una primera fase, entre noviembre de 2020 y marzo de 2021, se llevó a cabo una prospección geofísica y física, que arrojó datos sobre la presencia de microrrelieves, acumulaciones de piedras y al menos siete tumbas. Posteriormente, en abril de 2021, se llevó a cabo una pequeña excavación, con cinco sondeos. Como resultado, se intervino en seis tumbas, con restos óseos en mal estado de conservación, aunque en principio se trata de individuos adultos. La presencia de estas tumbas por diferentes zonas de la parte más elevada del teso parece indicar que estamos ante una necrópolis de mayores proporciones, aunque no parece advertirse una ordenación alineada de las sepulturas (TRIGO GARCÍA, 2021). Los datos no son del todo sistemáticos, aunque la imagen que surge es la de un espacio menos densamente ocupado que los otros dos casos de estudio (Figura 9).

Figura 9. Planimetría de Teso Santo sobre fotografía aérea. Nota aclaratoria: la numeración de las tumbas 31, 33 y 36 alude al número asignado del hallazgo dado en la prospección previa a la excavación, no se corresponde con el número total de tumbas.

Figura 9. Planimetría de Teso Santo sobre fotografía aérea. Nota aclaratoria: la numeración de las tumbas 31, 33 y 36 alude al número asignado del hallazgo dado en la prospección previa a la excavación, no se corresponde con el número total de tumbas.

Los individuos enterrados carecen de ajuar, salvo uno de ellos, el correspondiente a la tumba 1, que portaba un anillo. Se trata de una pieza de bronce de 19 mm de diámetro, que se encuentra fragmentado en tres partes y que presenta una decoración tosca realizada mediante líneas incisas, en el que sobresale el motivo central del que distinguimos los trazos de la decoración y que tal vez sea una nave vista en posición cenital (MARTÍN VISO et alii, 2022: 327) (Figura 10). Por otro lado, en uno de los sondeos (sondeo 3) se ha registrado una posible estructura rectangular, en la esquina noroeste del sondeo, al excavar una pequeña fosa, que ha permitido descubrir parte de su alzado (Figura 11). Sin embargo, la información proporcionada es muy escasa, sin restos cerámicos, por lo que no es posible saber su función y cronología. De hecho, Teso Santo no presenta evidencias de ocupaciones domésticas. Los trabajos realizados han permitido observar que los materiales constructivos, y en especial las tejas, formaban parte de la cobertura de las tumbas, donde han aparecido, y no se vinculan con estructuras domésticas. Aunque parece razonable pensar que se trate de un material reaprovechado, podrían provenir de asentamientos cercanos, aunque no necesariamente inmediatos, lo que cuadraría con la ausencia de estructuras de tipo doméstico en el sitio. En cualquier caso, esas tejas serían anteriores al uso funerario y no necesariamente procederían del mismo sitio.

Figura 10. Anillo recuperado en la tumba 1 de Teso Santo.

Figura 10. Anillo recuperado en la tumba 1 de Teso Santo.

Figura 11. Sondeo 3 de Teso Santo, con posible estructura rectangular. La flecha indica el lugar en el que se ha registrado parte del alzado y la cara del muro.

Figura 11. Sondeo 3 de Teso Santo, con posible estructura rectangular. La flecha indica el lugar en el que se ha registrado parte del alzado y la cara del muro.

Se han efectuado dataciones radiocarbónicas de varias muestras en el laboratorio de Beta Analytic, aunque, debido al mal estado de conservación, solo dos de ellas fueron positivas, en concreto las de las tumbas 1 y 31. La primera ofrece una datación que se mueve entre los siglos VIII y IX, mientras que la segunda, que corresponde al individuo que portaba el anillo de bronce, nos sitúa entre los siglos IX y X (Tabla 3). Por tanto, puede concluirse que el espacio funerario estuvo en funcionamiento entre los siglos VIII-IX proyectándose al menos hasta el X. Esa cronología coincide parcialmente con la aportada por sendos análisis palinológicos realizados sobre humedales (bonales) en el vecino municipio de Monleras, aguas abajo de la rivera (cauce estacional) del Villar. Así, en Nava Zorzojales, se detectó una antropización de ese espacio en el periodo 822-925, con una intensificación a partir de la siguiente fase (925-1200). En Fuente de la Mata, la fase entre los años 985 y 1125 presenta ya signos de una fuerte antropización (MARTÍN VISO et alii, 2022). Estos datos deben cruzarse con los obtenidos en la necrópolis de Teso Santo, aunque las relaciones entre ambos no son sencillas.

Tabla 3. Dataciones radiocarbónicas realizadas en Teso Santo.

MUESTRA

LABORATORIO

TUMBA

UE

DATACIÓN BP

DATACIÓN AD CAL

646256

Beta Analytic

31

802

1210±30

770-892 (85,90 %)

702-740 (9,5 %)

646254

Beta Analytic

1

105

1160±30

820-978 (83,9 %)

772-790 (10,2 %)

804-810 (1,3 %)

3. Análisis de isótopos

3.1. Material y método

De las muestras enviadas a Beta Analytic S. L. se obtuvo colágeno analizable en 13 de ellas (7 individuos de El Picacho, 4 de Horcajo y 3 de Teso Santo). Además de la datación radiocarbónica, se obtuvieron los datos de isótopos estables de carbono y nitrógeno. De las 13 muestras, 10 fueron analizadas en hueso y 3 en diente.

Los isótopos estables de carbono y nitrógeno del colágeno óseo han sido ampliamente utilizados para la reconstrucción paleodietaria y paleoambiental de materiales arqueológicos (AMBROSE, 1993; KATZENBERG, WATERS-RIST, 2018; MAKAREWICZ, SEALY, 2015). El fraccionamiento del ¹³C/¹²C (en adelante δ¹³C) en los tejidos corporales varía en función de si las plantas que entran en la cadena alimentaria siguen la vía fotosintética C3 (Calvin-Benson) o C4 (Hatch–Slack). Las plantas C3 suelen presentar valores de δ¹³C comprendidos entre -33 y -23 ‰, mientras que las plantas C4, características de ambientes áridos y tropicales, muestran valores más enriquecidos, entre -16 y -9 ‰ (FARQUHAR, EHLERINGER, HUBICK, 1989).

El δ¹⁵N (el fraccionamiento entre ¹⁵N/¹⁴N) del colágeno óseo refleja principalmente la fracción proteica de la dieta, así como el nivel trófico del individuo. Dado que tanto el nitrógeno como el carbono se incorporan a los tejidos corporales a través de la alimentación, y que las composiciones isotópicas estables del colágeno del consumidor se incrementan aproximadamente entre 3 y 5 ‰ en δ¹⁵N y entre 1 y 2 ‰ en δ¹³C por cada nivel trófico, el análisis isotópico del colágeno permite establecer relaciones tróficas entre los consumidores y los recursos alimentarios ingeridos (BOCHERENS, DRUCKER, 2003; SCHOENINGER, DENIRO, 1984).

La combinación de ambos isótopos, δ¹³C y δ¹⁵N, ha sido utilizada tradicionalmente en estudios arqueológicos para realizar aproximaciones sobre la dieta en poblaciones del pasado. La interpretación paleodietética de individuos del pasado debe hacerse con conocimiento de la ratio de remodelación de los tejidos utilizados. En arqueología, el tejido más comúnmente empleado es el hueso, que tiene una ratio de remodelación lenta, por lo que la información paleodietética será un conjunto de los últimos años de vida del individuo. Cuando se emplean dientes para el estudio isotópico, se debe conocer que la formación de la dentina ocurre en las fases iniciales del desarrollo infantil y esta, al quedar encapsulada por el esmalte, no se remodela, por lo que el colágeno dentinal será un reflejo de los primeros años de vida del individuo, incluso en dientes permanentes (BEAUMONT et alii, 2013; NANCI, 2013).

En el marco de las sociedades de la temprana Edad Media (siglos VII–IX), la base vegetal de la dieta estuvo dominada casi exclusivamente por plantas C3, como el trigo (Triticum spp.), la cebada (Hordeum vulgare) y el centeno (Secale cereale), fundamentales tanto en el ámbito campesino como en los complejos monásticos. A estos cultivos se sumaban leguminosas igualmente C3, como las habas (Vicia faba), que desempeñaban un papel relevante en la alimentación cotidiana y en los periodos de abstinencia prescritos por la normativa cristiana. Estos contextos rurales, sin embargo, podían tener también una considerable cantidad de la dieta influenciada por el mijo (Panicum miliaceum y Setaria italica), que ya aparece en el registro isotópico de estudios previos en el norte de la península ibérica, tanto en época tardoantigua en Galicia (LÓPEZ-COSTAS, MÜLDNER, 2016), como en contextos altomedievales del País Vasco (LUBRITTO et alii, 2017) y del centro de la península ibérica (VIGIL-ESCALERA GUIRADO, 2020). El mijo se ha identificado como un aporte clave a la dieta de comunidades rurales ibéricas altomedievales y posteriores (GARCÍA COLLADO, 2020).

En este contexto altomedieval, la parte animal de la dieta está dominada por el aporte de carne y productos secundarios bovinos (Bos taurus), ovinos (Ovis aries) y porcinos (Sus scrofa domesticus). Esta información resulta especialmente valiosa cuando se dispone de datos isotópicos de las posibles fuentes alimentarias, ya que permite una reconstrucción más precisa de la dieta y del entorno ecológico de las comunidades cristianas de la temprana Edad Media.

3.2. Resultados

Beta Analytic S. L. obtuvo resultados de δ¹³C y δ¹⁵N de los 13 individuos analizados; además, se obtuvieron las cantidades moleculares de carbono y nitrógeno en muestra (% C y % N) para comprobar la calidad del colágeno extraído y calcular las ratios C/N de cada muestra, para que sean evaluados como indicador de calidad. Todas las muestras tienen una ratio C/N comprendida entre 3,2-3,4, lo que valida la calidad del colágeno extraído y permite la interpretación paleodietética de estos individuos (VAN KLINKEN, 1999). Toda la información isotópica se encuentra en la Tabla 4. Para comprobar posibles diferencias entre las variables “yacimiento”, “edad” y “periodo cronológico” se empleó la prueba no paramétrica de Kruskall-Wallis, debido al pequeño tamaño de la muestra. Aunque pertenezcan a diferentes yacimientos y tengan diferentes grupos de edad, la muestra tiene unos datos isotópicos homogéneos (media δ¹³C ‰ = -18,50; desv = 0,43; media δ¹⁵N ‰ = 10,64; desv = 1,65).

Tabla 4. Tabla con el conjunto de datos isotópicos procedentes de los individuos analizados en las necrópolis de El Horcajo-la Solana, El Picacho y Teso Santo.

Yacimiento

N_Casos

Media_δ13C‰ (VPDB)

Desv_δ13C‰ (VPDB)

Media_δ15N‰ (AIR)

Desv_δ15N‰ (AIR)

El Picacho

7

-18,29

0,39

11,19

2,02

Horcajo

4

-18,70

0,37

9,83

0,48

Teso Santo

2

-18,90

0,14

10,40

1,56

Tabla: Medias y desviaciones típicas de carbono y nitrógeno de todos los individuos de este estudio.

Edad

N_Casos

Media_δ13C‰ (VPDB)

Desv_δ13C‰ (VPDB)

Media_δ15N‰ (AIR)

Desv_δ15N‰ (AIR)

Subadulto

4

-18,08

0,26

12,40

1,85

Adulto

9

-18,70

0,33

9,87

0,75

Prueba de Kruskall-Wallis

H δ13C‰

p δ13C‰

H δ15N‰

p δ15N‰

5,44

0,02

5,74

0,017

Tabla: Medias. desviaciones típicas y test K-W de carbono y nitrógeno entre los individuos adultos y subadultos de este estudio

Yacimiento

N_Casos

Media_δ13C‰ (VPDB)

Desv_δ13C‰ (VPDB)

Media_δ15N‰ (AIR)

Desv_δ15N‰ (AIR)

El Picacho

3

-18,57

0,38

9,57

0,50

Horcajo

4

-18,70

0,37

9,83

0,48

Teso Santo

2

-18,70

0,14

9,83

1,56

Prueba de Kruskall-Wallis

H δ13C‰

p δ13C‰

H δ15N‰

p δ15N‰

0,90

0,74

0,60

0,64

Tabla: Medias. desviaciones típicas y test K-W de carbono y nitrógeno entre los individuos adultos por yacimiento de este estudio.

Rango Cron

N_Casos

Media_δ13C‰ (VPDB)

Desv_δ13C‰ (VPDB)

Media_δ15N‰ (AIR)

Desv_δ15N‰ (AIR)

VII-VIII

5

-18,64

0,35

9,88

0,43

IX-X

4

-18,78

0,33

9,85

1,11

Prueba de Kruskall-Wallis

H δ13C‰

p δ13C‰

H δ15N‰

p δ15N‰

0,38

0,54

0,96

0,33

Tabla: Medias. desviaciones típicas y test K-W de carbono y nitrógeno entre los individuos adultos por periodo cronológico de este estudio.

Nueve de las diez muestras óseas pertenecen a adultos, y una a un subadulto. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que tres de las muestras se han realizado en colágeno dentinal, por lo que reflejan también la dieta en la infancia de esos individuos, lo cual, para realizar una interpretación paleodietética, deja esta muestra de 13 individuos dividida en 4 datos de no-adultos y 9 datos de isótopos de adultos.

Dado que la dieta infantil puede ser diferente y estar afectada por condiciones metabólicas como la lactancia o el crecimiento acelerado durante la pubertad, se realizó una prueba no paramétrica entre todos los individuos considerados como adultos (n=9; media δ¹³C ‰ = -18,70; desv = 0,33; media δ¹⁵N ‰ = 9,87; desv = 0,75) y los cuatro individuos cuyos datos isotópicos corresponden a la dieta en momentos tempranos de la vida (n=4; media δ¹³C ‰ = -18,08; desv = 0,26; media δ¹⁵N ‰ = 12,40; desv = 1,85). El test de Kruskall Wallis dio un resultado significativo tanto para δ¹³C ‰ (p = 0,02) como para δ¹⁵N ‰ (p = 0,017), confirmando las diferencias entre los dos grupos y justificando la necesidad de separar a los individuos subadultos de la explicación paleodietética de las diferentes necrópolis y periodos cronológicos (Figura 12).

Figura 12. Gráfica con la información isotópica analizada.

Figura 12. Gráfica con la información isotópica analizada.

Sin embargo, el resultado de la prueba estadística entre los individuos adultos de las tres necrópolis da un resultado no significativo para δ¹³C ‰ (p = 0,74) y para δ¹⁵N ‰ (p = 0,064) (Figura 11), por tanto, no existen diferencias observables entre las medias de los dos isótopos estudiados de cada yacimiento.

Dado que los datos de ambas necrópolis ocupan un rango cronológico de varios siglos, también resultó de interés observar posibles diferencias en la alimentación a través del tiempo, por tanto, se realizó una vez más la prueba de Kruskall-Wallis con los individuos según el grupo cronológico al que perteneciesen (siglos VII-VII, n=5; siglos XI-X, n=4). La prueba no encontró diferencias significativas en ¹³C ‰ (p = 0,54) y para δ¹⁵N ‰ (p = 0,33) (Tabla 4), por lo que no existen diferencias estadísticas entre las medias de la población adulta de ambos periodos cronológicos.

3.3. Discusión

La homogeneidad de valores de la muestra indica un sistema productivo muy similar, con base en los mismos grupos alimenticios para toda la población. Los valores isotópicos de carbono sugieren una población que se alimenta primariamente de una dieta vegetal y animal característica de un entorno C3, como es el caso de la península ibérica. Sin embargo, existe un número de individuos que podría tener componentes adicionales a la dieta C3 que merece considerar en particular (Figura 12).

En primer lugar, la diferencia de valores de δ¹³C y δ¹⁵N de los individuos clasificados como subadultos (el hueso del individuo juvenil y las tres muestras de colágeno dentinal) puede ser explicada por la propia condición de población no adulta, o mejor explicado en el caso de los dientes, valores isotópicos de un tejido no remodelado durante la etapa adulta. En el colágeno dentinal u óseo de individuos subadultos quedan reflejados los momentos de destete, en los que el infante se encuentra un nivel trófico por encima de la población adulta, ya que se está alimentando de los nutrientes de la madre, generándose un incremento en los valores de δ¹⁵N en los tejidos del infante que se ha denominado comúnmente el “efecto de amamantar” (breastfeeding effect) (FOGEL, TUROSS, OWSLEY, 1989). En el caso del yacimiento de El Picacho nos encontramos con dos individuos subadultos con unos valores muy altos de nitrógeno, PCH UE84-T10 (δ¹⁵N = 14,4) y PCH UE209-T27 (δ¹⁵N = 13,5) que podrían ser debidos al periodo de lactancia de estos individuos, por lo que son característicos de una etapa particular en la vida y no corresponden a las condiciones de la dieta adulta.

En la población adulta, existe una parte de los casos estudiados cuyo δ¹³C es menos negativo que 18,5 (n=3; PCH UE75-T20, PCH UE70-T1, HRC UE119-T6), este conjunto de individuos parece tener un componente adicional a la dieta. Dado que se trata de poblaciones del interior, este elemento adicional podría ser un complemento de plantas C4, como el mijo, una planta que tiene presencia actual en el norte de la península ibérica (MORENO-LARRAZABAL et alii, 2015), pero que ha sido escasamente representada en los estudios isotópicos altomedievales, circunscribiéndose su aparición a algunos yacimientos del País Vasco y de forma más abundante a partir del siglo X (LUBRITTO et alii, 2017). Este consumo de plantas C4 ha sido además considerado como característico de poblaciones de menor estatus social (JIMÉNEZ-BROBEIL et alii, 2020), aunque esta apreciación podría estar influida por los cambios producidos a finales de la Edad Media y la modernidad, que excluyeron el mijo como un alimento relevante. Por lo que es posible que, dentro de un contexto de una dieta mixta entre plantas C3 y C4, los individuos inhumados en la necrópolis de El Picacho pudieran tener un estatus social menor, o una mayor necesidad de complementar su dieta con plantas C4. En cualquier caso, nos encontramos con poblaciones que, dentro de una dieta con evidentes semejanzas, ofrecen ciertas diferencias internas, sin que pueda de ello desprenderse una fuerte desigualdad interna.

Al no disponer de datos de fauna local, no existe posibilidad de evaluar la relación entre consumidores y recursos alimentarios regionales, y tampoco existen diferencias significativas entre las medias de las diferentes necrópolis. Sin embargo, un individuo adulto de la necrópolis de Teso Santo (TSS S1 UE105; δ¹⁵N ‰ = 11,5) presenta unos valores de δ¹⁵N ligeramente elevados con respecto a la media poblacional (δ¹⁵N ‰ = 10,64), lo que podría indicar un consumo más alto de productos cárnicos (o productos secundarios derivados) de los animales de la cabaña ganadera.

Por último, no existen diferencias en la escala cronológica, como queda probado por la prueba estadística. Estudios cronológicos realizados en escalas mayores, como el de LUBRITTO et alii (2017) sugieren que el consumo de plantas C4 se incrementó en un periodo posterior al que estuvieron estas necrópolis en activo, a partir del siglo X, por lo que con los datos presentes no se puede confirmar o desmentir esta hipótesis.

Por tanto, la evidencia isotópica es limitada y no permite hacer afirmaciones tajantes, pero sí se pueden advertir algunas tendencias generales que pueden ser discutidas. En líneas generales, los datos de los 13 individuos de las necrópolis de El Picacho, Horcajo y Teso Santo nos hablan de comunidades agrícolas, con dietas basadas en elementos cereales y un complemento de animales terrestres que no parece ser muy abundante salvo en un caso aislado. Las medias entre yacimientos no son significativamente diferentes, aunque esto puede deberse al tamaño muestral, ya que, salvo un individuo de la necrópolis de El Picacho, todos parecen tener su dieta con un complemento adicional de tipo C4. No obstante, la aportación de los datos de estas necrópolis, aunque sean limitados y parciales, ofrecen nuevas vías de investigación que resultan necesarias, a la espera de análisis mucho más extensos, que puedan matizar los resultados que se exponen aquí. Es necesario, por tanto, incrementar la cantidad de muestras, tanto humanas como animales, en esta región para poder estudiar con profundidad las diferencias sociales entre comunidades agrícolas.

4. Análisis de visibilidad

Una vez descritos las necrópolis objeto de estudio, incluyendo un análisis isotópico que, a pesar de sus limitaciones, puede ofrecer nuevas pistas, se ha considerado la oportunidad de realizar un análisis espacial sobre los tres sitios. Esta opción obedece al hecho de que al menos dos de ellos, El Picacho y Teso Santo —es decir los lugares sin evidencias de enterramientos con ajuares— se emplazan en puntos altamente significativos dentro del paisaje local. Por tanto, se ha procedido a un análisis de su visibilidad a través de los Sistemas de Información Geográfica. La visibilidad, es decir la cualidad de ver y sobre todo ser visto, representa un factor muy relevante a la hora de construir lugares dotados de relevancia política y simbólica. Pero también se ha buscado integrar el caso de El Horcajo-La Solana, cuya localización resulta aparentemente menos significativa.

El análisis se ha realizado con el programa QGIS 3.22 y se ha centrado en calcular la cuenca de visibilidad de las tres necrópolis. Para realizar este cálculo se han empleado dos Modelos Digitales del Terreno con cobertura de malla de 5 metros, descargados de la página oficial del Instituto Geográfico Nacional (IGN), y correspondientes a algunas hojas del MTN50 (1:50.000). La selección de las hojas ha dependido de la extensión del terreno implicado en el análisis. En concreto, para el yacimiento de Teso Santo, se han empleado las hojas 0450, 0451, 0424 y 0423; y para El Picacho y El Horcajo-La Solana las hojas 0344, 0345, 0346, 0373, 0374 y 0375. Cada grupo de rásters ha sido combinado, dando como resultado los dos MDT mencionados, sobre los que se han realizado los cálculos de visibilidad a partir del plugin “r.viewshed”. Referente a los datos introducidos en “r.viewshed” hay que señalar que la elevación sobre el terreno se ha mantenido en la dada por defecto por el plugin, 1,75 metros. Esta elevación corresponde a la altura media de un sujeto. Por otro lado, el radio máximo de visibilidad elegido ha sido de 15 kilómetros. Esta elección es resultado de una estimación elaborada a partir de parámetros meteorológicos, el alcance de visión del ojo humano y la distancia equivalente al espacio recorrido a pie durante una jornada aproximadamente. Finalmente, los mapas resultantes cuentan con un gradiente de color que se corresponde con el índice de visibilidad desde el punto de origen (los yacimientos) en altura.

En cuanto a las coordenadas de los yacimientos se han empleado coordenadas UTM ETRS89, Huso 30N. Las coordenadas son las siguientes:

A continuación, se presentan los resultados por cada uno de los casos de estudio. En primer lugar, la necrópolis de El Horcajo-La Solana cuenta con un índice de visibilidad que oscila entre un 80,310 % y un 96,864 % (Figura 13). La necrópolis está emplazada en la ladera de una colina, a 825 metros de altitud sobre el nivel del mar, en un entorno cerrado. Como consecuencia de ello, su visibilidad al oeste es escasa, pero buena (probablemente debido a los pliegues de la ladera). Al este y al sur se observa su mayor índice de visibilidad, aunque limitada a las laderas de los altozanos colindantes. La excepción a esto es una suerte de “ventana” al noroeste que amplía su cuenca visual en un abanico, al inicio estrecho, que crece de manera constante hacia el valle del río Duero. El espacio con menor índice de visibilidad es la ladera inmediatamente bajo El Horcajo.

Figura 13. Cuenca de visibilidad de El Horcajo-La Solana.

Figura 13. Cuenca de visibilidad de El Horcajo-La Solana.

En cuanto a la necrópolis de El Picacho, debe resaltarse su emplazamiento en un altozano de 860 metros de altitud sobre el nivel del mar, desde el que se domina la población actual de Olmos de Peñafiel y los dos valles adyacentes. Su índice de visibilidad oscila entre un 78,051 % y un 96,855 % (Figura 14). La visibilidad del entorno más inmediato está condicionada por la escarpada pendiente del altozano en que se encuentra el yacimiento, impidiendo la visibilidad de los espacios más próximos situados al norte, sur y oeste. La visibilidad de El Picacho sigue el curso del arroyo Botijas, en dirección este-oeste, y los espacios con mayor índice de visibilidad se corresponden con las pendientes de los altozanos colindantes, especialmente al norte y al oeste. El altozano en que se ubica la necrópolis permite un elevado control visual de los valles más próximos. Se comprueba que el altozano es visible desde, al menos, 15 kilómetros de distancia, siendo un punto de referencia para todos aquellos que entren en el entorno. Sin embargo, esa visibilidad no alcanza el castillo de Peñafiel, situado a unos 7 km al noroeste y emplazado sobre una de las parameras que se abren al río Duero. Por tanto, el dominio visual de El Picacho se centra sobre todo en el valle del arroyo Botijas, incluyendo la cercana población de Castrillo de Duero, y en la parte más cercana del curso del Carromonte.

Figura 14. Cuenca de visibilidad de El Picacho.

Figura 14. Cuenca de visibilidad de El Picacho.

Finalmente, la necrópolis de Teso Santo se encuentra emplazada en lo alto de un teso que domina la penillanura y situada a 840 metros de altitud sobre el nivel del mar. Su índice de visibilidad oscila entre un 84,673 % y un 90,127 %, siendo las zonas con menor índice de visibilidad las laderas del teso (Figura 15). Por consiguiente, la necrópolis disfruta de una muy buena visibilidad de sus alrededores, sin limitaciones importantes. Los únicos condicionantes son algunas depresiones, caso de las depresiones del río Sardón al este, del río Villar al oeste, del río Ancha y Vado al Sur. Estas impiden la visibilidad de estos lugares desde el yacimiento. En cualquier caso, se trata de un lugar con una muy alta visibilidad del entorno y desde el entorno, siendo un punto claramente referencial dentro del paisaje.

Figura 15. Cuenca de visibilidad de Teso Santo.

Figura 15. Cuenca de visibilidad de Teso Santo.

Es interesante advertir que las localizaciones de El Picacho y Teso Santo presentan una acusada visibilidad: son lugares destacados dentro del paisaje local desde los que se pueden dominar visualmente grandes espacios circundantes. En cambio, El Horcajo-La Solana presenta una localización distinta, aunque su ubicación en una ladera representa una elección por un punto muy reconocible del paisaje. El hecho de ser el único yacimiento de los tres en el que se ha encontrado un ajuar podría estar relacionado, potencialmente, con su ubicación y topografía.

Por otro lado, resulta muy significativo que las cuencas visuales de El Picacho —mucho más extensa— y El Horcajo-La Solana no se solapan (Figura 16), a pesar de que ambos sitios están distanciados poco más de tres kilómetros. Por tanto, se puede plantear que estemos ante lógicas espaciales diferenciadas. Cabe subrayar de nuevo que la actual localidad de Castrillo de Duero se sitúa dentro de la cuenca visual de El Picacho, pero no de El Horcajo-La Solana, a pesar de que este sitio se halla dentro de su término municipal.

Figura 16. Interrelación entre las cuencas de visibilidad de El Horcajo-La Solana y El Picacho.

Figura 16. Interrelación entre las cuencas de visibilidad de El Horcajo-La Solana y El Picacho.

5. Los espacios funerarios de las sociedades locales

Estos casos de estudio pueden abrir vías para analizarlos como arenas relevantes y cambiantes para las sociedades locales altomedievales de la Meseta, aunque sin crear, como ya se ha dicho, ningún tipo de modelo explicativo holístico y siempre en relación con otros casos coetáneos conocidos. Las informaciones obtenidas son desiguales, habida cuenta de que cada uno de ellos fue objeto de intervenciones de carácter diferente. Mientras El Picacho fue intervenido de manera intensiva en dos campañas arqueológicas, Teso Santo fue excavado en una campaña de corta duración y muy restringida y Horcajo-La Solana se reconoció gracias a una intervención de urgencia. Obviamente esas disparidades generan algunas distorsiones en los resultados. A pesar de ello, pueden ser estudiadas en conjunto, teniendo en cuenta que no se posee unos datos en todos los casos equivalentes.

Las dataciones obtenidas a través de restos óseos en todas las ocasiones revelan una ocupación entre los siglos VI-X, aunque con algunas diferencias. Mientras El Horcajo-La Solana presenta únicamente evidencias de un uso entre los siglos VII-VIII, aunque solo se ha intervenido en una parte reducida de la necrópolis, Teso Santo ofrece una datación más centrada en los siglos IX-X. El Picacho, en cambio, proporciona una ocupación mucho más dilatada que cubre todas las centurias: desde el siglo VI hasta el X. Puede ser una particularidad de este lugar o quizás simplemente se refleje que ha podido ser excavada en mayor extensión y que tenemos una batería más extensa de dataciones (Figura 17). En cualquier caso, todas ellas nos abren ventanas a un periodo generalmente poco documentado en el registro arqueológico de la Meseta del Duero.

Figura 17. Dataciones C14 de las necrópolis de Horcajo-La Solana, El Picacho y Teso Santo.

Figura 17. Dataciones C14 de las necrópolis de Horcajo-La Solana, El Picacho y Teso Santo.

Debe tenerse en cuenta que las evidencias obtenidas parecen indicar que en los tres casos nos hallamos ante espacios funerarios asociados a comunidades. Los datos muestran la presencia de adultos de ambos sexos, así como niños. Esta pluralidad de edades y de sexos resulta coherente con la presencia de comunidades de enterramiento relacionadas con grupos locales compuestos por familias. Por otro lado, los análisis isotópicos, a pesar de sus limitaciones, parecen poner de manifiesto la existencia de una dieta basada sobre todo en cereales y leguminosas procedentes de plantas C3, que en algún caso se acompañó con plantas C4, probablemente mijo. Estaríamos ante un tipo de dieta que puede ser perfectamente identificable con grupos campesinos que se alimentan fundamentalmente de ese tipo de cultivos. Se aprecia además una cierta homogeneidad en esa dieta —aunque con alguna salvedad— que estaría plasmando una cierta homogeneidad social. Por tanto, podemos afirmar que estamos ante espacios funerarios generados desde y por comunidades locales, que pueden caracterizarse como campesinas.

Ninguno de los tres casos de estudio muestra una clara vinculación con la presencia de edificios eclesiásticos que dieran sentido a los espacios funerarios. En El Picacho, podría haber existido algún tipo de construcción, cuyas huellas son bastante poco elocuentes. Su rápida desfuncionalización parece ir en contra de la idea de un foco eclesiástico que organizase la necrópolis, que se mantuvo en uso varios siglos sin que el edificio estuviera siquiera en pie. Parece más factible pensar en una pequeña edificación, probablemente erigida en el momento de inicio de la ocupación del sitio como espacio funerario, por lo que podría relacionarse con algún tipo de pequeño oratorio o de estructura asociada a un pequeño panteón, al estilo de lo que se ha podido identificar en algunas zonas del norte de Italia (BROGIOLO, 2002). Un patrón que quizás se repita en Teso Santo, si se acepta que esa era la función de la estructura hallada en el sondeo 3. No obstante, en este caso, resulta imposible concretar si esa construcción fue coetánea a las tumbas, habida cuenta de la pobreza de los hallazgos, además de no mostrar ninguna evidencia monumental. En cualquier caso, ningún dato permite sostener que se tratara de una iglesia. Finalmente, en el sitio de El Horcajo-La Solana no se ha identificado ninguna construcción, aunque este dato debe tomarse con cautela, habida cuenta de lo limitado de la intervención. Por tanto, los tres casos de estudio se sitúan en un patrón en el que pudieron existir pequeños oratorios o más bien edificios funerarios que sirvieran a modo de panteón, pero sin evidencias de que se trate de iglesias, e incluso pudieron ser amortizados en una fase posterior, por lo que esos edificios no fueron el eje focal del espacio funerario.

La ausencia de una relación directa entre espacios funerarios altomedievales e iglesias ya se ha puesto de relieve tanto en otras áreas europeas (ZADORA-RIO, 2003; WILLIAMS, 2006; BUCKBERRY, 2010) como en la propia Meseta del Duero (MARTÍN VISO, 2015). No obstante, los análisis sobre la comarca del alto Arlanza han planteado que las tumbas excavadas en la roca formarían extensas necrópolis donde muy tempranamente se habrían desarrollado centros eclesiásticos que habrían focalizado las comunidades funerarias (ÁLVARO RUEDA, TRAVÉ APELLUZ, 2020). La hipótesis es muy sugerente, aunque de momento los datos son poco elocuentes, ya que no hay una clara cronología acerca del espacio funerario. Se han hallado de unos pocos fragmentos cerámicos que podrían datarse en los siglos VI-VII, pero su conexión con las sepulturas es, cuando menos, compleja. Y tampoco resulta evidente que hubiese una conexión directa entre los supuestos edificios eclesiásticos y la necrópolis desde los inicios de esta. Los datos son más claros en la necrópolis de Tejuela (Villanueva-Soportilla, Burgos), donde el espacio funerario habría surgido en torno a los siglos VIII-IX, asociado a una pequeña iglesia de 9x3,5 m y a un edículo con funciones poco definidas hasta el momento. Tales edificaciones son respetadas por las tumbas, que no ocupan dichos espacios. En sus cercanías, se han hallado evidencias de un asentamiento de tipo aldeano con cronologías de los siglos X-XI (PALOMINO LÁZARO, NEGREDO GARCÍA, 2023). Este caso nos pone sobre la pista de la posibilidad de que la asociación entre espacios funerarios comunitarios e iglesias fuese una evolución específica de los siglos IX-X, como parecen indicar algunos sitios de la Meseta del Duero, como Santa María de la Aldea (Baltanás, Palencia) (CRUZ SÁNCHEZ, MARTÍN RODRÍGUEZ, 2012; MARTÍN RODRÍGUEZ, 2015).

Por consiguiente, el binomio iglesia-espacio funerario se comenzó a generalizar a partir del siglo IX en la Meseta del Duero, bien mediante la transformación de espacios funerarios previos, bien a través de la creación de nuevas áreas de enterramiento que pivotaban en torno a esas iglesias y, por tanto, en torno a los promotores de las mismas. Los casos de estudio parecen encuadrarse en un patrón diferente, que nos lleva, al menos en El Picacho y Teso Santo, hasta el siglo X. Una situación que además indicaría que la tendencia a la formación del binomio iglesia local-cementerio no fue un proceso automático ni necesariamente se dio en todos los casos. Por tanto, la vinculación entre una iglesia local ―que no debe necesariamente pensarse en términos de parroquia― y espacio funerario se generalizó en los siglos IX y X, aunque en absoluto eliminó otros patrones previos. Tal vez esto tenga que ver con situaciones regionales diversas, como un mayor peso del papel de la Iglesia y, por tanto, de su relevancia social en ámbitos al norte del Duero (GARCÍA ÁLVAREZ-BUSTOS, SÁNCHEZ PARDO, 2021) ―todos los casos examinados aquí se sitúan al sur del Duero, en lo que después se denominó la Extremadura―, con la pervivencia de prácticas perfectamente alineadas con las necesidades de los grupos que enterraban, con la ausencia de un capital económico suficiente para construir esos edificios o simplemente con un desinterés por erigir edificios eclesiásticos.

La secuencia de ocupación de El Picacho coexistió, en sus primeras fases, con una práctica a la que se ha prestado una especial atención por su carácter elocuente: el enterramiento con ajuares. Así ocurre en El Horcajo-La Solana. Más allá de la presencia de anillos en los dos individuos de la tumba 3 —una tipología que se reitera en el individuo de la tumba 1 de Teso Santo—, resulta interesante el caso de la mujer de la tumba 6, enterrada junto con un jarrito, y del individuo de la tumba 7, que portaba una hebilla liriforme, además de algún objeto de hierro que no se ha podido identificar. Las cronologías obtenidas por 14C en ambos casos sitúan a esos individuos entre finales del siglo VII y mediados del siglo VIII, prácticamente con el mismo intervalo en ambos casos. Estas cronologías coinciden con otros casos en los que se han podido realizar dataciones a individuos enterrados con pequeños ajuares. En Prado de la Guadaña, la tumba 18, que estaba ocupada por una mujer acompañada de un jarrito-botella y de un anillo de bronce, y la tumba 22, en la que había un varón con un hacha, las dataciones radiocarbónicas efectuadas ofrecen una horquilla semejante a la de El Horcajo-La Solana: entre mediados del siglo VII y mediados del siglo VIII (CRESPO DÍEZ, FERNÁNDEZ DÍAZ, 2018). Otros yacimientos también ofrecen evidencias de enterramientos con pequeños ajuares y, a pesar de la ausencia de dataciones absolutas, se considera que se trata de inhumaciones de los siglos VII-VIII, debido a la cronología de los materiales recuperados, como ocurre en La Iglesia (Toro, Zamora) (MISIEGO IZQUIERDO et alii, 2010), en Santa María de la Aldea (CRUZ SÁNCHEZ, MARTÍN RODRÍGUEZ, 2012) o en El Castellar (GARCÍA GUINEA, GONZÁLEZ ECHEGARAY, MADARIAGA DE LA CAMPA, 1965). En cambio, las dataciones más tardías, con horquillas que incluyen el siglo IX, no presentan ya evidencias de esta práctica. Por tanto, puede plantearse como hipótesis que el uso de ajuares funerarios era una práctica frecuente a mediados del siglo VII y hasta mediados del siglo VIII en amplias zonas de la Meseta del Duero, sin que hasta el momento puedan ofrecerse con certeza dataciones posteriores.

Es interesante advertir que solo un par de tumbas de El Horcajo-La Solana tienen ajuares y, en el caso de la tumba 6, únicamente uno de los individuos enterrados, una mujer adulta. No parece que se trate de la consecuencia de que únicamente se ha intervenido en una parte de la necrópolis, ya que los datos de otras necrópolis indican que es una práctica minoritaria dentro del conjunto de enterramientos. Por ejemplo, en Santa María de la Aldea, sobre un total de 977 inhumaciones, de una secuencia temporal que llega al siglo XIII, únicamente cuatro han proporcionado ajuares (CRUZ SÁNCHEZ, MARTÍN RODRÍGUEZ, 2012). En La Iglesia, solo tres tumbas de un total de 150 tenían ajuares (MISIEGO IZQUIERDO et alii, 2010). En cambio, en Prado de la Guareña (Villalba de los Alcores, Valladolid), una necrópolis surgida en torno al siglo VII-VIII con una continuidad posterior, de las 54 tumbas excavadas, cinco disponían de ajuares; todas ellas corresponden al nivel IV, el momento de formación del espacio funerario, compuesto por un total de nueve tumbas, por lo que más del 50 % de las inhumaciones de esa fase presentan ajuares, aunque se trata de números totales muy bajos (CRESPO DÍEZ, FERNÁNDEZ DÍAZ, 2018). La conclusión es que El Horcajo-La Solana es una nueva muestra de una práctica limitada a algunos individuos.

Una hipótesis es que las personas así enterradas tuvieran un especial prestigio dentro de las comunidades y se buscaba representarlas de una manera diferenciada con un ritual diferente al resto. Sin embargo, los análisis isotópicos no muestran una diferencia sustancial en la dieta entre los individuos enterrados con y sin ajuar en El Horcajo-La Solana, ni en términos generales con otras necrópolis estudiadas en este artículo. Por consiguiente, eran individuos locales, pertenecientes a comunidades de enterramiento en donde no se aprecian diferenciaciones al menos en cuanto a la dieta. Los ajuares eran depositados en el contexto de un acto público, el funeral. Los objetos no eran muy cuantiosos ni posiblemente sean demasiado elocuentes para nosotros. No obstante, en el marco de unas sociedades campesinas cobraban un mayor valor relativo, un marcador de diferenciación social que se utilizaba en un acto en el que podían participar otros miembros de la comunidad. Se reforzaban así las diferencias internas, aunque dentro de un espacio funerario asociado a una comunidad, no exclusivo de un grupo elitista. Esta práctica no parece que continuase —o al menos no disponemos de evidencias— más allá de mediados del siglo VIII en buena parte de la Meseta del Duero. Resulta difícil de explicar las razones de esa desaparición, aunque es significativo que coincida con un incremento en la inversión en iglesias con cementerios asociados. Los ejemplos ya citados anteriormente de Tejuela o Santa María de la Aldea, a los que podrían añadirse el sitio de El Castellar o la iglesia de El Castillón, cuyos enterramientos, curiosamente todos sin ajuar, se datan entre los siglos IX-X (SASTRE BLANCO et alii, 2024). Otro ejemplo de ello, aunque fuera de la Meseta, sería el caso de Aistra (GARCÍA COLLADO, 2023). Se trata de un proceso que llevó a la eclosión de “iglesias locales”, es decir vinculadas física y socialmente a una localidad, habitualmente relacionadas con un espacio funerario. Quizás ese fenómeno explique un cambio en las prácticas funerarias en ámbitos locales, con la desaparición de los ajuares y una tendencia al uso de espacios funerarios asociados a iglesias, un cambio que ya se ha observado en otras áreas europeas (LA ROCCA, 1997) y que se puede observar en otras áreas del cuadrante noroeste peninsular (SÁNCHEZ PARDO, BLANCO TORREJÓN, FERNÁNDEZ FERREIRO, 2024). Esto no quiere decir que previamente no hubiese espacios funerarios relacionados con iglesias; de hecho, podría decirse que los edificios eclesiásticos de manera generalizada tenían sus espacios funerarios. Pero la mayor parte de estos, al menos en la Meseta del Duero, no parecen relacionarse con edificios eclesiásticos. A partir de los siglos VIII-IX, la presencia de iglesias en las localidades dará lugar a que esa ecuación se generalice, precisamente en un momento en el que dejó de utilizarse la práctica de la deposición de ajuares. No debe olvidarse que esas iglesias locales fueron un elemento esencial en la construcción de diferencias en las localidades y en la representación de los notables locales (QUIRÓS CASTILLO, 2020). Sin embargo, sobrevivieron otras fórmulas, que provenían igualmente de los siglos VI-VII.

Se ha podido observar la relevante localización de las necrópolis de El Picacho y Teso Santo. La información obtenida a través de la aplicación de SIG pone de manifiesto que se trata de lugares con una elevada visibilidad que se emplazaban en puntos dominantes dentro del paisaje local. Por tanto, parece que en ambos casos se optó por una localización que maximizaba el dominio visual. En el caso de El Picacho, los enterramientos se sucedieron durante una larga secuencia temporal, entre la segunda mitad del siglo VI y la segunda mitad del X, ocupando prácticamente la totalidad de una pequeña superficie, por lo que cabe pensar que solo se enterraron algunos individuos del grupo humano que pudo haber usado esta necrópolis. En Teso Santo, también parece que la presencia de unas pocas tumbas, sin que se detecte una fuerte densidad, podría ser un indicio de que se trataba de una necrópolis destinada a un grupo limitado de individuos. Ambos lugares se encuentran separados por unos 200 km en línea recta, por lo que la presencia de este tipo de necrópolis no puede achacarse a una pauta local.

De hecho, el uso de lugares dominantes dentro del paisaje, como colinas o altozanos, puede rastrearse en algunos casos. Por ejemplo, el ya referido sitio de El Castellar se encuentra en un pequeño alto desde el que se domina el arroyo de Prado Moral, un emplazamiento que presenta grandes similitudes con los de El Picacho y Teso Santo. La presencia de una iglesia sería una evolución posterior a la formación del espacio funerario (GARCÍA GUINEA, GONZÁLEZ ECHEGARAY, MADARIAGA DE LA CAMPA, 1965). Por otro lado, las intervenciones realizadas en la ermita de Nuestra Señora del Cerro (Juarros, Burgos) revelan la existencia de un espacio funerario situado en un altozano destacado, que fue posteriormente transformado por la construcción de una iglesia románica. Aunque el patrón es idéntico, las dataciones obtenidas sobre dos de los individuos inhumados se sitúan entre los siglos XI-XII, aunque tal vez la necrópolis estaba ya en uso desde el X (GARCÍA IZQUIERDO, MONZÓN MOYÁ, MARTÍNEZ GONZÁLEZ, 2025).

Esta tipología de espacios funerarios relacionados con puntos dominantes en el paisaje se detecta en algunas zonas del sur de la Inglaterra altomedieval. La explicación que se ha dado es que la opción por la localización en puntos que maximizaban el impacto visual se relacionaría con un control territorial y con la afirmación de una identidad de escala comarcal (MEES, 2019: 23). Ahora bien, debe tenerse en cuenta que los individuos enterrados no poseían ajuares y los datos isotópicos parecen mostrar una población campesina. Una posible interpretación es que esas localizaciones en alto sirvieran como marcadores de la colectividad, ejes centrales de la memoria colectiva, que representaban a la comunidad que allí enterraba. Y, al mismo tiempo, podrían funcionar como lugares desde los que se reivindicaba el dominio de un espacio circundante. En tal sentido, la necrópolis de El Picacho pretendía visibilizar la comunidad y representarla. Emplazada en un lugar prominente, donde se inhumaba un grupo limitado de los muertos a tenor de la larga perduración del espacio funerario —lo que podría estar indicando que solo algunos individuos o familias se enterraban en ese lugar— mostraba la presencia de la comunidad en un lugar prominente, altamente visible, al tiempo que estaría reivindicando el control sobre las áreas de los valles de los arroyos Botijas y Carromonte, las de mayor potencialidad agraria, por parte de la comunidad.

Algo semejante puede decirse de Teso Santo, cuyo dominio visual se proyectaba hacia los pequeños vallejos formados por cauces estacionales que se abren en la penillanura, las áreas de mayor potencialidad agroganadera y donde parecen haberse situado redes de pequeños asentamientos durante la Alta Edad Media (MARTÍN VISO et alii, 2022), para las que este lugar podía funcionar como un lugar de la memoria colectiva. Ya se ha señalado que aquí, al contrario que en El Picacho, las tumbas no forman un denso espacio funerario. A ello se debe añadir un dato interesante: el individuo enterrado en la tumba 1, que portaba un anillo, posee unos valores de δ¹⁵N ligeramente elevados con respecto a la media poblacional, lo que podría indicar un consumo diferencial de productos cárnicos. Podemos preguntarnos si se trataba de un individuo que ocupaba una posición social algo más elevada, una suerte de élite local y que, por tanto, tal vez Teso Santo fuese un espacio funerario relacionado con grupos más destacados dentro de las comunidades de enterramiento. Se trata de una hipótesis complicada de demostrar por la escasez de datos. De todos modos, no parece que esa situación pueda aplicarse a El Picacho, donde los datos isotópicos muestran una clara homogeneidad e incluso una cierta presencia de alimentos de plantas C4. Puede pensarse que en El Picacho se pasó de un espacio funerario tal vez más elitista a uno relacionado con unos grupos campesinos menos destacados, es decir una plasmación más “horizontal” de la diferenciación social, lo que implicaba un uso más denso del espacio funerario. Quizá en Teso Santo la situación expresaba una mayor “verticalidad” de esa diferenciación. En cualquier caso, los datos son demasiado limitados como para ir más allá de la hipótesis.

Ambos casos de estudio pueden entenderse como la plasmación de una identidad comunitaria y como un instrumento para reivindicar el control sobre una serie de espacios de producción, que, como ya hemos visto, estaban en funcionamiento en esos momentos. El rango de visibilidad de los sitios parece indicar que el espacio de influencia era comarcal, es decir que implicaba una posible vinculación no con un espacio puramente local o cercano, sino que abarcaba un área más extensa donde podrían haber existido, al menos hipotéticamente, varios asentamientos. La documentación escrita de los siglos X al XII muestra la existencia de numerosos territorios de pequeña escala, que agrupaban a un puñado de asentamientos. Los análisis han puesto de relieve que se trataba en muchas ocasiones —aunque no siempre y no sin transformaciones— de realidades preexistentes: no eran unidades administrativas creadas desde el poder, sino que este reaprovechaba esa tupida geografía política para implantar su dominio (ESCALONA, 2002; MARTÍN VISO, 2020). La articulación interna de estos territorios es difícil de vislumbrar. Aunque algunos de ellos pudieron ordenarse en torno a pequeñas fortificaciones (JUSTO SÁNCHEZ, MARTÍN VISO, 2020), en otros casos esta opción resulta más dudosa y no hay evidencias claras al respecto. Se ha planteado la posibilidad de una organización polifocal y es aquí donde entraría la hipótesis de que uno de esos polos pudiera relacionarse con espacios funerarios (MARTÍN VISO, 2024).

Las dataciones obtenidas en El Picacho revelan que se trata de un patrón que coexistía con la práctica de enterrar con ajuares, en el que se hacía hincapié en la plasmación de posibles diferencias dentro de los grupos que se enterraban a través del ritual. Incluso en El Castellar ambos elementos pudieron darse al mismo tiempo. Sin embargo, da la sensación de que su uso se reforzó especialmente a partir del siglo VIII. Una hipótesis es que, en el nuevo marco de ausencia de estructuras políticas centralizadas, las poblaciones locales intensificaran el uso de este patrón de necrópolis, asociadas al control de élites locales sobre pequeños territorios, que serían las unidades políticas básicas a lo largo de este periodo. En tal caso, estos espacios funerarios materializaban las dinámicas sociopolíticas a pequeña escala.

6. Conclusiones: las necrópolis como una ventana a las micropolíticas

Los casos de estudio ponen de relieve la existencia de una fuerte pluralidad de espacios funerarios y también de significados. Así, la práctica de los ajuares hacía hincapié en el ritual funerario como acto público, una situación que parece haber dejado de tener relevancia a partir de mediados del siglo VIII, coincidiendo con un proceso de intenso colapso político. Por el contrario, otros espacios funerarios que privilegiaban emplazamientos destacados en el paisaje tuvieron una más larga perduración y estuvieron en uso al menos hasta el siglo X en los casos de estudio. Esa práctica parece haber enfatizado el lugar, más que el ritual, y probablemente cobró un especial auge debido al creciente papel de los pequeños territorios como unidades políticas básicas en la Meseta durante los siglos VIII al X. Curiosamente, no se advierte la presencia de cementerios relacionados con iglesias locales, un fenómeno que se desarrolló a partir del siglo IX en la Meseta del Duero, pero especialmente en las comarcas situadas más al norte. En las áreas al sur del río, que estuvieron superficialmente dentro del dominio de los reinos cristianos durante unos pocos decenios del siglo X (VILLAR GARCÍA, 1986; GARCÍA IZQUIERDO, 2019), tal vez ese patrón no se desarrolló por causas que de momento no podemos esclarecer más allá de la conjetura.

Detrás de esa diversidad, late la evidencia de que las sociedades locales eran profundamente heterogéneas, por lo que no hubo un patrón único, sino una amplia gama de respuestas que se adaptaron a las necesidades y posibilidades de los grupos que enterraban a sus difuntos. Una situación que contrasta con la tendencia hacia una uniformización de los espacios funerarios, a favor de las iglesias, que se ha señalado para otras áreas del cuadrante noroccidental ibérico (GARCÍA ÁLVAREZ-BUSTOS, SÁNCHEZ PARDO, 2021). Al mismo tiempo, se observan algunas tendencias de cambio generales verificadas a lo largo del tiempo.

Se pone así de manifiesto la estrecha relación entre sociedades locales y espacios funerarios. Estos pueden concebirse como arenas en las que se plasmaba una serie de aspectos cruciales para los grupos humanos que enterraban allí a sus fallecidos. A través de ellas se representaba una identidad grupal, bien fuese de una comunidad rural local o relacionada con un territorio, bien de un grupo específico, una pequeña élite campesina surgida de la propia comunidad local. Posiblemente ambos elementos debieron de estar íntimamente unidos, ya que la identidad grupal estaba relacionada con las dinámicas de las élites. En tal sentido, los espacios y prácticas funerarias servían para representar y/o construir la diferenciación interna en esas comunidades, mediante rituales específicos o gracias a áreas de enterramiento segregadas. Finalmente, algunas de esas necrópolis, al emplazarse en puntos especialmente visibles, pudieron servir como representación en el paisaje de la comunidad, a través de un lugar de memoria colectiva, y tal vez también como marcadores del control sobre espacios agroganaderos, convertidos así en territorios cuyo dominio se reivindicaba. De esta manera, los espacios funerarios nos abren una ventana a las dinámicas de las sociedades locales en la Meseta del Duero, particularmente a lo que sucede en la extensa región al sur del río.

Agradecimientos

Agradecemos a los revisores por sus comentarios y sugerencias que han permitido mejorar el original.

Financiación

Este artículo es parte del proyecto PID2020-112506GB-C42, financiado por MICIU/AEI /10.13039/501100011033 y por FEDER, UE.

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1 Departamento de Historia Medieval, Moderna y Contemporánea. Universidad de Salamanca. C/ Cervantes s/n 37002 Salamanca. E-mail: viso@usal.es. ORCID: https://orcid.org/0000-0002-1720-0821

2 Investigador independiente. Red Cultural. C/Fontanica 22 37172 Sardón de los Frailes (Salamanca). E-mail: javiersanvicente@redcultural.es. ORCID: https://orcid.org/0000-0003-0938-1930

3 Investigador independiente. Red Cultural. C/Faramontanos 28 49148 Santa Eulalia de Tábara (Zamora). E-mail: patrifmelgar@redcultural.es. ORCID: https://orcid.org/0009-0001-0273-1478

4 Investigador independiente. Red Cultural. Avda Portugal, 12, 4.º izq. 24403 Ponferrada (León). E-mail: antoniotrigo@redcultural.es. ORCID: https://orcid.org/0009-0007-6168-9496

5 Departamento de Ciencias Históricas. Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. C/ Juan Quesada 30 35001 Las Palmas de Gran Canaria. E-mail: elias.sanchez@ulpgc.es. ORCID: https://orcid.org/0000-0002-6485-2910

6 Departamento de Historia Medieval, Moderna y Contemporánea. Universidad de Salamanca. C/ Cervantes s/n 37002 Salamanca. E-mail: leonorbaeza@usal.es. ORCID: https://orcid.org/0000-0002-9166-910X

Cómo citar: Iñaki Martín Viso, Francisco Javier San Vicente Vicente, Patricia Fuentes Melgar, Antonio Trigo García, Elías Sánchez Cañadillas, Leonor Baeza Gomariz (2026): Espacios funerarios y sociedades locales en el sur de la Meseta del Duero (siglos VII-X). Arqueología y Territorio Medieval, 33, e10215. https://doi.org/10.17561/aytm.v33.10215