Madrid, Editorial CSIC, 2025, 469 páginas
Jaime Vizcaíno Sánchez (editor)
La transformación y el final de las villae han sido tratados profusamente por la historiografía, tanto por lo que implican para comprender la crisis del modelo clásico de ocupación y explotación del territorio como por su utilidad para analizar la formación de nuevos paisajes sociales y productivos. Sin embargo, dentro de ese amplio marco de debate, el proceso de cristianización ha tendido a ocupar un lugar menos específico, integrado con frecuencia en interpretaciones más generales sobre la transición entre la Antigüedad tardía y la Alta Edad Media. De ahí el interés que presenta un volumen monográfico centrado en la cristianización de las villae y del territorio rural, abordada desde una perspectiva interdisciplinar y con especial atención a la Hispania meridional.
Este monográfico colectivo, editado por J. Vizcaíno Sánchez, es fruto del debate científico alimentado por los seminarios internacionales celebrados en Yecla en torno al proyecto arqueológico de Los Torrejones, que terminaron por consolidarse como un foro especializado en el estudio del poblamiento rural del periodo. No se trata, sin embargo, de unas actas en sentido estricto, sino de una obra concebida a partir del debate generado en aquellos encuentros y articulada con una clara voluntad de síntesis y actualización historiográfica. Su principal aportación radica en ofrecer una actualización de los estudios sobre la transformación de las villae en el sur peninsular, reuniendo equipos con metodologías y perspectivas diversas con el propósito de revisar viejos paradigmas. Ahora bien, la obra no se limita a compilar estudios de caso, ni pretende reivindicar un supuesto predominio del cristianismo rural, sino reexaminarlo dentro de un marco interpretativo más matizado, donde la cristianización se inserta en procesos más amplios de transformación territorial, reorganización del poblamiento y redefinición de las dinámicas sociales y económicas del campo hispano. Del mismo modo, el libro adopta un recorte espacial deliberado (la Carthaginiensis, la Baetica y la Lusitania) con el fin de evitar tanto las visiones excesivamente globales como una dispersión geográfica que impida obtener conclusiones sólidas, aunque sin renunciar por ello a una apertura comparativa más amplia.
La obra se articula en torno a una introducción y dos grandes bloques temáticos. La introducción, además de contextualizar el origen de los seminarios de Yecla y del proyecto de Los Torrejones, plantea uno de los principales problemas interpretativos del volumen, que es la tendencia historiográfica a privilegiar los momentos de esplendor de las villae o sus fases finales, dejando en segundo plano las largas secuencias intermedias de transformación que articulan el paso entre el mundo romano y las nuevas realidades altomedievales y andalusíes. Esta perspectiva de larga duración es, probablemente, uno de los mayores aciertos del volumen, porque permite desplazar la mirada desde la desaparición de un modelo hacia la formación progresiva de otros sistemas de ocupación y explotación del territorio.
El primero de los bloques, dedicado a la cristianización del territorio hispano, combina estados de la cuestión, aproximaciones regionales y estudios de caso, además de una apertura comparativa hacia la Toscana. Su coherencia interna se percibe con claridad desde el capítulo inicial de G. Ripoll, que convierte la propia cristianización en problema historiográfico. Su aportación resulta especialmente útil porque evita emplear la cristianización como una categoría automática. Distingue entre monumentalización, conversión de las élites, transformación funcional de espacios y creación de nuevos paisajes religiosos, obligando a leer las evidencias materiales con mayor cautela. A partir de ahí, buena parte de las contribuciones dialogan con ese planteamiento común. En esa misma línea, los capítulos de F. J. Moreno Martín y P. C. Díaz desplazan la discusión hacia el monacato y los modelos productivos, mostrando hasta qué punto la relación entre villa, monasterio y explotación rural debe manejarse con prudencia, sin convertir toda transformación arquitectónica o funcional en una prueba directa de cristianización. En la Carthaginiensis, J. M. Abascal documenta en Baños de la Reina una cristianización relativamente temprana del enclave, asociada a la resignificación de estructuras previas mediante un baptisterio y una pequeña basílica funeraria. En la Baetica, I. Sánchez organiza expresamente su análisis en torno a tres ejes: villae, cristianización y poblamiento, mientras que A. Alvar, J. C. López, C. Martínez y R. Suárez refuerzan esa misma línea al detectar, mediante macrocartografías, conectividades supralocales y la presencia de iglesias rurales alejadas de las sedes episcopales, vinculadas a fundaciones privadas en los fundi. Por su parte, el trabajo dedicado a Los Mondragones, de A. Rodríguez, G. Ripoll y M. Bustamante, concreta especialmente bien esa lógica de conjunto al interpretar el enclave desde la transformación del espacio suburbano y la consolidación de una comunidad cristiana, definiéndolo como una iglesia funeraria de planta centrada particularmente significativa para la topografía del suburbium eliberritano. Del mismo modo, A. Carneiro, para Lusitania, insiste en que no estamos ante un simple enfrentamiento entre dos mundos, sino ante un proceso matizado, con etapas intermedias y cambios más profundos en las formas de organización social.
La inclusión del capítulo dedicado a la Toscana resulta especialmente interesante porque introduce una comparación donde la cristianización no aparece necesariamente como motor exclusivo del cambio, sino integrada dentro de dinámicas territoriales más complejas, como el proceso de incastellamento, ampliando así el alcance interpretativo del volumen más allá del caso hispano. Esta mirada comparativa amplía el alcance del volumen y permite situar el caso hispano dentro de un marco mediterráneo más amplio, sin perder de vista las particularidades de cada territorio.
El segundo bloque, aunque de menor peso cuantitativo dentro del volumen, resulta especialmente relevante para una lectura desde la arqueología medieval. Se centra en la transformación del paisaje rural y la gestación de nuevos modelos de poblamiento entre la Antigüedad tardía y la Alta Edad Media. En este sentido, J. Arce abre el bloque con una clara llamada de atención metodológica al recordar que el paisaje rural del siglo V no estaba constituido únicamente por villae, sino también por asentamientos rurales de distinta entidad, de manera que la transformación del campo debe pensarse desde esa pluralidad y no solo desde la decadencia de la villa. Esa ampliación de foco se concreta después en el caso de Reccopolis, donde P. Diarte, M. Castro y L. Olmo muestran cómo la fundación visigoda reorganizó el sistema viario, favoreció el surgimiento de nuevos asentamientos y modificó el agrosistema. En otra escala, J. Sarabia compara distintos paisajes periféricos y periurbanos del sureste peninsular para explicar por qué algunos asentamientos y usos del suelo mostraron una notable resiliencia, mientras otros registraron ocupaciones más breves, articulando así el cambio territorial desde la arqueología del paisaje y la comparación diacrónica.
El capítulo sobre Los Torrejones resulta especialmente significativo dentro de esta lógica porque permite observar, con datos estratigráficos y materiales concretos, la transformación de una antigua villa en un posible asentamiento rural andalusí. La documentación de una fase del siglo XI, con cubículos subterráneos, un depósito cerámico específico y una escápula con inscripción árabe, no funciona aquí como un simple añadido final, sino como una pieza clave para conectar la larga secuencia tardoantigua con la reorganización rural de época islámica. Precisamente este capítulo funciona como uno de los mejores ejemplos de la tesis transversal del volumen, que es la necesidad de comprender las largas secuencias de transformación rural evitando interpretar el periodo comprendido entre la villa clásica y los asentamientos medievales como un simple “paréntesis” historiográfico. Por último, el capítulo de J. M. Castaño Aguilar e I. Navarro sobre el occidente malagueño muestra que la transición entre Roma y al-Andalus no produjo una única solución territorial, sino un abanico diverso de reorganizaciones políticas y sociales. Su inclusión es importante porque acerca el volumen a la diversidad de respuestas locales en la rearticulación del territorio durante este periodo.
Si hubiera que señalar alguna limitación, esta derivaría precisamente de la amplitud del problema abordado. El propio volumen reconoce que su elección temática deja necesariamente en segundo plano otros problemas igualmente relevantes, como la dimensión productiva y la mutación de los modelos agrarios, o la relación entre asentamientos rurales y estructuras de poder local o regional en época visigoda o emiral, cuestiones que quedan solo apuntadas, sobre todo en trabajos como el de Reccopolis. Sin embargo, más que una carencia, esta delimitación temática parece responder a una voluntad consciente de acotar el objeto de estudio y de priorizar el análisis de las transformaciones territoriales y religiosas.
En conjunto, Después de la villa constituye una aportación relevante y útil para los estudios sobre Antigüedad tardía rural, tanto por la calidad de varias de sus contribuciones como por el marco de debate que propone.
Cristina Martínez-Álvarez
Universidad de Granada