In Memoriam

IN MEMORIAM Guilermo Roselló Bordoy

Todo perece salvo su maestría y recuerdo. A Guillermo Roselló Bordoy

Olatz Villanueva Zubizarreta

Universidad de Valladolid

En la madrugada del pasado martes 13 de agosto nos dejó a los 92 años en su Mallorca natal Guillermo Rosselló Bordoy, uno de los nombres indiscutibles de una generación que cambió e hizo evolucionar la Arqueología Medieval española. El día de su despedida el cielo de Mallorca y Menorca lloró incontenible, furioso por la pérdida, como también lo hicimos su familia y amigos.

Fue hijo único de maestros, de mestres institucionistes, cuya formación provenía del Instituto Libre de Enseñanza, un hecho que sin duda marcó su educación y sus inclinaciones humanistas. Vivió siempre con ellos en la casa familiar de Cas Capità Paleta de Palma, hasta que fallecieron en los últimos años del pasado siglo.

Rosselló se licenció primero en Filología Semítica entre Madrid y Barcelona (1956) y luego en Historia en Barcelona (1958), para más tarde doctorarse primero en Historia con su tesis doctoral sobre la cultura talayótica en Mallorca (defendida en la Universidad de Barcelona en 1972) y, ya jubilado, en 2005 y en la Universidad Complutense de Madrid, en Filología Semítica con el estudio de uno de los libros del repartimiento de Mallorca, que le mereció, además, la distinción de Premio Extraordinario.

Toda su vida laboral la desempeñó en el Museo de Mallorca, que creó y al que llegó en 1959, tras un inicial destino al que nunca se incorporó en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. Allí desarrolló toda una vida dedicada a dar a conocer el patrimonio mallorquín y a la investigación, hasta su obligada y merecida jubilación en el año 2002. Durante unos años (1969-1995) compaginó además la dirección del museo con la maestría como profesor no numerario en la Universidad de Barcelona, donde mantuvo un contacto estrecho con destacadas figuras de la arqueología catalana, como Lluís Pericot, Joan Maluquer de Motes, Pere de Palol o Miquel Tarradell. Más tarde, seguiría su magisterio en la Universidad de Illes Balears.

Desde mediados de los años 50, Rosselló inició desde su Mallorca natal una fecunda producción investigadora, primero en el campo de la Prehistoria, pero al poco se interesó y centró decididamente en la Edad Media, recurriendo a la Arqueología para historiar la dominación musulmana de la isla desde múltiples perspectivas y enfoques diversos. Durante los casi cincuenta años de actividad profesional (en el período comprendido entre 1955, fecha de la publicación de su primer artículo en el volumen 22 del Archivo Español de Arqueología, y 2002), Rosselló escribió casi medio millar de trabajos, entre libros, capítulos de libros y artículos en revistas científicas. A ellos habría que sumar además las decenas de trabajos que en las últimas dos décadas siguió publicando desde su querido retiro en su estudio de la casa familiar de la calle Balmes, rodeado y acompañado de los más de 20.000 volúmenes de su biblioteca, que tan amablemente abrió a muchos investigadores a lo largo del tiempo.

Rosselló Bordoy fue un hombre consagrado al trabajo, fuera y dentro del museo y de las aulas. Dedicó con gusto y pasión toda una vida a la investigación histórico-arqueológica. La Historia fue su motor y la Arqueología Medieval su vehículo.

Fig. 1. Palma de Mallorca, 1967. Inauguración del curso 1967-68 de la UIB

Arqueólogo convencido, encontró en la disciplina la forma y el método para historiar el legado de las islas orientales de al-Andalus. Pero su contribución fue mucho más allá. Abrió caminos y nuevos horizontes en la investigación medieval. Contribuyó al desarrollo de la disciplina, en particular al avance del estudio cerámico, proponiendo nuevas miradas y otras formas de llamar a las cosas, en un momento en que el análisis ceramológico demandaba pasar a otra fase. Y fue respetuoso pero transparente (y a veces algo socarrón sin llegar a ofender) con los que nos incorporábamos a la investigación, y algunos encontramos en él el apoyo que no siempre era fácil entre las figuras y maestros consagrados.

Fig. 2. Mértola, 2005. Seminário Internacional “Al -Ândalus espaço de mudança. Balanço de 25 anos de História e Arqueologia Medievais”, Homenagem a Juan Zozaya.

Como digo, Rosselló no fue solo un referente para la historia y la arqueología de al-Andalus, sino que también lo fue para la historia y la arqueología de la Edad Media hispana. Para quienes estudiamos el islam en minoría en Castilla también encontramos en su obra miradas y métodos para aplicar en nuestros trabajos. Pero también descubrimos (para nuestra satisfacción) el interés y la curiosidad que le provocaban nuestra realidad y materialidad históricas.

Fig. 3. Tesalónica, 1999. VII Congrès International sur la Céramique Médiévale en Méditerranée.

En los últimos años compartí con él nuestros avances en el conocimiento del islam castellano de las ciudades del Duero. La cerámica ya la conocía (¡cómo no!), pero ahora fui haciéndole partícipe de los hallazgos de testimonios en lengua y escritura árabe que íbamos encontrando en documentos escritos, vajilla y estelas funerarias. Nos confirmó la lectura correcta de la firma en dos renglones del alfaquí castellano Brayme al-Lajmī Xarafi (1501), que escribía en la primera línea y grafía árabe su ism y nisba y en la segunda y caracteres latinos el nasab; recuerdo perfectamente la conversación telefónica en la que me trasladaba la sorpresa que le produjo conocer lo que le parecía esta forma curiosa de manifestar la identidad islámica utilizada por el alfaquí en su rúbrica, pero también encontraba en ella la voluntad del firmante por que las autoridades cristianas le reconocieran en el documento judicial, firmando en caracteres latinos su apellido, con el que era conocido en la sociedad castellana de esos últimos compases del islam castellano. Cuánta reflexión y sugerencias de lectura histórica en aquella simple firma y en aquella conversación…

También le fui informando del hallazgo y catalogación de las estelas funerarias de la comunidad islámica de Ávila, la más populosa de Castilla a fines de la Edad Media con casi un millar de musulmanes. Nuevamente se sorprendió al conocerlas, al saber de la existencia de unas evidencias plenamente islámicas en territorios cristianos y en fechas ya tan avanzadas del medievo hispano. En particular, se interesó por la epigrafía en escritura árabe de algunas de estas estelas (las menos), que honraban a un difunto anónimo mediante versículos del Corán alusivos a la muerte, o el excepcional caso del sepulcro de ʿAbd Allāh el Rico muerto en 1492 y al que su padre quiso recordar con un epitafio que refiere la identidad del difunto, la fecha, las circunstancias de su fallecimiento y las fórmulas que remiten a su identidad musulmana. Recuerdo la sorpresa que le produjeron estos ejemplares, que llegó a calificar de únicos en el panorama nacional.

Unas semanas después de su muerte estuve unos días en su casa, compartiendo recuerdos y abrazos con sus hijas, mis amigas, en especial Magdalena. Pasé dos tardes con ella en la biblioteca (donde él seguía y nos acompañó), revisando y organizando papeles y libros, y encontré entre ellos una fotocopia peculiarmente encuadernada (como solo él hacía, porque a nadie más se le hubiera ocurrido ese sistema) y fichada como una obra más (30 de septiembre de 2007/entrada 15.478); era el artículo de mi colega Javier Jiménez Gadea titulado “Acerca de cuatro inscripciones árabes abulenses” (2002). Me gustó saber que se había preocupado por tenerlo (aún no teníamos ficheros digitales) y colocarlo en su biblioteca. También me gustó encontrar todo lo que yo (y Manu) le mandábamos y que estaba en las estanterías junto a obras de referencia para nosotros.

Una de las últimas publicaciones que le hice llegar, sabiendo que seguramente la leería pero que probablemente ya no la comentaríamos, fue el relato en aljamiado del viaje de peregrinación que los castellanos Omar Patun y Muhammad del Corral realizaron entre 1491 y 1495. Lo había hablado ya con él cuando conocimos el manuscrito y recuerdo que me dijo que era increíble que se hubiera conservado aquel nuevo testimonio que nos hablaba de que aún quedaba un islam peninsular tras la pérdida de Granada y de que precisamente fuera en aquellas tierras de Castilla. Más reflexiones y sugerencias de lectura histórica; no quiero ni imaginar lo que me habría trasladado en una última conversación… En definitiva, su curiosidad por la Historia y la Arqueología traspasó, pues, las fronteras de al-Andalus.

Aún no he borrado su teléfono de mi lista de contactos. Aunque hacía tiempo que ya no hablábamos, me resisto a borrar el número de un investigador al que admiraba intelectualmente, y que también sentía como maestro entrañable. Ha sido una figura vital en mi carrera, como algunos otros que también nos han dejado. Pero he decidido que ese número de teléfono lo seguiré conservando porque me permitió durante años compartir Historia y recibir enseñanzas particulares, y ese fue un lujo que no quiero olvidar.

Termino mi recuerdo con el epitafio de la estela del Museo de Ávila que recurre a la aleya 28,88 alusiva al adiós y que él marcó en el artículo fotocopiado:

La muerte convierte el paso del tiempo en un oratorio y la muerte extingue el paso en Él. Todo perece salvo su Faz. Suya es la decisión y a Él seréis devueltos.

D.E.P.

Un guiño cómplice a Guillem/Guillermo Rosselló Bordoy, dondequiera que esté ahora

Patrice Cressier

CIHAM-UMR 5648

Con el fallecimiento de Guillermo Rosselló Bordoy se cierra una época, la de los pioneros de la arqueología andalusí, y los arqueólogos de mi generación perdemos un maestro.

A mi llegada en España en 1981, le conocí primero a través de sus publicaciones. Al consultar su libro de lectura imprescindible y por entonces recién publicado (el histórico Ensayo de sistematización de la cerámica árabe en Mallorca, 1978), me hice una imagen tan esquemática como distorsionada del autor: un sabio venerable, probablemente inaccesible y cuyo principal destino en este mundo hubiera sido guiar a los neófitos (entre los que me contaba) en la jungla de la cerámica andalusí.

A esta idealización más que ingenua, sucedió pronto la simpatía mutua nacida en el marco de los numerosos encuentros científicos en los que coincidimos. Ya saben: largos días debatiendo sobre tornos y tornetas, jarritos y jarritas, ollas y marmitas, o —más evocador para mí— el incierto viaje de los objetos y de las técnicas a través del Mediterráneo. Largos días seguidos por largas sobremesas nocturnas, durante las que rehacíamos el mundo, contribuyendo en lo que podíamos a la reivindicación de la joven arqueología medieval como disciplina autónoma y pujante. Guillermo destacaba, además de por su gran cultura, por su espíritu rebelde, en lucha permanente contra la inercia de unas administraciones a menudo timoratas cuando se trataba de defender el patrimonio arqueológico frente al desarrollo económico.

Nuestra amistad se consolidó cuando compartimos —con Antonio Malpica Cuello y Miquel Barceló— la dirección de la excavación de un yacimiento excepcional proto-nazarí y nazarí, el Castillejo de Guájar Faragüit (Valle de Lecrín, Granada). Fueron cuatro campañas estivales (1986-1989), apasionantes y divertidas en más de un aspecto, cuyos frutos siguen en gran parte sin recoger (aunque años más tarde su cerámica fue objeto de un buen estudio por Alberto García Porras). Allí tome conciencia de otras dos grandes calidades de Guillermo: su capacidad conciliativa y su fuerza de voluntad para enfrentarse a las trampas de la naturaleza. Como en todo gran programa de arqueología de campo, el equipo —numeroso— reunía investigadores y estudiantes, de edades, sensibilidades, experiencias previas y objetivos vitales dispares: no es de extrañar, por tanto, que aquella capacidad de dialogo fuera solicitada en más de una ocasión y con pleno éxito. La segunda calidad fue puesta a prueba durante las caminatas que nos llevaban, de madrugada, desde la hospitalaria posada de doña María, en el corazón del pueblo, hasta la cumbre del Castillejo. Esta subida se hacía por una fuerte pendiente después de cruzar el río por un vado y de sortear una acequia. Allí pululaba el engañoso pelitre (peucedanum hispanicum), inofensivo si el paseante tiene la piel seca, abrasador si la tiene mojada. Día tras día, Guillermo aguantó sin rechistar el dolor de las llagas que le producía la dichosa planta en las piernas imprudentemente expuestas.

De esta época datan los únicos artículos de los que fuimos coautores, todos colectivos y todos a propósito del Castillejo de Guájar Faragüit, informes anuales de la excavación del poblado y estudios de grandes piezas cerámicas de este singular asentamiento andalusí.

De finales de esta añorada época data nuestro mayor proyecto común, un coloquio titulado La casa hispanomusulmana. Aportaciones de la arqueología. “Hispanomusulmana”: era ya un término anticuado; lo mantuvimos, creo recordar, en memoria de Leopoldo Torres Balbás. Fue el primer encuentro en España explícitamente dedicado a este tema, que conoció un gran desarrollo en los años siguientes. El Patronato de la Alhambra y Generalife, la Casa de Velázquez y el Museo de Palma de Mallorca nos apoyaron en su organización y publicación de las actas (en 1990)… pero los editores del libro fueron otros.

Más adelante nuestros caminos se hicieron paralelos y no volvimos a publicar juntos: yo nunca había sido ceramólogo de pleno derecho y Guillermo nunca se lanzó a trabajar en el Magreb. Pero allí su obra no era desconocida. A los pocos días de su fallecimiento, hace ya algo más de dos meses, varios colegas magrebíes me comentaron que habían dado sus primeros pasos en la disciplina apoyándose en el Ensayo de sistematización… Me emocionó este reconocimiento a un libro concebido inicialmente como un simple balance y que pronto devino una obra de referencia para varias generaciones (junto con El nombre de las cosas en Al-Andalus, una propuesta de terminología cerámica, 1991) hasta más allá del Mediterráneo. ¿Quién se atrevería hoy en día a repetir tal desafío?

Todos sabemos que Guillermo no limitó su reflexión científica a la sola cerámica: prehistoriador de formación, era también arabista reconocido, por no hablar de su actividad de gestión del patrimonio desde la dirección del Museo de Palma de Mallorca durante 40 años. Dejo a colegas y amigos (no le faltaban) de estas disciplinas la tarea de rendirle homenaje desde sus propias perspectivas. Solo me quedaba hoy disfrazar mi tristeza dando un toque de humor a estas líneas, acordándome de aquellos momentos de complicidad.

Madrid 20 de octubre de 2024

Al Mayurqî, Guillem Rosselló-Bordoy

Rafael Azuar Ruiz

En los meses iniciales de la década de los ochenta del pasado siglo XX, estaba preparando la correspondiente memoria científica de la primera campaña de excavaciones arqueológicas que realicé en el recinto fortificado del Castillo del Río (Aspe, Alicante) (1979) y para la identificación formal del registro cerámico solo disponía de unas amarillentas fotocopias de dos artículos de un tal Guillem Rosselló sobre las cerámicas musulmanas de Mallorca: uno sobre los candiles (1971) y, el más interesante, su avance sobre su tipología y cronología (1975), ambos publicados en la revista Mayurqa de difícil acceso para un investigador de provincias.

En estos artículos —y sobre todo en él último— encontré evidentes paralelos cerámicos que me permitieron identificar la mayoría de los ejemplares hallados, dándoles una denominación específica, así como un encuadramiento tipológico y cronológico diferenciados de los utilizados por la arqueología clásica y más propios y cercanos a la cultura material islámica de al-Andalus.

A partir de este momento, me convertí en un seguidor acérrimo, apóstol de su clasificación y de su tipología ampliada posteriormente en su obra más completa, Ensayo de sistematización de la cerámica árabe en Mallorca (1978) y, aunque en su prólogo manifestaba que era una obra de ámbito de aplicación restringida o centrada en el registro mallorquí, su utilización en nuestra investigación me y nos permitió constatar que era perfectamente extensible al estudio de las cerámicas del al-Andalus peninsular.

Tipología que superaba los criterios generales de clasificación de la cerámica califal que publicara J. Zozaya en su temprano “Aperçu général sur la céramique espagnole (Xème-XVème. siecles)” (1980) y, con mucho, al ambicioso proyecto del método de la descripción analítica de las cerámicas medievales de la España oriental de A. Bazzana (1979), de aplicación genérica para las producciones andalusíes o cristianas. Por estas razones, y como manifesté en el prólogo de la publicación de la mencionada memoria de excavaciones del castillo del Río (1983), apliqué su clasificación tipológica —-y no otra—- al registro del yacimiento, como sigo haciendo hoy en día.

Era tal mi admiración, rayando en el proselitismo, por su tipología cerámica que, cuando tuve la suerte de conocer personalmente a Guillem, gracias a la amistad compartida con Juan Zozaya, el respeto que me produjo su presencia me impidió articular palabra alguna…, silencio interrumpido tras el ofrecimiento de un cigarro que compartimos.

A partir de aquel placer social compartido, y de alguna otra paella…, comenzó nuestra amistad y colaboración desinteresada que se puso de manifiesto cuando al inicio de mis excavaciones en el yacimiento califal de las dunas de Guardamar del Segura (Alicante), en diciembre de 1984, descubrimos excepcionales y extraordinarios grafitos en escritura cursiva árabe para los que le solicité el apoyo de su equipo de grafitólogos con aquilatada experiencia en Mallorca, formado por Margalida Bernat i Roca, Elvira González Gozalo y Jaume Serra i Barceló, que en el verano de 1985 procedieron al calco de todas las inscripciones parietales, las conservadas en la actualidad y las desaparecidas en estos años por efectos del desgaste medioambiental, estudiadas y publicadas por Carmen Barceló.

Fig. 4. Guillermo junto con Enrique Llobregat presentando nuestro libro La Rábita califal de Guardamar (Alicante), en 1989.

Otra manifestación de su amistad, por la que estoy muy agradecido, fue cuando en ese mismo año y valorando el novedoso hallazgo arqueológico me invitó a su presentación en las V Jornades d’Estudis Històrics Locals que organizó en Palma de Mallorca, constituyendo un encuentro de primer orden en el que por primera vez se presentaba, entre otros, el excepcional conjunto cerámico califal de Benetússer (Valencia) por F. Escribá; el primigenio estudio sobre las cerámicas orientales importadas de Valencia de Josep. V. Lerma o el de J. Navarro sobre “la loza dorada” del ataifor de Zavellá; a todos ellos añadir, entre otras, la incipiente investigación arqueológica del yacimiento del Castillejo de Los Guájares (Granada) en cuya dirección participaba G. Rosselló, junto con A. Malpica y los investigadores M. Barceló y P. Cressier. Novedosas aportaciones científicas inmersas en un abierto y enfrentado debate, en el que también participaron los profesores M. Acién, Mikel de Epalza y M.ª Jesús Rubiera, y en el que fuimos testigos de la ruptura dialéctica entre los seguidores de las tesis de P. Guichard, presente en las Jornadas, y los de M. Barceló sobre la concepción de la formación social de la sociedad tributaria de al-Andalus. Prematuro debate en una arqueología de al-Andalus que comenzaba a dar sus primeros pasos.

En mayo de 1987, aceptó formar parte del tribunal de mi tesis doctoral sobre la “Denia islámica”, en cuyo acto reconocía públicamente mi aportación a su tipología cerámica con la incorporación de cuatro nuevas series: la ampolla, el tintero, la linterna y el bacín. Formas recogidas posteriormente en su obra definitiva El nombre de las cosas en al-Andalus: una propuesta de terminología cerámica (1991), de la que tuvo la deferencia de regalarme un ejemplar con la siguiente afectuosa dedicatoria: “A Rafael Azuar, uno de los que primero se enganchó con estas historias mías”.

Fig. 5. Guillermo con los otros miembros de mi tribunal de tesis, de derecha a izquierda, Manuel Acién, Enrique Llobregat y Mikel de Epalza, acompañados de M.ª Antonia Martínez.

¡¡¡Historias suyas¡¡¡… desarrolladas y expuestas en sus dos mencionadas publicaciones sobre la tipología cerámica, a las que se añade un importante listado de artículos sobre nuevas formas y, en concreto, sobre la serie ataifor, en una interesante y documentada comparación con las formas abiertas de época romana o anterior, y en su variable del tipo III, o sobre los “atabales”, sin olvidar su pasión desde niño por los “silbatos” o siurells mallorquines de claros precedentes en los zoomorfos/antropomorfos andalusíes, por citar algunos ejemplos, incorporados en su obra recopiladora de la materialidad de la vida cotidiana de al-Andalus: El ajuar de las casas andalusíes (2002). Un corpus tipológico, con sus variables decorativas en letra minúscula y, sobre todo, de calado terminológico, como queda patente en su revisión de los textos andalusíes sobre la denominación de las cerámicas, partiendo de los notariales del siglo XI del valenciano al-Bunṭî y del toledano Ibn Mugiṯ, ampliados con la revisión de las aportaciones del Glosario latino-árabe de Leiden del siglo XII, con el del Vocabulista in arabico atribuido a Ramón Martí del siglo XIII o el Vocabulista arauigo en letra castellana de Pedro de Alcalá (siglos XV-XVI) que constituyen, en conjunto, un inapreciable registro terminológico, basado en vocablos del árabe andalusí, y un verdadero corpus epistemológico para la arqueología científica de al-Andalus. Inapreciable legado entre sus muchos saberes que, lamentablemente y en mi opinión, no ha sido lo suficientemente apreciado y valorado por las nuevas generaciones, y para el que, como hace cuarenta años, reitero mi reconocimiento y reivindicación.

Por todo ello y más, gracias Guillem.

Guillermo Rosselló Bordoy: el nombre de las cosas en al-Andalus

Sonia Gutiérrez Lloret

Universidad de Alicante

Rosselló Bordoy (Guillermo para unos o Guillem para otros) fue crucial en la incorporación de la arqueología medieval a los estudios históricos, cuando estaba fuera del ámbito académico universitario y los Congresos Nacionales de Arqueología —así, sin apellidos— concluían con los romanos, como si los “bárbaros” hubiesen acabado también con la posibilidad de estudiar la materialidad de la historia después del siglo V, con excepción de lo “paleocristiano”. Su aportación al conocimiento de la cultura material de al-Andalus es indudable, en especial la cerámica, que a fines de la década de los años 70 del pasado siglo era un saber diletante y anticuarista relegado a los museos.

Guillermo Rosselló estuvo en todos los combates que dignificaron el estudio de la arqueología medieval y reivindicaron la cerámica como forma de conocimiento histórico de al-Andalus: en los Congresos de Arqueología Medieval, de España y Portugal, desde 1985; en los primeros coloquios internacionales de Céramique médiévale en Méditerranée occidentale, inaugurados en Valvonne (1978) y devenidos en congresos a partir de Tesalónica (1999); y en la Asociación del mismo nombre, creada en 1992 para promover el estudio de las cerámicas medievales del Mediterráneo (AIECM2) y también modernas desde 2012 (AIECM3), de cuyo comité internacional formó parte hasta 2009.

Fig. 6. Juan Zozaya y Guillermo Rosselló en la reunión preparatoria del coloquio de Céramique médiévale en Méditerranée occidentale en Venecia, abril de 2008 (gentileza Sauro Gelichi- AIECM3)

Junto con Juan Zozaya y André Bazzana, entre otros, definió con éxito los criterios cronotipológicos funcionales de la cerámica andalusí en su pionero Ensayo de sistematización de la cerámica árabe en Mallorca de 1978 (“el rosselló” a secas), trascendiendo el restringido marco cronológico de su Mallorca original (902-1229) hasta convertirse en referencia obligada en toda la península ibérica, el Magreb y el sur de Italia. Guillermo Rosselló fue y es todavía el “padre fundador” de la ceramología andalusí, que además de su tipología estricta, hoy en parte superada, nos legó El nombre de las cosas en al-Andalus (1991), es decir, la designación normalizada que toda disciplina necesita para construir su conocimiento científico. Un consenso del que curiosamente aún carecen las cerámicas ibéricas o romanas, sin ir más lejos, a pesar de su amplia tradición de estudio. En aquellos maravillosos años en que éramos jóvenes militantes de una arqueología combativa, que debía superar los corsés académicos y los limites cronológicos de su praxis, Rosselló, con sus gruesas gafas y su peculiar ironía, fue un referente indiscutible, un maestro oracular a quien cabía consultar en busca de la respuesta precisa, pues no en vano era el que más sabía de cacharros. Sin embargo, en el momento de evocar su memoria, no me vienen a la cabeza esas indudables aportaciones, sino las estampas de una relación personal que determinó mi vinculación con el temprano al-Andalus.

Fig. 7. Comité internacional de la AIECM, Venecia, abril de 2008 (gentileza Sauro Gelichi- AIECM3)

Acto primero: un examen en Sa Riera, Mallorca

Probablemente debí de escuchar a Guillermo Rosselló en el congreso fundacional de la Arqueología Medieval de Huesca en abril de 1985, pero sinceramente no lo recuerdo, estando como estaba a otras cosas. Por el contrario, sí recuerdo el instante en que me fue formalmente presentado en las V Jornades d’Estudis Històrics Locals, celebradas a fines de noviembre de aquel mismo año en Palma de Mallorca. Para entonces me habían sucedido muchas cosas: había leído varios artículos suyos, curiosamente no de cerámica sino de urbanismo mallorquín, y me había metido en un lio que solo explica la temeridad de la juventud. Un grupo de estudiantes de árabe de la Universidad de Alicante fuimos animados a inscribir una pequeña comunicación en dicho coloquio, la primera de nuestra vida académica, por el profesor Mikel de Epalza, arabista que había creado una Asociación Cultural Hispano Árabe Alicantina (ACHAA) con Enrique Llobregat y Rafael Azuar, entre otros, y había invitado a nuestras aulas a referentes de al-Andalus como Pierre Guichard o Miquel Barceló. Por mi perfil de arqueóloga y mi interés por el urbanismo islámico, me sugirió aplicar el modelo operativo y funcional que él proponía para el urbanismo islámico en la zona oriental de al-Andalus a Madīna Mayūrqa, nada más ni nada menos. Es evidente que nadie le reveló a la joven e inexperta licenciada que quizá no era muy buena idea explicar el urbanismo de su ciudad a los mallorquines allí presentes, entre los que obviamente no solo estaría Guillermo Rosselló, que había estudiado la evolución urbana de Mallorca entre otros aspectos, sino también Ricard Soto, Reis Fontanals y el propio Miquel Barceló, por entonces enfrentado a la perspectiva de Epalza, que acababa de publicar un conocido compendio Sobre Mayūrqa (1984). Ni que decir tiene que aquella primera comunicación podría haber sido la última de mi incipiente carrera, pero afortunadamente una carambola del destino vino en mi ayuda.

Aquel verano del 85, estando yo en un curso de metodología arqueológica en Palencia, Rafael Azuar invitó a un grupo de discípulos de Guillermo Rosselló (Margalida Bernat, Elvira González, Jaume Serra y Magdalena Riera) a participar en la excavación y calcar los grafitos de la rábita califal de las dunas de Guardamar, recién descubierta. La amistad que mi compañero Héctor Lillo trabó con los mallorquines durante esa campaña convirtió su lógica suspicacia inicial en una cruzada incondicional de apoyo que me salvó del desastre. Durante ese verano y buena parte del otoño me enviaron todos los artículos y trabajos históricos que necesité sobre la ciudad, publicados en revistas locales imposibles de conseguir en una época preinternet, y me ayudaron a rastrear calles y topónimos en la documentación histórica, en especial nuestra amiga Magdalena Riera, que poco después realizó su tesis doctoral sobre la evolución urbana y la topografía de Madīna Mayūrqa (1993). Con esos mimbres y mucho esfuerzo, conseguí estructurar un texto decente sobre una ciudad que acabé por conocer mejor que la mía propia, y nada más desembarcar fui sometida al rito iniciático de ser presentada al maestro Rosselló, conspicuo alfaquí de Mayūrqa.

Sucedió al atardecer en una amplia calle arbolada de la ciudad, rodeada por mis protectores amigos mallorquines, cuando un severo Rosselló —imagino que muy divertido por la situación y mi contrita expresión— me preguntó incisivo:

“Veamos si realmente conoces Mallorca. ¿Si excavásemos aquí, qué encontraríamos?

Azorada y queriendo que me tragase el pavimento del paseo que estábamos atravesando, respondí:

“Justo aquí, agua o nada, porque creo que estamos sobre Sa Riera, la rambla que atravesaba la ciudad

Y entonces se obró el milagro. Me aprobó con nota entre carcajadas y desde entonces me adoptó como una más de los suyos, felicitándome cuando expuse mi trabajo ante lo más granado de la arqueología y la historia de al-Andalus de la época (Guichard, Acién, López Elum, Azuar, Cressier, Zozaya, Lerma, Navarro, Malpica o Barceló), para abortar de esa forma cualquier crítica demoledora de los más temibles, en un contexto complejo donde ya se mascaba una fractura de las escuelas que arrastraba al discipulado más joven de Barcelona, Mallorca y Alicante. No solo defendió la comunicación, que se publicó en el coloquio, sino que imprimió aquel novel y malaconsejado estudio sobre los Elementos del urbanismo de la capital de Mallorca en tirada monográfica dentro de la serie Trabajos del Museo de Mallorca, n.º 41 de 1987, dándome un motivo de orgullo que me animó a seguir en la brecha.

Acto segundo: ¿qué tipología para Tudmīr?

Los años siguientes continué frecuentando las publicaciones del maestro mallorquín, embarcada ya en el estudio de las producciones antiguas de la Rábita de Guardamar, que se convertirían en la base de una tesina (1987) y el germen de mi posterior tesis (1992). La investigación en el ribāṭ, dirigida por Rafael Azuar, marcó un antes y un después en el estudio del temprano al-Andalus y la islamización de territorio de Tudmīr. El verano del 87 supuso una renovación metodológica en la excavación (sistema Harris, nuevas tipologías, determinación de fases constructivas, identificación del asentamiento fenicio, etc.) que implicó a todo el equipo, incluidos los mallorquines, a los que se incorporó Natalia Soberats (imposible no mencionar también a Rosa Saranova, Margarita Borrego, Pepa Pascual, Javier Martí y Màrius Beviá, entre quienes allí estuvieron). Guillermo Rosselló nos visitó nuevamente y, como uno más en el equipo, no solo participó en las discusiones científicas sobre aquel extraño yacimiento al que le nacían mezquitas como setas, sino también en la fiesta de germanor alicantino-valenciano-balear de la Nit de Sant Joan, hermandad que incluyó filà con “marcha mora” y cremà de hoguera-falla, y que culminó al día siguiente con la conquista de la isla de Tabarca, que los mallorquines reclamaron como propia, sobre todo después de probar el caldero local.

Fig. 8. Fiesta en la casa de El Campico, en Guardamar, durante las excavaciones del verano de 1987: Guillermo Roselló en una filà arqueológica con Margarita Borrego, Margalida Bernat, Natalia Soberats y Pepa Pascual, entre otros.

Fig. 9. Excursión del equipo de la Rábita de Guardamar a la isla alicantina de Tabarca en 1987.

No obstante, la diversión no estaba reñida con la reflexión y la tipología era entonces una cuestión crucial. Formados como estábamos en el apostolado de su clasificación, en palabras de Rafael Azuar que la siguió fielmente en su propia tesis (1987, publicada en 1989), empezaban a surgir disensiones que me impedían a mí hacer lo propio, al centrase en producciones posteriores al 902. De un lado, porque Rosselló había caracterizado series funcionales como los ataifores, jofainas o redomas por el uso del vidriado, que era prácticamente inexistente en contextos emirales, como los que yo estudiaba; un hecho que, sumado a la presencia significativa de cerámica a mano y a las evidentes diferencias formales, me impedía aplicar su venerado ensayo de sistematización. De otro lado, porque hasta sus más fervientes discípulos, insulares y peninsulares, éramos cada vez más conscientes de lo poco práctica que resultaba, a la hora de inventariar piezas fragmentadas, la caracterización de formas por el tamaño o el número de asas (ataifor vs jofaina o jarra/jarro vs jarrita/jarrito, que incitaba a bromear con imaginarias jarrotas y jarrones), al tiempo que algunos de sus criterios formales resultaban sumamente imprecisos (como la famosa marmita tipo E y sus variantes, realmente una jarrita encubierta que acabó por ser irónicamente rebautizada “marmi-jarra1). En consecuencia, hube de sistematizar las series y formas de las producciones paleoandalusíes partiendo de los procesos de fabricación (torno/mano-torneta/molde) y utilizando criterios morfológicos objetivos, que definían la funcionalidad a posteriori y no a la inversa, sin que este abandono del padre supusiese nunca la renuncia a una paternidad dialogante, con acuerdos y desacuerdos compartidos, de palabra o por escrito, a través de deliciosas cartas de esas que ahora escasean y que tanto añoramos quienes tenemos una cierta edad.

Acto tercero: ¿ṭabūn o tannūr? Horno parece, anafe no es

Entre las cartas que atesoro están las tres manuscritas que nos cruzamos en febrero de 19902, cuando Guillermo comenzó a derivar de la tipología a la terminología y a interesarse por el nombre de las cosas. El 11 de febrero le consulté, con explicación gráfica humorística de su uso incluida, sobre el nombre que debíamos darle a unos hornillos que había logrado identificar como hornos de pan de tradición oriental. Eran formas cónicas o cilíndricas destinadas a cocer las hogazas ácimas adheridas a las paredes, que había interpretado como anafes en mi tesina (1987, publicada en 1988). Había descubierto que formas parecidas, halladas en contextos púnicos tunecinos, se habían relacionado por parte de Pierre Cintas (1962) con piezas etnográficas llamadas en Túnez ṭābūna (parrilla u horno) o ṭabūn (hoyo para guardar la brasa), palabras árabes que no aparecían en las fuentes andalusíes, a diferencia del término tannūr, utilizado por autores como Ibn cAwwām, Abu Zacaría o Ibn Razin al-Tuyibi. Consulté al oráculo rosselloniano, que me dio razón cumplida, aderezada con una divertida digresión sobre los vapores sulfurosos que exhalaba en sus vaticinios de autodenominada “momia sarmentosa”, que aún hoy me hacen reír al releerlos.

Fig. 10. Correspondencia con Guillermo Rosselló en febrero de 1990 a propósito de los hornos de pan.

Acordamos llamarlo tannūr, en transcripción directa del árabe, porque su derivado castellano, la palabra atanor, había tenido una traslación de significado que, salvo en el caso del hornillo de alquimista, enfatizaba la forma cilíndrica, relacionándola con los brocales y las cañerías de cerámica. El tannūr y su humilde compañero, el ṭābaq o plato de cocción, quedaron formalmente bautizados en diversos foros durante ese mismo año: el Coloquio Hispano-Italiano de Arqueología Medieval, celebrado en Granada en abril del 90 (Rosselló, 1992), el de Salobreña de octubre del mismo año sobre Cerámica altomedieval en el sur de al-Andalus (Rosselló, 1993; Gutiérrez, 1993), en mi artículo sobre Panes, hogazas y fogones portátiles, donde agradecía su colaboración (Gutiérrez, 1990-91: 169), en su Nombre de las cosas en al-Andalus (Rosselló, 1991) y en mi propia tesis defendida en 1992 y publicada en 1996. Lo que creo que nunca llegamos a comentar es la persistencia del término en la otra lengua que compartíamos, donde tannūr ha perdurado como arabismo valenciano en las formas tenor, tenoret o tenoreta, para designar el caliu de les llars, o si se prefiere, escalfor tènue i agradosa com la que fa un foc moderat (Llorca, 2006).

Fig. 11. Magdalena Riera, Rafael Azuar, Concha Navarro, Marga Borrego, Sonia Gutiérrez y Guillermo Rosselló en la Alhambra durante el Coloquio Hispano-Italiano de Arqueología Medieval, abril del 90 (gentileza de José Ramón Ortega).

Telón: remembranzas finales

Desde entonces mantuvimos la amistad (incluido un viaje familiar y navideño a Madīna Mayūrca) y el contacto en reuniones y congresos, que vieron disminuir su frecuencia conforme menguaba la efervescencia de la arqueología medieval que alumbró el cambio de siglo; según cambiaban los intereses de los que habíamos configurado una troupe que llegamos a designar cariñosamente el “Circo al-Andalus”, de tanto como repetíamos cartel en diversas plazas; y (por qué no reconocerlo también) según nos hacíamos más mayores y cómodos.

Recuerdo especialmente la reunión de la Asociación internacional para el estudio de la Cerámica Medieval en el Mediterráneo Occidental, de cuyo comité formé parte brevemente, celebrada en el Museo de Mallorca para preparar el congreso que debía haberse celebrado allí a fines de los 90; un sueño al que Guillermo hubo de renunciar por falta de financiación en favor de Tesalónica, hasta que en 2006 pudo recuperarse una sede española en Ciudad Real. No puedo olvidar tampoco el amargo reencuentro en las I Jornadas Internacionales de Arqueología de al-Andalus. Califato y Taifas (octubre de 2013 en Alicante y Denia), que debía haber abierto Manuel Acién, cuya sobrevenida desaparición convirtió el coloquio en un emotivo homenaje, en el cual Guillermo quiso participar.

Fig. 12. Concha Navarro, Carolina Doménech, Pepa Pascual, Sonia Gutiérrez, Rafael Azuar, Marga Borrego y Vicente Salvatierra con Guillermo Rosselló en las Jornadas Internacionales de Arqueología de al-Andalus, Denia, octubre de 2013.

Y por fin, cómo borrar de la memoria su última visita a Alicante a finales de 2019, en el VI Congreso de Arqueología Medieval, donde acudió sin sus gafas de siempre, que ya no usaba, con motivo de su nombramiento como presidente honorífico de la Asociación Española de Arqueología medieval. En aquella ocasión presté mi voz a Olatz Villanueva, que había escrito una emotiva laudatio al maestro que no pudo leer y que nos tocó doblemente el corazón, como ella y yo sabemos.

Fig. 13. Guillermo Rosselló recibe el nombramiento de presidente honorífico de la Asociación Española de Arqueología medieval en Alicante, 2019.

Creímos entonces que éramos nosotros los que le homenajeábamos, pero visto con perspectiva quizá era él quien se despedía, aludiendo a su condición de “momia sarmentosa” con su característica ironía; un humor incólume y tan lozano como el que había desplegado treinta años antes en el memorable opúsculo que casi nadie conoce y pocos recuerdan, titulado “Informe preliminar sobre les exacavacions arqueològiques a un yaciment medieval contaminat per intrusions de l’edat del tub”, ilustrado por su amigo Frederic Soberats Liegey, y escrito de su pluma un lejano 1987 para narrar las peripecias derivadas de la compleja identificación de los distintos tubos y conducciones hallados durante una excavación de urgencia de un solar mallorquín del Puig de Sant Pere. Lo guardo a la tenoreta de aquel último abrazo. Seguro que le hubiese gustado este rescoldo.

Fig. 14. Portada del delicioso Informe preliminar sobre les Excavacions arqueològiques a un yaciment medieval contaminat per intrusions de l’edat del tub, escrito por Guillerm Rosselló e ilustrado por Frederic Soberats (1987).

REFERENCIAS GENERALES

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Cómo citar: Todo perece salvo su maestría y recuerdo. A Guillermo Roselló Bordoy., (2024): IN MEMORIAM Guilermo Roselló Bordoy. Arqueología Y Territorio Medieval, 31. e9335. https://doi.org/10.17561/aytm.v31.9335

1 Cosa que el propio Guillermo reconoció deportivamente: “Menos mal que la sorna amistosa de muchos de vosotros la bautizó de inmediato como marmi-jarra y aunque tal denominación sea poco científica, difícilmente será borrada de los comentarios y chanzas postcongresuales” (Rosselló, 1999: 20).

2 Mis cartas se fechan el 11 y el 21 de febrero, mediando una suya del 15 (un dialogo epistolar fluido, con intervalos de 3-4 días. ¡Así de bien funcionaba el correo postal entre Alicante y Mallorca entonces, para qué luego digan!), a la que se añadió una suya del 3 de julio que incluía, a modo de adenda, una nueva referencia documental de Ibn Razin al-Tuyibi sobre el pan para reforzar la hipótesis.