La transformaci—n estŽtica del espacio educativo              y su influencia en el proceso de ense–anza-aprendizaje

The educational facilityÕs aesthetical transformation                      and its influence on the teaching-learning process

 

 

Javier Andreo Le—n

Universidad de JaŽn

javierandreoleon@gmail.com


Resumen:

     El objeto de este art’culo es el de revisar la relaci—n existente entre el espacio educativo y la influencia que este ejerce sobre el proceso de ense–anza-aprendizaje y sobre el propio desarrollo interpersonal e intrapersonal de los agentes implicados en dicho proceso.

     Se valora, de este modo, la educaci—n y, concretamente, el acto de educar como modelador y determinante para con la configuraci—n de la persona en su nivel individual y social. As’, el espacio que alberga la actividad educativa se contempla como elemento did‡ctico que acompa–a y pertenece a la actividad como tal.

     No se entiende la una sin el otro: el prop—sito que persigue la educaci—n es el fin del espacio educativo y viceversa. En consecuencia, transformar la educaci—n formal y sus objetivos pasa -que no concluye- necesariamente por la transformaci—n estŽtica del espacio educativo.

Abstract:
 

     The aim of this article is to revise the current relationship between educational facility and its influence on the teaching-learning process and over the interpersonal and intrapersonal development itself of the actors involved in such process.

     It values, in this way, education and, concretely, the act of educating as a modeller and decisive in relation with shaping the person in his/her individual and social level as well. Therefore, it contemplates the space which houses the educational activity as an instructional material which accompanies and belongs to the activity.

     It isnÕt understood one without the other: the purpose which pursues the education is the goal of educational facility and vice versa. Accordingly, transforming formal education and its objectives goes -not concluding- necessarily through educational facilityÕs aesthetical transformation.

 


Cuadro de texto: Sugerencias para citar este art’culo
Andreo Le—n, Javier (2019). La transformaci—n estŽtica del espacio educativo y su influencia en el proceso de ense–anza-aprendizaje. Tercio Creciente, XX, p‡gs. 117-143.
https://dx.doi.org/10.17561/rtc.n16.5

ANDREO LEîN, JAVIER. La transformaci—n estŽtica del espacio educativo y su influencia en el proceso de ense–anza-aprendizaje. Tercio Creciente, julio 2019. n¼ 16, pp. 117-143.  https://dx.doi.org/10.17561/rtc.n16.5

Cuadro de texto: Palabras Clave	desarrollo, transformaci—n, educaci—n, espacio educativo.
Key words	development, transformation, education, educational facility.


Introducci—n

     ÇLa realidad est‡ definida con palabras. Por lo tanto, el que controla las palabras controla la realidadÈ -dice Antonio Gramsci (1973) a prop—sito del poder de la educaci—n y de la cultura de la sociedad. En este sentido, y sin entrar a valorar hegemon’a y dominaci—n, Gramsci concibe la educaci—n como el motor de la revoluci—n en tanto en cuanto el Estado se convierte en educador con el fin de aglutinar mayor’as a travŽs del sometimiento ideol—gico de la masa popular.

     La escuela se convierte, entonces, en ese campo de confrontaci—n de contrahegemon’a y hegemon’a pol’tica, as’ como en escenario de constituci—n y -sobre todo- de perpetuaci—n de la jerarquizaci—n y estratificaci—n social.  Esto es, la escuela se erige como templo para la reproducci—n automatizada y estandarizada del ÒconocimientoÓ de una generaci—n a la siguiente.

     Esta canci—n suena bastante mainstream y mucho espa–ola, no por nada se han aprobado siete leyes educativas diferentes desde los a–os de la transici—n. Se legitima con esto esa idea de reconquista continua de los —rganos estatales en general y de la educaci—n en particular para utilizarlos al servicio e intereses del Estado en contra de los intereses de la ciudadan’a.

     Por ello, y m‡s all‡ de teor’as oscurantistas, nos topamos con un sistema educativo asentado en el inmovilismo con mŽtodos que persiguen la transmisi—n de los saberes enciclopŽdicos en detrimento del autodesarrollo del alumnado.

     Y pese a que en los œltimos a–os, en un intento de democratizaci—n de los servicios y espacios pœblicos, se ha descentralizado el poder estatal para delegarlo, en cuesti—n de autonom’a, en los centros escolares, esto no ha resultado en la consecuci—n de una educaci—n enfocada en el librepensamiento y en el cuestionamiento de nuestras tradiciones, sino todo lo contrario, ha supuesto el surgimiento de nuevas l’neas y estratos de poder intermedios: desde los poderes f‡cticos al AMPA pasando por el Claustro de profesorado.

     En consecuencia, alejados de dogmas, supersticiones y dem‡s ortodoxias, nos encauzamos en el devenir de esa escuela-nueva-libre. Libre de imposiciones y seducciones y disruptiva con el sistema fordista alienante dado. En definitiva, libre para ser genuinamente uno mismo y, sobre todo, activa en la construcci—n y generaci—n del autoaprendizaje y, por consiguiente, en la autorrealizaci—n.

     Para tal fin, resulta dif’cil concebir la escuela-nueva-libre (como contenido) dentro de la escuela-vieja-actual-represora (como continente), edificada como aparato ideol—gico del Estado para la irreflexi—n del concepto de autoridad.

     Conocido es su principio: en la periferia, una construcci—n en forma de anillo; en el centro, una torre, Žsta, con anchas ventanas que se abren en la cara interior del anillo. La construcci—n perifŽrica est‡ dividida en celdas, cada una de las cuales atraviesa toda la anchura de la construcci—n. Tiene dos ventanas, una que da al interior, correspondiente a las ventanas de la torre, y la otra, que da al exterior, permite que la luz atraviese la celda de una parte a otra. Basta entonces situar un vigilante en la torre central y encerrar en cada celda a un loco, un enfermo, un condenado, un obrero o un escolar. Por el efecto de la contraluz se pueden percibir desde la torre, recort‡ndose perfectamente sobre la luz, las peque–as siluetas cautivas en las celdas de la periferia (Foucault, 2012).

     Foucault, al describir el Pan—ptico de Bentham, revela el origen te—rico de una tipolog’a espacial dedicada al ejercicio del control. La organizaci—n arquitect—nica del espacio asegura y sostiene una relaci—n de poder independientemente de aquel que lo ejerce. Esto es, el recluso, a causa de la incesante sensaci—n inducida de visibilidad termina por ser su propio vigilante. ÇEl detenido no debe saber jam‡s si en aquel momento se le mira; pero debe estar seguro de que siempre puede ser miradoÈ (Foucault, 2012).

     Bajo esta misma idea de control global se levantan las escuelas orwellianas de nuestros d’as, en las que, Çpor una parte, el alumno est‡ siempre expuesto al efecto de la visi—n por parte del encargado de vigilarlo [É]; por otra parte, el profesor ocupa el punto focal del espacio, estando siempre expuesto ante sus alumnos-espectadoresÈ (Bertozzi, 2001).

     Este car‡cter de atomizaci—n y previsibilidad que propone el espacio de la instituci—n escolar estatal, por tanto, guarda una relaci—n directa para con el no-desarrollo cr’tico individual del alumno.

     Entonces, si, segœn la primera l’nea del pre‡mbulo de la actual ley central educativa, se constituye que Çel alumnado es el centro y la raz—n de ser de la educaci—n. El aprendizaje en la escuela debe ir dirigido a formar personas aut—nomas, cr’ticas, con pensamiento propioÈ (Ley Org‡nica 8, 2013), no podemos sino dirigir nuestras miradas y esfuerzos a que as’ sea de facto y, de igual forma, generar espacios acordes que inviten y promuevan tal fin.

     Por consiguiente, el objeto que persigue el presente escrito es el an‡lisis te—rico-pr‡ctico del espacio educativo y c—mo la transformaci—n estŽtica de este, hacia la abstracci—n y la polivalencia, puede igualmente transformar el proceso en s’ de ense–anza-aprendizaje y resultar en una sociedad m‡s cr’tica y democr‡tica.

La educaci—n como motor para el cambio social

     ÇUna educaci—n bancaria hacia una libertaria, emancipadoraÈ. Con este postulado, Freire (1975) sitœa tanto el origen como el destino proyectado de la educaci—n. Determina y resuelve las eternas cuestiones identitarias: Àde d—nde venimos? Àa d—nde vamos? As’, entiende y eleva la educaci—n como objeto vital.[1]

     Con la aparici—n de la escolarizaci—n, el medio acadŽmico de la pedagog’a se enmarca en los discursos de la regulaci—n social: la escuela forma, pero tambiŽn reprime. Establece, por tanto, mediante la imposici—n y el ejercicio del poder jer‡rquico, aquello que ha de hacerse y saberse y aquello que no (Galicia, 2004).

     Las formas de gobierno, en consecuencia, encuentran en la educaci—n ya no solo un sistema garantista de estrella que perpetœa el cierre social entendido como el conjunto de estrategias de distribuci—n y segregaci—n que derivan en la desigualdad social y, as’, en el mantenimiento de los estratos de clase, sino que, y del mismo modo, el cierre social adquiere un nuevo orden al ocuparse de la asignaci—n del conocimiento y de la exclusi—n de este, con lo que el asistir a la escuela ya no es sin—nimo de educaci—n para todos.

     Se constituye, entonces, la dialŽctica saber-poder foucaultiana, aquella que plantea la voluntad de verdad como voluntad de poder. Esto es, advertir el saber como instrumento del poder. Para Foucault, detr‡s de la fachada de la verdad subyace toda una voluntad de poder, una justificaci—n para la dominaci—n, para exigir conformidad y sumisi—n. Y es que el conocimiento, el saber, supone una doble represi—n: la que condena al silencio los discursos ÒexcluidosÓ y la que discierne y ordena los discursos ÒaceptablesÓ (Ovejero & Pastor, 2001).

     Aparece aqu’ el discurso como pr‡ctica institucional y disciplinar mediante la cual se participa en la formaci—n, funcionamiento y difusi—n de lo pol’ticamente aceptado e impuesto desde las instancias de poder. Los discursos son aquello que posibilita las disciplinas y las instituciones a partir de las cuales se sostienen y redistribuyen las ideolog’as (Galicia, 2004).

     Por ende, se presenta como obligado, ante este escenario que profundiza en el proceso de cambio social, la reformulaci—n de las preguntas b‡sicas sobre los fines que persigue la educaci—n, sobre quiŽnes asumen la responsabilidad de formar a las nuevas generaciones y sobre quŽ legado cultural, quŽ valores, quŽ concepci—n del hombre y de la sociedad se desea transmitir (Tedesco, 1995).

     Y es que, m‡s all‡ del ejercicio del poder y la dominaci—n por s’ mismos, subyacen intereses que abogan por el ÒdesarrolloÓ social, como los promulgados, por ejemplo, por la OCDE (Organizaci—n para la Cooperaci—n y el Desarrollo Econ—micos), a la que el Estado rinde cuentas en el pre‡mbulo de la LOMCE (Ley Org‡nica 8, 2013), esto es, subyugar por y para el progreso, por y para el emprendimiento, la competitividad y productividad, esto es, por y para el capital.

     Dec’a el rapero -ahora condenado por la Audiencia Nacional por los delitos de enaltecimiento del terrorismo, injurias a la Corona y calumnias a las Instituciones del Estado por ejercer la libre expresi—n- Pablo HasŽl (2011) en el estribillo de una canci—n para con la educaci—n:

     La educaci—n es la base y la controla el capital.

Quieren mentes obtusas que no se sepan informar.

Que crean lo que sale en la cope o el pa’s.

Hacen lo imposible pa que tu percepci—n no se pueda abrir.

La educaci—n es la base y es antirrevolucionaria.

Echo la vista atr‡s y s—lo aumenta mi rabia.

Cuando veo c—mo me ocultaron lo m‡s importante.

Pero no pudieron evitar que hoy la realidad cante.

     Con la Revoluci—n Industrial y las heredadas pol’ticas neoliberales, el desarrollo de las pol’ticas pœblicas en general y en el ‡rea educativa en particular redefine, con el sistema de globalizaci—n, la relaci—n Estado y Mercado, as’ como la pol’tica con interŽs econ—mico privado a favor de la l—gica de mercado (Dufour, 2016).

     As’ pues, ÇÉd’ganme d—nde est‡ el trabajo en un tipo de sociedad y les dirŽ d—nde est‡ la educaci—nÈ (MŽszar—s, 2008). Por consiguiente, se define un horizonte educativo y pedag—gico que atiende a los conceptos de la oferta y la demanda, de modo que la educaci—n -y con ella, la sociedad- termina por avanzar al ritmo que exige la econom’a global y por supuesto no al revŽs.

     En este marco, todo termina por ser susceptible de ser mercantilizable, todo se vende, todo se compra, y la educaci—n no es una excepci—n. La l—gica alienante del consumo y el lucro no hace sino transformar los espacios educativos en centros comerciales. En los que se acumula sin m‡s sentido que el de acumular, se conoce, pero no se comprende. Esto es, se reproduce el discurso medi‡tico en contra de su desciframiento, en contra del despertar.

     El efecto de mercado global determina con Žl una suerte de escenario œnico estandarizado que erradica de golpe la identidad cultural singular de los pueblos en pro de una identidad comœn a todos. Se genera, as’, un proceso total de macdonalizaci—n y disneylandificaci—n, en el que, bajo una aparente capacidad masiva de elecci—n y diversidad, se esconde un sistema caracterizado por la previsibilidad, la uniformidad y la automatizaci—n (L—pez Cuenca, 2015).

     Los libros y las obras de arte est‡n a nuestra disposici—n como nunca antes lo hab’an estado. Nuestra propia vida est‡ llena de acontecimientos. Pero, al mismo tiempo, casi nada nos pasa. Los sucesos de actualidad, convertidos en noticias fragmentarias y aceleradamente caducas, no nos afectan en lo propioÉ Consumimos libros y obras de arte, pero siempre como espectadoresÉ Sabemos muchas cosas, pero nosotros mismos no cambiamos con lo que sabemos (Larrosa, 2009).

     Nos encontramos, por todo, inmersos en una realidad social compleja en la que la soberan’a del Estado queda en entredicho al encontrarse supeditada y totalmente traspasada por los poderes f‡cticos, por las grandes compa–’as multimillonarias -en muchas ocasiones con mayor PIB que la totalidad del pa’s en cuesti—n-[2]. El poder cambia de manos, mejor dicho, se disgrega, porque nadie quiere renunciar a su trozo de la tarta. As’, la pol’tica y la religi—n continœan su ejercicio del sometimiento ideol—gico al tiempo que actœan de muletas del gobernante global, el capitalismo.

     Todos estos nœcleos de poder encuentran su nexo y aglutinante en lo que nos ocupa, en la educaci—n. El discurso del capital y del progreso se traslada a las escuelas y se traduce en el emprendimiento como tratamiento trasversal a todas las ‡reas, el pre‡mbulo de la LOMCE (Ley Org‡nica 8, 2013) no alberga dudas al respecto:

     La l—gica de esta reforma se basa en la evoluci—n hacia un sistema capaz de encauzar a los estudiantes hacia las trayectorias m‡s adecuadas a sus capacidades, de forma que puedan hacer realidad sus aspiraciones y se conviertan en rutas que faciliten la empleabilidad y estimulen el esp’ritu emprendedor a travŽs de la posibilidad, para el alumnado y sus padres, madres o tutores legales, de elegir las mejores opciones de desarrollo personal y profesional.

     Y, aunque el esp’ritu emprendedor no es una cuesti—n negativa a priori, s’ lo es su car‡cter reduccionista. Todo apunta y concluye en la asunci—n del sistema de trabajo y capital y en el no cuestionamiento de este. Todo apunta al Òpuedes lograrlo si te esfuerzas lo suficienteÓ frente al Òsi no lo logras es tu culpaÓ thatcheriano, al Òsubirse a la biciÓ[3] como modus vivendi, a reproducir y perseguir el modelo Amancio Ortega.

     Se traslada a la escuela y al aula, como decimos, toda una estructura que trasciende a la propia educaci—n, pero que encuentra en esta su motor y su raz—n de ser.

     Asistimos, como corolario, a una escuela siempre paladina del desarrollo social y siempre c—mplice del contradesarrollo social. No podemos sino hallar en ella toda una estamentaci—n y entramado que as’ lo permita a travŽs de una mezcolanza m‡s o menos (poco) cohesionada que, de un lado, se parapeta y atrinchera en la consecuci—n del respeto (que es miedo) hacia la figura de poder totalitarista, de otro lado, se rinde a su posici—n para esparcir la buena nueva particular y, por œltimo, se resigna y asume su papel de operario como en una cadena de trabajo fordista.

     A prop—sito de este œltimo, que bebe del modelo industrial y que acepta como propio el sometimiento que ejerce la escuela -tanto al alumnado como al profesorado, que no es sino posalumnado y fruto germinado del sistema- Ferrer i Guardia, fundador de la Escuela Moderna -recoge Spring (1987)- admit’a que, una vez superado el estado de ignorancia por el cual los gobiernos controlaban las masas, la estructura jer‡rquica del capitalismo exig’a que los trabajadores tuvieran ciertos rasgos de car‡cter espec’ficos. Se les deb’a educar para que soportaran el aburrimiento y la monoton’a de la f‡brica y para que aceptaran obedientemente su organizaci—n. Los trabajadores deb’an ser puntuales, obedientes, pasivos, y adem‡s estar deseosos de aceptar su empleo y su posici—n.

     Con lo que, este bagaje, que converge en un engranaje conformista, estatista e individualista en cuanto a los —rganos internos de la escuela, vende, en favor de los think tanks, la direcci—n de la educaci—n que haya de servir a la ciudadan’a. Por ello, los Otros obtienen en el cuerpo docente ese ejŽrcito fiel que se posiciona en primera l’nea, que ejecuta y no cuestiona.

     Para suerte de todos y para romper con el ciclo previsto ad infinitum, existen, de igual forma, buena cantidad de docentes comprometidos con dinamitar una educaci—n deshumanizada que se concibe a s’ misma como una suerte de testigo que se pasa de generaci—n en generaci—n.

     Esta es la idea que plasm— la artista estadounidense Anna Hyatt Huntington en la obra escult—rica monumental Los portadores de la antorcha, que don— a la ciudad de Madrid en 1955. La escultura muestra a un joven a lomos de un fornido caballo recogiendo una antorcha de las manos de un yacente anciano como œltimo y heroico acto tras el largo caminar, que representa, como adelant‡bamos, la transmisi—n del conocimiento entre generaciones.

     Viene a ilustrar la concepci—n predominante de la educaci—n como un saber estanco sin acumulaci—n en contra de la contribuci—n -no ya en tŽrminos generacionales sino individuales- de cada uno a un saber comœn, que deber’a ser acumulativo pero que no lo es. En este caso -y aludiendo al estado de mutilaci—n actual en el que se encuentra la estatua en cuesti—n- no solo no se est‡ acumulando el saber, sino que ni siquiera se est‡ transmitiendo, lo que resulta en un presunto paso del testigo en falso (Castro, 2018).

Figura 1. Los portadores de la antorcha, Anna Hyatt Huntington. Ciudad Universitaria de la Universidad Complutense de Madrid. Fuente de la imagen: (Brown, 2014).

     Se obvia, por tanto, que todo proceso de transmisi—n y toda narraci—n implica de algœn modo la apropiaci—n de la lengua, un movimiento que hace respirar algo del pasado y lo reinventa, con lo que se genera una suerte de inmovilizaci—n del saber y del hacer. El lenguaje y la historia quedan, as’, cancelados y el conocimiento y la propia subjetividad, despojados de las marcas de la experiencia. Del mismo modo, al nombrar la educaci—n en tŽrminos de transmisiones fallidas o logradas, como en funci—n de resultados, arrincon‡ndola en la esfera de los productos fabricados, va quedando fuera la densidad de una traves’a que guarda acontecimientos, singularidades impredecibles, relaciones mœltiples y fluidas (Rattero, 2009).

     Con la reducci—n objetual de la educaci—n, llegamos a una visi—n y aplicaci—n de esta en la que su funci—n casi se sustenta en su disfunci—n, en una transmisi—n de esta que termina por ser una representaci—n teatral de la acci—n misma de transmitir. Quedan, por tanto, el decorado, los actores, el pœblico y una obra que deviene en los elementos, en la pantomima.

     Salvando las distancias conceptuales y contextuales, resultar’a una pieza paralela a 4Õ33ÕÕ de John Cage, esto es, la estructura formal y la jerarquizaci—n de roles est‡ dispuesta, pero, por encima de todo, el tacet,[4] la inacci—n activa, o en el caso educativo, la acci—n pasiva.

     La narraci—n, cuyo sujeto es el educador, conduce a los educandos a la memorizaci—n mec‡nica del contenido narrado. M‡s aœn, la narraci—n los transforma en ÒvasijasÓ, en recipientes que deben ser ÒllenadosÓ por el educador. Cuanto m‡s vaya llenando los recipientes con sus Òdep—sitosÓ tanto mejor educador ser‡. Cuanto m‡s se dejen ÒllenarÓ d—cilmente, tanto mejor educandos ser‡n. De este modo, la educaci—n se transforma en un acto de depositar en el cual los educandos son los depositados y el educador quien deposita... (Freire, 1975, p‡g. 51)

     As’, Freire se–ala que la ignorancia alienante es un producto directo de la transmisi—n de la informaci—n en contra de la comunicaci—n.

Tal es la concepci—n ÒbancariaÓ de la educaci—n, en que el œnico margen de acci—n que se ofrece a los educandos es el de recibir los dep—sitos, guardarlos y archivarlos. En la visi—n ÒbancariaÓ de la educaci—n, el ÒsaberÓ, el conocimiento, es una donaci—n de aquŽllos que se juzgan sabios a los que juzgan ignorantes. Donaci—n que se basa en una de las manifestaciones instrumentales de la ideolog’a de la opresi—n: la absolutizaci—n de la ignorancia, que constituye lo que llamamos alienaci—n de la ignorancia, segœn la cual Žsta se encuentra siempre en el otro. (Freire, 1975, p‡g. 52)

Esto es, la informaci—n es un acto unidireccional, orientado a la transmisi—n.

     Si el educador es quien sabe, y si los educandos son los ignorantes, le cabe, entonces, al primero, dar, entregar, llevar, transmitir su saber a los segundos. Saber que deja de ser un saber de Òexperiencia realizadaÓ para ser el saber de experiencia narrada o transmitida. No es de extra–ar, pues, que en esta visi—n ÒbancariaÓ de la educaci—n, los hombres sean vistos como seres de la adaptaci—n, del ajuste. Cuanto m‡s se ejerciten los educandos en el archivo de los dep—sitos que les son hechos, tanto menos desarrollar‡n en s’ la conciencia cr’tica de lo cual resultar’a su inserci—n en el mundo, como transformadores de Žl, como sujetos del mismo. Cuanto m‡s se les imponga pasividad, tanto m‡s ingenuamente tender‡n a adaptarse al mundo en lugar de transformar, tanto m‡s tienden a adaptarse a la realidad parcializada en los dep—sitos recibidos. En la medida en que esta visi—n ÒbancariaÓ anula el poder creador de los educandos o lo minimiza, estimulando as’ su ingenuidad y no su criticidad, satisface los intereses de los opresores (Freire, 1975, p‡g. 53).

Sin embargo, la comunicaci—n es un proceso de doble v’a, posible cuando entre los dos polos de la estructura relacional rige una ley de bivalencia: todo transmisor puede ser receptor, todo receptor puede ser transmisor (Pasquali, 1967).

     Desaparece, por tanto, la relaci—n de jerarqu’a vertical a favor de una relaci—n horizontal. De la comunicaci—n, del di‡logo, resulta una matriz cr’tica que genera criticidad. ÇCuando los dos polos del di‡logo se ligan as’, con amor, con esperanza, con fe el uno en el otro, se hacen cr’ticos en la bœsqueda comœn de algo. S—lo ah’ hay comunicaci—n. S—lo el di‡logo comunicaÈ (Freire, 1975).

     En consecuencia, el di‡logo, dentro de este marco de cambio pol’tico y educativo, se posiciona como una estrategia para la reconstrucci—n de un lenguaje y unas pr‡cticas de resistencia.  De tal modo que, a partir de la pedagog’a cr’tica dial—gica, se proyecte una cultura politizada que trascienda de lo formal y lo simb—lico para devenir en el lugar de la producci—n y lucha contra la hegemon’a, contra el poder. Esto es, el di‡logo, el nosotros, entendido como acci—n democr‡tica para la consecuci—n de una cultura y pol’tica democr‡tica y, con ello, una sociedad democr‡tica, entendida como una sociedad de consenso de y entre iguales.

     Estas premisas nos hacen entender el aprendizaje como participaci—n activa y reflexiva y como construcci—n y transformaci—n comœn social, cultural y pol’tica para lograr, as’, la emancipaci—n y la liberaci—n. 

     ÇContrariamente a la educaci—n para la domesticaci—n, la educaci—n para la liberaci—n, que es ut—pica, profŽtica y optimista, es un acto de conocimiento y un medio de acci—n que permite transformar la realidad que debe ser conocidaÈ (Freire, 1971).

     De tal manera, y como se ha determinado que la pedagog’a o el aprendizaje basado en el di‡logo puede suponer Òla chispa que incendia la praderaÓ, para la comprensi—n y consecuci—n de ese aprendizaje dial—gico, Flecha (1999) establece unos principios sobre los que se basa:

     1. El di‡logo igualitario. Las diferentes aportaciones son consideradas en funci—n de la validez de los argumentos y no desde criterios como la imposici—n de un saber culturalmente hegem—nico.

     2. La inteligencia cultural. Es un concepto m‡s amplio de inteligencia que los habitualmente utilizados, no se reduce a la dimensi—n cognoscitiva basada en la acci—n teleol—gica, sino que contempla la pluralidad de dimensiones de la interacci—n humana.

     3. La transformaci—n. El aprendizaje dial—gico transforma las relaciones entre la gente y su entorno. Es un aprendizaje que se basa en la premisa de Freire de que las personas somos seres de transformaci—n y no de adaptaci—n.

     4. La dimensi—n instrumental. No se obvia ni se contrapone a la dial—gica. El aprendizaje dial—gico abarca todos los aspectos que se acuerde aprender.

     5. La creaci—n de sentido. Para superar la colonizaci—n del mercado y la burocr‡tica y, de este modo, evitar que se imponga una l—gica utilitarista hay que potenciar un aprendizaje que posibilite una interacci—n entre las personas dirigida por ellas mismas.

     6. La solidaridad. Como expresi—n de la democratizaci—n de los diferentes contextos sociales y la lucha contra la exclusi—n que se deriva de la dualizaci—n social, es la œnica base en que se puede fundamentar un aprendizaje igualitario y dial—gico.

     7. La igualdad de diferencias. Es contraria a la adaptaci—n a la diversidad que relega la igualdad y que ha regido algunas reformas educativas.

     Entonces, sin caer en la ingenuidad, siendo conocedor del fuerte viento que sopla en contra de esa ÒchispaÓ, se presenta imperioso el surgimiento de otras chispas aliadas c—mplices a la causa de incendiar la pradera, o, al menos, de retar y retener la virulencia del vendaval. 

     Esto es, de nada sirve el di‡logo si la estructura y la organizaci—n escolar y cultural no se construye en base al di‡logo sino en base a las relaciones jer‡rquicas de poder. En efecto, el di‡logo es la chispa, pero la pradera, lejos de intuirse como la otredad, se muestra en forma de Escuela.

     As’ pues, la escuela ha de entenderse como un contexto de acci—n colaborativa y de interacci—n, como un lugar no coercitivo y alejado de la trinchera, en el que actuar y aprender libremente est‡ permitido, en el que el saber est‡ supeditado al sentir. Ha de entenderse como un di‡logo no de intramuros sino para con el entorno (familias, barrioÉ), sin advertir distinciones entre afuera y adentro para concebir una realidad comœn.

     De esta forma, as’ como el contexto o la comunidad o el andamiaje vygotskiano se establece como una segunda chispa amiga de la educaci—n libertaria, el contexto f’sico educativo ha de suponerse como esencial en tanto en cuanto es el escenario tangible donde se libra la acci—n. No tendr’a sentido luchar para reestablecer las relaciones entre los seres vivos y la corriente de un r’o y obviar, por otro lado, la opresi—n que ejerce sobre el r’o su propio lecho.[5]

     Debemos, por tanto, construir una escuela f’sica que se base sobre las premisas de la Escuela libre. Que proponga y no imponga, que invite a la experimentaci—n y al desarrollo vital natural.

El espacio educativo como elemento did‡ctico

     ÇLa experiencia de los ni–os deber’a ser el alimento de la escuela: su vida, sus sorpresas y sus descubrimientosÈ -dice Francesco Tonucci ÒFratoÓ (2013)- ÇMi maestro -sigue- siempre nos hac’a vaciar los bolsillos en clase, porque estaban llenos de testigos del mundo exterior: bichos, cuerdas, cromos, bolichesÉÈ y es que ese maestro seguramente estaba intentando evitar distracciones, pero Àdistracciones de quŽ?, es decir, ÀquŽ es lo esencial, sino los indicios de la vida?

     En muchas ocasiones encontramos relaciones entre los elementos que componen el aula y la distracci—n que provocan en el aprendizaje del alumnado. Nada ha de interferir en la recepci—n de esa informaci—n que transmite el docente. Las palabras que pronunci— Alain al respecto de las paredes del aula son bastante esclarecedoras: ÇNo apruebo que se cuelguen de ellas cosas para mirar, aun bellas, pues es necesario que la atenci—n se vuelva al trabajoÈ (Trilla & Puig, 2003).

     No es que Alain fuese un decorador minimalista adelantado a su tiempo o un docente sensible al TDAH, es que era muy consciente del prop—sito que cumple la distribuci—n y organizaci—n de los espacios educativos. El aula deb’a ser ese lugar destinado a la instrucci—n y al correctivo, y todos los componentes de esta hab’an de servir a tales fines. Nada ni nadie pod’a enturbiar lo que all’ se gestaba: el poder disciplinario foucaultiano.

     El discurso del poder -como ve’amos- encuentra en el dise–o espacial un aliado que perpetœa el ejercicio del poder por encima incluso de aquel que lo aplica, es decir, el escenario, imperecedero, marca las pautas de relaci—n que alberga, as’ entre las personas como para con el propio espacio. Atiende, por tanto, a los principios educativos: la disciplina, la imitaci—n, la asimilaci—n de los conceptos de autoridad y jerarqu’a por encima del discurso en s’, esto es, el c—mo por encima del quŽ.

     As’, en la instituci—n educativa, el aula se convierte en un microgobierno en el que gobernante y gobernados quedan bien definidos. El docente, desde su palestra pedestal, exige atenci—n y pleites’a, y el alumnado, que es un conjunto de alumnos individuales despojados de cualquier autonom’a y posible asociaci—n entre iguales, se la rinde. Se establece, por tanto, el doblegamiento no solo ideol—gico sino f’sico. La escuela es un entrenamiento, un adiestramiento para la inserci—n en el sistema hegem—nico laboral.

     Entonces, si en la f‡brica o en la oficina se persigue la estandarizaci—n y la normalizaci—n, que deshumaniza al trabajador para objetualizarlo y convertirlo en una pieza m‡s de la cadena, la escuela har‡ lo propio para desproveer la identidad del alumno, su idiosincrasia, la individual y la colectiva.

     En consecuencia, para no rendir tributo a esos espacios dedicados a la sumisi—n, no podemos construir instituciones y espacios que derivan de su inspiraci—n. Imitarlos en algœn punto ser’a faltar al prop—sito de cambio, ser’a una caricatura de la contrahegemon’a en s’.

     Para la liberaci—n de la imitaci—n, proclamamos el Çsoy la hora roja, la hora desatada rojaÈ[6] de CŽsaire, el ide—logo de la negritud. Debemos mudar la piel y desarrollar un pensamiento nuevo para crear hombres nuevos, como expon’a Frantz Fanon, que habla del hombre descolonizado, que forzosamente aporta una nueva forma de humanidad. 

     Esa concepci—n del hombre poscolonial como el hombre nuevo, as’ como la propia negritud se extrapolan de su contexto e incluso de la identidad y la conciencia negra para devenir en la raza de los que son oprimidos. Por lo tanto, para hallar esa nueva humanidad propia, no basta con blanquearse la cara para adoptar los privilegios de los opresores, se trata de conquistar la libertad a travŽs de la emancipaci—n, de la transmutaci—n.

     Por lo que no basta con maquillar el aula y el espacio educativo actual, la soluci—n ya no pasa por colgar de las paredes cosas bellas para mirar, ni en redecorar la instituci—n hacia un tendente dise–o n—rdico. El lavado de cara estŽtico puede suponerse como positivo en un principio, pero no puede distraernos del verdadero problema, es decir, que el poder vista en camiseta y zapatillas en lugar de en chaqueta y corbata puede significar un intento por aproximarse a la realidad comœn popular igual que la remodelaci—n de la escuela puede indicar una preocupaci—n por el bienestar del alumnado, pero el poder en zapatillas seguir‡ sometiendo y el aula pan—ptica de estilo IKEA ser‡ su aliada.

     Esta renovaci—n estŽtica est‡ en auge bajo las alas de grandilocuentes palabras como innovaci—n docente, que se acaba convirtiendo en un terreno que promociona los fuegos artificiales y el espect‡culo, de nuevo el c—mo por encima del quŽ, con el agravante de que nadie cuestionar’a un buen show.

     Encontramos, por ejemplo, proyectos de Òhumanizaci—n del espacioÓ que en su principio est‡ el mejorar las experiencias y relaciones humanas alrededor de un espacio. Aqu’, la Òhumanizaci—nÓ tiene lugar a travŽs del color, es decir, la estructura espacial permanece inmutable y lo que cambia es la percepci—n psicosensorial en relaci—n con el lugar, es decir, la transformaci—n que ejerce el color no se da tanto en el plano f’sico sino en los est’mulos que provoca. Con lo que esa pretendida Òhumanizaci—nÓ se traduce en una suerte de Òarmonizaci—nÓ, es decir, en convertir la estancia en ese espacio en una experiencia m‡s grata.

     Los —rganos institucionales ceden ante el renovarse o morir y adoptan un aire menos siglo XVIII que contente a la masa no cr’tica popular y que actœe, a su vez, de reclamo dentro de la oferta. As’, ahora, la distracci—n que pueda conllevar la redecoraci—n de -en nuestro caso- el aula se contempla como un mal menor. Casi resulta un complemento al efecto anestesiante del atiborre de informaci—n v’a TIC.

     En el ‡rea hospitalaria, esta humanizaci—n del espacio se concibe -aparte de como el reclamo diferenciador mencionado- como una distracci—n intencionada para el usuario. Esta ambientaci—n amigable termina por convertirse en un producto m‡s, pero al mismo tiempo se establece como una herramienta loable que no solo posibilita, sino que refuerza las relaciones humanas.

Figura 2. Sala pedi‡trica de pruebas de TC en el NewYork-Presbyterian Morgan Stanley ChildrenÕs Hospital.

     Y es que la ambientaci—n, la estŽtica de un espacio es la primera sensaci—n y relaci—n que adquirimos para con este. El ambiente arm—nico se interpreta como informaci—n para el sistema nervioso, que determina si es peligroso o no para la supervivencia, si es placentero o doloroso. La psicolog’a ambiental dispone aquellos colores y ambientes que pueden resultar placenteros, por lo que el cuerpo identificar‡ esa experiencia como positiva y querr‡ repetirla en el tiempo (Di Paolo).

     Entonces, esa distracci—n Òde lo importanteÓ que causaba el color como elemento decorativo, en realidad no es sino una atracci—n, una captaci—n de la atenci—n, pues Çla capacidad de captar y centrar la atenci—n es el paso previo al aprendizaje y la memorizaci—nÈ (Di Paolo).

      Esta estrategia de generar espacios asociados al bienestar para lograr y predisponer una mayor receptividad que actœa como antesala de la concentraci—n apunta en una sola direcci—n: mejorar el rendimiento.

     As’ lo recoge un estudio de la Universidad de Salford, Manchester, cuyo objetivo era el de probar la eficiencia de un sistema espacial educativo que pueda estandarizarse y reducir costes en la construcci—n de estos nuevos espacios. El hallazgo arrojaba que casi tres cuartas partes de las variables del rendimiento del alumnado pod’a atribuirse al dise–o y a los factores ambientales. Se concluy— que, en Òigualdad de circunstanciasÓ, el rendimiento acadŽmico en un ambiente ÒricoÓ pod’a esperarse un 25% mayor que en un ambiente educativo ÒpobreÓ. Los factores tenidos en cuenta fueron: la iluminaci—n, los niveles de ruido, la orientaci—n del aula, la temperatura y la calidad del aire, as’ como la flexibilidad del espacio, la disponibilidad de almacenaje y la estructura del color (School of the Built Environment, 2012).

     Se culmina, entonces, con la seudonormalizaci—n del estilo Google, esto es, construir espacios que proyecten la idea y sensaci—n de bienestar, de distensi—n, de felicidad, que fomenten el flujo y la interacci—n de personas para compartir conocimientos y experiencias y derivar en un incremento de la productividad de los trabajadores. La ecuaci—n es sencilla: empleados felices = buenos resultados. As’, la sensaci—n de bienestar deja paso a la econom’a del bienestar, esto es, convertir en funcional y eficiente el bienestar social.

     Google entiende que cuidar el ambiente circundante al trabajador -tanto el laboral como el personal (con primas, vacacionesÉ)- resulta directamente en un mayor ‡nimo de este por satisfacer los objetivos de la compa–’a. El trabajador aqu’ no se considera como un operario o como un eslab—n m‡s de la cadena, totalmente reemplazable, sino que se espera de Žl su completa capacidad y dedicaci—n para desarrollar proyectos de forma aut—noma, diligente y creativa. El trabajador, desde su campo, participa de la toma de decisiones, lo que implica que este sentir‡ la empresa como suya en cierta medida, y as’, un mayor compromiso para con ella.

     Esta f—rmula supone un gran salto respecto del escal—n anterior en las pretensiones educativas. Si antes se buscaba la cualificaci—n necesaria para desempe–ar labores concretas del mundo industrial, la compleja realidad global actual pone sobre la mesa la nueva meta a alcanzar: la excelencia, esa palabra que ha terminado por perder su significado y su valor exclusivo al convertirse en mainstream. Si todo el mundo es excelente, ya nadie lo ser‡.

     A parte de la excelencia, el modelo Google, a travŽs de la delegaci—n de responsabilidades, deja entrever un proceso esencial para la construcci—n de la anhelada sociedad cr’tica y democr‡tica: el empoderamiento. Sin embargo, este ser’a un empoderamiento prestado y condicionado, que de algœn modo trata de hacer olvidar al trabajador su condici—n subordinada de proletario, generando as’ una cubierta de autoconfianza que destierra el auto- para trocarse en confianza.

     De tal manera, emancipaci—n y gobierno se presentan como contrarios. No existir‡n en el mismo plano la liberaci—n y la tutela, la independencia y la dependencia. Por lo que no tendr‡ sentido pretender la autodeterminaci—n bajo una estructura opresora que la juzgue.

     Dicho de un modo mucho m‡s pragm‡tico: Àc—mo puede uno sentirse en la osad’a de la autonom’a cuando la escuela ha designado para ti un espacio espec’fico que encasilla tu movilidad? Solo existen dos v’as para relacionarse con la escuela y con el aula: o bien o mal. Has de sentarte correctamente en tu silla designada (espalda pegada al respaldo, las cuatro patas en el sueloÉ) tras tu pupitre designado y orientado hacia el profesor y la pizarra.

     Si se ha probado que el Aprendizaje Basado en Proyectos -o Problemas- y el cooperativismo fomenta esa autonom’a del alumnado, ÀquŽ sentido tiene que se organice el aula mediante mesas individuales? Si se comprende que la educaci—n debe centrar el foco en el autoaprendizaje del alumno, Àpor quŽ dirigir la posici—n y atenci—n de este hacia el profesor? Al igual que dif’cilmente se entablar‡ un debate comœn si los agentes implicados no pueden verse entre s’.

     Del mismo modo, no servir‡ de nada renovar el espacio educativo sin reformar las practicas docentes. En este sentido, y como peque–a anŽcdota del proceso de las pr‡cticas de ense–anza en el centro escolar que se me concedi—, un profesor no compart’a la disposici—n grupal de las mesas del aula puesto que aquellos alumnos que estaban sentados de espalda a la pizarra ten’an que girar el cuello para lograr ver y atender la lecci—n que se explicaba. As’ que -y esto lo a–ado yo- por prevenir la tort’colis, se descart— el ÒcooperativismoÓ.

     La organizaci—n -y, sobre todo, la transformaci—n- del aula, por tanto, no puede suponer una cuesti—n de moda y tendencia estŽtica, ni siquiera funcional o pr‡ctica.

     La forma en la que se distribuyan los pupitres condiciona completamente el tipo de relaci—n que se establece entre maestros y alumnos, entre los mismos estudiantes y entre ellos y el aprendizaje. Depender‡, pues, de la metodolog’a did‡ctica que se use, pero tambiŽn de la jerarqu’a relacional y social que se persiga la forma en que deber‡ estar distribuido el mobiliario en el aula, orientados los pupitres o ubicado el profesor. (Montero, 2017).

     Esto es, no puede suponer un fin, ni otro medio m‡s que disfrace viejas pr‡cticas, como lo es las TIC actualmente, que se han instaurado como un libro de texto ÒvistosoÓ.

     La transformaci—n del espacio educativo ha de concebirse como una herramienta para el aprendizaje libertario y para el empoderamiento del alumnado. Ha de suponer un paisaje que perpetœe la contrahegemon’a del mismo modo que el Pan—ptico de Bentham aseguraba el ejercicio del poder y el sometimiento tan solo con la disposici—n espacial.

     Luego, para evitar espacios coercitivos o meros cambios decorativos que trabajen en la l’nea de la captaci—n, la consecuci—n de un paisaje de aprendizaje tendr‡ lugar en tanto en cuanto este genere retos y desaf’os que impliquen alcanzar el autoaprendizaje mediante el asombro y el descubrimiento propio.

     Por ende, debemos virar el aspecto neutralizante y asŽptico de las aulas actuales hacia espacios que beban de los procesos naturales, pues no hay realidad con m‡s vida, sorpresas y descubrimientos que la propia naturaleza.

     Si no ha caminado mucho por ‡ridas llanuras, si no han quemado sus pies ardientes arenales, si nunca le coloc— la ardiente reverberaci—n de los roquedales encendidos por el sol, Àc—mo querŽis que el aire fresco de una hermosa ma–ana sea capaz de deleitarle? Àc—mo pueden embriagar sus sentidos el aroma de las flores, el verdor de las plantas perladas de roc’o y el suave y mullido andar por el cŽsped? ÀquŽ clase de emoci—n le causar‡ el trinar de las aves si todav’a desconoce los acentos del amor y del placer? Àc—mo puede exaltarle el nacimiento de un d’a tan hermoso, si su imaginaci—n aœn no le sabe pintar los goces con que llenarle? Y, por œltimo, Àc—mo le ha de entender la belleza del espect‡culo de la naturaleza si ignora cu‡l es la mano que con tanto cuidado la engalan—? (Rousseau, 2011).

     La naturaleza, como ant’tesis del no-lugar, se convierte entonces en ese espacio no formal en el que articular un di‡logo que se centra en el proceso del propio di‡logo. La naturaleza es, por tanto, un marco donde prescindir del artificio y del excedente para establecer un encuentro con el origen, con nosotros mismos. Esto no es practicar la renuncia, es, en esencia, vivir. Es entender que la naturaleza no es un lugar al que ir, sino que es cada uno de nosotros.

     As’, al asumir esta dimensi—n de la natura, nos permite atender a la individualidad dentro de la colectividad, con lo que, a travŽs de la observaci—n y la exploraci—n, somos capaces de comprender y asimilar los elementos, procesos y fen—menos que conforman la realidad de un modo significativo al asumirlos como propios.

     Esta curiosidad y asombro que nos suscitan los problemas y soluciones que ofrece el contexto natural se traduce en aprender a aprender de la vida y para la vida, lo que nos permite mejorar el desarrollo cognitivo y ampliar la capacidad de razonamiento.

     Con todo, esta apolog’a de la naturaleza como ambiente enriquecedor y did‡ctico no pretende establecer que la soluci—n definitiva pase por derribar las escuelas y trasladarnos a los montes, bosques o llanuras -que por un lado, y m‡s all‡ del despertar de una conciencia ecologista y de una actitud armoniosa con nosotros mismos y con la comunidad (que podr’a significar la reducci—n de los abusos y conflictos escolares), el contacto con la naturaleza (y no la imagen de la colina de Windows) puede constituirse como un medio empoderador y transformador- se trata de identificar esos procesos y adaptarlos de manera m‡s o menos literal y evidente en forma de espacio educativo.

Figura 3. Terra Ludi,[7] Simon & Tom Bloor. Obra permanente, Nine Elms, London, 2015.

     Este escenario de participaci—n directa y descubrimiento -como dir’a Bruner- fomenta el aprendizaje significativo, es decir, que son la propia experiencia y el propio discernimiento los que generan el conocimiento ÒrealÓ, resultante de un di‡logo establecido entre el espacio y los componentes de este y uno mismo, de tal modo que el espacio en s’ se constituye como una nueva realidad dÕapr�s cada uno. As’, existir‡n tantos conocimientos como di‡logos se entablen.

     Se asocia de esta forma el aprendizaje por descubrimiento con la distensi—n, la diversi—n y el juego, un juego entendido m‡s como participaci—n que como desahogo. En consecuencia, los espacios artificiales dedicados en exclusiva al juego, en general, deber‡n respetar estos principios, m‡xime cuando es a travŽs del juego cuando nos suponemos en nuestro ejercicio libre. Ser’a muy confuso ejercer aquello que creemos como inherentemente propio bajo unas normas compresoras. Esto es, una pelota, como tal, como herramienta, presenta infinitas posibilidades de uso, sin embargo, un campo de fœtbol, por ejemplo, con sus l’neas y sus reglas adheridas, no representa para el jugador ningœn est’mulo significativo sino el desarrollo y perfeccionamiento de una destreza o habilidad.

     De este modo, se relaciona de forma directa el ejercicio de la ÒlibertadÓ con el redil y el espacio delimitado para tal fin, con la alteridad, con el afuera. Y se hace inminente derribar los muros y barreras que dictaminen los tiempos y las acciones. As’, no deber’a distinguirse una actividad segœn el espacio que ocupa, pues coarta cualquier posibilidad fuera de ese patr—n.

     Aun as’, conocedor de que existe diferencia entre el adentro y el afuera en cuesti—n de actividades, no puede suponer una diferencia para con las libertades y las maneras de empoderamiento. Si no es posible destruir los cercados, no podemos sino destruir su cerco. No significa esto terminar por olvidar la funci—n del cercado y adoptarlo como propio, todo lo contrario, se trata de identificar el espacio y apropi‡rselo para que tenga lugar la metamorfosis.

Figura 4. Formula for living, Simon & Tom Bloor. Obra permanente, Cotham School, Bristol, 2011.

     A riesgo de repetirme, el paisaje de aprendizaje libertario no solo no subyuga y propone un marco estimulante, sino que supone un cambio de paradigma en cuanto a la construcci—n de las relaciones que se establecen en Žl. No es un lugar de paso, es un lugar habitado, de estancia, de interconexi—n, es la negaci—n de un no-lugar.

     Y as’ como al conocer la oscuridad se comprende la luz, al definir el no-lugar se concreta el lugar. En consecuencia, el no-lugar, tŽrmino acu–ado por Marc AugŽ (2000), ser’a aquel derivado por los procesos de globalizaci—n y sobremodernidad -otro tŽrmino de AugŽ- que alude al tiempo y al espacio de la superabundancia y el exceso, lo que plantea una nueva dimensi—n de la concepci—n de la historia, que se instaura en un eterno y cambiante presente. Es decir, los tiempos en recorrer el planeta se acortan ya sea a travŽs de los veloces medios de transporte o por las v’as de la tecnolog’a, lo que hace inevitable que el espacio mismo se achique, as’, la celeridad, la instantaneidad y la individualidad del momento presente olvidan a un pasado fugaz y no posibilitan la atenci—n de un futuro.

     Los no-lugares vendr’an a ser los espacios del viajero -privilegiado exponencial del capitalismo- y la fast life: sin memoria del tiempo, impersonales, destinados a la transitoriedad.

     Son tanto las instalaciones necesarias para la circulaci—n acelerada de personas y bienes (v’as r‡pidas, empalmes de rutas, aeropuertos) como los medios de transporte mismos o los grandes centros comerciales, o tambiŽn los campos de tr‡nsito prolongado donde se estacionan los refugiados del planeta (AugŽ, 2000).

Figura 5. Pont, Javier de Riba. Amposta, Catalunya, 2018.[8]

     Los lugares, por el contrario, ser’an espacios de identidad, hist—ricos y relacionales. Esto es, que el espacio no condiciona y predispone la movilidad y el comportamiento y no reduce el aspecto identitario humano al de un sujeto y objeto, sino que supone una puesta en valor de la condici—n social de la persona.  

     Sin embargo, Àpuede un espacio suponerse lugar y no-lugar al mismo tiempo? Es decir, Àla condici—n de lugar o no-lugar pertenece al propio espacio o es subjetiva a la interpretaci—n personal? Por ejemplo, si para m’ el centro comercial no es un lugar alienante de cruce, sino que significa un espacio de encuentro, de estancia y socializaci—n, Àdejar’a el centro comercial de ser un no-lugar para convertirse en un lugar? Es posible que, poco a poco, lleguemos a identificar como personales los lugares intr’nsecamente impersonales, por lo que estar’amos asistiendo a una transformaci—n de la intencionalidad e ideolog’a del propio espacio.

     El objetivo es, por tanto, no esperar la llegada de la utop’a (que el Estado y sus espacios sean libertarios y no opresores), sino construirla a partir de la apropiaci—n y subversi—n de lo dado. No asumir que la soluci—n est‡ en el afuera, en lo privado, sino aprovechar los subterfugios de lo pœblico para luchar desde, por y para lo pœblico. ÇÀexiste un espacio pœblico no estatal en el campo educativo?È -cuestiona Miriam Feldfeber (2003)-  lo pœblico trasciende a lo estatal al mismo tiempo que no es otra cosa que lo estatal. Esto es, se trata de asumir lo pœblico como herramienta pœblica y no estatal.

     As’, aunque el Estado decrete legalmente las normativas de dise–o y constructivas para los edificios de uso docente (ORDEN de 24 de enero de 2003), no podr‡ dictaminar el tipo de relaciones que se gesten en torno a ellas. Del mismo modo que se desacraliza una iglesia para convertirse en biblioteca o en skate park o en hogar particular y se reduce el concepto de iglesia a la tipolog’a espacial y no a unas determinadas y preasociadas maneras de conducta, movimiento en tiempo y espacio, vestimenta, interrelaci—n, etc., el Pan—ptico de Bentham, la escuela, ser‡ estatal como fisicidad, pero pœblica en su labor.

     De esta forma, en nuestro hacer contestatario, debemos modificar los espacios institucionales estandarizantes de tr‡nsito haciŽndolos nuestros, okup‡ndolos, habit‡ndolos. Hasta que se tiren los muros y se construyan las escuelas libertarias empoderadoras que nos ocupan, habremos de instalar nuestras salas de estar en las celdas de la c‡rcel. Áinsisto! No para hacer nuestra estancia m‡s c—moda, sino para derrocar los intereses subyugantes de los barrotes.

     Prescindiremos de su lenguaje y su metalenguaje. Ni la c‡rcel ser‡ c‡rcel, ni el aula, aula. Al nominarse de forma distinta y al albergar distinta actividad no podr‡n sino convertirse en otra cosa.

     El aulario modular, repetitivo y fragmentario de la organizaci—n espaciotemporal da paso al espacio educativo polivalente que promueve la interrelaci—n y que plantea que el aprendizaje puede suceder en diversos tiempos y espacios, a modo del learning landscape de Herman Hertzberger.[9] Los pasillos, no-lugares insertos en macro no-lugares, a su vez, dejan de asistir a la tarea de conexi—n para contribuir al concepto de h‡bitat, para as’, no identificar aula ni pasillo, sino la comunidad escolar como tal.

     Por tanto, un contexto educativo ideal deber’a permitir la versatilidad y la posibilidad de crear grupos con diferentes distancias proxŽmicas, con un equilibrio entre espacios privados y espacios pœblicos, entre espacios reflexivos y espacios de debate, en los que los alumnos puedan contar, tambiŽn, con entornos m‡s informales (Martire, 2017).

     Se genera, entonces, el espacio que mantiene una relaci—n dial—gica para con la did‡ctica, que no discrimina fronteras intra y extraescolares, que relaciona no solo a las personas sino a los lenguajes y saberes, de la forma en que la estŽtica (no la decoraci—n) conecta y vincula aquellos elementos que se supon’an aislados. ÇDebemos ser capaces de ver las relaciones antes que los tŽrminos relacionadosÈ -dec’a Malaguzzi (Hoyuelos).

     A prop—sito de Malaguzzi y su pedagog’a, Reggio Emilia, supone un paradigma para con la asunci—n de una tipolog’a espaciotemporal que al mismo tiempo actœa como metodolog’a. Sus espacios, los atelieres, suponen una herramienta de experimentaci—n en s’ misma, donde a travŽs de la expresi—n pl‡stica se plasma esa idea de integraci—n e interrelaci—n de (los 100) lenguajes.

     Se diluyen, por tanto, el espacio, el tiempo y la materia para devenir en la experiencia libertaria, cr’tica y empoderadora, y as’ como identific‡bamos el di‡logo y el espacio educativo como aliados para tal vivencia, encontramos en las artes y la expresi—n pl‡stica otro socio que avanza en igual direcci—n y con el mismo ’mpetu.

     Las artes -la mœsica, la arquitectura, la danza, la fotograf’a, etcŽ­tera-, igual que las dem‡s ‡reas de experiencia -la geograf’a, la salud, la ciencia, la tecnolog’a, etcŽtera- son susceptibles de educaci—n y cons­tituyen, en cada caso, el ‡rea cultural espec’fica que es el objetivo en la educaci—n de las personas. Se puede hablar de la educaci—n art’stica como ‡mbito general de educaci—n. La educaci—n art’stica es, antes que nada, educaci—n y, por tanto, como educaci—n, es, en cada persona, un proceso de maduraci—n y aprendizaje que implica, desde las artes, el desarrollo de la inteligencia, la voluntad, la afectividad, la operatividad, la proyectividad y la creatividad, orientado al desarrollo de valores vinculados al car‡cter y al sentido inherentes al significado de la educaci—n (Touri–‡n, 2016).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Figura 6. All Schools should be Art Schools, Bob & Roberta Smith. 2012.


 

 

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[1] Vital entendido en su doble acepci—n: 1. adj. Perteneciente o relativo a la vida; 2. adj. De suma importancia o trascendencia (Real Academia Espa–ola, 2017).

[2] Ç[É] al listar las naciones de acuerdo con el volumen de su Producto Interno Bruto, el pa’s No. 15 se llama General Motors, y el 16, Exon Company... En 1994, el Producto Interno Bruto de El Salvador era de 8,070 millones de d—lares; en el mismo a–o, la facturaci—n de Mitsubishi era de 175,800 millones de d—lares; Mitsui facturaba 171,500 millones de d—lares; Sumitomo 162,500 millones de d—lares; General Motors 155,000 millones de d—lares... Es decir, 20 o 22 veces el Producto Interno Bruto de El Salvador. Al ser estas megaempresas veinte veces m‡s poderosas que muchos Estados, arrollan nuestras fronteras con sus productos y capitales. En realidad, no necesitan arrollar las fronteras porque la teor’a imperante ordena que los Estados deben facilitar los flujos de mercanc’as y capitales y fomentarlos con subvenciones inmensas y que en tama–o superan la cantidad de subvenciones que el Estado Social jam‡s haya efectuadoÈ  (Ibisate, 1998).

[3] ÇNorman Tebbit, uno de los hombres de confianza de Thatcher, tras las grandes manifestaciones de los 80 que protestaban contra el nivel tan alto de paro ocasionado por las pol’ticas de desindustrializaci—n, dijo: Òcuando mi padre perdi— su trabajo a principios de los 30, no protest—; se subi— a su bici y busc— trabajoÓ. Y esa idea de Òsubirse a la biciÓ se convirti— en un eslogan nacional, que ven’a a decir que, si estabas desempleado, no era culpa de la sociedad ni del gobierno, era tu propia responsabilidad. Con lo que desarmaba toda posible colectivizaci—n, intentando capturar ese sentido de nueva modernidad de individualismo en el que puedes hacer lo que quierasÈ (Jones, 2017).

[4] Tacet es un tŽrmino utilizado en notaci—n musical para indicar que el intŽrprete de un instrumento o voz no debe sonar. En la partitura de 4Õ33ÕÕ, m‡s all‡ del tiempo estipulado de duraci—n de la pieza, cuatro minutos y treinta y tres segundos, figuraba este œnico elemento, tacet.

[5] ÇAl r’o que todo lo arranca lo llaman violento, pero nadie llama violento al lecho que lo oprimeÈ On Violence. Bertolt Brecht.

[6] Esta frase la dice un esclavo rebelde en la obra de teatro Et les chiens se taisaient [Y los perros callaban], escrita por AimŽ CŽsaire en 1958. ÇEn ese contexto, Òla hora desatadaÓ era el momento de enfrentarse a algo, de elegir, de tomar una decisi—n, y una decisi—n importante, porque el esclavo se jugaba la vida, pero para Žl la libertad era m‡s importante que la vidaÈ (Pallier, 2018).

 

[7] Ludi, en lat’n: juegos, diversi—n, entretenimiento (pan y circo), pero tambiŽn escuela.

[8] ÇConvertir un lugar de paso en un lugar de estancia. La situaci—n migratoria es alarmante. Refugiados, desplazados y exiliados, personas a las que se les ha obligado a hacer vida en No-LugaresÈ (De Riba, 2018).

[9] Arquitecto y pedagogo estructuralista holandŽs. Entiende la arquitectura como lo pœblico, como lo colectivo, siendo las escuelas el m‡ximo exponente de lo pœblico. La estructura prevalece por encima de su funci—n, es decir, la estructura plantea un marco y son las personas y el tiempo quienes completan el edificio.