La transformaci—n
estŽtica del espacio educativo
y su influencia en el proceso de ense–anza-aprendizaje
The educational facilityÕs aesthetical transformation and
its influence on the teaching-learning process
Javier Andreo Le—n
Universidad de JaŽn
javierandreoleon@gmail.com
Resumen:
El
objeto de este art’culo es el de revisar la relaci—n existente entre el espacio
educativo y la influencia que este ejerce sobre el proceso de
ense–anza-aprendizaje y sobre el propio desarrollo interpersonal e
intrapersonal de los agentes implicados en dicho proceso.
Se
valora, de este modo, la educaci—n y, concretamente, el acto de educar como
modelador y determinante para con la configuraci—n de la persona en su nivel
individual y social. As’, el espacio que alberga la actividad educativa se
contempla como elemento did‡ctico que acompa–a y pertenece a la actividad como
tal.
No se
entiende la una sin el otro: el prop—sito que persigue la educaci—n es el fin
del espacio educativo y viceversa. En consecuencia, transformar la educaci—n
formal y sus objetivos pasa -que no concluye- necesariamente por la
transformaci—n estŽtica del espacio educativo.
Abstract:
The
aim of this article is to revise the current relationship between educational
facility and its influence on the teaching-learning process and over the
interpersonal and intrapersonal development itself of the actors involved in
such process.
It
values, in this way, education and, concretely, the act of educating as a
modeller and decisive in relation with shaping the person in his/her individual
and social level as well. Therefore, it contemplates the space which houses the
educational activity as an instructional material which accompanies and belongs
to the activity.
It
isnÕt understood one without the other: the purpose which pursues the education
is the goal of educational facility and vice versa. Accordingly, transforming
formal education and its objectives goes -not concluding- necessarily through
educational facilityÕs aesthetical transformation.


ÇLa
realidad est‡ definida con palabras. Por lo tanto, el que controla las palabras
controla la realidadÈ -dice Antonio Gramsci
La
escuela se convierte, entonces, en ese campo de confrontaci—n de
contrahegemon’a y hegemon’a pol’tica, as’ como en escenario de constituci—n y
-sobre todo- de perpetuaci—n de la jerarquizaci—n y estratificaci—n
social. Esto es, la escuela se
erige como templo para la reproducci—n automatizada y estandarizada del
ÒconocimientoÓ de una generaci—n a la siguiente.
Esta
canci—n suena bastante mainstream y mucho espa–ola, no por nada se han
aprobado siete leyes educativas diferentes desde los a–os de la transici—n. Se
legitima con esto esa idea de reconquista continua de los —rganos estatales en
general y de la educaci—n en particular para utilizarlos al servicio e
intereses del Estado en contra de los intereses de la ciudadan’a.
Por
ello, y m‡s all‡ de teor’as oscurantistas, nos topamos con un sistema educativo
asentado en el inmovilismo con mŽtodos que persiguen la transmisi—n de los
saberes enciclopŽdicos en detrimento del autodesarrollo del alumnado.
Y
pese a que en los œltimos a–os, en un intento de democratizaci—n de los
servicios y espacios pœblicos, se ha descentralizado el poder estatal para
delegarlo, en cuesti—n de autonom’a, en los centros escolares, esto no ha resultado
en la consecuci—n de una educaci—n enfocada en el librepensamiento y en el
cuestionamiento de nuestras tradiciones, sino todo lo contrario, ha supuesto el
surgimiento de nuevas l’neas y estratos de poder intermedios: desde los poderes
f‡cticos al AMPA pasando por el Claustro de profesorado.
En
consecuencia, alejados de dogmas, supersticiones y dem‡s ortodoxias, nos
encauzamos en el devenir de esa escuela-nueva-libre. Libre de imposiciones y
seducciones y disruptiva con el sistema fordista alienante dado. En definitiva,
libre para ser genuinamente uno mismo y, sobre todo, activa en la construcci—n
y generaci—n del autoaprendizaje y, por consiguiente, en la autorrealizaci—n.
Para
tal fin, resulta dif’cil concebir la escuela-nueva-libre (como contenido)
dentro de la escuela-vieja-actual-represora (como continente), edificada como
aparato ideol—gico del Estado para la irreflexi—n del concepto de autoridad.
Conocido
es su principio: en la periferia, una construcci—n en forma de anillo; en el
centro, una torre, Žsta, con anchas ventanas que se abren en la cara interior
del anillo. La construcci—n perifŽrica est‡ dividida en celdas, cada una de las
cuales atraviesa toda la anchura de la construcci—n. Tiene dos ventanas, una
que da al interior, correspondiente a las ventanas de la torre, y la otra, que
da al exterior, permite que la luz atraviese la celda de una parte a otra.
Basta entonces situar un vigilante en la torre central y encerrar en cada celda
a un loco, un enfermo, un condenado, un obrero o un escolar. Por el efecto de
la contraluz se pueden percibir desde la torre, recort‡ndose perfectamente
sobre la luz, las peque–as siluetas cautivas en las celdas de la periferia
Foucault,
al describir el Pan—ptico de Bentham, revela el origen te—rico de una tipolog’a
espacial dedicada al ejercicio del control. La organizaci—n arquitect—nica del
espacio asegura y sostiene una relaci—n de poder independientemente de aquel
que lo ejerce. Esto es, el recluso, a causa de la incesante sensaci—n inducida
de visibilidad termina por ser su propio vigilante. ÇEl detenido no debe saber
jam‡s si en aquel momento se le mira; pero debe estar seguro de que siempre
puede ser miradoÈ
Bajo
esta misma idea de control global se levantan las escuelas orwellianas de
nuestros d’as, en las que, Çpor una parte, el alumno est‡ siempre expuesto al
efecto de la visi—n por parte del encargado de vigilarlo [É]; por otra parte,
el profesor ocupa el punto focal del espacio, estando siempre expuesto ante sus
alumnos-espectadoresÈ
Este
car‡cter de atomizaci—n y previsibilidad que propone el espacio de la
instituci—n escolar estatal, por tanto, guarda una relaci—n directa para con el
no-desarrollo cr’tico individual del alumno.
Entonces,
si, segœn la primera l’nea del pre‡mbulo de la actual ley central educativa, se
constituye que Çel alumnado es el centro y la raz—n de ser de la educaci—n. El
aprendizaje en la escuela debe ir dirigido a formar personas aut—nomas,
cr’ticas, con pensamiento propioÈ (Ley Org‡nica 8, 2013), no podemos sino
dirigir nuestras miradas y esfuerzos a que as’ sea de facto y, de igual forma, generar espacios acordes que inviten y
promuevan tal fin.
Por
consiguiente, el objeto que persigue el presente escrito es el an‡lisis
te—rico-pr‡ctico del espacio educativo y c—mo la transformaci—n estŽtica de
este, hacia la abstracci—n y la polivalencia, puede igualmente transformar el
proceso en s’ de ense–anza-aprendizaje y resultar en una sociedad m‡s cr’tica y
democr‡tica.
La educaci—n
como motor para el cambio social
ÇUna educaci—n bancaria hacia una
libertaria, emancipadoraÈ. Con este postulado,
Freire
Con
la aparici—n de la escolarizaci—n, el medio acadŽmico de la pedagog’a se
enmarca en los discursos de la regulaci—n social: la escuela forma, pero
tambiŽn reprime. Establece, por tanto, mediante la imposici—n y el ejercicio
del poder jer‡rquico, aquello que ha de hacerse y saberse y aquello que no
Las
formas de gobierno, en consecuencia, encuentran en la educaci—n ya no solo un
sistema garantista de estrella que perpetœa el cierre social entendido como el conjunto de estrategias de
distribuci—n y segregaci—n que derivan en la desigualdad social y, as’, en el
mantenimiento de los estratos de clase, sino que, y del mismo modo, el cierre
social adquiere un nuevo orden al ocuparse de la asignaci—n del conocimiento y
de la exclusi—n de este, con lo que el asistir a la escuela ya no es sin—nimo
de educaci—n para todos.
Se
constituye, entonces, la dialŽctica saber-poder
foucaultiana, aquella que plantea la voluntad
de verdad como voluntad de poder.
Esto es, advertir el saber como instrumento del poder. Para Foucault, detr‡s de
la fachada de la verdad subyace toda
una voluntad de poder, una justificaci—n para la dominaci—n, para exigir
conformidad y sumisi—n. Y es que el conocimiento, el saber, supone una doble
represi—n: la que condena al silencio los discursos ÒexcluidosÓ y la que
discierne y ordena los discursos ÒaceptablesÓ
Aparece
aqu’ el discurso como pr‡ctica institucional y disciplinar mediante la cual se
participa en la formaci—n, funcionamiento y difusi—n de lo pol’ticamente
aceptado e impuesto desde las instancias de poder. Los discursos son aquello
que posibilita las disciplinas y las instituciones a partir de las cuales se
sostienen y redistribuyen las ideolog’as
Por
ende, se presenta como obligado, ante este escenario que profundiza en el
proceso de cambio social, la reformulaci—n de las preguntas b‡sicas sobre los
fines que persigue la educaci—n, sobre quiŽnes asumen la responsabilidad de
formar a las nuevas generaciones y sobre quŽ legado cultural, quŽ valores, quŽ
concepci—n del hombre y de la sociedad se desea transmitir
Y
es que, m‡s all‡ del ejercicio del poder y la dominaci—n por s’ mismos,
subyacen intereses que abogan por el ÒdesarrolloÓ social, como los promulgados,
por ejemplo, por la OCDE (Organizaci—n para la Cooperaci—n y el Desarrollo
Econ—micos), a la que el Estado rinde cuentas en el pre‡mbulo de la LOMCE (Ley
Org‡nica 8, 2013), esto es, subyugar por y para el progreso, por y para el
emprendimiento, la competitividad y productividad, esto es, por y para el
capital.
Dec’a
el rapero -ahora condenado por la Audiencia Nacional por los delitos de
enaltecimiento del terrorismo, injurias a la Corona y calumnias a las
Instituciones del Estado por ejercer la libre expresi—n- Pablo HasŽl
La
educaci—n es la base y la controla el capital.
Quieren mentes obtusas que no se sepan informar.
Que crean lo que sale en la cope o el pa’s.
Hacen lo imposible pa que tu percepci—n no se pueda
abrir.
La educaci—n es la base y es antirrevolucionaria.
Echo la vista atr‡s y s—lo aumenta mi rabia.
Cuando veo c—mo me ocultaron lo m‡s importante.
Pero no pudieron evitar que hoy la realidad cante.
Con
la Revoluci—n Industrial y las heredadas pol’ticas neoliberales, el desarrollo
de las pol’ticas pœblicas en general y en el ‡rea educativa en particular
redefine, con el sistema de globalizaci—n, la relaci—n Estado y Mercado, as’
como la pol’tica con interŽs econ—mico privado a favor de la l—gica de mercado
As’
pues, ÇÉd’ganme d—nde est‡ el trabajo en un tipo de sociedad y les dirŽ d—nde
est‡ la educaci—nÈ
En
este marco, todo termina por ser susceptible de ser mercantilizable, todo se vende, todo se compra, y la
educaci—n no es una excepci—n. La l—gica alienante del consumo y el lucro no
hace sino transformar los espacios educativos en centros comerciales. En los
que se acumula sin m‡s sentido que el de acumular, se conoce, pero no se
comprende. Esto es, se reproduce el discurso medi‡tico en contra de su
desciframiento, en contra del despertar.
El
efecto de mercado global determina con Žl una suerte de escenario œnico
estandarizado que erradica de golpe la identidad cultural singular de los
pueblos en pro de una identidad comœn a todos. Se genera, as’, un proceso total
de macdonalizaci—n y disneylandificaci—n, en el que, bajo una aparente
capacidad masiva de elecci—n y diversidad, se esconde un sistema caracterizado
por la previsibilidad, la uniformidad y la automatizaci—n
Los
libros y las obras de arte est‡n a nuestra disposici—n como nunca antes lo
hab’an estado. Nuestra propia vida est‡ llena de acontecimientos. Pero, al
mismo tiempo, casi nada nos pasa. Los sucesos de actualidad, convertidos en
noticias fragmentarias y aceleradamente caducas, no nos afectan en lo propioÉ
Consumimos libros y obras de arte, pero siempre como espectadoresÉ Sabemos
muchas cosas, pero nosotros mismos no cambiamos con lo que sabemos
Nos
encontramos, por todo, inmersos en una realidad social compleja en la que la
soberan’a del Estado queda en entredicho al encontrarse supeditada y totalmente
traspasada por los poderes f‡cticos, por las grandes compa–’as multimillonarias
-en muchas ocasiones con mayor PIB que la totalidad del pa’s en cuesti—n-[2]. El
poder cambia de manos, mejor dicho, se disgrega, porque nadie quiere renunciar
a su trozo de la tarta. As’, la pol’tica y la religi—n continœan su ejercicio
del sometimiento ideol—gico al tiempo que actœan de muletas del gobernante
global, el capitalismo.
Todos
estos nœcleos de poder encuentran su nexo y aglutinante en lo que nos ocupa, en
la educaci—n. El discurso del capital y del progreso se traslada a las escuelas
y se traduce en el emprendimiento
como tratamiento trasversal a todas las ‡reas, el pre‡mbulo de la LOMCE (Ley
Org‡nica 8, 2013) no alberga dudas al respecto:
La
l—gica de esta reforma se basa en la evoluci—n hacia un sistema capaz de
encauzar a los estudiantes hacia las trayectorias m‡s adecuadas a sus
capacidades, de forma que puedan hacer realidad sus aspiraciones y se
conviertan en rutas que faciliten la empleabilidad y estimulen el esp’ritu
emprendedor a travŽs de la posibilidad, para el alumnado y sus padres, madres o
tutores legales, de elegir las mejores opciones de desarrollo personal y
profesional.
Y,
aunque el esp’ritu emprendedor no es
una cuesti—n negativa a priori, s’ lo es su car‡cter reduccionista. Todo apunta
y concluye en la asunci—n del sistema de trabajo y capital y en el no
cuestionamiento de este. Todo apunta al Òpuedes
lograrlo si te esfuerzas lo suficienteÓ frente al Òsi no lo logras es tu culpaÓ
thatcheriano, al Òsubirse a la biciÓ[3] como modus vivendi, a reproducir y perseguir
el modelo Amancio Ortega.
Se
traslada a la escuela y al aula, como decimos, toda una estructura que
trasciende a la propia educaci—n, pero que encuentra en esta su motor y su
raz—n de ser.
Asistimos,
como corolario, a una escuela siempre paladina del desarrollo social y siempre
c—mplice del contradesarrollo social. No podemos sino hallar en ella toda una
estamentaci—n y entramado que as’ lo permita a travŽs de una mezcolanza m‡s o
menos (poco) cohesionada que, de un lado, se parapeta y atrinchera en la
consecuci—n del respeto (que es miedo) hacia la figura de poder totalitarista,
de otro lado, se rinde a su posici—n para esparcir la buena nueva particular y, por œltimo, se resigna y asume su papel
de operario como en una cadena de trabajo fordista.
A
prop—sito de este œltimo, que bebe del modelo industrial y que acepta como
propio el sometimiento que ejerce la escuela -tanto al alumnado como al
profesorado, que no es sino posalumnado y fruto germinado del sistema- Ferrer i
Guardia, fundador de la Escuela Moderna
-recoge Spring
Con
lo que, este bagaje, que converge en un engranaje conformista, estatista e
individualista en cuanto a los —rganos internos de la escuela, vende, en favor
de los think tanks,
la direcci—n de la educaci—n que haya de servir a la ciudadan’a. Por ello, los Otros obtienen en el cuerpo docente ese
ejŽrcito fiel que se posiciona en primera l’nea, que ejecuta y no cuestiona.
Para
suerte de todos y para romper con el ciclo previsto ad infinitum, existen, de igual forma, buena cantidad de docentes
comprometidos con dinamitar una educaci—n deshumanizada que se concibe a s’
misma como una suerte de testigo que se pasa de generaci—n en generaci—n.
Esta
es la idea que plasm— la artista estadounidense Anna
Hyatt Huntington en la obra escult—rica monumental Los portadores de la antorcha, que don— a la ciudad de Madrid en 1955.
La escultura muestra a un joven a lomos de un fornido caballo recogiendo una
antorcha de las manos de un yacente anciano como œltimo y heroico acto tras el
largo caminar, que representa, como adelant‡bamos, la transmisi—n del
conocimiento entre generaciones.
Viene
a ilustrar la concepci—n predominante de la educaci—n como un saber estanco sin
acumulaci—n en contra de la contribuci—n -no ya en tŽrminos generacionales sino
individuales- de cada uno a un saber comœn, que deber’a ser acumulativo pero
que no lo es. En este caso -y aludiendo al estado de mutilaci—n actual en el
que se encuentra la estatua en cuesti—n- no solo no se est‡ acumulando el
saber, sino que ni siquiera se est‡ transmitiendo, lo que resulta en un
presunto paso del testigo en falso

Figura 1.
Los portadores de la antorcha, Anna
Hyatt Huntington. Ciudad Universitaria de la Universidad Complutense de Madrid.
Fuente de la imagen:
Se
obvia, por tanto, que todo proceso de transmisi—n y toda narraci—n implica de
algœn modo la apropiaci—n de la lengua, un movimiento que hace respirar algo
del pasado y lo reinventa, con lo que se genera una suerte de inmovilizaci—n
del saber y del hacer. El lenguaje y la historia quedan, as’, cancelados y el
conocimiento y la propia subjetividad, despojados de las marcas de la
experiencia. Del mismo modo, al nombrar la educaci—n en tŽrminos de
transmisiones fallidas o logradas, como en funci—n de resultados,
arrincon‡ndola en la esfera de los productos fabricados, va quedando fuera la
densidad de una traves’a que guarda acontecimientos, singularidades impredecibles,
relaciones mœltiples y fluidas
Con
la reducci—n objetual de la educaci—n, llegamos a una visi—n y aplicaci—n de
esta en la que su funci—n casi se sustenta en su disfunci—n, en una transmisi—n
de esta que termina por ser una representaci—n teatral de la acci—n misma de
transmitir. Quedan, por tanto, el decorado, los actores, el pœblico y una obra
que deviene en los elementos, en la pantomima.
Salvando
las distancias conceptuales y contextuales, resultar’a una pieza paralela a 4Õ33ÕÕ de John Cage, esto es, la
estructura formal y la jerarquizaci—n de roles est‡ dispuesta, pero, por encima
de todo, el tacet,[4] la
inacci—n activa, o en el caso educativo, la acci—n pasiva.
La
narraci—n, cuyo sujeto es el educador, conduce a los educandos a la
memorizaci—n mec‡nica del contenido narrado. M‡s aœn, la narraci—n los
transforma en ÒvasijasÓ, en recipientes que deben ser ÒllenadosÓ por el
educador. Cuanto m‡s vaya llenando los recipientes con sus Òdep—sitosÓ tanto
mejor educador ser‡. Cuanto m‡s se dejen ÒllenarÓ d—cilmente, tanto mejor
educandos ser‡n. De este modo, la educaci—n se transforma en un acto de
depositar en el cual los educandos son los depositados y el educador quien deposita...
As’,
Freire se–ala que la ignorancia alienante es un producto directo de la
transmisi—n de la informaci—n en contra de la comunicaci—n.
Tal es la concepci—n ÒbancariaÓ de la educaci—n,
en que el œnico margen de acci—n que se ofrece a los educandos es el de recibir
los dep—sitos, guardarlos y archivarlos. En la visi—n ÒbancariaÓ de la
educaci—n, el ÒsaberÓ, el conocimiento, es una donaci—n de aquŽllos que se
juzgan sabios a los que juzgan ignorantes. Donaci—n que se basa en una de las
manifestaciones instrumentales de la ideolog’a de la opresi—n: la
absolutizaci—n de la ignorancia, que constituye lo que llamamos alienaci—n de
la ignorancia, segœn la cual Žsta se encuentra siempre en el otro.
Esto es, la
informaci—n es un acto unidireccional, orientado a la transmisi—n.
Si el educador es
quien sabe, y si los educandos son los ignorantes, le cabe, entonces, al primero,
dar, entregar, llevar, transmitir su saber a los segundos. Saber que deja de
ser un saber de Òexperiencia realizadaÓ para ser el saber de experiencia
narrada o transmitida. No es de extra–ar, pues, que en esta visi—n ÒbancariaÓ
de la educaci—n, los hombres sean vistos como seres de la adaptaci—n, del
ajuste. Cuanto m‡s se ejerciten los educandos en el archivo de los dep—sitos
que les son hechos, tanto menos desarrollar‡n en s’ la conciencia cr’tica de lo
cual resultar’a su inserci—n en el mundo, como transformadores de Žl, como
sujetos del mismo. Cuanto m‡s se les imponga pasividad, tanto m‡s ingenuamente
tender‡n a adaptarse al mundo en lugar de transformar, tanto m‡s tienden a
adaptarse a la realidad parcializada en los dep—sitos recibidos. En la medida
en que esta visi—n ÒbancariaÓ anula el poder creador de los educandos o lo
minimiza, estimulando as’ su ingenuidad y no su criticidad, satisface los
intereses de los opresores
Sin embargo, la
comunicaci—n es un proceso de doble v’a, posible cuando entre los dos polos de
la estructura relacional rige una ley de bivalencia: todo transmisor puede ser
receptor, todo receptor puede ser transmisor
Desaparece,
por tanto, la relaci—n de jerarqu’a vertical a favor de una relaci—n horizontal.
De la comunicaci—n, del di‡logo, resulta una matriz cr’tica que genera
criticidad. ÇCuando los dos polos del di‡logo se ligan as’, con amor, con
esperanza, con fe el uno en el otro, se hacen cr’ticos en la bœsqueda comœn de
algo. S—lo ah’ hay comunicaci—n. S—lo el di‡logo comunicaÈ
En
consecuencia, el di‡logo, dentro de este marco de cambio pol’tico y educativo,
se posiciona como una estrategia para la reconstrucci—n de un lenguaje y unas
pr‡cticas de resistencia. De tal
modo que, a partir de la pedagog’a cr’tica dial—gica, se proyecte una cultura
politizada que trascienda de lo formal y lo simb—lico para devenir en el lugar
de la producci—n y lucha contra la hegemon’a, contra el poder. Esto es, el
di‡logo, el nosotros, entendido como
acci—n democr‡tica para la consecuci—n de una cultura y pol’tica democr‡tica y,
con ello, una sociedad democr‡tica, entendida como una sociedad de consenso de
y entre iguales.
Estas
premisas nos hacen entender el aprendizaje como participaci—n activa y
reflexiva y como construcci—n y transformaci—n comœn social, cultural y
pol’tica para lograr, as’, la emancipaci—n y la liberaci—n.
ÇContrariamente
a la educaci—n para la domesticaci—n, la educaci—n para la liberaci—n, que es
ut—pica, profŽtica y optimista, es un acto de conocimiento y un medio de acci—n
que permite transformar la realidad que debe ser conocidaÈ
De
tal manera, y como se ha determinado que la pedagog’a o el aprendizaje basado
en el di‡logo puede suponer Òla chispa que incendia la praderaÓ, para la
comprensi—n y consecuci—n de ese aprendizaje
dial—gico, Flecha
1. El di‡logo
igualitario. Las diferentes aportaciones son consideradas en funci—n de la
validez de los argumentos y no desde criterios como la imposici—n de un saber
culturalmente hegem—nico.
2. La inteligencia
cultural. Es un concepto m‡s amplio de inteligencia que los habitualmente
utilizados, no se reduce a la dimensi—n cognoscitiva basada en la acci—n
teleol—gica, sino que contempla la pluralidad de dimensiones de la interacci—n
humana.
3. La transformaci—n.
El aprendizaje dial—gico transforma las relaciones entre la gente y su entorno.
Es un aprendizaje que se basa en la premisa de Freire de que las personas somos
seres de transformaci—n y no de adaptaci—n.
4. La dimensi—n
instrumental. No se obvia ni se contrapone a la dial—gica. El aprendizaje
dial—gico abarca todos los aspectos que se acuerde aprender.
5. La creaci—n de
sentido. Para superar la colonizaci—n del mercado y la burocr‡tica y, de este
modo, evitar que se imponga una l—gica utilitarista hay que potenciar un
aprendizaje que posibilite una interacci—n entre las personas dirigida por
ellas mismas.
6. La solidaridad. Como
expresi—n de la democratizaci—n de los diferentes contextos sociales y la lucha
contra la exclusi—n que se deriva de la dualizaci—n social, es la œnica base en
que se puede fundamentar un aprendizaje igualitario y dial—gico.
7.
La igualdad de diferencias. Es contraria a la adaptaci—n a la diversidad que
relega la igualdad y que ha regido algunas reformas educativas.
Entonces,
sin caer en la ingenuidad, siendo conocedor del fuerte viento que sopla en
contra de esa ÒchispaÓ, se presenta imperioso el surgimiento de otras chispas
aliadas c—mplices a la causa de incendiar la pradera, o, al menos, de retar y
retener la virulencia del vendaval.
Esto
es, de nada sirve el di‡logo si la estructura y la organizaci—n escolar y
cultural no se construye en base al di‡logo sino en base a las relaciones
jer‡rquicas de poder. En efecto, el di‡logo es la chispa, pero la pradera,
lejos de intuirse como la otredad, se muestra en forma de Escuela.
As’
pues, la escuela ha de entenderse como un contexto de acci—n colaborativa y de
interacci—n, como un lugar no coercitivo y alejado de la trinchera, en el que
actuar y aprender libremente est‡ permitido, en el que el saber est‡ supeditado
al sentir. Ha de entenderse como un di‡logo no de intramuros sino para con el
entorno (familias, barrioÉ), sin advertir distinciones entre afuera y adentro
para concebir una realidad comœn.
De
esta forma, as’ como el contexto o la comunidad o el andamiaje vygotskiano se establece como una segunda chispa amiga de
la educaci—n libertaria, el contexto f’sico educativo ha de suponerse como
esencial en tanto en cuanto es el escenario tangible donde se libra la acci—n.
No tendr’a sentido luchar para reestablecer las relaciones entre los seres
vivos y la corriente de un r’o y obviar, por otro lado, la opresi—n que ejerce
sobre el r’o su propio lecho.[5]
Debemos,
por tanto, construir una escuela f’sica que se base sobre las premisas de la
Escuela libre. Que proponga y no imponga, que invite a la experimentaci—n y al
desarrollo vital natural.
El espacio educativo como elemento did‡ctico
ÇLa
experiencia de los ni–os deber’a ser el alimento de la escuela: su vida, sus
sorpresas y sus descubrimientosÈ -dice Francesco Tonucci ÒFratoÓ
En
muchas ocasiones encontramos relaciones entre los elementos que componen el
aula y la distracci—n que provocan en el aprendizaje del alumnado. Nada ha de
interferir en la recepci—n de esa informaci—n que transmite el docente. Las
palabras que pronunci— Alain al respecto de las paredes del aula son bastante
esclarecedoras: ÇNo apruebo que se cuelguen de ellas cosas para mirar, aun
bellas, pues es necesario que la atenci—n se vuelva al trabajoÈ
No
es que Alain fuese un decorador minimalista adelantado a su tiempo o un docente
sensible al TDAH, es que era muy consciente del prop—sito que cumple la
distribuci—n y organizaci—n de los espacios educativos. El aula deb’a ser ese
lugar destinado a la instrucci—n y al correctivo, y todos los componentes de
esta hab’an de servir a tales fines. Nada ni nadie pod’a enturbiar lo que all’
se gestaba: el poder disciplinario
foucaultiano.
El
discurso del poder -como ve’amos- encuentra en el dise–o espacial un aliado que
perpetœa el ejercicio del poder por encima incluso de aquel que lo aplica, es
decir, el escenario, imperecedero, marca las pautas de relaci—n que alberga,
as’ entre las personas como para con el propio espacio. Atiende, por tanto, a
los principios educativos: la disciplina, la imitaci—n, la asimilaci—n de los
conceptos de autoridad y jerarqu’a por encima del discurso en s’,
esto es, el c—mo por encima del quŽ.
As’,
en la instituci—n educativa, el aula se convierte en un microgobierno en el que
gobernante y gobernados quedan bien definidos. El docente, desde su palestra
pedestal, exige atenci—n y pleites’a, y el alumnado, que es un conjunto de
alumnos individuales despojados de cualquier autonom’a y posible asociaci—n
entre iguales, se la rinde. Se establece, por tanto, el doblegamiento no solo
ideol—gico sino f’sico. La escuela es un entrenamiento, un adiestramiento para
la inserci—n en el sistema hegem—nico laboral.
Entonces,
si en la f‡brica o en la oficina se persigue la estandarizaci—n y la
normalizaci—n, que deshumaniza al trabajador para objetualizarlo y convertirlo
en una pieza m‡s de la cadena, la escuela har‡ lo propio para desproveer la
identidad del alumno, su idiosincrasia, la individual y la colectiva.
En
consecuencia, para no rendir tributo a esos espacios dedicados a la sumisi—n,
no podemos construir instituciones y espacios que derivan de su inspiraci—n.
Imitarlos en algœn punto ser’a faltar al prop—sito de cambio, ser’a una
caricatura de la contrahegemon’a en s’.
Para
la liberaci—n de la imitaci—n, proclamamos el Çsoy la hora roja, la hora
desatada rojaÈ[6] de
CŽsaire, el ide—logo de la negritud. Debemos mudar la piel y desarrollar un
pensamiento nuevo para crear hombres
nuevos, como expon’a Frantz Fanon, que habla del hombre descolonizado, que
forzosamente aporta una nueva forma de humanidad.
Esa
concepci—n del hombre poscolonial como el hombre
nuevo, as’ como la propia negritud se extrapolan de su contexto e incluso
de la identidad y la conciencia negra para devenir en la raza de los que son oprimidos. Por lo tanto, para hallar esa
nueva humanidad propia, no basta con blanquearse la cara para adoptar los
privilegios de los opresores, se trata de conquistar la libertad a travŽs de la
emancipaci—n, de la transmutaci—n.
Por
lo que no basta con maquillar el aula y el espacio educativo actual, la
soluci—n ya no pasa por colgar de las paredes cosas bellas para mirar, ni en redecorar la instituci—n hacia un
tendente dise–o n—rdico. El lavado de cara estŽtico puede suponerse como
positivo en un principio, pero no puede distraernos del verdadero problema, es
decir, que el poder vista en camiseta y zapatillas en lugar de en chaqueta y
corbata puede significar un intento por aproximarse a la realidad comœn popular
igual que la remodelaci—n de la escuela puede indicar una preocupaci—n por el
bienestar del alumnado, pero el poder en zapatillas seguir‡ sometiendo y el
aula pan—ptica de estilo IKEA ser‡ su
aliada.
Esta
renovaci—n estŽtica est‡ en auge bajo las alas de grandilocuentes palabras como
innovaci—n docente, que se acaba
convirtiendo en un terreno que promociona los fuegos artificiales y el
espect‡culo, de nuevo el c—mo por
encima del quŽ, con el agravante de
que nadie cuestionar’a un buen show.
Encontramos,
por ejemplo, proyectos de Òhumanizaci—n del espacioÓ que en su principio est‡
el mejorar las experiencias y relaciones humanas alrededor de un espacio. Aqu’,
la Òhumanizaci—nÓ tiene lugar a travŽs del color, es decir, la estructura
espacial permanece inmutable y lo que cambia es la percepci—n psicosensorial en
relaci—n con el lugar, es decir, la transformaci—n que ejerce el color no se da
tanto en el plano f’sico sino en los est’mulos que provoca. Con lo que esa
pretendida Òhumanizaci—nÓ se traduce en una suerte de Òarmonizaci—nÓ, es decir,
en convertir la estancia en ese espacio en una experiencia m‡s grata.
Los
—rganos institucionales ceden ante el renovarse
o morir y adoptan un aire menos siglo
XVIII que contente a la masa no cr’tica popular y que actœe, a su vez, de
reclamo dentro de la oferta. As’, ahora, la distracci—n que pueda conllevar la
redecoraci—n de -en nuestro caso- el aula se contempla como un mal menor. Casi
resulta un complemento al efecto anestesiante del atiborre de informaci—n v’a
TIC.
En
el ‡rea hospitalaria, esta humanizaci—n del espacio se concibe -aparte de como
el reclamo diferenciador mencionado- como una distracci—n intencionada para el
usuario. Esta ambientaci—n amigable termina por convertirse en un producto m‡s,
pero al mismo tiempo se establece como una herramienta loable que no solo
posibilita, sino que refuerza las relaciones humanas.

Figura 2. Sala pedi‡trica de pruebas de TC en el
NewYork-Presbyterian Morgan Stanley ChildrenÕs Hospital.
Y
es que la ambientaci—n, la estŽtica de un espacio es la primera sensaci—n y
relaci—n que adquirimos para con este. El ambiente arm—nico se interpreta como
informaci—n para el sistema nervioso, que determina si es peligroso o no para
la supervivencia, si es placentero o doloroso. La psicolog’a ambiental dispone
aquellos colores y ambientes que pueden resultar placenteros, por lo que el
cuerpo identificar‡ esa experiencia como positiva y querr‡ repetirla en el
tiempo
Entonces,
esa distracci—n Òde lo importanteÓ que causaba el color como elemento
decorativo, en realidad no es sino una atracci—n, una captaci—n de la atenci—n,
pues Çla capacidad de captar y centrar la atenci—n es el paso previo al
aprendizaje y la memorizaci—nÈ
Esta estrategia de generar espacios
asociados al bienestar para lograr y predisponer una mayor receptividad que
actœa como antesala de la concentraci—n apunta en una sola direcci—n: mejorar
el rendimiento.
As’
lo recoge un estudio de la Universidad de Salford, Manchester, cuyo objetivo
era el de probar la eficiencia de un sistema espacial educativo que pueda
estandarizarse y reducir costes en la construcci—n de estos nuevos espacios. El
hallazgo arrojaba que casi tres cuartas partes de las variables del rendimiento
del alumnado pod’a atribuirse al dise–o y a los factores ambientales. Se
concluy— que, en Òigualdad de circunstanciasÓ, el rendimiento acadŽmico en un
ambiente ÒricoÓ pod’a esperarse un 25% mayor que en un ambiente educativo
ÒpobreÓ. Los factores tenidos en cuenta fueron: la iluminaci—n, los niveles de
ruido, la orientaci—n del aula, la temperatura y la calidad del aire, as’ como
la flexibilidad del espacio, la disponibilidad de almacenaje y la estructura
del color
Se
culmina, entonces, con la seudonormalizaci—n del estilo Google, esto es, construir espacios que proyecten la idea y
sensaci—n de bienestar, de distensi—n, de felicidad, que fomenten el flujo y la
interacci—n de personas para compartir conocimientos y experiencias y derivar
en un incremento de la productividad de los trabajadores. La ecuaci—n es
sencilla: empleados felices = buenos resultados. As’, la sensaci—n de bienestar
deja paso a la econom’a del bienestar,
esto es, convertir en funcional y eficiente el bienestar social.
Google
entiende que cuidar el ambiente circundante al trabajador -tanto el laboral
como el personal (con primas, vacacionesÉ)- resulta directamente en un mayor
‡nimo de este por satisfacer los objetivos de la compa–’a. El trabajador aqu’
no se considera como un operario o como un eslab—n m‡s de la cadena, totalmente
reemplazable, sino que se espera de Žl su completa capacidad y dedicaci—n para desarrollar
proyectos de forma aut—noma, diligente y creativa. El trabajador, desde su
campo, participa de la toma de decisiones, lo que implica que este sentir‡ la
empresa como suya en cierta medida, y as’, un mayor compromiso para con ella.
Esta
f—rmula supone un gran salto respecto del escal—n anterior en las pretensiones
educativas. Si antes se buscaba la cualificaci—n necesaria para desempe–ar
labores concretas del mundo industrial, la compleja realidad global actual pone
sobre la mesa la nueva meta a alcanzar: la excelencia,
esa palabra que ha terminado por perder su significado y su valor exclusivo al
convertirse en mainstream. Si todo el mundo es excelente, ya nadie lo ser‡.
A
parte de la excelencia, el modelo Google,
a travŽs de la delegaci—n de responsabilidades, deja entrever un proceso
esencial para la construcci—n de la anhelada sociedad cr’tica y democr‡tica: el
empoderamiento. Sin embargo, este ser’a un empoderamiento prestado y
condicionado, que de algœn modo trata de hacer olvidar al trabajador su
condici—n subordinada de proletario, generando as’ una cubierta de
autoconfianza que destierra el auto- para
trocarse en confianza.
De
tal manera, emancipaci—n y gobierno se presentan como contrarios. No existir‡n
en el mismo plano la liberaci—n y la tutela, la independencia y la dependencia.
Por lo que no tendr‡ sentido pretender la autodeterminaci—n bajo una estructura
opresora que la juzgue.
Dicho
de un modo mucho m‡s pragm‡tico: Àc—mo puede uno sentirse en la osad’a de la
autonom’a cuando la escuela ha designado para ti un espacio espec’fico que
encasilla tu movilidad? Solo existen dos v’as para relacionarse con la escuela
y con el aula: o bien o mal. Has de sentarte correctamente en tu silla
designada (espalda pegada al respaldo, las cuatro patas en el sueloÉ) tras tu
pupitre designado y orientado hacia el profesor y la pizarra.
Si
se ha probado que el Aprendizaje Basado en Proyectos -o Problemas- y el
cooperativismo fomenta esa autonom’a del alumnado, ÀquŽ sentido tiene que se
organice el aula mediante mesas individuales? Si se comprende que la educaci—n
debe centrar el foco en el autoaprendizaje del alumno, Àpor quŽ dirigir la
posici—n y atenci—n de este hacia el profesor? Al igual que dif’cilmente se
entablar‡ un debate comœn si los agentes implicados no pueden verse entre s’.
Del
mismo modo, no servir‡ de nada renovar el espacio educativo sin reformar las
practicas docentes. En este sentido, y como peque–a anŽcdota del proceso de las
pr‡cticas de ense–anza en el centro escolar que se me concedi—, un profesor no
compart’a la disposici—n grupal de las mesas del aula puesto que aquellos
alumnos que estaban sentados de espalda a la pizarra ten’an que girar el cuello
para lograr ver y atender la lecci—n que se explicaba. As’ que -y esto lo a–ado
yo- por prevenir la tort’colis, se descart— el ÒcooperativismoÓ.
La
organizaci—n -y, sobre todo, la transformaci—n- del aula, por tanto, no puede
suponer una cuesti—n de moda y tendencia estŽtica, ni siquiera funcional o pr‡ctica.
La
forma en la que se distribuyan los pupitres condiciona completamente el tipo de
relaci—n que se establece entre maestros y alumnos, entre los mismos
estudiantes y entre ellos y el aprendizaje. Depender‡, pues, de la metodolog’a
did‡ctica que se use, pero tambiŽn de la jerarqu’a relacional y
social que se persiga la forma en que deber‡ estar distribuido el
mobiliario en el aula, orientados los pupitres o ubicado el profesor.
Esto
es, no puede suponer un fin, ni otro medio m‡s que disfrace viejas pr‡cticas,
como lo es las TIC actualmente, que se han instaurado como un libro de texto
ÒvistosoÓ.
La
transformaci—n del espacio educativo ha de concebirse como una herramienta para
el aprendizaje libertario y para el empoderamiento del alumnado. Ha de suponer
un paisaje que perpetœe la contrahegemon’a del mismo modo que el Pan—ptico de
Bentham aseguraba el ejercicio del poder y el sometimiento tan solo con la
disposici—n espacial.
Luego,
para evitar espacios coercitivos o meros cambios decorativos que trabajen en la
l’nea de la captaci—n, la consecuci—n de un paisaje de aprendizaje tendr‡ lugar
en tanto en cuanto este genere retos y desaf’os que impliquen alcanzar el
autoaprendizaje mediante el asombro y el descubrimiento propio.
Por
ende, debemos virar el aspecto neutralizante y asŽptico de las aulas actuales
hacia espacios que beban de los procesos naturales, pues no hay realidad con
m‡s vida, sorpresas y descubrimientos que la propia naturaleza.
Si
no ha caminado mucho por ‡ridas llanuras, si no han quemado sus pies ardientes
arenales, si nunca le coloc— la ardiente reverberaci—n de los roquedales
encendidos por el sol, Àc—mo querŽis que el aire fresco de una hermosa ma–ana
sea capaz de deleitarle? Àc—mo pueden embriagar sus sentidos el aroma de las
flores, el verdor de las plantas perladas de roc’o y el suave y mullido andar
por el cŽsped? ÀquŽ clase de emoci—n le causar‡ el trinar de las aves si
todav’a desconoce los acentos del amor y del placer? Àc—mo puede exaltarle el
nacimiento de un d’a tan hermoso, si su imaginaci—n aœn no le sabe pintar los
goces con que llenarle? Y, por œltimo, Àc—mo le ha de entender la belleza del
espect‡culo de la naturaleza si ignora cu‡l es la mano que con tanto cuidado la
engalan—?
La
naturaleza, como ant’tesis del no-lugar, se convierte entonces en ese espacio
no formal en el que articular un di‡logo que se centra en el proceso del propio
di‡logo. La naturaleza es, por tanto, un marco donde prescindir del artificio y
del excedente para establecer un encuentro con el origen, con nosotros mismos.
Esto no es practicar la renuncia, es, en esencia, vivir. Es entender que la
naturaleza no es un lugar al que ir, sino que es cada uno de nosotros.
As’,
al asumir esta dimensi—n de la natura, nos permite atender a la individualidad
dentro de la colectividad, con lo que, a travŽs de la observaci—n y la
exploraci—n, somos capaces de comprender y asimilar los elementos, procesos y
fen—menos que conforman la realidad de un modo significativo al asumirlos como
propios.
Esta
curiosidad y asombro que nos suscitan los problemas y soluciones que ofrece el
contexto natural se traduce en aprender a
aprender de la vida y para la vida, lo que nos permite mejorar el
desarrollo cognitivo y ampliar la capacidad de razonamiento.
Con
todo, esta apolog’a de la naturaleza como ambiente enriquecedor y did‡ctico no
pretende establecer que la soluci—n definitiva pase por derribar las escuelas y
trasladarnos a los montes, bosques o llanuras -que por un lado, y m‡s all‡ del
despertar de una conciencia ecologista y de una actitud armoniosa con nosotros
mismos y con la comunidad (que podr’a significar la reducci—n de los abusos y
conflictos escolares), el contacto con la naturaleza (y no la imagen de la
colina de Windows) puede constituirse como un medio empoderador y
transformador- se trata de identificar esos procesos y adaptarlos de manera m‡s
o menos literal y evidente en forma de espacio educativo.

Figura 3.
Terra Ludi,[7] Simon & Tom Bloor. Obra permanente, Nine Elms,
London, 2015.
Este
escenario de participaci—n directa y descubrimiento -como dir’a Bruner- fomenta
el aprendizaje significativo, es decir, que son la propia experiencia y el
propio discernimiento los que generan el conocimiento ÒrealÓ, resultante de un
di‡logo establecido entre el espacio y los componentes de este y uno mismo, de
tal modo que el espacio en s’ se constituye como una nueva realidad dÕapr�s cada uno. As’, existir‡n tantos
conocimientos como di‡logos se entablen.
Se
asocia de esta forma el aprendizaje por descubrimiento con la distensi—n, la
diversi—n y el juego, un juego
entendido m‡s como participaci—n que
como desahogo. En consecuencia, los
espacios artificiales dedicados en exclusiva al juego, en general, deber‡n
respetar estos principios, m‡xime cuando es a travŽs del juego cuando nos
suponemos en nuestro ejercicio libre. Ser’a muy confuso ejercer aquello que
creemos como inherentemente propio bajo unas normas compresoras. Esto es, una
pelota, como tal, como herramienta, presenta infinitas posibilidades de uso,
sin embargo, un campo de fœtbol, por ejemplo, con sus l’neas y sus reglas
adheridas, no representa para el jugador ningœn est’mulo significativo sino el
desarrollo y perfeccionamiento de una destreza o habilidad.
De
este modo, se relaciona de forma directa el ejercicio de la ÒlibertadÓ con el
redil y el espacio delimitado para tal fin, con la alteridad, con el afuera. Y
se hace inminente derribar los muros y barreras que dictaminen los tiempos y
las acciones. As’, no deber’a distinguirse una actividad segœn el espacio que
ocupa, pues coarta cualquier posibilidad fuera de ese patr—n.
Aun
as’, conocedor de que existe diferencia entre el adentro y el afuera en
cuesti—n de actividades, no puede suponer una diferencia para con las
libertades y las maneras de empoderamiento. Si no es posible destruir los
cercados, no podemos sino destruir su cerco. No significa esto terminar por
olvidar la funci—n del cercado y adoptarlo como propio, todo lo contrario, se
trata de identificar el espacio y apropi‡rselo para que tenga lugar la
metamorfosis.

Figura 4. Formula for
living, Simon & Tom Bloor. Obra
permanente, Cotham School, Bristol, 2011.
A
riesgo de repetirme, el paisaje de aprendizaje libertario no solo no subyuga y
propone un marco estimulante, sino que supone un cambio de paradigma en cuanto
a la construcci—n de las relaciones que se establecen en Žl. No es un lugar de
paso, es un lugar habitado, de estancia, de interconexi—n, es la negaci—n de un
no-lugar.
Y
as’ como al conocer la oscuridad se comprende la luz, al definir el no-lugar se
concreta el lugar. En consecuencia, el no-lugar,
tŽrmino acu–ado por Marc AugŽ
Los
no-lugares vendr’an a ser los espacios del viajero -privilegiado exponencial
del capitalismo- y la fast life: sin
memoria del tiempo, impersonales, destinados a la transitoriedad.
Son tanto las
instalaciones necesarias para la circulaci—n acelerada de personas y bienes
(v’as r‡pidas, empalmes de rutas, aeropuertos) como los medios de transporte
mismos o los grandes centros comerciales, o tambiŽn los campos de tr‡nsito
prolongado donde se estacionan los refugiados del planeta

Figura 5. Pont,
Javier de Riba. Amposta, Catalunya, 2018.[8]
Los lugares, por
el contrario, ser’an espacios de identidad, hist—ricos y relacionales. Esto es,
que el espacio no condiciona y predispone la movilidad y el comportamiento y no
reduce el aspecto identitario humano al de un sujeto y objeto, sino que supone una
puesta en valor de la condici—n social de la persona.
Sin
embargo, Àpuede un espacio suponerse lugar y no-lugar al mismo tiempo? Es
decir, Àla condici—n de lugar o no-lugar pertenece al propio espacio o es
subjetiva a la interpretaci—n personal? Por ejemplo, si para m’ el centro
comercial no es un lugar alienante de cruce, sino que significa un espacio de
encuentro, de estancia y socializaci—n, Àdejar’a el centro comercial de ser un
no-lugar para convertirse en un lugar? Es posible que, poco a poco, lleguemos a
identificar como personales los lugares intr’nsecamente impersonales, por lo
que estar’amos asistiendo a una transformaci—n de la intencionalidad e
ideolog’a del propio espacio.
El
objetivo es, por tanto, no esperar la llegada de la utop’a (que el Estado y sus
espacios sean libertarios y no opresores), sino construirla a partir de la
apropiaci—n y subversi—n de lo dado. No asumir que la soluci—n est‡ en el
afuera, en lo privado, sino aprovechar los subterfugios de lo pœblico para
luchar desde, por y para lo pœblico. ÇÀexiste un espacio pœblico no estatal en
el campo educativo?È -cuestiona Miriam
Feldfeber
As’,
aunque el Estado decrete legalmente las normativas de dise–o y constructivas
para los edificios de uso docente (ORDEN de 24 de enero de 2003), no podr‡
dictaminar el tipo de relaciones que se gesten en torno a ellas. Del mismo modo
que se desacraliza una iglesia para convertirse en biblioteca o en skate park o
en hogar particular y se reduce el concepto de iglesia a la tipolog’a espacial
y no a unas determinadas y preasociadas maneras de conducta, movimiento en
tiempo y espacio, vestimenta, interrelaci—n, etc., el Pan—ptico de Bentham, la
escuela, ser‡ estatal como fisicidad, pero pœblica en su labor.
De
esta forma, en nuestro hacer contestatario, debemos modificar los espacios
institucionales estandarizantes de tr‡nsito haciŽndolos nuestros, okup‡ndolos,
habit‡ndolos. Hasta que se tiren los muros y se construyan las escuelas
libertarias empoderadoras que nos ocupan, habremos de instalar nuestras salas
de estar en las celdas de la c‡rcel. Áinsisto! No para hacer nuestra estancia
m‡s c—moda, sino para derrocar los intereses subyugantes de los barrotes.
Prescindiremos
de su lenguaje y su metalenguaje. Ni la c‡rcel ser‡ c‡rcel, ni el aula, aula.
Al nominarse de forma distinta y al albergar distinta actividad no podr‡n sino
convertirse en otra cosa.
El
aulario modular, repetitivo y fragmentario de la organizaci—n espaciotemporal
da paso al espacio educativo polivalente que promueve la interrelaci—n y que
plantea que el aprendizaje puede suceder en diversos tiempos y espacios, a modo
del learning landscape de Herman
Hertzberger.[9] Los
pasillos, no-lugares insertos en macro no-lugares, a su vez, dejan de asistir a
la tarea de conexi—n para contribuir al concepto de h‡bitat, para as’, no
identificar aula ni pasillo, sino la comunidad escolar como
tal.
Por
tanto, un contexto educativo ideal deber’a permitir la versatilidad y la
posibilidad de crear grupos con diferentes distancias proxŽmicas, con un
equilibrio entre espacios privados y espacios pœblicos, entre espacios
reflexivos y espacios de debate, en los que los alumnos puedan contar, tambiŽn,
con entornos m‡s informales
Se
genera, entonces, el espacio que mantiene una relaci—n dial—gica para con la
did‡ctica, que no discrimina fronteras intra y extraescolares, que relaciona no
solo a las personas sino a los lenguajes y saberes, de la forma en que la
estŽtica (no la decoraci—n) conecta y vincula aquellos elementos que se
supon’an aislados. ÇDebemos ser capaces de ver las relaciones antes que los
tŽrminos relacionadosÈ -dec’a Malaguzzi
A
prop—sito de Malaguzzi y su pedagog’a, Reggio Emilia, supone un paradigma para
con la asunci—n de una tipolog’a espaciotemporal que al mismo tiempo actœa como
metodolog’a. Sus espacios, los atelieres, suponen una herramienta de
experimentaci—n en s’ misma, donde a travŽs de la expresi—n pl‡stica se plasma
esa idea de integraci—n e interrelaci—n de (los 100) lenguajes.
Se
diluyen, por tanto, el espacio, el tiempo y la materia para devenir en la
experiencia libertaria, cr’tica y empoderadora, y as’ como identific‡bamos el
di‡logo y el espacio educativo como aliados para tal vivencia, encontramos en
las artes y la expresi—n pl‡stica otro socio que avanza en igual direcci—n y
con el mismo ’mpetu.
Las
artes -la mœsica, la arquitectura, la danza, la fotograf’a, etcŽtera-,
igual que las dem‡s ‡reas de experiencia -la geograf’a, la salud, la ciencia,
la tecnolog’a, etcŽtera- son susceptibles de educaci—n y constituyen, en
cada caso, el ‡rea cultural espec’fica que es el objetivo en la educaci—n de
las personas. Se puede hablar de la educaci—n art’stica como ‡mbito general de
educaci—n. La educaci—n art’stica es, antes que nada, educaci—n y, por tanto,
como educaci—n, es, en cada persona, un proceso de maduraci—n y aprendizaje que
implica, desde las artes, el desarrollo de la inteligencia, la voluntad, la
afectividad, la operatividad, la proyectividad y la creatividad, orientado al
desarrollo de valores vinculados al car‡cter y al sentido inherentes al
significado de la educaci—n

Figura 6. All Schools should
be Art Schools, Bob & Roberta Smith. 2012.
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[1] Vital entendido en su doble acepci—n: 1.
adj. Perteneciente o relativo a la vida; 2. adj. De suma importancia o
trascendencia
[2] Ç[É] al listar las naciones de acuerdo con el volumen de su Producto Interno
Bruto, el pa’s No. 15 se llama General Motors, y el 16, Exon Company... En
1994, el Producto Interno Bruto de El Salvador era de 8,070 millones de
d—lares; en el mismo a–o, la facturaci—n de Mitsubishi era de 175,800 millones
de d—lares; Mitsui facturaba 171,500 millones de d—lares; Sumitomo 162,500
millones de d—lares; General Motors 155,000 millones de d—lares... Es decir, 20
o 22 veces el Producto Interno Bruto de El Salvador. Al ser estas megaempresas
veinte veces m‡s poderosas que muchos Estados, arrollan nuestras fronteras con
sus productos y capitales. En realidad, no necesitan arrollar las fronteras
porque la teor’a imperante ordena que los Estados deben facilitar los flujos de mercanc’as y capitales y fomentarlos con
subvenciones inmensas y que en tama–o superan la cantidad de subvenciones que
el Estado Social jam‡s haya efectuadoÈ
[3] ÇNorman Tebbit, uno de los hombres de confianza de Thatcher,
tras las grandes manifestaciones de los 80 que protestaban contra el nivel tan
alto de paro ocasionado por las pol’ticas de desindustrializaci—n, dijo:
Òcuando mi padre perdi— su trabajo a principios de los 30, no protest—; se
subi— a su bici y busc— trabajoÓ. Y esa idea de Òsubirse a la biciÓ se
convirti— en un eslogan nacional, que ven’a a decir que, si estabas
desempleado, no era culpa de la sociedad ni del gobierno, era tu propia
responsabilidad. Con lo que desarmaba toda posible colectivizaci—n, intentando
capturar ese sentido de nueva modernidad de individualismo en el que puedes
hacer lo que quierasÈ
[4] Tacet es un tŽrmino utilizado en notaci—n musical para indicar
que el intŽrprete de un instrumento o voz no debe sonar. En la partitura de 4Õ33ÕÕ, m‡s all‡ del tiempo estipulado
de duraci—n de la pieza, cuatro minutos y treinta y tres segundos,
figuraba este œnico elemento, tacet.
[5] ÇAl
r’o que todo lo arranca lo llaman violento, pero nadie llama violento al lecho
que lo oprimeÈ On Violence. Bertolt Brecht.
[6] Esta frase la dice un
esclavo rebelde en la obra de teatro Et les chiens se taisaient [Y los perros callaban], escrita por AimŽ
CŽsaire en 1958. ÇEn ese contexto, Òla hora desatadaÓ era el momento de
enfrentarse a algo, de elegir, de tomar una decisi—n, y una decisi—n
importante, porque el esclavo se jugaba la vida, pero para Žl la libertad era
m‡s importante que la vidaÈ
[7] Ludi, en lat’n: juegos, diversi—n, entretenimiento (pan y circo), pero
tambiŽn escuela.
[8] ÇConvertir un lugar de paso en un lugar de estancia. La situaci—n
migratoria es alarmante. Refugiados, desplazados y exiliados, personas a las
que se les ha obligado a hacer vida en No-LugaresÈ
[9] Arquitecto
y pedagogo estructuralista holandŽs. Entiende la arquitectura como lo pœblico,
como lo colectivo, siendo las escuelas el m‡ximo exponente de lo pœblico. La
estructura prevalece por encima de su funci—n, es decir, la estructura plantea
un marco y son las personas y el tiempo quienes completan el edificio.