Cristalizaci—n y disoluci—n, estatismo y perpetuum mobile en la pintura de Maya Kulenovic

Crystallization and Dissolution, Stasis and Perpetuum Mobile in Maya KulenovicÕs Painting

Cuadro de texto:  Recibido 22/11/2019      Revisado 02/01/2020      
 Aceptado 02/01/2020    Publicado 31/01/2020 

           

Guillermo Aguirre Mart’nez

Universidad de Deusto

guillermo-aguirre@hotmail.com

 

 

 

Resumen:

El siguiente art’culo profundiza en el trabajo de la pintora bosnio-canadiense Maya Kulenovic. A partir de su estŽtica tenebrista, ambigua asimismo, con lazos remitentes tanto a El Fayum como a Caravaggio, tanto a Carri�re como a Lucien Freud, indagaremos en el sentido existencial denotado en su serie Faces, poniŽndola en relaci—n con aspectos de la cosmovisi—n contempor‡nea.

 

Cuadro de texto: Sugerencias para citar este art’culo
Aguirre Mart’nez, Guillermo (2020). Cristalizaci—n y disoluci—n, estatismo y perpetuum mobile en la pintura de Maya Kulenovic. Tercio Creciente, 17, p‡gs. 107-120. https://dx.doi.org/10.17561/rtc.n17.7
AGUIRRE MARTêNEZ, GUILLERMO. Cristalizaci—n y disoluci—n, estatismo y perpetuum mobile en la pintura de Maya Kulenovic. Tercio Creciente, enero 2020. n¼ 17, pp. 107-120.  https://dx.doi.org/10.17561/rtc.n17.7

 

 

 

 


                                                      

 

 

Abstract: 
 

This next paper proposes a study of Maya KulenovicÕs painting in relation with an existential aesthetics. Since its ambiguous nature, since its proximity with El Fayum, Tenebrist painting or Eug�ne Carri�re, we will study KulenovicÕs work for the purpose of linking it with the current view of the world.

 

 

 

Cuadro de texto: Palabras Clave / Key words 
Pintura siglo XXI; Maya Kulenovic; Tenebrismo.
21st Century Painting; Maya Kulenovic; Tenebrism.


Cuadro de texto: Sugerencias para citar este art’culo
Aguirre Mart’nez, Guillermo (2020). Cristalizaci—n y disoluci—n, estatismo y perpetuum mobile en la pintura de Maya Kulenovic. Tercio Creciente, 17, p‡gs. 107-120. https://dx.doi.org/10.17561/rtc.n17.7
AGUIRRE MARTêNEZ, GUILLERMO. Cristalizaci—n y disoluci—n, estatismo y perpetuum mobile en la pintura de Maya Kulenovic. Tercio Creciente, enero 2020. n¼ 17, pp. 107-120.  https://dx.doi.org/10.17561/rtc.n17.7


1. Breve presentaci—n

A lo largo de estas p‡ginas indagaremos en la pintura de Maya Kulenovic prestando especial cuidado al significado del rostro, de la cara -por acogernos al tŽrmino empleado por la pintora-. Antes de adentrarnos en su obra daremos algunos datos sobre su biograf’a. Pese a que en sus entrevistas la artista bosnio-canadiense evita establecer v’nculos entre sus vivencias y su creaci—n, no puede dejarse de lado el hecho de que los conflictos acaecidos desde 1991 en la antigua Yugoslavia la sorprendieron en plena juventud -Kulenovic nace en 1975 en Sarajevo-, coincidiendo su marcha en 1992 y en compa–’a de sus padres a Estambul con el inicio de la guerra en Bosnia. Lo cierto es que, aun encontrando cabida esta experiencia en su pintura[1], a la hora de hacer referencia a sus fuentes creativas, desde su ambigŸedad caracter’stica, Kulenovic se remite simplemente a su mundo circundante, a su capacidad para asimilar realidades y configurarlas conforme a su particular estilo, contribuyendo de este modo a estabilizar un mundo objetual con el que constantemente dialoga.

A–os despuŽs de su marcha a Turqu’a, una vez dejado atr‡s el periodo repartido entre su tierra natal y Estambul, la pintora continuar‡ form‡ndose en diferentes latitudes, estableciŽndose primero en Ontario, donde ejercer‡ la docencia entre 1999 y 2002, y despuŽs en Londres y Toronto, ciudad en la que reside en la actualidad dedicada a la pintura. Sus trabajos se han logrado proyectar de modo satisfactorio gracias a exposiciones en Reino Unido, Italia, Holanda, Canad‡, Estados Unidos, Corea, Jap—n o Turqu’a, as’ como con la publicaci—n de dos monograf’as centradas en distintos momentos de su trayectoria -recogemos sus referencias en la bibliograf’a final-. En cuanto a su producci—n, queda repartida en cuatro series de trabajos al —leo solapadas algunas de ellas en el tiempo. Al margen de Faces (2004-2011), a la que dedicaremos estas p‡ginas[2], el resto de series, cronol—gicamente ordenadas, llevan por t’tulo Stills (2004-2005), compuesta por macabras naturalezas muertas a partir de animales y cuerpos humanos, Land (2004-2010), que ofrece un conjunto de paisajes remitentes, en su tejido emocional, a la obra de Friedrich, as’ como un cromatismo embebido de Turner -en ambos casos salvando las distancias, esto es, comprendiŽndolos como simples modelos-, y Build (2005-2009), m‡s pr—xima a la imagen fotogr‡fica y reveladora de paisajes arquitect—nicos, urbanos, de tinte fantasmal. A la hora de ampliar la lista de modelos que, por un motivo u otro, han influido en Kulenovic, cabe transcribir el siguiente comentario de Anthony Collins:

 

Maya Kulenovic's artistic development, as a painter working with representational imagery, has followed a path echoing that of art history: as it has shaped its own story and seen its potentials redefined. Her inspirations range from Rembrandt to 19th century daguerreotype photography, images from damaged motion pictures, Greek sculptures, Roman death masks, ancient Middle Eastern architecture, early American documentary photography and film, East Asian ink paintings, LeonardoÕs drawings, Goya's prints, Turner's skies, the photographs of Eug�ne Atget and Margaret Bourke-White, and 20th Century painters Francis Bacon, Lucian Freud, Paula Rego, and Marlene Dumas. From these she has forged a unique repertoire described as Òunlike the work of any other artist of her generation. (COLLINS, s/f, s/p)

 

Por œltimo, en lo que toca a este apartado introductorio, resulta importante a–adir que la obra de Kulenovic evoca una atm—sfera neog—tica. En relaci—n con este aspecto cabe destacar una l’nea que segmenta en dos su creaci—n no ya por el modo de trabajar, por la tem‡tica o por el formato de los lienzos, sino por una mera cuesti—n de estilo: macabro, siniestro, en aquellos momentos en que el gesto de este neogosticismo se hipertrofia, o sugerente y profundo en aquellos otros en los que logra atemperar y disolver este gesto en el fondo de la composici—n. En el curso de este trabajo nos centrarnos en estas œltimas obras.

 

2. Presencia y ausencia de rostro

Rostros que se niegan a hablar, que lo hacen desde su nada, desde un espacio en el que permanecen aislados; rostros mudos, sustancias en proceso de disoluci—n, sustancias en proceso de cristalizaci—n; nos hablan y no nos hablan, nos interpelan cerradas desde s’ mismas, distantes a quien hasta ellas se acerca. Conscientes de su pŽrdida de forma, escuchamos su angustia o, en su caso, su extra–a impasibilidad, y nada podemos hacer sino seguirlas contemplando. Un abismo se abre entre su no-vida y nuestra apariencia de vida. Maya Kulenovic nos ofrece un universo de fantasmas, de sutiles presencias entre el estar y la ausencia -acaso nunca existieron, acaso nunca llegaron a nacer-[3], rostros que nos miran inmutables, inalterables desde su lejana condici—n, rostros que denotan, en la profundidad de sus pupilas, una vida ya agotada, o una advertencia hacia la nuestra.

Si en el mensaje de estos rostros hay resignaci—n ante su ser oscurecido, es algo que, aunque lo intuimos, lo desconocemos, y sin embargo advertimos que su presencia contiene algo de nosotros, si no la parte de vida, s’ la inclinada hacia la muerte[4]. La mirada que proyectamos hacia el lienzo se revela entonces como un asomarnos a nuestra realidad existencial[5]. Como un espejo, desde el v’nculo esencial entre su mirada y la del observador, contemplando estos rostros advertimos nuestras propias profundidades, nuestras propias confusiones.

Las caras presentadas por Kulenovic, aun aparentando desear escapar, se resignan a diluirse, a quedar desdibujadas en el fondo del lienzo, fondo de muerte y fondo metaf’sico. Dado lo nebuloso de sus atm—sferas y a un tiempo lo profundo de su mirada, podr’a hablarse de un efecto corrector pues, desde esta percepci—n difusa, emerge un objeto a todas luces m‡s veraz y penetrante que el que podr’a evocar una atm—sfera n’tida[6]. Una visi—n unidireccional, cerrada, dominada por la limitaci—n de contornos y, a fin de cuentas, plana, queda sustituida por un acercamiento a un mundo de objetos permeable, por una mirada proyectada ah’ donde el rostro del otro y el nuestro se funden en uno solo, abriŽndose as’ un abismo, un espacio, entre un estrato sutilmente iluminado y otro misterioso. Un cœmulo de ambivalencias dota con ello de etŽrea corporeidad a cada una de sus figuras, quedando disueltos los contornos individuales sobre aquellos estratos remitentes a —rdenes no revelados[7].

Desde esta elusiva existencia y desde el deseo de advertir modelos estŽticos afines a la pintura de Kulenovic, cabe mencionar que la significaci—n de estos rostros ha sido comparada, sin duda un tanto forzadamente, con los retratos de El Fayum, aun cuando no deja de existir cierta convergencia en la exposici—n de un estatismo a un tiempo evocador y claustrof—bico[8]. En este sentido, el tono emocional de ambos modelos denota una afinidad an’mica, una semejante tensi—n existencial reducible, en œltimo tŽrmino, a un ver desde m‡s all‡ de la vida. En lo que concierne a la concepci—n filos—fico-teol—gica correspondiente a El Fayum, por otro lado, prevalece un sincretismo devenido de tres distintas cosmovisiones -con sus lazos entre ellas, pero asimismo con sus particularidades-: egipcia, griega y romana, presentada la primera desde la esperanza en un eterno presente, la segunda desde el temor hacia un espectral mundo de sombras, y la tercera desde un estoicismo resignado y hasta desesperanzado. Desde este particular lazo y desde este cruce de estados an’micos, podemos comprender que la pintura de Kulenovic manifiesta el temor a un mismo vac’o existencial que el observable en El Fayum. En este caso podr’a hablarse, en consonancia con el imaginario actual, de un agotamiento de antiguas creencias y de la no consolidaci—n de otras sustitutorias como base de esta angustia. El mundo, la existencia, en un caso y en el otro se ofrece como espacio de irrealidad en el que quedan disueltos los l’mites entre la vida y la muerte. El ser se revela desde su condici—n vacua o, a lo sumo, desde su esencia espectral[9].

Sin que quepa explicar las concomitancias entre unas y otras obras desde este aspecto, no est‡ de m‡s advertir que tanto las pinturas de El Fayum como las de Kulenovic y las de Eug�ne Carri�re, surgen en momentos de transici—n entre distintos imaginarios, esto es, en momentos en que se entrelazan visiones del mundo tejidas con hilos tomados de diferentes madejas, diferentes esferas de pensamiento, cada una con sus miedos y ansiedades, sus esperanzas y creencias; tres etapas, en suma, dominadas por una elevada intrincaci—n entre decadencia y nacimiento, desgarradas -y en este sentido abiertas- desde distintas idealidades. Es a travŽs de esta abertura, es a travŽs de esta llaga, por donde asoma y se hunde el imaginario de Kulenovic, tan sintom‡tico de nuestro tiempo y tan inherente, no obstante, a nuestra particular condici—n. Asistimos as’ a un cruce de miradas reacias a quedar fijadas sobre una concreta imagen, pues en su naturaleza est‡ la constante ambigŸedad[10], la permanencia en un perpetuo estado de transitoriedad, la oscilaci—n y la vacilaci—n; y si tanto percibimos en ellas de nuestro propio ser aun desde un inicial rechazo, es precisamente debido a nuestra identidad con ellas as’ como, parad—jicamente, desde la distancia que separa nuestro orden concreto, pragm‡tico, ficcional en tantos aspectos, respecto de ese otro estrato que asimismo habitamos, al cual pertenecemos, y que demanda a su vez su latido de existencia, de presencia, si no en el hecho cotidiano al menos s’ en las profundidades del sue–o[11]. La naturaleza de este œltimo, su ser compuesto de im‡genes, permea noche y d’a hasta el punto de poder afirmarse que si percibimos algo de m‡s honda existencia es enteramente desde ellos -tom‡ndolos en sentido amplio-. El rechazo hacia su esencia, movidos por el af‡n de participar del mundo desde una conciencia enteramente diurna, reduce nuestra condici—n a una vida obliterada. El sue–o con el que se tejen los rostros de Carri�re, El Fayum y Kulenovic, participa de nosotros de igual modo que nosotros ba–amos nuestras ideaciones en el fondo oscurecido desde el que, en elocuente silencio, aquŽllos nos interpelan.

La expresividad de estas im‡genes, la condensaci—n de significados que estas caras denotan, resulta desconcertante dada su abrumadora carga. Esta sobreabundancia de sentido, comprendemos, no deviene de las im‡genes en s’ sino de la tensi—n que denotan en relaci—n con el fondo que las sustenta. Esto es, su fuerza emerge, en verdad, de aquello que las engulle, del horizonte del que forman parte o, al menos, con el que dialogan en permanente tirantez. Comprendida, por tanto, como dominante de esta pintura no la forma sino la tensi—n mantenida con el fondo al que se abocan como tambiŽn del que emergen, podr’amos afirmar que all’ donde se presenta un rostro cualquiera, se revela un estado est‡tico tomado del carrusel de formas conformado por la obra[12] de la artista. Cada una de las fijaciones expuestas se corresponde as’ con un puntual momento recogido de la secuencia inabarcable, inabordable de formas. Aquello que prevalece y permanece es una rueda en permanente correr que lleva de un proceso de formaci—n y cristalizaci—n a otro de completa descomposici—n dentro de un cœmulo de incesantes metamorfosis.

 

3. Reabsorci—n del rostro

A lo largo de sus entrevistas Kulenovic va a incidir en la importancia de aquellas influencias vinculadas por lo comœn con una percepci—n ambigua en torno a la realidad no s—lo del mundo de objetos sino tambiŽn del individuo[13]. Esta indefinici—n, a modo de aberturas, de cortes sobre la sustancia del ser, permite advertir un lugar, un estado, dir’amos, situado m‡s all‡ de la forma, un remanente ontol—gico que viene a desvelar la naturaleza incognoscible de las im‡genes. Aludimos en este punto deliberadamente a la presencia de un Ôcorte sobre la sustanciaÕ para ponerla en relaci—n con la imagen del corte en la carne caracter’stica de una concreta y macabra etapa de su pintura. En lo que a nosotros nos interesa, desde el v’nculo de este motivo con aquello que la pintora presenta en la serie Faces, podr’amos decir que la pulsi—n estŽtico-existencial de su obra se traslada en este caso desde el corte en la materia, desde el corte en el cuerpo, hasta el corte en la inmateria, hasta el corte en el alma. Se abre as’ una herida desde la que el sujeto se vincula con el Abgrund,[14] el vac’o m’stico. La herida, por tanto, se comprende como objeto singular de su universo creativo, ya se muestre de modo patente o latente. Resulta un lugar comœn en los estudiosos que se han dedicado a la pintora aludir a sus v’nculos con la pintura tenebrista, con Rembrandt y Caravaggio, as’ como con la obra de Bacon o Lucien Freud ya en el siglo pasado. Este lazo es ante todo temperamental, sin m‡s. En cualquier caso, en Kulenovic, como en aquŽllos, la dialŽctica luz-oscuridad queda resuelta en herida: herida carnal y herida del alma. En relaci—n aœn con la llaga, el s’mbolo mismo del Cristo, recurrente y axial precisamente en Caravaggio, Rembrandt o Bacon, despierta asimismo en Kulenovic. Cabe indicar al respecto el hecho de que, como encarnaci—n humana de la cruz -y esta œltima, a su vez, como abstracci—n de aquŽl, del Cristo-, su imagen remite a una serie de dualidades conflictivas e irresolubles, luces y sombras, gozo y dolor, creaci—n y destrucci—n, destrucci—n como creaci—n: gesto o grito por un algo que permanentemente se escapa, de aquello que se nos escapa.

Regresando a la idea con la que cerr‡bamos el punto anterior y centr‡ndonos de nuevo en la serie Faces, permanecemos ante un mismo rostro presentado desde diferentes estadios de ser, un mismo rostro reflejado en la curva infinita de un eterno retorno cristalizado en infinitas presencias y disuelto en la gravedad de un desolado fondo. En estos trabajos no resulta posible hablar ni de existencia ni aun de ausencia, pues lo cierto es que la forma arraiga ah’ donde nuestras categor’as no aciertan a asentarse. Desde Žstas el ser se descubre como una nada en oposici—n a un interrogante, a otra nada en su sentido numinoso, oscuro, quedando entre medias el abismo por el que la vida, estado del que se quisiera tomar parte, se desagua. ÀQuŽ permanece, por tanto, de este paisaje, de este carrusel de caras -como Kulenovic misma las denomina, desproveyendo con dicha terminolog’a a sus representaciones de car‡cter individual-?[15] Sin alejarnos de la cuesti—n podemos adentrarnos en el significado del rostro en la artista bosnia precisamente desde la distancia que separa sus rostros de dos modelos paradigm‡ticos, extremos asimismo, de representaci—n de la identidad de la persona o, en su caso, de una carencia de identidad.

A este respecto, si por una parte comprendemos el rostro aureolado -en sentido estricto pero as’ mismo desde la posibilidad de ampliar esta consideraci—n a la representaci—n del cuerpo e incluso del mundo objetual- desde su v’nculo con un orden esencial, atemporal, tal y como observamos en la pintura de Chagall o de Kandinsky a partir de la segunda dŽcada del pasado siglo -segœn recuerda Jacobo Siruela-,[16] encontramos el contrapunto a este modelo en los campesinos que MalŽvich presenta -comprendemos que no casualmente sino como respuesta a un mismo problema de fondo- en torno a la misma Žpoca en que Kandinsky comienza a trazar el aludido motivo en sus trabajos. En este caso, cuanto MalŽvich nos ofrece son unos rostros despojados de existencia, de presencia, s’ntoma inequ’voco de lo intercambiable de todo sujeto en el momento en que la persona queda deshumanizada, desprovista de identidad. Frente a uno y otro modelo, las figuras de Kulenovic no iluminan ni un ser reverberante ni un ser despose’do de identidad, sino que, participando de una mirada heracl’tea, rescata lo fugitivo del ser, su vacuidad elemental, un estado ni vinculado a un orden de esencias ni a uno de presencias, enteramente espectral[17]. Desde esta apreciaci—n, si bien puede decirse que desde nuestro particular acercamiento nada resulta tan radicalmente opuesto al no-rostro de MalŽvich que el rostro provisto de aureola, que el rostro cercado y sublimado por ese espacio de radiaci—n sobre el que todo lo perecedero cobra vida, se multiplica, se vierte, en fin, sobre un fondo de presencia, la obra de Kulenovic se distancia de una y otra concepci—n del rostro -de la cara- envolviendo al sujeto en una cris‡lida, present‡ndolo desde su condici—n fantasmal, emparentando con ello su trabajo, desde el signo ontol—gico que venimos exponiendo, con los rostros de Carri�re o incluso de Medardo Rosso, cada uno de ellos con sus obvios planteamientos, con sus propias cualidades. Prevalece un rostro disuelto, un ser -por derivaci—n- disuelto, un ser arrojado a sucesivas etapas de encarnaci—n y desencarnaci—n, apenas fijado a una estable presencia, un ser que apenas queda fijado se torna a desdibujar, revel‡ndonos con ello su car‡cter fugitivo, su triple mirada de HŽcate: pasado-presente-futuro, escindido de su eje, carente en verdad de Žl. El rostro, en su constante atravesar estadios de identidad hasta anular su valor, ilumina sin detenerse los diferentes estratos recorridos en su perpetua metamorfosis, una est‡tica impresi—n al momento ya perdida, captada de alguna forma por quien, contemplando la obra, ve el difuminado de su propia condici—n[18].

El desvelamiento de las diferentes capas, pict—ricas y existenciales, conformadas por Kulenovic, muestra, en l’nea con la perspectiva desde la que vamos argumentando, la vejez en la ni–ez, y rec’procamente la ni–ez en la vejez, la vida interior acumulada sobre los diferentes estratos de ser, incluidos los ausentes, los no advertibles en la superficie. Los seres se disuelven, se vac’an de s’ para volverse a rehacer, cayendo precipitados, empujados por su propio peso existencial: proceso entr—pico revelador de una condici—n no diurna como tampoco nocturna. El ser, da–ado de lleno en su centro, despojado de aquellas categor’as, de aquellas emociones asimismo con las que en algœn momento se lleg— a identificar y hasta sustent— su existencia, encuentra fuera de ellas -desplazado de ellas, rechazado por ellas- su condici—n esencial, pero de Žsta nada le es dado decir a la obra, quedando ya s—lo entonces, como en El Fayum, el silencio para expresar m‡s de cuanto una expl’cita pincelada es capaz de denotar.

Aquello que prevalece consiste en un espacio de opresiva inmanencia, una ensombrecida ventana hacia una nebulosa realidad no necesariamente vinculada con un orden trascendente. No argumentaremos en torno a ello pues de hacerlo nos enredar’amos en una confusi—n conceptual en primer lugar y, en segundo, regresar’amos al punto mencionado en la pasada nota al pie, remitente a los recovecos o a las posibilidades advertidas desde el materialismo trascendental. Y aun con todo, cabe a–adir que la pintora comprende su obra desde esta misma indefinici—n de lo trascendente, resultando una vez m‡s su pintura sintom‡tica de nuestra Žpoca[19]. Dado lo hermŽtico de este mundo de formas, no hay mucho que resolver sino ante todo mirar, simplemente escuchar los ecos procedentes del retrato. No existe punto de apoyo, no se advierte fundamento sobre el que apuntalar afirmaciones ni aun sobre el que negarlas, y de nuevo en esto remitimos a una percepci—n nebulosa, a una mirada oblicua en su pintura: el objeto expuesto concentra el mayor grado de explicitud en torno a su propia condici—n existencial, y el mayor grado de silencio en torno a la esencia sobre la que aparece y desaparece el carrusel de existencias. El sujeto, como el pulso metaf’sico del cuadro, queda en este universo reducido a aquel expresivo concepto empleado por Kierkegaard en sus Migajas filos—ficas: Òuna cosa desconocidaÓ.

El vac’o metaf’sico latente en estos trabajos engulle de continuo el universo de formas, un cosmos compuesto por infinitos existentes, un torrente de sujetos enmudecidos en permanente tensi—n con un orden numinoso llamado a licuar una realidad fugitivamente transitada. Cada una de las perentorias presencias lo m‡s que logran denotar es un estado de extrema angustia. Horizonte monista con oscuros reflejos de trascendente, este anhelo que rebasa la imagen de lo observado ilumina su contraparte abstracta desde un dolor en ocasiones reducido a impertŽrrito mutismo, una abstracci—n ofrecida a quien contempla los lienzos como hendidura que todo lo atrapa sin que logremos advertir ni su naturaleza ni su v’nculo con las formas que de continuo son engullidas. A partir de esta inaccesibilidad, pero de acuerdo con el tono existencialista que impregna cada rinc—n de los lienzos, el lugar desde el que estos rostros nos interpelan se advierte como silencioso terreno de indeterminaci—n. El cuadro calla, los rostros enmudecen. Sea cual sea el motivo por el que nos interrogan las caras que lo habitan, no parece haber respuesta a los interrogantes que cada una de ellas plantea[20].

Llegados a este punto, se comprende oportuno se–alar que, si ofrecemos una comprensi—n del universo de formas que Kulenovic presenta desde un h‡lito existencial, es precisamente dada la naturaleza interrogante que adopta cada lienzo. EstŽtica de lo fugitivo, la presencia remite a una ausencia mientras que el fondo nos devuelve, a lo sumo, un adi—s ambivalente en su deseo de evitar respuestas. Desde esta œltima elusi—n, el peligro de quedar enfangados, de racionalizar aquello que se ofrece como s’mbolo, de tornar asimismo lo infinito en finito -y por tanto en analizable-, resulta evidente. El sujeto interpelado por nuestra mirada, sea el que observamos en las pinturas de El Fayum, sea el presentado por Carri�re o en este caso por Kulenovic, nos remite a un yo en estado de agotamiento; preguntarnos por la esencia de este yo o del abismo en torno al que gravita devuelve la interrogante, una y otra vez, a un mismo punto de partida en el que tan pronto nos sabernos seres para la muerte, como nos vemos desbordados por una ilusi—n metaf’sica.

En base a estos par‡metros, por dar una evocadora pincelada final antes de pasar a sintetizar lo hasta ahora expuesto, cabe remontarnos de nuevo en el tiempo para poner nuestra atenci—n sobre las estelas donde quedaban grabados los epigramas grecolatinos -desde los que el individuo ÔaœnÕ se dirig’a a quien pasaba junto a la calzada-. Desde ellas reparamos en las similitudes de los resignados lamentos que escapan de la piedra con los rostros de Kulenovic. Ambos nos muestran, aun desde el ocasional estoicismo que impregna los epigramas, una metaf—rica mudez, un desolado adem‡n, revel‡ndose con ello un contraste entre al individuo claudicante y su ansia de permanencia.

 

4. Conclusi—n

Los estratos temporales se confunden y dejan su huella; estrato sobre estrato sin que quepa advertir, pues todo es un continuum, d—nde un orden existencial da paso a otro o d—nde una conciencia se encabalga sobre otra. Ante todo, prevalece el continuum. No es extra–o, en este sentido, que los modelos estŽticos se–alados por la artista pertenezcan a tres periodos metaf’sicamente cr’ticos en la historia de Occidente: Roma, el Barroco y la Žpoca actual. Todos ellos exponen con su universo de formas un mundo en descomposici—n y un mundo, a su vez, en incipiente formaci—n: un mundo tratando de reorganizarse, de concederse un sentido, con sus innumerables aristas y grietas por donde salen y entran nuevas corrientes de pensamiento, nuevas vetas existenciales una y otra vez entregadas a incesantes ramificaciones. A la hora de cerrar estas p‡ginas, vemos que as’ como los rostros tardo-romanos de El Fayum prefiguran el retrato bizantino, las formas metam—rficas de nuestra Žpoca, despuŽs de un periodo de hondo pesimismo en el que la figura humana se present— en Bacon y Lucien Freud como carne para el matadero, denotan un nuevo soplo tendente a reconfigurar una visi—n declinante de lo real, plausible indicio de un estar presentes en el mundo desde un pulso m‡s est‡tico -no necesariamente m‡s veraz ni m‡s falso-, menos vacilante, una cosmovisi—n asentada sobre ideaciones con las que envolver nuestros fantasmas, con las que advertir la realidad desde la presencia tanto o m‡s que desde la ausencia.


 

 

Referencias

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Hamilton, A. S. ÒInterview with Maya Kulenovic; a conversation on new WorksÓ (en l’nea), 2012. En: http://www.mayakulenovic.com/interview2012.htm (Fecha de consulta: 10 de noviembre de 2019).

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Kulenovic, Maya. Web personal de la pintora (en l’nea). En: http://www.mayakulenovic.com (Fecha de consulta: 10 de noviembre de 2019).

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https://doi.org/10.4321/S0365-66912009000100010

Morren, Eric. ÒMaya Kulenovic: about life and workÓ. http://www.mayakulenovic.com/writingem.htm, (Fecha de consulta: 10 de noviembre de 2019).

Siruela, Jacobo. Libros, secretos. Atalanta, Girona, 2015.

Siruela, Jacobo. El mundo bajo los p‡rpados. Atalanta, Girona, 2016.

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Skolimowski, Henryk. Filosof’a viva. Atalanta, Girona, 2017.

Uspenski, Leonid A. Teolog’a del icono. S’gueme, Salamanca, 2013.

 

 



[1] ÒShe started her formal art education in Istanbul, Turkey, where her parents taught at an American university as visiting professors for a few years. This was a transition time for her, just after having escaped the war in Sarajevo, and before immigrating into Canada. Whilst much from that period of her life is a blur, she has memories of it as a hectic and hard time, and also the time in which she discovered Lucian Freud and Francis Bacon, and GoyaÕs etchingsÓ [É] ÒFor years after the war she researched instances of human aggression and destructiveness, and their consequences in various current and historical events. It stands to reason that this has had an impact on her thought processÓ http://www.mayakulenovic.com/writingem.htm (Morren, 2007, s/p)

En la l’nea de estas œltimas palabras recogemos el siguiente comentario esta vez en boca de la propia pintora:  ÒI don't think, however, that my personal history was a deciding factor in the development of my workÓ http://www.mayakulenovic.com/interviewcombustus.htm (Elaine Piowaty, 2014, s/p).

[2] Un apunte sobre esta serie lo recoge Edward Lucie-Smith: ÒThe paintings that Kulenovic calls Faces, rather than Portraits, are also intensely modern, while using a format that has been established in western art since as early as the beginning of the 15th century. Each presents us with a single head, usually that of a child or an adolescent, and more often that of a female subject rather than a male. In each case, the artistÕs preoccupation seems to be, not the creation of a likeness but the presentation of a psychological stateÓ (Lucie-Smith, s/f, s/p).

[3] Dejemos que sea la propia Kulenovic -permanentemente dialogante con su obra- quien reflexione sobre el estado atmosfŽrico de sus figuras: ÒThe figures exist in the atmosphere, and they are made of itÓ [É] ÒThe tension is still there in the figures, but their struggle is more existential, eternal, introspective, quieter, as they emerge from light into mist and then sink into shadows. They exist and yet they have no boundaries that define them, and they have no time that restrains them - they may be paintings of people, but they may as well be phantoms, dreams, ancient estate portraits, ghosts, old photographs. There is a sort of a destruction of form by light and mist, so that the new figures are more ethereal, less present, more ghostly, and their expression is quieter. When looked at from the point of illustrative, recognizable facial expression, they have less on their faces, but the attention is more on the atmosphere of the image, and the light. Atmosphere - time of day, weather, temperature of air, and nature of light, is crucialÓ.

 http://www.mayakulenovic.com/interview2012.htm (Hamilton, 2012, s/p).

[4] Desde este comprender la muerte como sustancia conformante del ser, no situada fuera del ser sino emergente de Žl, nacida con Žl, nos acercamos a una pulsi—n existencialista advertible en toda la trayectoria de la pintora.

[5] En relaci—n con este existencialismo de fondo, Kulenovic continœa ofreciendo pautas sobre el sentido de su obra. Su universo es ante todo evocador, y en modo alguno revelador de un orden definido. Su oscura tonalidad no remite a un concepto aprehensible, sino que, al igual que cada figura, al igual que cada presencia, se diluye en el ojo de quien observa: ÒDarkness is not necessarily Ôthreat,Õ nor light ÔsalvationÕ; it can be seen the other way around, too. IÕm not telling the viewer how to feel about this image; it is open and familiar enough so that, like a mirror, it can reflect some of the viewerÕs own mind. Hope may be in the resilient presence of the figure, which still persists even when it seems to be fading, pulled apart by both light and shadow. It may be in the moment of recognition and empathy that the viewer may feelÓ  http://combustus.com/from-sarajevo-something-lost-something-new-interview-with-painter-maya-kulenovic/ (Elaine Piowaty, 2014, s/p).

[6] Frente a este deliberado gesto difuso se habla de defecto de visi—n en la obra de un autor cuyas figuras, como veremos, poseen concomitancias con las de Maya Kulenovic, nos referimos a Eug�ne Carri�re. Esta bœsqueda de Ôdefectos logradosÕ, como es sabido, resulta habitual en la historia del arte, siendo Leonardo o El Greco los autores m‡s relevantes a los que se les ha adjudicado una deficiencia org‡nica. De fondo pudiera prevalecer la imposibilidad de asumir por parte del ojo anal’tico, de nuestra mente pretendida y pretenciosamente objetiva, un modelo expresivo no acorde con las racionales mediciones convencionales. Recordemos, a fin de cuentas, que el ojo del artista es expresivo, no representativo. Sobre la aludida cuesti—n en Carri�re, remitimos al trabajo ÒLa falsa discromatopsia del pintor Eug�ne Carri�reÓ, de Mir-Fullana.

[7] La forma mediante la que Kulenovic da cuerpo a esta ambivalencia entre formaci—n y disoluci—n, el proceso tŽcnico por el que se conforma este etŽreo estado por medio de un difuminado de capas, lo comenta detalladamente Kulenovic: ÒThe destruction layer, which I introduced into my painting a long time ago, is the layer of erasure - usually affecting the last layer of paint or glaze - basically, I paint with an intention to define contrasts and forms in a more or less classical way, but then I 'destroy' the marks I just made with random action of paint, medium, rags, solvent, dry brushes, wire brushes, sandpaper, knives. Elements of the destruction layer in the recent paintings are more pronounced. The destructive nature of erasure results in remnants of intentions and decisions of the artist, and introduces a random element into the painting. They act against the realism of the subject, and in a sense they are an element of the rebellion of the material. They destroy the outer borders of the subject, making it more permeable and open, more delicate and vulnerable. They expose the previous layers (the 'history'), they destroy the classical realism of the subject, taking it apart, plunging it into a sort of a primal chaos of pigment and medium, only to be re-grouped into a different kind of order in the subsequent layer. This element of chaos gives the subject a life of its own; it breaks free and often surprises me with the result - and in this, it completely annihilates any possibility of artistic manipulation of the viewer on my part as an artist... this is a process of discovery and surprise, rather than a method of production, and so it is a struggle. From this struggle the character of the painting arisesÓ http://www.mayakulenovic.com/interview2012.htm (Hamilton, 2012, s/f).

[8] En relaci—n con lo que el autor comprende como Òepifan’a del rostroÓ, con un surgir atemporal de los rostros de El Fayum, Bailly habla de Òun equilibrio inestable entre una franqueza extraordinaria y una infinita capacidad de encubrimiento. Y esa epifan’a imposible de reflejar, porque ella es aquello que acontece sin fin, el retrato la toca al tiempo que nos toca cuando est‡ consumado. El retrato, una vez m‡s, es el nombre del rostro, no resuelve su enigma, pero lo nombra y lo muestra. Y es por eso por lo que todo lo que Žl comunica de ese rostro, todo lo que el rostro comunica, es tan importante, y acaba por desplegarse en la serie ilimitada de los detalles y los rasgos que cada momento y sin fin reinician el enigma y lo hacen soberanoÓ (Bailly, 2001, 152). El rostro se ofrece, por tanto -acudiendo a un lugar comœn-, como apariencia del alma, y remite por ello al abismo del ser, lugar en el que se sitœa a su vez el centro de gravedad de las pinturas de Kulenovic: lugar no hollado, impreciso, inaprensible desde una mirada diurna.

[9] Sobre esta pulsi—n existencial de su trabajo se pronuncia la pintora, quien adem‡s incide en la necesidad de buscar el sentido de su trabajo, de buscar el sentido de su persona, en lo fronterizo y ambivalente. ÒUltimately, whatever their particular subject may be, my paintings are existential in nature and they usually show the critical points: borderline states between being and non- being, creation and destruction, life and death, trance and wakefulness, sanity and madnessÓ

   http://www.mayakulenovic.com/2011/mayakulenovicpaintings.htm (Collins, s/f, s/p).

[10] Este desequilibrio puede comprenderse desde la lucha entre la luz y la oscuridad. La pintura de Kulenovic revela una dialŽctica desde la que queda abierto un nuevo espacio imposible de signar. Una mirada ensombrecida cuyos v’nculos crom‡ticos remiten a la pintura tenebrista permite la asunci—n de rostros epif‡nicos, de lugares, corporeidades, asimismo espectrales: ÒWorking in translucent washes and a fragile balance of unnamable colors, struggling light and advancing shadow, the work emerges to a resonant state of permanent indecision. The sensation elected from this work is genuine; positive or negative, it often only serves to amplify that which the viewer brings to it.  The results of the past cast a shadow across the future, and between the two we find a penumbra of query and intense considerationÓ http://www.mayakulenovic.com/writingash.htm (Hamilton, 2005, s/p).

[11] Los sue–os -no en su sentido reducido- como lugar no racionalizado de donde surgen las presencias recogidas sobre el lienzo; presencias de la misma condici—n que las im‡genes de las enso–aciones, enteramente fantasmales: ÒI don't paint my dreams, and I don't find them particularly useful as ideas in any literal way, but I like exploring and learning from them. Much of my artistic content comes from the same place as dreams, and I've noticed that my paintings of places, such as landscapes and buildings, and my lucid dreams have a similar quality, especially that of space and light. I find such dreams peaceful and comforting. A good way of generating ideas for me are near-sleep states and meditation in which one can observe the free flow of thoughts and unrestricted spontaneous associations while still having an awareness of the presentÓ http://www.mayakulenovic.com/interviewilcantodiorfeoen.htm (Cardone, 2016, s/p).

Encontramos este estado creativo ampliamente comentado en La poŽtica de la enso–aci—n de Bachelard, quien comprende la enso–aci—n -al menos uno de sus muchos estados- desde la bella imagen de Òun poco de materia nocturna olvidada en la luz del d’aÓ (Bachelard, 1997, 24).

Jacobo Siruela, por su parte, atrevido explorador del mundo de los sue–os, nos recuerda la siguiente cita de Hegel Òsi pudiŽramos reunir los sue–os de un momento hist—rico determinado ver’amos surgir una exact’sima imagen del esp’ritu de ese per’odoÓ (Siruela, 2016, 24). De igual modo, los sue–os materializados, llevados al lienzo, de Kulenovic, revelan formas sintom‡ticas de nuestra Žpoca liminar, en permanente duermevela, dot‡ndola de presencia.

[12] Kulenovic hablar‡ reiteradamente del car‡cter secuencial de su obra, de la necesidad de acercarnos a Žsta desde una visi—n de conjunto, como si de una pel’cula se tratase.

[13] De nuevo Anthony Collins expone el modo de trabajar, en permanente bœsqueda del difuminado, de la pintora: ÒWhether with portraits, which she terms ÔfacesÕ, architecture, referred to as ÔbuildÕ works, landscapes or still life images, Kulenovic's focus is to capture an ambience or psychological state. She deliberately explores ambiguity, and in her approach to the painted surface she works in glazed layers as well as destructive techniques to create images evoking a particular atemporal context that invite the viewer to linger, and thus invest of themselves in her worldÓ http://www.mayakulenovic.com/writingac.htm (Collins, s/f, s/p).

[14] Tomamos, por expl’cita, esta expresi—n tan querida a Heidegger y a la m’stica renana; af’n, asimismo, al pensamiento de un autor al que en breve nos referiremos, Florenski.

[15] En lo concerniente a la significaci—n del rostro desde su significaci—n espiritual, remitimos al lector a la obra de Florenski El iconostasio, citada en la bibliograf’a. Especial atenci—n en este sentido merecen las p‡ginas 52-54 de la edici—n indicada. Algunas de estas apreciaciones las recogemos, por su interŽs, a continuaci—n: ÒEl rostro es aquello que vemos en nuestra experiencia diurna, aquello a travŽs de lo cual se nos manifiestan las realidades de este mundo terrenoÓ (2016, 52). ÒEl semblante, por el contrario, es precisamente la manifestaci—n de la ontolog’a. En la Biblia la imagen de Dios se diferencia de la semejanza divina; la tradici—n eclesial hace tiempo aclar— que por la primera se debe entender algo actual: el don ontol—gico de Dios, el fundamento espiritual de cada persona como tal; mientras que por la segunda debe entenderse la potencia, la capacidad de perfeccionamiento espiritual [É] es decir, la posibilidad de encarnar en la vida, en la persona, la imagen de Dios, que es nuestro bien secreto, y de este modo manifestara en el rostroÓ (ib’d., 53).ÒEn plena oposici—n al semblante est‡ la palabra m‡scara (lichina)Ó (ib’d., 54).

Por otra parte, se–ala Kulenovic al respecto: ÒI call my portraits 'faces' because they do not represent any particular character, but a mood, or rather, mood as traces or anticipations of events. I give the viewers a starting point from which they can form their own relationship to the subject, based on their experiencesÓ http://www.mayakulenovic.com/interview2012.htm (Hamilton, 2012, s/p).

[16] Menciona Siruela que ÒLa huella de Thought-Forms en la pintura de Kandinsky empieza a cobrar una clara entidad pl‡stica en las tres versiones de Se–ora en Moscœ. Este —leo pintado en 1912, ya es una representaci—n clara de dos planos de realidad: uno material, el de la se–ora pelirroja parada en la calle con su flor carmes’ en la mano, y otro ps’quico, caracterizado por sus pensamientos y sentimientos moment‡neos, representados por la etŽrea atm—sfera rojiza a su espalda, la irreal sombra verdosa que rodea todo su cuerpo o la inquietante y compacta mancha negra que flota sobre su cabeza y parece a punto de tapar el sol. Las tres versiones del cuadro tienen un enorme interŽs por ser las obras intermedias de sus pasos de lo figurativo a lo abstracto. En cambio, en el cuadro que pint— a continuaci—n, titulado Punto negro I, Kandinsky ya s—lo representa las ambiguas atm—sferas cambiantes de la esfera espiritual de la que hablaban los te—sofos que dieron paso a la abstracci—n pict—ricaÓ (Siruela, 2015, 96-97). Evidentemente, esta aura ha de comprenderse, como se ha indicado en el cuerpo del art’culo, no s—lo como corona dorada sino, ante todo, como matiz delator de un v’nculo entre el objeto material y su ser reverberante, se entienda Žste desde la significaci—n que cada uno desee.

Se–alamos, aun de pasada, que todo en este mundo simb—lico resulta matizable, y as’ estos mismos rostros, esta misma ausencia de rostros en MalŽvich, vincula a cada uno de estos campesinos con el rostro divino a juicio de Natalia Timoshenko, segœn leemos en el pr—logo a El iconostasio (2016, 16). Por lo dem‡s, el propio Florenski distingue entre rostro (visi—n diurna), semblante (visi—n espiritual), y m‡scara (aquŽlla que, en este caso, nosotros relacionamos con lo observado en la pintura de MalŽvich).

Comentarios detallados sobre el significado del aura en la pintura religiosa bizantina los encontramos, adem‡s de en la citada obra de Florenski, en el trabajo de LŽonid Ouspenski -no confundirlo con el te—sofo- citado en la bibliograf’a (vid. 511-514). En Žste, entre otras definiciones, leemos que: ÒLa energ’a divina, esa luz que a todo da forma y unidad, triunfa sobre la separaci—n entre lo espiritual y lo corporal, incluso entre el mundo creado (visible e invisible) y el mundo divino. Representado en el icono, el mundo entero queda penetrado de la potencia de esta luz increadaÓ (2013, 514).

[17] Si comprendemos que sus rostros participan de una misma condici—n y que todos ellos remiten a una problem‡tica comœn a todo ser, es desde su identidad en un orden esencial.

[18] Esta comprensi—n de un permanente rehacimiento material propio de nuestra cosmovisi—n encuentra en nuestra Žpoca vectores no meramente materialistas e incluso con sentido teleol—gico tal y como leemos en los planteamientos de Skolimowski, remitentes en este caso tanto a la idea no s—lo de una creaci—n, sino de un creador en evoluci—n. Citamos en la bibliograf’a las dos referencias del autor que han sido traducidas al castellano. Aunque esta cuesti—n sobrepasa los l’mites de estas p‡ginas, cabe decir que desde la tendencia aqu’ indicada podemos fijar nuestra cosmovisi—n actual a una corriente heracl’tea de pensamiento -tŽrmino al que nos acogemos pues comprendemos que con Žl se advierte adecuadamente la l’nea que emparenta a de Fiore con Cusa, a Žste con Spinoza, y a todos ellos con Hegel, Schelling, Nietzsche, Teilhard de Chardin, o con el mencionado Skolimoswski, m‡s all‡ de que cada uno concede a dicho tŽrmino un sentido materialista o espiritualizado-.

[19] Esta ambivalencia o car‡cter difuso que Kulenovic adjudica a lo trascendente queda contrapuesto al que concede a lo sagrado, segœn leemos a continuaci—n: ÒPerhaps in the context of my paintings, a better word might be 'transcendent' rather than 'sacred'. I think that the ability to feel the 'transcendent' is an essential and universal human capacity which, for those who are religious, is attached to a system of belief, but it doesn't have to be. Transcendence can be revealed in those moments when an experience moves us to the core, on every level of our being; what we witness is too magnificent to comprehend yet we feel a part of it. For a split second we are able to have a glimpse of infinity, and not only in the physical sense. For me, this happens most often in nature and in my work, but also in breakthrough moments of discovery, in meditation, or when I least expect it: when some unseen truth about existence and/or the human condition reveals itself suddenly and with clarity. Transcendence is difficult to explain or to capture, as one has to experience it, and art is probably one of the best ways of communicating that experienceÓ

http://www.mayakulenovic.com/interviewilcantodiorfeoen.htm (Cardone, 2016, s/p).

[20] De nuevo recogemos las palabras de Kulenovic en torno al car‡cter interrogativo de su pintura: ÒThey are questions rather than answers - but questions which are imposing themselves on the observer, and not giving him the option of ignoring them. Like staring into a dark abyss, without knowing what is beyond the shadowÓ http://www.mayakulenovic.com/writingem.htm (Morren, 2007, s/p).