Dossier
water and landscape
AGUA y TERRITORIO
María del Carmen Sánchez-Miranda
Universidad de Jaén
Jaén, España
mmiranda@ujaen.es
ORCID: 0000-0002-0330-4160
José Luis Anta-Félez
Universidad de Jaén
Jaén, España
jlanta@ujaen.es
ORCID: 0000-0001-7063-5288
Información del artículo
Recibido: 14/04/2023
Revisado: 27/02/2024
Aceptado: 17/05/2024
Online: 27/02/2025
Publicado: 10/07/2025
ISSN 2340-8472
ISSNe 2340-7743
cc-by
© Universidad de Jaén (España).
Seminario Permanente Agua, Territorio y Medio Ambiente (CSIC)
RESUMEN
Nos contextualizamos geográficamente en Pegalajar, una localidad de la provincia de Jaén (España), con la intención de revisar los planteamientos que tienen que ver no sólo con el uso y disfrute del agua, sino, sobre todo, con su administración –en su sentido funcional y simbólico–, tanto para determinar el “dueño” del agua, como para establecer el futuro y el desarrollo social. En este sentido hablaremos de tres términos muy complejos: el agua, la cosmovisión y la dimensión política-económica bajo la que vive una comunidad. El agua tiene un componente de necesidad, de extracción, almacenaje, distribución y uso, donde la comunidad se relaciona con ella: desde esta mirada, es un elemento que está directamente asociado con las conformaciones del poder y su relación con la tierra, los paisajes, las miradas y las memorias, cuestión nada baladí para el entramado sociocultural del que partimos.
PALABRAS CLAVE: Agua, Pegalajar, Política, Memoria, Ecosistema.
ABSTRACT
We geographically contextualize ourselves in Pegalajar, a town in the province of Jaen (Spain), with the intention of reviewing the approaches that have to do not only with the use and enjoyment of water, but, above all, with its administration –in its sense functional and symbolic–, both to determine the “owner” of the water, and to establish the future and social development. In this sense, we will talk about three very complex terms: water, worldview and the political-economic dimension under which a community lives. The water has a component of necessity, extraction, storage, distribution and use, where the community relates to it: from this point of view, it should be noted that the water it is an element that is directly associated with the conformations of the power and its relationship with the land, landscapes, looks and memories, a not trivial issue for the sociocultural framework from which we start.
KEYWORDS: Water, Pegalajar, Politics, Memory, Ecosystem.
A cultura da água em Pegalajar (Jaen, Espanha): memória e visão de mundo de uma comunidade
SUMÁRIO
Contextualizamo-nos geograficamente em Pegalajar, localidade da província de Jaen (Espanha), com o intuito de rever as abordagens que têm a ver não só com o uso e aproveitamento da água, mas, sobretudo, com a sua administração –na sua sentido funcional e simbólico–, tanto para determinar o “dono” da água, quanto por estabelecer o futuro e o desenvolvimento social. Nesse sentido, falaremos de três termos bastante complexos: água, visão de mundo e a dimensão político-econômica sob a qual vive uma comunidade. A água tem uma componente de necessidade, de extracção, armazenamento, distribuição e utilização, onde a comunidade se relaciona com ela: deste ponto de vista, sublinha que a agua é um elemento diretamente associado às conformações do poder e sua relação com a terra, paisagens, olhares e memórias, questão nada trivial para o quadro sociocultural de onde começamos.
PALAVRAS-CHAVE: Água, Pegalajar, Política, Memória, Ecosistema.
La culture de l’eau à Pegalajar (Jaen, Espagne): mémoire et vision du monde d’une communauté
RÉSUMÉ
Nous situons géographiquement à Pegalajar, une ville de la province de Jaen (Espagne), avec l’intention de revoir les approches qui ont à voir non seulement avec l’utilisation et la jouissance de l’eau, mais surtout avec son administration –dans son sens fonctionnel et symbolique–, à la fois pour déterminer le “propriétaire” de l’eau, et pour établir l’avenir et le développement social. En ce sens, nous parlerons de trois termes très complexes: l’eau, la vision du monde et la dimension politico-économique sous laquelle vit une communauté. L’eau a une composante de nécessité, d’extraction, de stockage, de distribution et d’utilisation, là où la communauté s’y rapporte: de ce point de vue, il faut souligner que l’eau c’est un élément qui est directement associé aux conformations du pouvoir et de son rapport au territoire, paysages, regards et mémoires, un enjeu non anodin pour le cadre socioculturel dont nous partons.
MOTS-CLÉ: Eau, Pegalajar, Politique, Mémoire, L’écosystème.
La cultura dell’acqua a Pegalajar (Jaen, Spagna): memoria e visione del mondo di una comunità
SOMMARIO
Ci contestualizziamo geograficamente a Pegalajar, un comune della provincia di Jaen (Spagna), con l’intento di rivedere gli approcci che hanno a che fare non solo con l’uso e la fruizione dell’acqua, ma, soprattutto, con la sua amministrazione –nella sua senso funzionale e simbolico–, sia per determinare il “proprietario” dell’acqua, sia per stabilire il futuro e lo sviluppo sociale. In questo senso parleremo di tre termini molto complessi: l’acqua, la visione del mondo e la dimensione politico-economica in cui vive una comunità. L’acqua ha una componente di necessità, di estrazione, stoccaggio, distribuzione e uso, dove la comunità si relaziona con essa: da questo punto di vista, si sottolinea che l’acqua è un elemento direttamente associato alle conformazioni del potere e del suo rapporto con il territorio, i paesaggi, gli sguardi e le memorie, tema non banale per il quadro socioculturale da cui si parte.
PAROLE CHIAVE: Acqua, Pegalajar, Politica, Memoria, Ecosistema.
A lo largo de las siguientes páginas, abordaremos la cultura del agua en Pegalajar, una localidad giennense, situada en la comarca de Sierra Mágina, donde el agua forma una estrecha parte de la vida de la sociedad pegalajeña y, consecuentemente, es un elemento que sirve para entender, para explicar y para definir a esta comunidad. Como en tantos otros pueblos del Mediterráneo, el agua es parte de un enorme recorrido social, cultural e histórico que vincula elementos diversos en momentos diferentes1. Así, en este artículo tratamos de entender el cómo y el posible por qué de la utilización del agua en la agricultura extensiva, la industrialización, la minería y el enfoque ecosistémico en su uso y disfrute. Cuando hablamos del agua en Pegalajar no hay nada a priori que la distinga de otras partes del Mediterráneo, incluso del gran Norte Africano, quizás en el significado de algunos elementos o la ordenación de otros, pero en realidad hablamos de asuntos menores que, importantes en otros momentos y/o estudios, no cambian la visión global que aquí pretendemos ofrecer. Por el contrario, el intento del presente trabajo tiene que ver no sólo con el uso y disfrute del agua, sino, sobre todo, con su administración, tanto en su sentido más funcional, como en otro más simbólico y que ha desatado una polémica agraria, tanto para determinar la propiedad del agua como para discernir el futuro y el desarrollo de la comunidad. En este sentido es evidente que hablamos de tres términos muy complejos: el agua, la cosmovisión y la dimensión política-económica bajo la que vive una comunidad. Contextualización atravesada por una transformación global donde incluimos en cambio climático que subyace detrás de nuestro objeto de estudio.
Nos emplazamos en un contexto de casi 3000 habitantes con unas 8000 hectáreas, de las cuales algo más de la mitad están dedicadas al cultivo del olivar en secano, ubicado en la falda de una elevación rocosa, que termina en un pequeño valle. Un típico pueblo de la zona de Sierra Mágina donde lo agreste del terreno ha sido modificado para convertirlo en bancales y zonas más o menos llanas con el fin de aprovechar agrícolamente su pequeño potencial. Tradicionalmente el pueblo combinaba una agricultura de subsistencia con olivares, diferentes gramíneas y algo de vid, para llegar a una situación donde el monocultivo del olivar ha hecho abandonar, en un avance sin retroceso, el resto de las plantaciones.
El agua tiene un componente de necesidad, por un lado, y de extracción, almacenaje, distribución y uso, por otro, lo que la hace un elemento altamente complejo y donde las personas se relacionan con ella en la medida que es parte de lo útil, a la vez que es un ejercicio clásico de poder. En este sentido, no es sólo ese elemento que se muestra como un algo extraño para las gentes del Mediterráneo, donde se relacionan con el recurso natural del agua en un espacio donde las lluvias son irregulares2, sino que, además, está directamente asociado con las conformaciones del poder y su relación con la tierra, los paisajes, las miradas y los sentimientos, lo cual no lo hace un elemento de ninguna manera baladí. Aún así, no estamos seguros de que el agua sea un tema de interés antropológico, si no es desplazándolo a una dimensión simbólica, proponiéndolo en un plano diferente, en un como si, frente a una mirada física y, en este sentido, es más que evidente que ha entrado en la agenda de la antropología de las últimas décadas de la mano de una idea postmoderna de la realidad.
El agua que emana del rebose de un acuífero situado en el interior de la montaña situada a sus espaldas, establece el punto de arranque de la Fuente de la Peña3, la cual está desde hace tiempo enrejada, tiene en la parte superior una imagen de la Virgen de Gracia, formando una suerte de ermita. El agua que aquí brota, aunque la realidad es que es un rebose del acuífero –diferenciación que será importante en el ulterior desarrollo de los hechos–, es embalsada y de ahí, por medio de un sistema de acequias, es utilizada en una huerta de unas seis hectáreas de terreno. Realmente, como ocurre con el olivar, es un bien muy repartido entre los habitantes del municipio y que, en forma de bancadas, es una especie de manto que cae desde el mismo pueblo, con el que está prácticamente integrado. Esta huerta es algo heredado directamente de los árabes y ha sufrido, en su apariencia y forma, pocos cambios (situación extrapolable a todo el territorio andaluz4), a excepción del tipo de cultivo, quedando en la actualidad poca huerta y la mayor parte del cultivo en la zona es olivar. Por otra parte, más significativo y problemático ha sido el embalse, una laguna de carácter natural que a lo largo del siglo XX fue sufriendo diferentes modificaciones, hasta llegar a convertirse en una balsa de una proporción considerable, dando así paso de un humedal natural a una balsa artificial.
Este sistema establecido por la fuente, la charca y la huerta tiene asociado todo un mundo de tecnologías e industrias populares que han ido evolucionando, desde su lavadero, su fábrica de jabón, hasta diferentes molinos de grano y de aceite5. Igualmente, la normativa sobre el agua, establecida en la junta de regantes, o las creencias religiosas asociadas han ido cambiando, adaptándose a los tiempos, a las nuevas normas estatales y/o autonómicas, así como a los modos y maneras de lo que ha ido aconteciendo de forma general y que era interpretado y vivido en sus formas locales. Podríamos afirmar que el sistema que durante siglos funcionó sobre el eje fuente-charca-huerta parecía tan inquebrantable que gran parte de la identidad de este pueblo se fundamentó paralelamente en su vivencia y disfrute6. Pero, como no podía ser de otra manera, la felicidad duró hasta que el sistema se quebró, es decir, cuando la charca se secó a causa del agotamiento de las capas superiores del acuífero. Ya a mediados de los años 50, cuando la charca se remodeló hasta convertirla en la enorme balsa que es hoy en día, se empezó a notar que había menos agua, y así ocurrió durante unas décadas hasta que en el año 1988 ésta se secó completamente, convirtiéndose en un hecho muy tenso para la comunidad, pues aquello significaba algo que no todo el mundo interpretó de la misma manera. La charca había sido tradicionalmente un lugar de esparcimiento y ocio y, desde los años 50, un sitio donde los pegalajeños se bañaban, montaban en barca y hacían sus meriendas. Además, la charca balanceó el pueblo hacia ella, al principio como zona de ocio, con bares y restaurantes, y definitivamente proponiendo un espacio de terreno llano que se aprovechó como suelo urbano. Si a esto le sumamos que un buen número de familias que vivían en cuevas abandonaban su trogloditismo para residir en casas de planta, además de la ficción política de desarrollo económico del franquismo –lo que se ha de tener en cuenta en una zona que fue duramente castigada por la Guerra Civil–, la sensación era de prosperidad, felicidad y expansión7.
El hecho de que la charca dejara de tener agua, con lo que esto significaba para la huerta y el consiguiente abandono de ésta por parte de la comunidad, no podía tener otro origen que, o se la habían robado, o que en el sistema de creencias asociado a la fe algo había fallado; en cualquier caso, la cuestión era que el agua que le pertenecía al pueblo ya no estaba. Podríamos proponer que la ruptura social del agua comienza a darse cuando ésta deja de mantener el criterio economicista de gratuidad y empieza a asociarse con el criterio de bien escaso que tiene que ser administrado8.
En este sentido, el modelo general de la industria del agua, si tomamos como referencia el contexto de Europa y de Estados Unidos, se ha caracterizado por una gestión pública local del servicio de agua, con una propensión a la gestión privada9, lo cual nos está ofreciendo valiosa información del presente y el futuro de las significaciones económicas del agua en Pegalajar.
Ha sido Javier Escalera –junto a Diego Polo, Antonio Luis Díaz, Antonio Torres, José Liétor y Rafael Cáceres–, quien ha puesto especial énfasis en entender lo ocurrido en Pegalajar como una cuestión relacionada con la identidad comunitaria de este pueblo en relación con su cultura del agua10, así como en las significaciones11 que adquiere el agua en un contexto cultural determinado. Para estos autores12, fue en el momento en que empezó a faltar el agua y cuando la charca se secó, cuando afloraron los sentimientos con respecto a lo que el sistema suponía para la vida de la comunidad. Se dio un proceso de reidentificación donde el principal catalizador fue la lucha por el agua, por tener otra vez la charca a rebosar, lo que llevó a la comunidad a establecer los parámetros de quiénes eran y qué tenían, además de una fuerte discusión alrededor de lo que sería el propio pueblo en el futuro.
En el entorno del Mediterráneo se ha llegado a unas conclusiones muy parecidas, ya que para Cerdeña13, el agua es el vinculador comunitario y las diferencias y conflictos sociales por su dominio han marcado todo un principio de identidad, situación extrapolable en México, en nuestro ánimo de encontrar similitudes geográficas en una mirada internacional14.
En toda esta antesala, encontramos que los conflictos sirven como elemento desencadenante, eso que los sociólogos institucionalistas franceses consideraban el momento óptimo para realizar una investigación sistemática, al ver con claridad cómo afloraban elementos de la cultura ideológica y material que estaban soterrados por la cotidianidad. Sin duda que es así, y el conflicto nacido de la falta de agua estableció unas reglas del juego insospechadas y nuevas, que los actores sociales serán los que harán mover las fichas, en un tablero donde destaca la labor realizada por la Asociación Fuente de la Reja, entidad que se ha mostrado especialmente activa en lo que a lucha y establecimiento de medidas15 para la preservación del agua se refiere desde su creación hasta la actualidad.
El agua, como un bien administrado, está en la base del Mediterráneo, donde las gentes lo han tomado más en su idea económica que en su forma moral y política16. En este sentido, encontramos el correlato entre los Touba de Senegal, con la principal diferencia que establecen ellos con relación a los que viven en las ciudades y los que siguen en el campo es la forma en cómo acceder, administrar y categorizar el agua17. La asociación del agua con lo económico es evidente, pero lo interesante es también que se resuelve de forma política; el agua toma la forma de un elemento simbólico que vale tanto para medir, como para exponer, teniendo una potente fuerza social en tanto que puede adquirir un contenido moral, económico y político, donde la sociedad establece contenidos y categorías de carácter comunitario. No es sólo un elemento de identificación, es, ante todo, algo que sirve de evocación, aún más cuando lo unimos a los sistemas hidráulicos, donde la tecnología refuerza y amplía los principios simbólicos que el agua tiene por sí misma18. De igual forma, toma relevancia tener en consideración la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio, en tanto se ha interesado en el cómo, en el qué y en el porqué de los vínculos entre el bienestar humano, la conservación de los ecosistemas y su uso sostenible, de manera que se pueda realizar una gestión global de los sistemas socio-ecológicos19.
En una mirada darwinista y depredatoria de la realidad podríamos afirmar que si en Pegalajar el eje fuente-charca-huerta no funciona hoy es porque en el pasado no funcionó tampoco de la forma tan dichosa como se planteaba. Sin embargo, no es así, porque todo ello se basa en una lógica simbólica, caracterizado en, primero: la gratuidad del agua, entendida como la puesta en práctica de unos elementos que van desde las creencias en un más allá que dispone, hasta la implementación de una tecnología tradicional, segundo: la fuerza nacida de la voluntad del trabajo, y, tercero: que todo ello está regulado en grandes marcos normativos auto-impuestos comunitariamente. Dicha lógica, sin embargo, ha sobrevivido en gran medida, aplicándose sobre los nuevos elementos económicos y políticos que viven este contexto, y, por extensión, a gran parte de los habitantes del Mediterráneo: el olivar (como forma agrícola característica para esta zona), la industria de transformación (la maquila) y la conformación de una sociedad de servicios, principalmente asociados al ocio y al turismo.
El modelo más clásico de investigación propone que los sistemas hidráulicos se basan en diferentes procedimientos que han de conducir a la captación, la distribución y la acumulación, un modelo de fuerte influencia marxista, que se basa en dos ideas que se han visto quebradas, como muestra bien el ejemplo de Pegalajar. En primer lugar, porque el agua es un bien raíz escaso y asociado en principio a la tierra, a través de los usos agrícolas y más tarde a las formas industriales, y a terceras partes que como el olivar de regadío o el turismo no están ni previstos en el esquema ni funcionan según principios clásicos de extracción, transformación y distribución; esto es, el uso actual del agua ha terminado por determinar el resto de la cadena, aunque los eslabones fueran anteriores –como ocurre con la agricultura de temporada que se realizaba en la huerta– o ya estuviera conformada su utilidad. Y, en segundo lugar, la quiebra ha venido de la mano de los intereses creados en torno al uso del agua como desarrollo de la comunidad. Estos cambios han hecho que, del modelo clásico expuesto por ciertos investigadores, como conformador de los sistemas hidráulicos, sólo haya quedado su parte más física y material, la ermita en la fuente, la charca vacía, el lavadero, las acequias y los bancales de la huerta. Todo ello sin el agua que es el elemento que les vincula, que les da sentido y fuerza.
Como en cualquier otro lugar, la relación con el agua es de dominio y culturización, lo que en este caso recorre desde la huerta hasta las formas del ocio en el mundo contemporáneo, pasando por las formas de las creencias o las formas que toman los elementos considerados como naturales. De hecho, cuando hablamos del agua no lo hacemos de un elemento que simplemente forme parte de un paisaje, sino más bien de cómo se ha modelado la realidad del paisaje en función del uso del agua. La cuestión, consecuentemente, no es que hablemos de usos tradicionales del agua frente a usos modernos, sino más bien del diferente uso urbanístico del espacio conformado por el paisaje transformado artificialmente por el agua. Porque el aprovechamiento del agua no se plantea en la medida que hace sobrevivir a un sistema tradicional de disfrutarla, sino de revivir los elementos que aún son visibles de ese sistema. El agua, así, sólo es fundamental en la medida que potencia su aprovechamiento directo en una economía de mercado, lo que en Pegalajar entienden como la potenciación de empresas turísticas o, en su defecto, como exposición de un pasado que, aunque reciente, es ya parte de la memoria, emergiendo el agua como elemento de su esencia local.
En suma, el buen funcionamiento de los ecosistemas de España y su biodiversidad, así como su transición a la sostenibilidad va a depender de adaptación del capital natural para el bienestar de su población, de manera que el marco socioeconómico y político de gestión modulen las interacciones entre la sociedad-ecosistema y se redefina el papel de la economía en estos actores20.
“Pegalajar en lucha por su agua” se ha convertido en el lema del pueblo que, por las razones anteriormente expuestas, ha terminado por calar en todos los niveles y gentes de esta localidad. El papel jugado por el Ayuntamiento, con sus diferentes concejalías regidas por partidos de diversa índole política, con sus consiguientes matices e intereses, ha sido siempre de una cierta ambigüedad, dejando que sea la Asociación nacida de los propios intereses civiles la que se dedique a realizar las reivindicaciones que potencien el eje fuente-charca-huerta como catalizador económico y ecológico. Todo lo planteado deja claro que la voluntad política de las corporaciones municipales es llevar el tema del agua hacia el regadío del olivar y, a su vez, solucionar el problema de la charca, potenciando la idea de patrimonio, lo que se observa como las posibilidades reales del turismo rural. No se toma el agua como ese símbolo que es, sino que se toma como la realidad de un pueblo que está en lucha por su agua, como se afirma constantemente, sin darse cuenta que lo que crea la identidad del pueblo es la unión en la lucha, no el agua21.
Según la idea basada en los criterios de servicios ecosistémicos antes mencionados, no son pocos los autores que ven en el agua más que un recurso un patrimonio, que incluso observan los mecanismos hidrológicos como contenedores fuertes de la cultura. Sin duda que es así y es especialmente significativo cuando hablamos de zonas donde el agua es un recurso escaso que tiene toda una tradición de uso y funcionalidad, caso del pueblo de Pegalajar. La discusión sin duda no es esa y los conflictos por el agua han demostrado que el agua ha sido la gran excusa para potenciar un olivar extensivo y una idea patrimonial de las culturas, donde lo importante no es la gente sino todo aquello que es fuente de una más que dudosa economía basada en el turismo o en el desarrollo intensivo de una agricultura intensiva. En Pegalajar el agua es el elemento vinculador de todo ese patrimonio y de las posibilidades de futuro, que, se afirma, habría que cuidar, guardar y proteger; pero más allá del símbolo y de las posibilidades de nostalgia, se está hablando del uso en función de la economía de terceros cuando lo que se tendría que reclamar no es que el agua que sirve para, sino que el agua forma parte del patrimonio sociocultural de una comunidad.
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1 Liétor-Morales, 1996, 151-165; 1997, 127-138.
2 Fornell-Muñoz; Guerrero-Ruiz, 2019, 61-78.
3 Los cortes geológicos pueden verse en Liétor-Morales, 1996, 162-163.
4 Barceló i Perelló; Kirchner-Granell; Navarro, 1996. VV.AA., 1995.
5 López-Cordero, 1995, 17-31.
6 López-Ontiveros, 1998, 27-64.
7 López-Cordero; Real-Duro, 2000, 11-28.
8 Véanse los trabajos compilados en Rosenberger, 2003.
9 Matés-Barco, 2013, 26.
10 Escalera-Reyes, 1998, 157-166; 2020, 3388.
11 Jiménez de Madariaga; Delgado-Méndez, 2020, 293-302.
12 Escalera-Reyes; Polo-Aranda; Díaz-Aguilar; Torres-Muñoz; Liétor-Morales, 2004. Escalera-Reyes; Cáceres-Feria; Díaz Aguilar, 2013. Escalera-Reyes; Díaz-Aguilar, 2018, 14-17.
14 Burguete-Cal y Mayor, 2001. Von Mentz-Ludberg; Pérez-López, 1996.
15 Polo-Aranda; Quesada-Guzmán, 1993, 131-136.
16 González-Alcantud, 1998, 199-207.
19 Montes; Sala, 2007, 138-141.
20 Santos-Martín; Montes, 2013, 7.
21 Algo muy similar se ha observado en un contexto tan diferente como la selva de Yucatán, según recogen Ascencio-Franco; Leyva-Solano, 1996.