Miscelánea
water and landscape
AGUA y TERRITORIO
Paula Ermila Rivasplata Varillas
Universidad Nacional Mayor de san Marcos
Lima, Perú
privasplatav@unmsm.edu.pe
ORCID: 0000-0001-7036-6436
Información del artículo
Recibido: 25/05/2024
Revisado: 10/10/2024
Aceptado: 19/10/2024
Online: 27/02/2025
Publicado: 10/07/2025
ISSN 2340-8472
ISSNe 2340-7743
cc-by
© Universidad de Jaén (España).
Seminario Permanente Agua, Territorio y Medio Ambiente (CSIC)
RESUMEN
Este trabajo trata sobre los fontaneros mayores en Lima colonial, un oficio de gran importancia para el buen funcionamiento de la ciudad al posibilitar al vecino el acceso al agua bebible. Su trabajo consistía en la elaboración, ampliación y mantenimiento del encañado de la ciudad y al no darse abasto con tanto trabajo, el cabildo contrataba a otros cañeros auxiliares. La problemática que presenta este oficio es que era uno de pocos integrantes, sobre todo, trasmitido de padres a hijos, convirtiéndose en una ocupación exclusiva y cerrada, de gran destreza y habilidad, en donde primaba el secretismo del conocimiento a pesar de las constantes exigencias del cabildo por actualizar los mapas del encañado limeño y que se resistían a cumplir.
Palabras clave: Fontanero, Encañado, Agua, Lima, Virreinato del Perú.
ABSTRACT
This work deals with the major plumbers in colonial Lima, a profession of great importance for the proper functioning of the city as it enabled the inhabitants to have access to drinkable water. Their work consisted of making, extending and maintaining the city’s water mains, and when they could not cope with so much work, the town council hired other auxiliary plumbers. The problem that this profession presents is that it was one of few members, above all, passed down from father to son, becoming an exclusive and closed occupation, of great skill and ability, where the secrecy of knowledge prevailed despite the constant demands of the town council for updating the maps of the Lima’s encañado which they were reluctant to comply with.
Keywords: Plumber, Pipe, Water, Lima, Viceroyalty of Peru.
Os encanadores seniores da cidade da Lima colonial nos séculos XVII a XVIII
RESUMO
Este trabalho trata sobre os fontaneros mayores em Lima colonial, um ofício de grande importância para o bom funcionamento da cidade, ao posicionar ao vizinho e ao acesso à água potável. Seu trabalho consistia na elaboração, ampliação e manutenção do alojamento da cidade e sem darse abasto com tanto trabalho, o cabildo contratado a outros caneros auxiliares. O problema que apresenta este ofício é que era um de poucos membros, sobretudo, transmitido de pais a filhos, convertendo-se em uma ocupação exclusiva e cerrada, de grande força e habilidade, onde primava o secretismo do conhecimento, apesar das constantes exigências. del cabildo para atualizar os mapas do encañado limão e que se resistiu a cumprir.
PALAVRAS-CHAVE: Encanador, Encanado, Agua, Lima, Vice-Reino do Peru.
Les principaux plombiers de la ville coloniale de Lima aux XVIIe et XVIIIe siècles
RÉSUMÉ
Ce travail concerne les fontaneros mayores de Lima coloniale, un bureau de grande importance pour le bon fonctionnement de la ville en permettant à la personne d’accéder à l’eau biblique. Votre travail consistait en l’élaboration, l’amplification et l’entretien de l’encastrement de la ville et sans travailler avec tant de travail, le câble contratait avec d’autres câbles auxiliaires. La problématique que présente ce bureau est qu’il y avait un peu d’intégrants, sur tout, transmis par des parents à leurs enfants, convertis en une profession exclusive et sûre, de grande liberté et capacité, là où se trouvait le secret de la connaissance pour répondre aux exigences constantes. du câble pour actualiser les cartes de l’encañado limeño et qui résistent à l’accumulation.
MOTS-CLÉ: Fontanero, Encañado, Agua, Lima, Vice-royauté du Pérou.
Gli idraulici anziani della città coloniale di Lima nei secoli XVII-XVIII
SOMMARIO
Questo lavoro riguarda gli idraulici senior della Lima coloniale, una professione di grande importanza per il corretto funzionamento della città poiché consente ai residenti di accedere all’acqua potabile. Il loro lavoro consisteva nello sviluppo, nell’espansione e nella manutenzione dei tubi di canna da zucchero della città e poiché non poteva far fronte a così tanto lavoro, il comune assunse altri lavoratori ausiliari della canna da zucchero. Il problema che questo mestiere presenta è che è stato uno dei pochi componenti, soprattutto, trasmesso dai genitori ai figli, diventando un’occupazione esclusiva e chiusa, di grande competenza e capacità, dove prevaleva la segretezza del sapere nonostante le continue richieste dell’azienda consiglio per l’aggiornamento delle mappe del canale di Lima e al quale erano riluttanti a conformarsi.
PAROLE CHIAVE: Idraulico, Tubazione, Acqua, Lima, Vicereame del Perù.
Gli idraulici anziani della città coloniale di Lima nei secoli XVII-XVIII
SOMMARIO
Questo lavoro riguarda gli idraulici senior della Lima coloniale, una professione di grande importanza per il corretto funzionamento della città poiché consente ai residenti di accedere all’acqua potabile. Il loro lavoro consisteva nello sviluppo, nell’espansione e nella manutenzione dei tubi di canna da zucchero della città e poiché non poteva far fronte a così tanto lavoro, il comune assunse altri lavoratori ausiliari della canna da zucchero. Il problema che questo mestiere presenta è che è stato uno dei pochi componenti, soprattutto, trasmesso dai genitori ai figli, diventando un’occupazione esclusiva e chiusa, di grande competenza e capacità, dove prevaleva la segretezza del sapere nonostante le continue richieste dell’azienda consiglio per l’aggiornamento delle mappe del canale di Lima e al quale erano riluttanti a conformarsi.
PAROLE CHIAVE: Idraulico, Tubazione, Acqua, Lima, Vicereame del Perù.
Este trabajo tiene por objetivo conocer la labor realizada por los cañeros en el sistema de agua bebible de la ciudad de Lima, los problemas que afrontaban y las soluciones que proponían a través de las actividades llevadas a cabo por algunos de ellos durante los siglos XVII y XVIII. La metodología utilizada fue la narración histórica, siguiendo el método heurístico de búsqueda ordenada y sistemática de la información documental y secundaria, así como la aplicación del análisis interpretativo. Las fuentes primarias provienen de los libros cabildos, de los libros cedularios del Archivo Histórico de Lima Metropolitana y de los legajos de la sección cabildo del Archivo General de la Nación del Perú. Esta documentación ha sido paleografiada, sometida a depuración, contrastación y a análisis hermenéutico para sacar a la luz la historia de los cañeros mayores de la ciudad de Lima colonial, capital del Virreinato del Perú.
Los fontaneros estaban a cargo de repartir el agua de las cañerías a las fuentes públicas y privadas y a los almacenes, de la limpieza, conservación y mantenimiento de este sistema que abastecía de agua a la ciudad. Además, controlaban la cañería para evitar tomas ilegales y fugas de agua, aunque a veces eran acusados de provocarlas1. El arreglo de las cañerías terminaba con el empedrado que pagaba el cabildo y los vecinos al fontanero de la ciudad2. Su responsabilidad recaía en varias actividades; sin embargo, las solicitudes de entrega de agua a un domicilio particular eran estudiadas por los comisarios de cañerías y el procurador general3. Un grupo pequeño de especialistas estaba al cuidado del encañado. El principal de ellos era el fontanero mayor de la ciudad, que era un albañil elegido en el primer cabildo anual. Tenía mucho trabajo en el encañado, según los libros cabildos limeños, y no se daba abasto, por lo que había otros a los que recurría el cabildo. A veces, no solo se ocupaba del encañado sino de diseñar y levantar edificaciones y realizar inspecciones periódicas del estado de las construcciones, de las acequias y otras peticiones del cabildo limeño porque eran maestros albañiles. Recibía un estipendio prefijado por su trabajo, pero era un aproximado porque sus actividades solían sobrepasar el salario recibido. La labor en el encañado era raramente realizada por maestros de obras afamados quienes se dedicaban a la construcción de iglesias, casonas, conventos y otras edificaciones, como, por ejemplo, Pedro de Céspedes, Juan Martínez de Arona, Pedro de Noguera y fray Diego Maroto. Aunque este último sí lo realizó más asiduamente a petición de las autoridades ediles.
Según el Diccionario de Autoridades, Tomo III (1732), un fontanero mayor era un maestro o artífice que hacía, cuidaba y arreglaba fuentes artificiales, encañaba y conducía aguas y era de dedicación exclusiva a aquel trabajo. Si bien, el cañero tiene antecedentes hispanoárabes por los setecientos ochenta y un años de permanencia en la península ibérica, este oficio fue realzado durante la época de Felipe II (1556-1598) que se interesó en la política hidráulica, por la distribución y abastecimiento hídrico en las ciudades de la Monarquía Hispánica4. Los profesionales especializados en materia hidráulica tuvieron una gran acogida en la corte de este monarca y su influencia se vio reflejada en el resto de su imperio. Por eso, no debería sorprendernos que la fuente principal de Lima en su plaza Mayor fuese inaugurada en 1578 durante el virreinato de Francisco de Toledo, marcando el comienzo de un frenesí constructivo por llevar el agua tanto a la parte alta y baja de la ciudad, ayudado económicamente por los propios vecinos y el cabildo5 (Mapa 1).
Mapa 1. Plano de Lima de Amédée-François Frézier, 1713

Fuente: Durán Montero, 1994, 247
Igualmente, el alarife mayor de la ciudad podía llevar a cabo el trabajo del fontanero porque era el representante principal de albañiles y carpinteros, un juez de obras de albañearía y perito en el arte de la construcción6. Una de sus funciones fue velar por el cumplimiento de las ordenanzas urbanas y entre las diferentes tareas que el alarife tenía a su cargo en los ámbitos de la arquitectura, ingeniería e hidráulica se podía incluir el desempeño como fontanero o cañero de la ciudad7. Generalmente, un alarife debía aprobar un examen para ejercer su oficio en el cabildo, y demostrar eficiencia en temas constructivos e hidráulicos. Un alarife aprobado podía ejercer de cañero, sin ningún problema.
La tecnología usada por el cañero provenía de la época romana, famosa por sus trabajos hidráulicos. Vitruvio en su libro sobre arquitectura distingue dos tipos básicos de cañerías de barro y de plomo. La cañería estaba conformada por llaves de paso, grifos, extractores de aire o aireadores, válvulas de presión y caños. La calidad del agua era muy importante por lo que se velaba su limpieza desde el punto de captación, durante el transporte por el encañado, hasta su disposición final en las fuentes. Por lo que el fontanero debía controlar la basura en las calles y evitar la infiltración de agua contaminada de las acequias8. Una de las características de los cañeros y en general de los maestros mayores era el secretismo en su labor, no compartiendo sus conocimientos con otros de su profesión para así asegurarse el trabajo y que la gente dependiera de ellos. Desde la Edad Media, y aun antes, los secretos constructivos e hidráulicos eran trasmitidos a través de agrupaciones con fuertes lazos familiares para conservar estos conocimientos y asegurarse un nicho laboral9. Es famoso el caso de Filipo Brunelleschi que ocultó el secreto de cómo construyó la cúpula de santa María de las Flores en Florencia, por el temor de ser reemplazado o copiado en el siglo XV10.
La historiografía de los fontaneros en Lima colonial es escasa, aunque si tenemos presente que también eran albañiles y constructores, entonces se extiende, pues se ha escrito sobre los alarifes de la capital del Virreinato del Perú, como el trabajo de Antonio de san Cristóbal Sebastián que lleva por título “Los alarifes de la ciudad de Lima en el siglo XVII”, en la revista Laboratorio del Arte del Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Sevilla en 1993. Los alarifes eran nombrados anualmente en el cabildo y realizaban inspecciones sobre su oficio, encomendadas por el cabildo. Algunos de estos alarifes pudieron ejercer, a veces, de fontaneros, si el cabildo lo solicitaba, como fue el caso de fray Diego Maroto (1617-1696), que fue maestro mayor de fábricas y tasador de propiedades inmuebles, que fue estudiado, también, por Antonio san Cristóbal en su obra “Fray Diego Maroto alarife de Lima: 1617-1697”, publicada en el año de 1996. Los fontaneros son mencionados muy someramente al tratar el sistema hidráulico limeño colonial en determinadas épocas, como es el caso de Gabriel Ramón en “Autoridades subalternas y proyecto borbónico (1742-1821): el plano de las aguas urbanas de Lima”, en el año de 201711, y por Martha Bell en “Agua y poder colonial: ciclos, flujos y procesiones en el manejo hidráulico urbano en Lima durante el siglo XVII”, el 201412. Si bien poco se ha publicado sobre fontaneros no solo en Lima colonial sino, también, en el resto de las Indias, hay importante información primaria sobre el tema en el caso limeño, resguardada en sus archivos coloniales.
El cabildo cumplía un papel fundamental en dar ordenanzas para diferentes oficios y controlar la pericia de especialistas en diversos oficios, como la agrimensura, la fontanería, y otros13. Una de sus obligaciones era examinar los títulos entregados en otros lares e, incluso, dar un examen de suficiencia del pretendiente a ejercer un oficio ante especialistas para obtener o confirmar un título. El siguiente es un caso de mediados del siglo XVIII, en 1738, Pedro Ramírez se consideraba perito en el arte de la geodesia o medidor de tierra y en las ciencias de la planimetría y topografía, y para poder ejercer ese oficio necesitaba someterse a un examen dirigido por el catedrático de prima de matemáticas de la Universidad de san Marcos para que con su aprobación se expendiese un título. El candidato agrimensor solicitaba aquel examen y la autoridad capitular pidió al Dr. Pedro Peralta y Barnuevo, catedrático de prima de matemáticas y cosmógrafo mayor, que lo examinase en el arte de arquitecto y alarife. Y con su aprobación se le despachare título para ejercer las artes de topógrafo y medidor de tierras, que estaban anexas a las de albañilería. El Dr. Peralta y Barnuevo era contador de cuentas y peticiones de la Real Audiencia, catedrático de prima de matemáticas en la Real Universidad y cosmógrafo mayor del reino e informó que se presentó para ser examinado en el arte de geodesia o medidor de tierras y en las ciencias de la planimetría y topografía el maestro arquitecto Pedro Ramírez. Le examinó de varios temas. Algunas preguntas versaron sobre cómo tomaba la media distancia, levantaba planos y medidas. El afamado examinador encontró al postulante muy idóneo, suficiente y hábil en las referidas artes, en la teoría como en la práctica, pues había sido su discípulo, manifestando siempre una muy singular agudeza, comprensión e ingenio. Por tanto, le otorgaba el título de medidor de tierras y perito en el mencionado arte para que lo pudiese utilizar en cualquiera ocasión en que fuere nombrado o por las justicias14. Asimismo, en 1756, el catedrático de matemáticas de la Universidad de Lima dio el resultado del examen realizado al agrimensor Andrés de Velasco que fue conforme al título entregado para su revisión al cabildo. Admitiendo que podía ejercer el cargo de geodesia y de alarife15. De esta manera, el cabildo otorgaba la licencia previa comprobación de suficiencia en el cargo, ante un especialista.
A continuación, se presentarán los cañeros fontaneros más importantes de Lima colonial que sucedieron este cargo a sus hijos, como los Mansilla o los Inclán Añasco, lo que garantizaba continuidad y experticia en la gestión del encañado; uno de los más longevos en el cargo fue Pedro Fernández de Avilés.
Cada año, el cabildo elegía una serie de cargos a desempeñar para el buen desarrollo de la ciudad, entre los regidores y otras autoridades de esta institución, entre los cuales estaban los comisarios de solares (dos regidores), comisarios de tajamares (alcaldes ordinarios y el juez de agua), comisarios de mercachifles (los alcaldes ordinarios y fieles ejecutores), comisarios de la caja del agua (alcaldes ordinarios y juez de aguas), guarda de la caja de aguas (dependiente del juez de aguas), comisarios de cuentas (dos regidores), comisarios para elegir alcalde del Callao (alcaldes ordinarios), comisarios de comedias (alcaldes ordinarios y regidor y depositario general), comisario de hachas o velas para procesiones (alguacil mayor), jueces de manifestaciones (jueces de turno), jueces de informaciones de nobleza (dos regidores), juez superintendente de libramientos (un regidor), medidor de tierras (el alarife), contraste (un regidor), guardia de la Alameda (dependiente del juez de aguas), procurador de pleitos, entre otros cargos16. Esta información se encuentra en los libros cabildos de la ciudad de Lima en donde se puede hacer un seguimiento de las personas que ocuparon estos y otros cargos en la época colonial. En cuanto al fontanero mayor de la ciudad eran elegidos entre los especialistas en este ramo que fuesen albañiles de prestigio. Fueron varios los que ejercieron este oficio, pero entre todos destacaron los siguientes:
Joan de Mansilla que fue hijo de Clemente de Mansilla, cañero de 1620 a 1641, sucedió a su padre en el cargo de 1641 a 166517. Este fontanero recibía 150 pesos de ocho reales al año en 1654. Trabajaba con esclavos y en especial uno, llamado Pedro Angola, que le resultaba bastante competente. Según el cañero aquel esclavo: “tenía luz y era sabedor de las reparticiones del agua con que me desocupaba de muchas cosas y trabajo”18. Sin embargo, murió en un accidente al haber caído del arco del puente de piedra al río, al estar acomodando una cruz que se había puesto en su remate que valía muchos ducados. Aquel trabajador era de mucha utilidad en su oficio al estar bien entrenado y ser muy hábil, resultando un gran alivio en la ejecución de los encargos. Su pérdida significó un gran menoscabo en su hacienda, a partir de entonces este alarife consideró que en tales circunstancias el salario recibido era bastante corto, y el cabildo debía aumentarle al tener mucho trabajo acumulado en la limpieza de las cañerías, fuentes y almacenes y repartición del agua. El cañero solicitó un aumento de 300 pesos, por el excesivo trabajo que tenía ocupando su persona y dos esclavos. El cabildo mandó una copia de esta petición al procurador de la ciudad para que hiciera un seguimiento de su trabajo.
El procurador mayor Ignacio Barreto de Castro pidió negar a Joan de Mansilla lo que solicitó; sin embargo, el cabildo se lo concedió unánimemente porque era el único que conocía la distribución del encañado de la ciudad. Esta decisión fue tomada a pesar de la objeción del procurador general. Las cañerías estaban muy viejas y maltratadas, quebrándose constantemente, y generando el mucho trabajo que tenía. El cabildo era consciente de esta situación y accedió aumentarle la cantidad de 100 pesos más, de manera que cada año recibiese 250 pesos de ocho reales19.
El pago del mantenimiento del encañado lo hacía el interesado, que podía ser uno o varios vecinos a través de una prorrata, y el cabildo podía completar algún faltante. La falta de pago era el problema más recurrente que el fontanero encontraba en el avance de sus trabajos porque el beneficiario daba un aproximado de lo que podía costar, pero generalmente resultaba más caro de lo previsto. Por ejemplo, en la sesión capitular del 7 de diciembre de 1657, el cañero Joan de Mansilla dijo que por mandato del cabildo hizo una cuadra de cañería nueva desde la capilla que estaba en la esquina del monasterio de la santísima Trinidad de Lima hasta la caja de agua que estaba en la portería falsa del convento de Nuestra Señora de las Mercedes. El cabildo ofreció darle 500 pesos y lo demás debía pagarlo el convento mercedario, como interesado en la mencionada cañería20. De esta manera, la demora en el pago de honorarios del fontanero era recurrente, incluso por tres años. Sin embargo, el 8 de agosto de 1658, el cabildo ordenó regular esta deuda. En la década de los sesenta del siglo XVII, Joan Mansilla continuó con el trabajo de la limpieza de las cañerías, fuente y almacenes de agua de la ciudad y recibía del cabildo 500 pesos de salario en 166421.
Desde mediados del siglo XVII, específicamente, de 1654 a 1701, Pedro Fernández de Valdés se encargó del mantenimiento del encañado de la ciudad de Lima. Previamente, el cabildo le había nombrado guardia y limpiador de la pila de la plaza Mayor de la ciudad en lugar de Francisco Rivas que no cumplía a cabalidad con este trabajo, por un salario de 250 pesos anuales22. Este maestro mayor, albañil y cañero conocía diferentes maneras de ingresar agua a los solares de los vecinos que lo solicitaban, sin reducir la dotación de agua a la ciudad23. A pesar de que era el encargado del encañado de la ciudad, había otros cañeros que podían realizar su trabajo porque había mucha demanda de agua para anexar a los domicilios de entidades públicas y privadas, previo permiso del cabildo24.
La escasez de agua en la ciudad en marzo de 1670 obligó al procurador a demandar la presencia en el cabildo de este cañero, a cuyo cargo estaban las pilas y cañerías de la ciudad, para explicar esta situación. El fontanero fue interrogado por los regidores para saber la razón de la disminución de agua en el encañado, respondió que se debía a que la naciente de la tarjea, en los puquios, estaba muy vieja y por parte quebrada y que era necesario, también, limpiar un gran trecho del encañado para que pudiera fluir el agua fácilmente. El mayordomo del cabildo entregó al fontanero 40 pesos de a ocho reales para que lo hiciera. Dinero proveniente de los propios y rentas de aquella institución, por ser en bien y utilidad de la ciudad25.
En la segunda mitad del siglo XVII, el encañado provocaba tantos problemas que no era suficiente el trabajo del encargado de las cañerías, por lo que el cabildo tenía que contratar a otros técnicos y responsabilizar a los regidores para solucionarlos. Uno de los más famosos maestros mayores de fábricas fue fray Diego Maroto y cooperó cuando el cabildo se lo solicitó26. Asimismo, el 6 de mayo de 1670, el cabildo asignó al contador y capitán Felipe de Espinosa y Mieses encargarse del arreglo del desagüe de la pila de la plazuela de la Inquisición, de la que no salía agua, por estar atascada y descubierta la boca, mandando poner su cubierta. El pago se haría según la cuenta del gasto efectuado. Otra vez ocurrió en 1673, pero esta vez los gastos los debían asumir los vecinos, quienes eran los culpables27. Asimismo, el 9 de julio del mismo año, aquel contador, también, debía encargarse del arreglo de la pila del hospital de la Caridad, pagado por el cabildo28. Asimismo, el 25 de febrero de 1671, el cabildo obligó a que cumpliese el pago a Juan García Muñoz con quien tenía concertado el arreglo del pilón de la cárcel pública que estaba quebrada y no corría agua, perjudicando a los presos29.
Los frailes necesitaban de intermediarios cuando se trataba de dar y recibir dinero. Por ejemplo, un capitán sirvió de intermediario para recibir el dinero que el cabildo debía al maestro mayor fray Diego Maroto por una obra realizada. El 14 de noviembre de 1670, el cabildo mandó pagar al capitán Francisco Vásquez lo que constaba en el informe del capitán Pedro Álvarez de Espinosa de los gastos incurridos en los arreglos de una pila, en el que declaraba el maestro mayor fray Diego Maroto una deuda que faltaba cubrir de 32 pesos y cuatro reales que fueron pagados de las arcas del cabildo30.
De esta manera eran tantos los problemas generados por el encañado y su sistema de desagüe que no se daba abasto el fontanero de la ciudad para solucionarlos. Uno de los más recurrentes era que algunos de los conventos no cumplían con sus compromisos contraídos hacia la colectividad. Por esa razón, el fontanero mayor Pedro Fernández de Valdés no podía dar agua a las fuentes de los conventos hasta que asumieran el costo de arreglar las fuentes públicas de sus barrios, en caso contrario pagarían una multa de 500 pesos. El alguacil debía hacer cumplir esta orden31. Los quiebres en el encañado que llenaban de agua las calles afectaban a las casas colindantes. El 25 de febrero de 1671, la cañería de la calle de las Descalzas estaba quebrada, y por lo tanto anegada. Ante esta situación, el cabildo mandó llamar a Pedro Fernández de Valdez a cuyo cargo estaban las cañerías y habiendo entrado en la sala capitular se le preguntó cuánto dinero sería necesario para repararla. Primero, tenía que reconocer el daño para determinar su arreglo, y que para esto era necesario 20 pesos. Los comisarios de cañerías que eran elegidos, anualmente, entre los regidores tenían que estar al tanto para identificar los problemas generados en las cañerías, para mandar arreglarlas, y el mayordomo de la ciudad entregar el dinero.
En mayo de 1671, la situación no mejoraba ante la falta de agua en los pilones públicos de las plazas de la Concepción, Encarnación, Inquisición y de la Compañía de Jesús, perjudicando a estos vecinos, y el procurador de la ciudad al comprobar que el fontanero no se daba abasto ni sus ayudantes para resolver los problemas sugirió nombrar un comisario para cada pilón y encargarse de que hubiera agua en el que le tocara. Una sugerencia que el cabildo aceptó. El alarife debía estar al tanto de esta ejecución32. Sin embargo, la cañería no llevaba agua en los pilones de los barrios de Guadalupe y Huérfanos a los que no se puso comisarios, y en los barrios de san Marcelo solo llegaba a través de los cargadores de agua33. Algunos de aquellos barrios estaban más alejados, incluso en la periferia.
El caos era total ante el problema del encañado, falta de agua y roturas constantes al grado que, a principios de 1673, el alarife de la ciudad Pedro Fernández Valdés fue encarcelado, por mandato del alcalde ordinario de la ciudad Joseph de Vega, por no haber cumplido con su obligación de tener hecha la cañería de san Marcelo, barrio que no tenía aún pila de agua, a pesar de su proximidad a la plaza Mayor. Este fontanero había recibido más de 1.400 pesos para realizar arreglos en las cañerías, pero había gastado más; cantidad que se le debía. Sin embargo, el alcalde indicaba que tenía que proseguir con la obra de cañería, pero el cañero Fernández Valdés no podía costear lo que faltaba, que ascendía a más de 8.000 pesos, por lo que sugirió que le entregaran dinero de la sisa, para poder proseguir. El fontanero pidió tasar la obra que había hecho, se ajustara lo que recibió y se verificara lo gastado. Lo cual demostraría su inocencia para que lo liberaran de la prisión. Solo dándosele dinero podía proseguir con la mencionada cañería. El peritaje reconocería lo que faltaba por hacer y, asimismo, lo que había hecho, y así demostrar los gastos realizados. Los comisarios de cañerías debían hacer que Pedro Fernández Valdés cumpliera con la obligación de la escritura al asumir el cargo. Y que lo respaldara su fianza, pero la persona que lo avaló había fallecido y debía buscar otro en el lapso de días34.
El agua era tan escasa que algunos vecinos la pedían del desagüe de las pilas de los conventos y otras instituciones. Así, el 6 de diciembre de 1672, Manuel de la Vega pidió el desagüe de la cocina del hospital de san Andrés para ingresarlo a su casa, y los comisarios de cañerías debían informar al cabildo si eso era posible.
La única pila que no podía estar descuidada era la pila de la plaza Mayor, de la que dependía toda la ciudad. El 24 de enero de 1673, el cabildo dio 100 pesos para arreglarla y que tuviera agua. El fontanero debía arreglar la cañería quebrada que llevaba agua a la plaza principal de la ciudad con asistencia de los comisarios, y luego recuperar el dinero invertido, prorrateando entre los interesados el costo o que el cabildo cubriere lo que faltara35.
A mediados de julio de 1673, el cabildo debía devolver 86 pesos que gastó el fontanero en el arreglo de la cañería de la pila de la plaza Mayor y del pilón público de la Concepción, previo informe del contador Ordoño de Zamudio de consentimiento del pago.
En el año de 1675, el cabildo volvió a nombrar al perito Pedro Fernández de Valdez para la limpieza y repartición del agua a las fuentes, cañerías y almacenes de la ciudad, con un salario de 250 pesos al año. Sin embargo, las demoras en el pago de los salarios eran recurrentes y este fontanero no fue la excepción36. Pero, esta cantidad no era suficiente, se gastaba más de lo que cobraba y debía rendir cuentas. En marzo de 1677, este fontanero pidió que se le devolvieran 113 pesos y 2 reales, cantidad que costaron los dos arreglos de la cañería de la pila de la plaza Mayor37. En la segunda mitad del siglo XVII, muchos conventos regaban sus huertas con el desagüe del encañado, reusándolo, como el de san Francisco, y ya no utilizaban las aguas de las acequias.
“El convento grande de san Francisco riega el jardín del claustro grande con las aguas puras y limpias de sus pilas que por cañería propia traen desde la caja de agua y la huerta grande, y riegan y pueden regar con los desagües de ellas, y para que nunca le falte a prevención podrán hacer estanques para recoger las aguas que sobrasen en el tiempo que no las han menester como se hace en muchísimas chácaras de esta ciudad, que en ningún tiempo dejan perder el agua y lo mismo hacen y pueden hacer los demás conventos de religiosos y hospitales que tienen agua por sus cañerías propias”38.
El cabildo solicitaba periódicamente al fontanero la entrega de mapas de distribución del encañado limeño actualizadas. Material que no podía salir del ayuntamiento39. El 19 de enero de 1691 fue notificado a Pedro Fernández de Valdés la elaboración del mencionado mapa de las cañerías en un lapso de ochos días. Sin embargo, el 26 de enero de aquel año, alegó que no tenía obligación a hacerlo, lo que se comunicó al procurador general. Esta actitud era porque una característica de su trabajo era el secretismo para que tuviera menos competencia y el cabildo dependiera de él40. El fontanero, también, realizaba dibujos a mano alzada de proyectos hidráulicos propuestos para la mejora del sistema.
Si el vecino no sabía la cantidad de agua a pedir, el fontanero lo determinaba. Así, el colegio san Pedro Nolasco de la Orden de la Merced pidió merced de agua al cabildo, que ordenó al fontanero mayor Pedro Fernández de Valdez informara la cantidad de agua que necesitaba y de dónde se le podía dar. El agua fue otorgada con la condición de poner un pilón y su desagüe a los vecinos del barrio donde estaba aquel colegio 41. También, el cañero distribuía el agua a las personas que lograban obtener aquella licencia. Por ejemplo, el 2 de mayo de 1692, un vecino estaba construyendo una casa en la calle que iba del convento de la Merced al hospital de san Juan de Dios, y necesitaba que le otorgase un cuartillo de agua para hacer un pilón con llave y sin desagüe de una cañería pública que iba a la plaza de san Marcelo. Según el vecino, no generaba perjuicio ninguno. Asimismo, el 24 de octubre 1693, este fontanero mayor dijo que necesitaba arreglar el pilar y cañería de la cárcel de la ciudad, y poner llave en la caja principal que estaba en el monasterio de santa Clara y dos compuertas de madera. Después que los comisarios de cañerías verificaran estas necesidades, el cabildo mandaba su ejecución. Incluso, el 19 de agosto de 1694, el mismo fontanero Pedro Fernández Valdés pidió un cuartillo de agua de la cañería del hospital de Bartolomé a su casa por haber trabajado en tal cargo por cuarenta años. Pidió licencia al cabildo y permiso al hospital para acceder al agua de su cañería. El 22 de febrero de 1695 se le concedió.42 Esta estratagema de pedir permiso de usar agua de un usuario se empezó a utilizar más asiduamente para agilizar la obtención de licencias de ingreso de agua de instituciones laicas o religiosas. El administrador del hospital de los incurables pidió licencia de media paja de agua, proveniente del beaterio de la Merced para aquel hospital, y el cabildo lo concedió, previo consentimiento de la madre priora43.
Periódicamente, se reparaban las dos grandes cajas de agua en el colegio de santo Tomás y el monasterio de santa Clara. En 1695, la tasación fue realizada por los alarifes de la ciudad: el padre mayor fray Cristóbal Caballero de la Real Orden de Nuestra Señora de Mercedes44, Pedro Fernández de Valdés y Juan Iñigo de Eraso. A los vecinos a través de pregones públicos se les avisó que se quitaría el agua de la cañería principal de la plaza Mayor para realizar este trabajo el 21 de junio de 1695. Desde aquel año, Pedro Fernández de Valdez fue alarife, y había asumido otras responsabilidades, además de cañero, también la limpieza de la ciudad. Así, el 5 de diciembre de 1696, tasó el costo de eliminar un muladar que estaba en la plazuela del rastro del peso de la carne45. En cuanto a los arreglos de fuentes y pilas, el juez de aguas debía gestionar su arreglo. Por lo que, el 7 de septiembre de 1700, el alarife Pedro Fernández de Valdés comunicó el gasto de doce pesos, utilizado en hacer la cabeza del pilón de la plaza. El cabildo mandó que el mayordomo de propios y rentas de la ciudad le pagara. Posteriormente, además de fontanero, asumió otros cargos como maestro mayor de fábricas en 1702, medidor de tierra y alarife junto a su ayudante Pedro Asensio en 1703 y finalmente, en el año de 1704, se le asignó a Miguel de Añasco como su ayudante.
Miguel de Añasco aparece en los libros del cabildo por primera vez el 13 de agosto de 1700, cuando solicitó encargarse de solucionar problemas en la naciente de la fuente de agua del sistema hidráulico y el desagüe de la plazuela de la Inquisición. También, uno de sus hijos fue nombrado guarda de la caja de agua, a pesar de que no fue elegido para tal cargo por la votación de los regidores porque sacó siete votos y otro postulante, nueve. Pero Thomas de Añasco apeló esta decisión y el cabildo terminó por nombrarlo y se comprometió a conservar a su costa la tarjea y su obra, sin costo de los fondos del cabildo, y propuso mejorar el agua de la caja del campo para que llegara a las pilas de la ciudad en buen estado46.
A inicios del año de 1711, el cabildo nombró medidor de tierras y alarife a Miguel de Añasco, siendo una de sus ocupaciones el mantenimiento de la cañería de la ciudad de Lima. Un mes después, el 27 de febrero, el juez de aguas junto con el maestro mayor Juan Íñigo de Eraso hicieron inspección a la caja de aguas para examinar el estado de la naciente del agua del encañado y el trabajo ya realizado por el fontanero47. Asimismo, el 1 de septiembre de 1711, los alarifes Íñigo de Eraso y Miguel de Añasco debían hacer la tasación de los arreglos que necesitaba la pila de la plaza Mayor, bajo una multa de diez pesos cada uno, si no lo hacían. El año de 1712, los medidores de tierra fueron Íñigo de Eraso, Miguel de Añasco, Eugenio de Atienza y Francisco Sierra. Los alarifes fueron Juan Iñigo, Miguel de Añasco y Francisco Sierra y el único fontanero fue Miguel de Añasco, y de esta manera ejerció tres oficios aquel año y el siguiente. Esto no debería extrañar porque los fontaneros eran maestros mayores en albañilería y estaban capacitados para estos trabajos al examinarse en el cabildo para ejercerlos. El 3 de enero de 1713, Miguel de Añasco pidió se le pagara el salario de fontanero de la ciudad de Lima que se le estaba debiendo y el cabildo mandó que el mayordomo de los propios y rentas le pagara. Diez años más tarde, en 1723, el fontanero seguía siendo Añasco, hasta 1735 cuando falleció. Lo remplazó Narciso de Espinosa el 20 de enero de 173648.
En octubre de 1740, el juez de aguas don Joaquín de los santos y Agüero denunció que el fontanero mayor, Joseph Narciso de Española, nombrado por el cabildo, no era el idóneo para el cargo por su poca suficiencia en el tiempo ejercido y que era necesario nombrar otra persona que lo ejerciese con inteligencia y experiencia para que hiciese las obras lo más rápido posible y no se perjudicara el público. Todo encajaba en el alarife de la ciudad Agustín Inclán y Añasco para que fuese nombrado fontanero mayor de la ciudad, por lo que el cabildo lo eligió y nombró para que lo administrara en la forma que lo había ejercido sus antecesores con el salario y estipendios que le correspondía. De esta manera, fue nombrado como tal el 24 de octubre de 174049. Al cabo de tres años, en 1743, el salario del fontanero fue retenido, pero por estar sirviendo el cargo con puntualidad en todo y sin demora, los regidores del cabildo mandaron que se le volviese a dar el salario de que gozaba.
La ciudad de Lima aumentó poblacionalmente, incrementándose los problemas relacionados con la fragilidad del sistema del encañado. A inicios de cada año, el personal dedicado al mantenimiento del agua bebible era elegido. El 2 de enero de 1748, fueron nombrados en el cabildo los comisarios de cuentas, de solares, de cañerías, de tajamares, de mercachifles, de elegir alcaldes del Callao, de caja de agua, de casas de por vida, de corredores, de medidores de tierras, el contraste, procurador de pleitos, fiel de pesos, guardia de caja de agua que era nombrado por el juez de aguas con un salario de 200 pesos anuales, el guardia de la Alameda, el comisario de libramientos y el secretario de cartas, el contador del cabildo y fieles ejecutores. Año tras año, el fontanero mayor era elegido como tal dentro de un conjunto de otros oficios de la ciudad. Así, por ejemplo, en 1766, el cabildo nombró guardia de la caja de agua a Julián de Aliaga y al contraste real a Miguel Benites, y en 1769, el medidor de tierras fue Ventura Coco, el constructor real fue el capitán Miguel Benites, el guardia de la caja del agua, Juan de Aliaga y el guardia de la Alameda, Nicolás de Noriega.
El 27 de febrero de 1749, el fontanero mayor Agustín Inclán hizo una tasación de la limpieza de la acequia de los puquios que alimentaban el encañado en 514 pesos y realizó una propuesta para mantener corriente la cañería de la pila de la plaza Mayor, arreglándola siempre que se quebrase, haciendo diez varas de cañería nueva, asimismo, mantener operativa la de la cárcel, pagándole solo los interesados, sin que costara a la ciudad nada porque entraba en el ajuste de 600 pesos anuales, pagados de cuatro en cuatro meses, a razón de 200 pesos cada uno. Cantidad pagada por el arriendo de los toldos y asientos de la plaza Mayor50. Este ofrecimiento fue propuesto por el fontanero. El juez de aguas pidió al cabildo que el mayordomo diese el dinero necesario para el arreglo del caño principal de la pila de la plaza Mayor. Los alarifes nombrados fueron Lugardo Bravo y Ventura Coco para el reconocimiento expresado y que se ejecutase con asistencia de los alcaldes, juez de aguas, dos regidores y el procurador general Francisco Hurtado51. Pero al cabo de un tiempo, el fontanero exigió el pago de 400 pesos para costear la quiebra que tenía la cañería general en la esquina del hospital de la Caridad. La autoridad debería mandar que el arrendatario de los toldos y asientos pagara sin dilación aquella cantidad de los dos tercios cumplidos a que se sometió. El mayordomo del cabildo debía recabar esa cantidad para pagar al fontanero y poder reparar las quiebras de la cañería de la plaza Mayor. Un año más tarde, el 13 de julio de 1752, la ciudad seguía debiendo dinero al fontanero Agustín Inclán y los acreedores le estaban molestando. Estos trabajos tenían un presupuesto, pero siempre eran mayores los gastos, por eso no sorprende que el cabildo estuviese en falta con el fontanero52. La instalación y arreglo del encañado de los que ingresaban agua en sus casas a través de pilas privadas debían asumir estos gastos y no perjudicar a terceros53. El fontanero, también, debía detectar el robo de agua en las cajas de agua y a los culpables, quienes debían pagar las reparaciones54.
No faltaban los problemas generados por el sobreuso de la pila de la plaza Mayor. Según el fontanero, el pilón de la plaza a mediados de febrero de 1775 no daba agua por estar sucio y sucedía lo mismo con las figuras de bronce que rodeaban la alberca de la pila porque las datas o aberturas que tenían todos los caños estaban reducidas por la suciedad que había en el cajón de agua del colegio de santo Tomás. Los regidores acordaron que se limpiara el pilón y se colocaran atravesados por la parte interior dos tubos o bombillas de bronce, y que para reconocer el cajón de santo Tomás se hiciese inspección. Todo subvencionado por el cabildo, bajo la dirección del juez de aguas Manuel Diez de san Miguel y Solier55. El 21 de febrero de 1775, el procurador general Antonio Álvarez de Ron confirmó que el fontanero mayor obtenía 600 pesos del cabildo, siendo su renta solo de 150 pesos y que el exceso provenía de haber hecho escritura para que siempre que se quebrara el caño de la plaza Mayor lo rehiciera sin nueva contribución, extendiendo la obra diez varas más. Esta escritura se renovaría cada cierto tiempo, comprometiéndose a extender la cañería, cerrándola con losas de piedra para que el peso de las carretas y coches no pudiera quebrar los caños56. También, los vecinos pagaban los gastos generados por las reparaciones del encañado57.
El fontanero mayor conocía todo el sistema de encañado en la ciudad de Lima, al punto que podía ser el único que tenía conocimiento de las cañerías de la ciudad y podía abusar de esta posición. Algunas autoridades habían denunciado esta situación privilegiada, generando desorden, falta de agua e injusticia. Desde la segunda mitad del siglo XVIII, Inclán de Añasco era alarife y fontanero mayor de la ciudad, es decir se ocupaba de otras actividades además de la cañería, como hacer listas de construcciones ruinosas después de un terremoto, ornato de las áreas verdes de la ciudad, reparaciones de construcciones públicas y otras diligencias (Tabla 1).
Tabla 1. Algunos trabajos desempeñados por el alarife Agustín Inclán Añasco, además del de fontanero
Agustín Inclán Añasco, fontanero de la ciudad y maestro reconozca el estado ruinoso de paredes balcones y portadas de las casas y calles de lima para evitar derrumbes. |
Benito de la Mata Linares, oidor de la Real Audiencia, juez conservador y del ramo de policía de cabildo de lima, solicita el reconocimiento del paseo de la Alameda para su embellecimiento por la celebración de elecciones de alcaldes ordinarios. |
Benito de la Mata Linares, oidor de la Real Audiencia y juez conservador de propios sobre vista de ojos del paseo de la Alameda de Lurigancho para la reparación de sus acequias y alcantarillas. |
El marqués de Montemira, síndico procurador general de Lima, informa sobre la necesidad de reparar la estrada del puente mayor, volviendo a colocar piedra a su declive y sacando la basura acumulada en la ribera del río. Ante cabildo de Lima. |
Los mayordomos de la cofradía del santísimo Sacramento fundada en la parroquia de los huérfanos de Lima solicita la limpieza y reparación de los muros de una acequia que pasa por debajo de su iglesia por causar aniegos. |
Fuente: AGN, CA-GC4,29,3, 28 de enero de1777; AGN, CA-GC4, 29, 7, 5, 22 de diciembre de1781; AGN, CA-GC4,29, 8, 7, 07 de enero de1782; AGN, CA-GC4, 29, 29, 8, 09 de septiembre de1787; AGN, CA-GC4, 1, 212, 38, 5, 22 de enero de1779.
En 1788, en los alrededores de la vecindad del monasterio santa Teresa vivían muchas familias de escasos recursos que salían de noche para obtener agua de la pila pública del barrio 2 y cuartel 4. La finca llamada la Chacarilla y casa de los jesuitas tenía un hilo de agua, proveniente del caño que suministraba al pilón exterior de la calle para el público que tenía obligación de contribuir. Desde la expulsión de los jesuitas, a esta finca se trasladó la Real Renta de Tabaco por orden del virrey Amat y su director Domingo Petris, que fue acusado de dirigir toda la corriente de agua a la finca Chacarilla, quitándolo al vecindario, según el teniente de policía José María Egaña. Se recomendó que el fontanero Agustín Añasco reconociese la toma principal con el objeto de ver si se podía dar del caño principal del monasterio de santa Teresa mayor cantidad de agua para abastecer al vecindario y, también, a la casa Chacarilla.
El 11 de diciembre de 1788, el director de la Real Renta de Tabaco Miguel Otermin indicó al teniente de policía José María Egaña que había necesidad de dos pilas con cuatro caños, cada uno con dos pitones subalternos para mojar el tabaco que estaba en la casa estanco del colegio de la Chacarilla. El 18 de diciembre de 1788, Egaña pidió que el cañero Añasco reconociese la caja de agua del monasterio de santa Teresa para ver si, separada el agua que iba para el convento de Jesús María y la recoleta dominica, quedase la necesaria para dar al Real Estanco de tabaco y al pilar que siempre tuvo el público en aquella calle.
El 24 de enero de 1789, Agustín de Inclán de Añasco realizó una inspección al lugar y determinó que la toma principal de la cañería de santa Teresa venía de la caja de santo Tomás, una de las principales de la ciudad. Bajo de la cruz del cementerio de aquel monasterio entraba, nueve pajas de agua, de donde salían en tres partes. La una para el convento de Jesús María y recoleta dominica, la otra para la pila que tenía en su claustro principal el monasterio de santa Teresa de donde salía la cañería para el pilón que siempre había tenido el público en la calle de la Chacarilla y la tercera para las oficinas interiores del monasterio. De allí, el agua se dirigía a la Renta de tabaco. Era necesario una nueva cañería que admitiese más cantidad de agua entre el espacio que había desde el colegio de santo Tomás hasta el monasterio de santa Teresa, pero era muy caro. El desagüe del agua encañada era otra de las tareas del fontanero (Mapa 2)58.
Figura 1. Dibujo realizado por el cañero Agustín Inclán de Añasco como una solución al problema de escasez de agua por la plazuela de santa Teresa en la ciudad de Lima

Fuente: AGN, CA-GC4, 1, 212, 46, 2,06-04-1781 (Tabla 2).
Tabla 2. Propuestas del cañero Agustín Inclán de Añasco para solucionar la escasez de agua en la ciudad de Lima (leyenda Figura 1)
El cañero Inclán Añasco propuso lo siguiente: 1.Es la cañería madre que sale de la caja principal y la tarjea que está en la esquina del colegio de santo Tomás hasta llegar al monasterio de monjas de santa Teresa donde está la caja de agua dentro del mencionado convento, detrás del locutorio59, que recibe a la que viene de la esquina del colegio de santo Tomás donde está la tarjea que es donde está su data de dicha cañería. 2.Es la cañería que sale de la caja que está en dicho monasterio de santa Teresa para Jesús María y la recoleta de santo Domingo. 3.Es la cañería que sale de la dicha caja de agua que está dentro del monasterio de santa Teresa para la pila de su claustro principal y al pie de dicha pila está la data que da agua a la cocina y a a las oficinas interiores del monasterio. 4.Es la cañería que sale de la caja de agua del monasterio de santa Teresa para el estanco del tabaco para surtir de agua a las pilas pitones y sale por la portería del convento. Esta cañería sale detrás del locutorio del monasterio, trayéndola para la puerta principal, atraviesa el seminario y cementerio de la iglesia a la calle que iba a la calle de la Chacarilla, como lo muestra en el mapa. No habría de hacer más que dos cuadras de cañería, y no más, como era necesaria desde santo Tomás. El agua que se condujera por esta cañería daría la suficiente para las dos pilas que se asignarían en el plan de aquel edificio y de las sobrantes de estas se podía darla necesaria, dando antes de entrar en la casa una muy corta cantidad para el público, cuyo pilón debía estar al costado de la iglesia de santa Teresa que era donde siempre había existido. |
Fuente: AGN, Fondo cabildo colonial, Obras públicas 1638-1822. Documento 002-CC-OP. 1788, f.12.
Mapa 2. Ubicación de los sitios mencionados en el plano de Lima de Amédée-François Frézier, 1713

Fuente: Durán Montero, 1994, 247.
El 12 de febrero de 1789, el procurador Felipe sancho Dávila no estuvo de acuerdo por la falta de claridad en la propuesta del cañero Añasco. La duda era si se aumentaba o no más agua para satisfacer agua al monasterio, a Jesús María o iglesia de La Recoleta y la pila de vecindario, así como al nuevo usuario. El aumento de agua sería necesario porque se haría una nueva cañería en la calle de Chacarilla hacia el Real Estanco de Tabaco. El cabildo pidió que se absolvieran las dudas. Silencio documentario60.
La realidad era que el encañado era un sistema bastante frágil. El agua era conducida por la tarjea hasta la caja de santo Tomás y de allí se dividía en dos brazos que giraban por las dos cuadras inmediatas y en sus respectivas esquinas, haciendo subdivisiones con las cuales se conducía el agua a diversas partes. Lo ideal era conducir el agua por aquellas dos cuadras por solo un cañón. Muchos caños circulaban entre el hospital de la Caridad y el colegio de santo Tomás, y estaban tan estrechamente colocados que alguno de ellos estaba situado sobre el otro. Siete caños en una calle, y otros ocho en otra hacían tal conjunción que cualquier avería para reconocerla era muy complicada. Para inspeccionar un caño, se tenían que romper otros, quitando el agua en todo el sistema para hacer las pruebas necesarias, y se abrían unas grandes zanjas que mantenían por mucho tiempo inhabilitado el tránsito de los carruajes.
Además del perjuicio e incomodidad del público con las quiebras de los caños que salían de la caja de agua situada en frente del mencionado colegio y se dividía en varios ramos por las calles que iban para la plaza Mayor por la Caridad y para el monasterio de la Concepción. El perjuicio provocaba aniegos generados en las calles por las quiebras de los caños, humedeciendo las casas adjuntas, dañando sus bases, así como la dificultad de reconocer el caño quebrado y de componerse, y la necesidad de recurrir para su solución a solo un cañero, que era Agustín Añasco, que era ya un anciano. Otro problema era que la reparación implicaba desaguar las cavidades inundadas y, como no había conducto para dirigir esta agua al río o acequia, se formaba una laguna, impidiendo el tráfico de gentes y carruajes.
Una solución propuesta por el intendente de policía José María de Egaña sería la formación de un solo cañón que condujera el agua desde la caja de santo Tomás hasta la esquina de la Concepción, donde se formaría una caja que hiciera de repartimiento por las calles inmediatas61. Es decir, hacer una atarjea o conducto en la esquina de la Concepción donde terminaba el repartimiento por las mismas ocho bocas que de la caja salían. La obra debería emprenderse, sin pérdida de tiempo. El fontanero Agustín Añasco era un hábil cañero, pero era tan anciano que la autoridad consideraba que era necesario utilizarlo “antes que se imposibilite o fallezca”. La mano de obra de este trabajo recaería en presos y esclavos. Por ejemplo, la calle de santo Tomás estaba intransitable por varios meses, desde el 30 de abril al 5 de noviembre de 1790, a causa de estar abierto un hoyo por las cañerías que la atravesaban. Una vez concluido el trabajo no debía dejarse zanja sin rellenar, ni la calle sin empedrar. Este era el segundo intento de reducir caños que conducían agua a diversas partes en la calle de santo Tomás a una tarjea que fuese a la esquina de la Concepción donde se formaría una caja para hacer de ella el repartimiento por calles diversas a fin de que de que en una misma no se juntasen ocho o nueve cañerías como lo estaban en aquella. En 1785, algunos interesados propusieron costear la obra, pero sin resultado alguno. En 1791, aún no se había procedido a cerrar y empedrar la calle de santo Tomás, a pesar de que el cabildo hacía tiempo trató de formar un nuevo cauce en aquella calle, sustituyendo a los ocho antiguos62.
De esta manera, otra vez trataron de retomar el trabajo, pero llevado a cabo por criados y esclavos de Añasco, que eran los únicos operarios que entendían la obra de cañerías, hasta el valor de mil pesos como se manifestaba por cláusula de su testamento. Los desagües para que fuesen menos costosos, por la dificultad que tenía llevarlos al río o acequia, iban de la calle de santo Tomás para la esquina de la Concepción donde se formaba una laguna que era un lodazal intransitable, por sus concavidades. Todo este inconveniente lo advirtió el maestro fontanero Agustín Inclán Añasco y al tiempo de morir comunicó a su albacea, el licenciado don Domingo Aljovin, se emprendiesen las obras de dos tarjeas nuevas una en la esquina de la cerca del convento de la Concepción a distancia de una cuadra de la caja común de agua de santo Tomás y otra en la plazuela de la Inquisición. Ordenando que concurriesen al trabajo sus esclavos con sus herramientas y presos de la cárcel. El fontanero Agustín Inclán ya había fallecido y la tasación lo haría su esclavo, el mulato llamado Pedro. No se pudo solucionar el problema, solo fueron paliativos.
Más tarde, se proyectó hacer dos atarjeas que naciesen ambas de la caja de santo Tomás, la una con dirección a la esquina de la Concepción y la otra esquina de la Inquisición, que debían conducir el agua correspondiente a la dotación de estos caños a unas cajas subalternas que no fuesen cuadradas ni redondas sino cuadrangulares, pues esta figura daba más extensión para la colocación de los caños que a cada usuario correspondiese, para cuya obra fue previamente nivelado el terreno. Este arreglo considerado útil y de necesidad fue aprobado por el virrey Abascal y el público, pero la falta de fondos detuvo su ejecución, según informe del escribano teniente del cabildo Andrés de sandoval el 9 de marzo de 1807.
A fines de noviembre de 1810, la autoridad consideraba bastante tres mil pesos para construir un caño de piedra bien zulaqueado y acompañado con siete albercas grandes cubiertas de piedra labrada, a los que se agregarían mil pesos para su desagüe y el agregado de cinco caños. El procurador general dio su conformidad al informe que había hecho el licenciado Matías Maestro sobre la atarjea proyectada en la calle del costado de santo Tomás para la reunión de los siete caños que en ella estaban situados y causaban los perjuicios que se habían tenido en consideración de esta obra de urgente necesidad en beneficio público. Formado el encañado hasta el lugar que hacía esquina en el monasterio de la Concepción quedaban cinco caños en la calle de la iglesia y dos en la que iba para el Capón, de manera que permanecían en mucha parte subsistentes los inconvenientes que se había procurado evitar, como el mal estado de las cañerías y botijas, por lo que no recibían toda el agua que les correspondía al perder gran porción de agua (Mapa 3).
Mapa 3. Ubicación de los sitios mencionados en el plano de Lima de Amédée-François Frézier, 1713

Fuente: Durán Montero, 1994, 247.
El cabildo nombró interinamente a José Mariano Añasco por muerte de su padre Agustín Añasco en 1787. Al cabo de unos años, este fontanero no recibía su sueldo a tiempo y siempre terminaba solicitándolo al cabildo, acumulado por un tiempo de tres años y cinco meses hasta el 20 de abril de 1797, a razón de 150 pesos anuales que importaban 562 pesos y 4 reales de deuda63. Ante esta situación, la autoridad pidió informes de los regidores que habían sido jueces de aguas, dando igualmente razón al mayordomo índico de propios. Una vez estudiado el caso, el cabildo mandó que se le satisficiere, expidiéndose para ello por la junta municipal el correspondiente pago y que se suspendiera el ejercicio de su empleo de fontanero interino.
El 9 de octubre de 1799, Bernardino Añasco pidió a través del cabildo que el mayordomo síndico de propios pagara lo que adeudaba a su difunto hermano Mariano Añasco, por razón del salario que tenía como fontanero mayor de la ciudad. El cabildo ordenó que el mayordomo compareciera ante el cabildo con los documentos respectivos para la votación capitular. Este asunto se demoraba y, otra vez, Bernardino Añasco, el 28 de febrero de 1800, suplicó al cabildo que mandara al mayordomo síndico cumpliera con pagar los sueldos que se le debían a su difunto hermano. Este asunto no es mencionado más en la documentación.
El fontanero o cañero de la ciudad era un oficio dedicado al encañado o formaba parte del oficio del alarife o maestro mayor de obras que el cabildo elegía anualmente entre los más capacitados en el área y que hubieran demostrado su valía en su oficio tanto en la construcción, ingeniería e hidráulica. Este artículo trata del fontanero cuyo oficio era ejercer de cañero, tanto en su elaboración, ampliación y mantenimiento. El fontanero mayor capitalizaba el trabajo hidráulico, pero a veces se contrataba a otros, según la cantidad de faena que necesitara la ciudad de Lima. Estos técnicos eran concebidos por la sociedad colonial como solucionadores de problemas del encañado y de todo el sistema hidráulico, así como para conectar el agua a los usuarios a través de diferentes técnicas hidráulicas, hacer cumplir la obligación de los que tenían fuentes privadas de permitir el acceso del agua a las pilas públicas, velar por el flujo continuo de agua por el sistema, y detectar sus deficiencias y arreglarlas.
La experiencia que acumulaban con los años les permitía ser exclusivos y reducir la competencia con otros por su amplio conocimiento adquirido en la práctica. Sus ayudantes de confianza solían ser, sobre todo, sus esclavos, algunos de ellos sujetos de absoluta confianza, y eran precisamente estos los que los sucedían, al comprobar las autoridades que no podían recurrir a otros por el secretismo del oficio, como fue el caso de Agustín Inclán de Añasco.
Los vecinos de la ciudad de Lima colonial exigían agua bebible que fluía por el encañado, que colapsaba, por la presión, vandalismo y manipulación del sistema. Los resultados eran calles encharcadas y mal olientes por mucho tiempo porque era difícil detectar la falla entre tantos caños que se cruzaban bajo las calles, como la calle del colegio de santo Tomás, donde hasta ocho conductos subterráneos desembocaban en el almacén que estaba en este colegio y otro en el hospital de la Caridad. El fontanero tenía que determinar qué técnica a utilizar para conectar el encañado a un nuevo usuario privilegiado laico o religioso, pero con la obligación de permitir el acceso de agua a una fuente pública del barrio en el que estuviese ubicado. Algunos caños tenían llave, otros fluían y algunos vecinos utilizaban el desagüe de algunas pilas para acceder al agua.
El oficio de fontanero transmitía sus conocimientos de modo gremial familiar, de padres a hijos, por eso en el siglo XVII destacan Clemente Mansilla y su hijo Joan Mansilla y en el siglo XVIII, la saga de los Añasco. También, el cabildo limeño trataba de mantener en el cargo a fontaneros muy experimentados y habilidosos en su trabajo, como fue el caso de Fernández Valdés que ocupó el cargo más de cincuenta años. Los fontaneros mayores conocían bien el encañado limeño desde su distribución, tipos de conexión de agua, mantenimiento y ubicación de cada uno de los elementos del sistema hidráulico. El temor de que fallecieran llevándose estos conocimientos tan importantes hizo que el cabildo exigiera periódicamente la actualización de los mapas del encañado limeño.
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Rivasplata Varillas, Paula Ermila. 2016: “La ampliación del suministro de agua en la Lima colonial a fines del siglo XVI: los primeros problemas y sus soluciones”. Agua y Territorio, 8, 104-122. https://doi.org/10.17561/at.v0i8.3300
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san Cristóbal Sebastián, Antonio. 1996: Fray Diego Maroto, alarife de Lima: 1617-1697. Lima (Perú), Epígrafe.
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1 Rivasplata Varillas, 2016, 110. Los albañiles podían propiciar el robo de agua por dinero, al manipular el encañado, sin permiso del cabildo
2 Archivo Histórico de Lima Metropolitana (en adelante AHLM), Libro cabildo 29 (1670-1675), 12 de mayo de 1671- 31 de oct de 1674, s/f. El fontanero mayor Pedro Fernández de Valdez realizó el empedrado de la calle y puerta de la casa de Tomás de la Rinaga.
3 AHLM, Libro de cabildo 36 (1756-1781), 3 de junio de 1670, s/f. Informe de los comisarios: la paja de agua que doña Solórzano suplica le haga merced de la cañería del convento de santo Domingo, dándole licencia para que pueda llevarla a su casa; AHLM, Libro de cabildo 36 (1756-1781), 23 de septiembre de 1670, f.37v-38r. Merced de media paja de agua a Martín de Zavala. Informe de los comisarios de cañerías: no hay inconveniente de darle la cantidad solicitada; AHLM, Libro de cabildo 36 (1756-1781), 14 de noviembre de 1670, f.43v. Respuesta que dio el procurador general a una petición del capitán Gaspar Gutiérrez sobre que se le diese licencia para hacer un ingenio de agua para batir metales.
4 Heredia Alonso, 2015, 81-98.
5 Rivasplata Varillas, 2013, 107-116.
6 Cómez Ramos, 2010, 256.
7 Arciniega García, 2009, 131.
8 De la Peña Olivas, 2010, 249-281.
9 Marín Parra et al., 2018, 16.
10 García Salgado, 1998, 58-66.
11 Ramón Joffre, 2017, 268-269.
12 Bell, 2014, 93-113.
13 AHLM, Libro 8 de cedulas y provisiones, Ordenanzas de los tintoreros (1617), f.76 r.
14 AHLM, Libro de cabildo 35 (1730-1756), 21 de febrero de 1738, s/f. Titulo medidor de tierras y topografía a Pedro Ramírez dando examen y que se ponga razón en los libros de este cabildo y que no se le ponga embarazo ni impedimento de usar y ejercer las dichas artes.
15 AHLM, Libro de cabildo 36 (1756-1781), 21 de octubre de 1756, s/f.
16 AHLM, Libro de cabildo 37 (1782-1784), 11 de enero de 1782, s/f.
17 san Cristóbal Sebastián, 1993, 136.
18 AHLM, Libro de cabildo 25 (1649-1655),18 de abril de 1654, f. 305v-306r.
19 AHLM, Libro de cabildo 25 (1649-1655), 18 de abril de 1654, f. 305v-306r. Tocante a Juan de Mansilla pidió el salario que tenía en razón de las cañerías.
20 AHLM, Libro de cabildo 25(1649-1655), 7 de diciembre de 1657, f. 141r. Sobre el aderezo que hizo Juan de Mansilla en las cañerías
21 AHLM, Libro de cabildo 27 (1660-1664), junio de 1664, s/f. Libramiento a Juan de Mansilla de 500 pesos de salario.
22 AHLM, Libro de cabildo 26 (1655-1659), f.4r.
23 san Cristóbal Sebastián, 1993, 136.
24 Bell, 2014, 93.
25 AHLM, Libro de cabildo 29 (1670-1675), 4 de marzo de 1670, f. 26 r.
26 AHLM, Libro de cabildo 29 (1670-1675), 14 de noviembre de 1670, s/f. AHLM. Libro de cédulas y provisiones 12, T. XIII, 1659-1667. Título de examinador de arquitectos del padre Diego Maroto, 1665, f.96v.
27 AHLM, Libro de cabildo 29 (1670-1675), 6 de mayo de 1670, f. 28v; AHLM, Libro cabildo 29 (1670-1675), 15 de julio de 1673, s/f. Que el desagüe de la plazuela de la Inquisición estaba tapada y llena de agua.
28 AHLM, Libro de cabildo 29 (1670-1675), 9 de julio de 1670, s/f. Cien pesos el pago a realizar por el arreglo del desagüe de la pila de la Inquisición.
29 AHLM, Libro de cabildo 29 (1670-1675), 25 de febrero de 1671, f. 60v.
30 AHLM, Libro de cabildo 29 (1670-1675), 14 de noviembre de 1670, s/f. Libramiento de 32 pesos para el capitán Francisco Vásquez de los aderezos de la pila de la plaza pública.
31 AHLM, Libro de cabildo 29 (1670-1675), 3 de septiembre de 1670, f.35r. Que no se diera agua a los conventos hasta que cumplieran lo que está mandado; AHLM. Libro cabildo 29 (1670-1675), 25 de febrero de 1671, f.60v. Se reiteró, pero con multa.
32 AHLM, Libro de cabildo 29 (1670-1675), 12 de mayo de 1671, f. 69r-v.
33 AHLM, Libro de cabildo 29 (1670-1675), 20 de octubre de 1671, f. 82r.
34 AHLM, Libro de cabildo 29 (1670-1675), 13 de enero de 1672, s/f.
35 AHLM, Libro de cabildo 29 (1670-1675), 24 de enero de 1673, s/f.
36 AHLM, Libro de cabildo 32 (1689-1695), marzo de 1690, s/f. El fontanero pidió los 250 pesos que se le debían.
37 AHLM, Libro de cabildo 30 (1676-1683), marzo de 1677, s/f.
38 AHLM, Libro de cabildo 31 (1684-1689), 20 de diciembre de 1686, f.121r-123v. Efecto de tratar y conferir si sería conveniente a la salud y utilidad pública el que se quitasen las acequias de esta ciudad en virtud de un decreto de su ex. el virrey y se puso en votos.
39 Ramón Joffre, 2017, 276.
40 AHLM, Libro de cabildo 25 (1785-1788) f.94r. Decretando que conste el mérito de don José Jiménez en la formación del mapa de esta ciudad y sus cañerías.
41 AHLM, Libro de cabildo 32 (1689-1695), 22 de septiembre de 1689-7 de octubre de 1789, s/f.
42 AHLM, Libro de cabildo 32 (1689-1695), 19 de agosto de 1694-22 de febrero de 1695, f.134 v. Diese un cuartillo de agua de la cañería del hospital de san Bartolomé a Pedro Fernández de Valdez,
43 AHLM, Libro de cabildo 32 (1689-1695), 19 de agosto de 1694-22 de febrero de 1695, f.140v. Merced de media paja de agua al hospital de los incurables de esta ciudad.
44 san Cristóbal Sebastián, 1991, 151.
45 AHLM. Libro de cabildo 33 (1696-1706), 5 de diciembre de 1696, s/f.
46 AHLM. Libro de cabildo 34 (1707-1730) 1707, s/f.
47 Juan Íñigo de Eraso ejerció el cargo de alarife del cabildo y de medidor de tierras de Lima en los períodos 1685- 1696 y 1707-1722.
48 AHLM, Libro de cabildo 35(1730-1756), s/f.
49 O’Phelan Godoy; Rodríguez García, 2017, 268-269.
50 Rivasplata Varillas, 2022, 391-394.
51 AHLM, Libro de cabildo 35(1730-1756), 13 de marzo de 1749, s/f.
52 AHLM, Libro de cabildo 35(1730-1756), s/f. Exigencias del fontanero del pago de los gastos ocasionados por el encañado.
53 Archivo General de la Nación (en adelante AGN), CA-GC4, 29, 18, 5, 10 de junio de 1785. Juan Manuel de Castañeda dueño de una casa en la esquina del convento de la Merced solicita licencia para conducir a su casa una paja de agua del pilón que está en el monasterio de la Trinidad, ofreciendo a cambio la reparación de sus cañerías.
54 AGN, CA-GC4,2,.223,73,3,03 de septiembre de1788. Toribio Rodríguez de Mendoza rector del Real Convictorio de san Carlos y José Arrescurrenaga, síndico administrador del colegio de niños expósitos contra el hospital san Juan de Dios, sobre reparación de la caja de agua que abastece a estos colegios y sus ramos. Ante Lorenzo de León y Encalada, regidor juez de aguas de Lima.
55 AHLM, Libro de Cabildo 36 (1756-1781), 14 de febrero de 1775, s/f.
56 AHLM, Libro de cabildo 36 (1756-1781), 21 de febrero de 1775, s/f.
57 AGN, Ca-GC6, 32,11,5,13 de febrero de1789. Agustín Inclán Añasco, alarife y fontanero mayor de Lima solicita cobranza de prorrata para la reparación del pilón público de la plazuela de la Inquisición. Visto en audiencia pública del cabildo de Lima.
58 AGN, CA-GC4, 1, 212, 46, 2,06-04-1781. Los vecinos del barrio de santo Tomás solicitan vista de ojos a los desagües del colegio de santo Tomás para verificar los aniegos que causa en perjuicio del barrio. Inspección realizada por el fontanero Añasco con otros peritos; AGN, CA-GC4,1, 212, 49,2, 23 de octubre de 1781. Rosa Corbalán solicita vista de ojos para verificar los aniegos que causa una acequia que desvió la real aduana para la construcción de sus almacenes. Inspección realizada por el fontanero Añasco con otros peritos.
59 RAE. Diccionario de Autoridades. Locutorio, el lugar que, en los monasterios de monjas, está destinado para poder ver y hablar a sus parientes u otras personas, antecediendo el permiso de la superiora.
60 AGN, Fondo cabildo colonial, Obras públicas 1638-1822. Documento 002-CC-OP. 1788, f.12. Reparación de pilas para proveer agua a la vecindad de santa Teresa y a la casa de la Real Renta del tabaco.
61 AHLM, Juzgado de aguas 1775-1822, 14 de Julio de 1785, s/f.
62 AHLM, Juzgado de aguas 1775-1822, 16 de septiembre de 1791, s/f.
63 AHLM, Libro de cabildo 39 (1793-1801), 22 de noviembre 1793, s/f. José Mariano Añasco fontanero mayor interino de esta ciudad sobre la paga de sus sueldos, s/f.; AHLM. Libro de cabildo 39 (1793-1801), 18 de octubre de 1796, s/f. El maestro mayor añasco pide que el síndico mayordomo le satisfaga cantidad de pesos por el respectivo a sus sueldos devengados por tiempo de tres años.