Miscelánea

water and landscape
AGUA y TERRITORIO

La fuente de Cabrahígos y la configuración del Paseo de la Rosa (1775): un proyecto de urbanismo ilustrado en la ciudad de Toledo (España)

The Cabrahígos fountain and the layout of Paseo de la Rosa (1775): An Enlightened urban planning project in the city of Toledo (Spain)

Adolfo de Mingo Lorente

Escuela de Arquitectura de Castilla-La Mancha
Toledo, España
adolfo.demingo@uclm.es

ORCID: 0000-0002-9097-1155

Información del artículo

Recibido: 29/12/2024
Revisado: 01/04/2025
Aceptado: 17/07/2025
Online: 27/03/2026
Publicado: 10/04/2026

ISSN 2340-8472

ISSNe 2340-7743

DOI 10.17561/at.30.9395

cc-by

© Universidad de Jaén (España)

RESUMEN
La fuente de Cabrahígos, construida por el arquitecto José Hernández Sierra en 1775, es un destacado ejemplo de arquitectura urbana de Toledo (España) en la segunda mitad del siglo XVIII. Fue punto de partida de un conjunto de fuentes dieciochescas en el entorno del paseo de la Rosa, principal arteria del actual barrio de Santa Bárbara. Este trabajo ofrece datos inéditos, a partir de la documentación conservada en el Archivo Municipal de Toledo y las publicaciones periódicas de los siglos XIX y XX, sobre su creación y desarrollo a lo largo de los últimos 250 años.

PALABRAS CLAVE: Arquitectura, Siglo XVIII, Fuentes, Canalizaciones, Toledo (España).

ABSTRACT
The Cabrahígos Fountain, built by architect José Hernández Sierra in 1775, is a prominent example of urban architecture in Toledo (Spain) during the second half of the 18th century. It served as the starting point for a series of 18th-century fountains in the vicinity of Paseo de la Rosa, the main thoroughfare of what is now the Santa Bárbara neighborhood. This study presents unpublished data, based on documents preserved in the Municipal Archive of Toledo and periodicals from the 19th and 20th centuries, regarding its creation and development over the past 250 years.

KEYWORDS: Architecture, 18th Century, Fountains, Water Channels, Toledo (Spain).

A fonte de Cabrahígos e a configuração do Passeio da Rosa (1775): um projeto de urbanismo iluminista na cidade de Toledo (Espanha)

RESUMO
A Fonte de Cabrahígos, construída pelo arquiteto José Hernández Sierra em 1775, é um exemplo destacado de arquitetura urbana de Toledo (Espanha) na segunda metade do século XVIII. Foi o ponto de partida para um conjunto de fontes do século XVIII nos arredores do Paseo de la Rosa, a principal artéria do atual bairro de Santa Bárbara. Este trabalho apresenta dados inéditos, com base na documentação preservada no Arquivo Municipal de Toledo e em publicações periódicas dos séculos XIX e XX, sobre sua criação e desenvolvimento ao longo dos últimos 250 anos.

PALAVRAS-CHAVE: Arquitetura, Século XVIII, Fontes, Canalizações, Toledo (Espanha).

La fontaine de Cabrahígos et l’aménagement du Paseo de la Rosa (1775): un projet d’urbanisme des Lumières dans la ville de Tolède (Espagne)

RÉSUMÉ
La Fontaine de Cabrahígos, construite par l’architecte José Hernández Sierra en 1775, est un exemple remarquable d’architecture urbaine à Tolède (Espagne) dans la seconde moitié du XVIIIe siècle. Elle a été le point de départ d’un ensemble de fontaines du XVIIIe siècle situées autour du Paseo de la Rosa, principale artère de l’actuel quartier de Santa Bárbara. Ce travail présente des données inédites, issues des documents conservés aux Archives Municipales de Tolède et des périodiques des XIXe et XXe siècles, concernant sa création et son développement au cours des 250 dernières années.

MOTS-CLÉ: Architecture, XVIIIe siècle, Fontaines, Canalisations, Tolède (Espagne).

La fontana di Cabrahígos e la configurazione del Paseo de la Rosa (1775): un progetto di urbanistica illuminista nella città di Toledo (Spagna)

SOMMARIO
La Fontana di Cabrahígos, costruita dall’architetto José Hernández Sierra nel 1775, è un notevole esempio di architettura urbana di Toledo (Spagna) nella seconda metà del XVIII secolo. Fu il punto di partenza di un insieme di fontane settecentesche situate nei dintorni del Paseo de la Rosa, l’arteria principale dell’attuale quartiere di Santa Bárbara. Questo lavoro presenta dati inediti, basati sulla documentazione conservata nell’Archivio Municipale di Toledo e sulle pubblicazioni periodiche dei secoli XIX e XX, riguardo alla sua creazione e al suo sviluppo negli ultimi 250 anni.

PAROLE CHIAVE: Architettura, XVIII secolo, Fontane, Canalizzazioni, Toledo (Spagna).

Introducción

El conjunto de fuentes del paseo de la Rosa, extramuros de Toledo (España), constituye, junto con el edificio neomudéjar de la Estación de Ferrocarril, una de las principales señas de identidad del actual barrio de Santa Bárbara. El traslado y monumentalización del más importante de estos manantiales, la fuente de Cabrahígos (1775), ha de ser considerado no sólo el origen de este bulevar, sino la parte inicial de un ambicioso programa de obras públicas que los corregidores ilustrados de Toledo plantearon en este acceso de la ciudad durante el reinado de Carlos III (Figura 1 y Figura 2).

Figura 1. La Fuente de Cabrahígos (dcha.) y la Fuente del Burlador en el Paseo de la Rosa. A la derecha se aprecia la zona barrancosa, hoy calle de Cabrahígos, donde estaba la primera.

Figura 1. La Fuente de Cabrahígos (dcha.) y la Fuente del Burlador en el Paseo de la Rosa. A la derecha se aprecia la zona barrancosa, hoy calle de Cabrahígos, donde estaba la primera.

Fuente: mapa de 1900 (AMT) y vista actual del barrio de Santa Bárbara (Sigpac).

Figura 2. Cabrahígos, construida en 1775, es una de las fuentes monumentales más antiguas de la ciudad de Toledo y la única de estilo barroco conservada hasta la actualidad

Figura 2. Cabrahígos, construida en 1775, es una de las fuentes monumentales más antiguas de la ciudad de Toledo y la única de estilo barroco conservada hasta la actualidad

Fuente: fotografía del autor.

Antonio Ponz realizó una de sus descripciones más tempranas en 1787, encomiando el haber dado uno de estos reales funcionarios, Gabriel Amando Salido de la Parra (Jaén, 1728-Linares, 1806), “una gran belleza al ingreso de la ciudad por el camino real y trecho llamado de Cabrahígo, que dirige al sitio de Aranjuez”1. Desde su llegada a la ciudad, el 20 de noviembre de 1783, había dicho corregidor “ensanchado notablemente aquel camino”, así como “plantado una alameda a uno y otro lado, que ya se extiende hasta el arroyo que llaman de la Rosa, distante un cuarto de legua de Toledo”. Al pie de los árboles había ordenado plantar vides, rosales y otras especies de flor. Por otra parte, había “buscado y recogido aguas que no tenían uso, con las cuales ha formado dos grandes fuentes en dicho distrito, sirviendo también de abrevadero la más inmediata al puente de Alcántara, y les ha dado una competente decoración”, así como “asientos cómodos de piedra en los parajes convenientes”.

El elogio de Ponz hacia Gabriel Amando Salido incluía también la instalación del alumbrado público, la incorporación de los primeros serenos a las calles de la ciudad y, en definitiva, el allanamiento, empedrado y limpieza de las vías conforme a los principios de “policía urbana” observados en la Corte. Durante su mandato se realizaron las obras del paseo del Miradero y su comunicación con el puente de Alcántara mediante el murallón de la calle Gerardo Lobo, así como su continuación —una vez atravesado el río Tajo— por el actual paseo de la Rosa, el puentecillo que salvaba el arroyo del mismo nombre y el camino de la Asperilla, que conducía a los tejares de la Concepción. Infraestructuras cuyo coste fue de varios cientos de miles de reales y que fueron asumidas gracias a la implicación del Consejo de Castilla, ya que los recursos del Ayuntamiento se encontraban muy mermados2.

Sería injusto, no obstante, recordar la aportación de este corregidor entre 1783 y 1793 sin reparar en algunos de sus antecesores, principalmente Juan Díez de Villagrán, quien permaneció en Toledo entre 1769 y 1777. Fue en aquellos años cuando se decidió trasladar la fuente de Cabrahígos hasta su actual emplazamiento (Figura 3).

Figura 3. Doble inscripción con los nombres del corregidor Juan Díez de Villagrán, el regidor Juan Fernández Madrid y el jurado Bernardo Crespo y Quiñones. Año de 1775

Figura 3. Doble inscripción con los nombres del corregidor Juan Díez de Villagrán, el regidor Juan Fernández Madrid y el jurado Bernardo Crespo y Quiñones. Año de 1775

Fuente: fotografía del autor.

La limpieza y aprovechamiento de las fuentes respondía a los propósitos ilustrados de los que hacían gala los corregidores en el siglo XVIII3. El Archivo Municipal de Toledo conserva diversos informes sobre el estado de los manantiales en aquellos años, tales como la fuente de Buenavista (de la que ha llegado un sencillo plano, realizado por el alarife José Díaz en 1779) o las del Cardenal y de Luján, ambas al otro extremo de la ciudad, más allá del puente de San Martín, en los cerros de Pozuela y de la Bastida.

La construcción de la fuente de Cabrahígos es el punto de partida de este trabajo, que reservará para más adelante el estudio de las dos fuentes posteriores del paseo de la Rosa, denominadas “Fuente Nueva” (1785) y Fuente del Burlador (esta última trasladada hoy hasta la rotonda del puente de Azarquiel, de reciente construcción).

La fuente de Cabrahígos: Antecedentes

Conocida desde al menos el siglo XVI como uno de los principales manantiales de Toledo, la fuente de Cabrahígo —originariamente en singular, sin adquirir su denominación actual (“Cabrahígos”) hasta bien entrado el XX— recibía ya por entonces este particular fitónimo, referido a cierto “género de higuera silvestre”, según el diccionario de Sebastián de Covarrubias4. El humanista Álvar Gómez de Castro la incluyó en su poema Las Náyades (1558)5 y fue mencionada por Francisco de Pisa y el Conde de Mora6. El aprovechamiento de sus aguas, no obstante, podría ser mucho más antiguo y remontarse incluso hasta la época romana, dados los hallazgos arqueológicos producidos en su entorno desde mediados del siglo XIX7.

Pese a su abultada historia y a su singular importancia, tratándose de uno de los manantiales más apreciados de la ciudad, la fuente de Cabrahígos apenas ha recibido atención por parte de los historiadores. El doctor Juan Moraleda y Esteban dedicó mayor espacio a su decimonónica leyenda —“La fuente misteriosa”8— y a cantar las excelencias de sus aguas en forma de copla popular que a las circunstancias de su construcción9. Rafael del Cerro ilustró con una fotografía suya la portada de su estudio sobre la calle y el agua en el Toledo del siglo XIX, destacando la localización de esta fuente dentro del paseo de la Rosa10. Ni Julio Porres Martín-Cleto ni Andrés Sánchez Covarrubias profundizaron en los orígenes del manantial dentro de sus respectivas monografías sobre las calles de la ciudad de Toledo11 y sus nuevos barrios (esta última, también con fotografía de la fuente en su portada)12. Tampoco Francisco José Peces Bernardo, en su trabajo sobre el barrio de Santa Bárbara13. La principal excepción sería un breve artículo publicado por el historiador Gabriel Mora del Pozo en 1992, aunque sin ahondar en quiénes fueron sus artífices, materiales y evolución posterior14.

La primera consideración que debería realizarse sobre la fuente de Cabrahígos antes de la reforma de 1775 tiene que ver con su antigua ubicación, a una cierta distancia —al menos 53 varas castellanas— del camino real de Aranjuez, entre los cerros y vaguadas situados tras el castillo de San Servando. A comienzos de 1774, después de haber quedado impracticable su acceso15, se propuso su traslado por varias razones.

La primera era su inconveniente situación,

“en la ladera de una quebrada de terreno áspero y oculto, muy a propósito para cometerse en él las maldades y excesos que repetidas veces se han experimentado con la frecuente concurrencia de mujeres de inferior clase que, o por necesidad o con el pretexto de la buena agua, acuden a aquellos sitios sin excepción de horas ni tiempo”16.

Los informes de los alarifes y comisarios municipales abundan en detalles escabrosos, como el hallazgo de un niño recién nacido en una de las arcas superiores de la fuente —que algunos años atrás estaba “abierta y expuesta a las inclemencias del tiempo, pasos de ganados y otras inmundicias, como también a que las mujeres lavasen frecuentemente en ella”— o el temor de muchos arrieros a subir hasta el manantial, quienes “por no dejar las caballerías solas, no logran del beneficio del agua por lo dilatado que está la fuente del camino y expuestos a que puedan a cualesquiera asesinarle en una arroyada retirada del público”. Con este contexto, no es de extrañar que la culta referencia que Álvar Gómez de Castro hacía a mediados del XVI —cuando imaginó los manantiales de Toledo habitados por los personajes de la mitología clásica— fuese, precisamente, ser la fuente de Cabrahígos “famosísima por los robos de los faunos”.

La segunda razón, planteada el 19 de febrero de 1774 por los alarifes Juan Hernández y Alejandro Francisco Pascual tras haber peritado el estado de la primitiva fuente junto a dos “caballeros comisarios de Legua”17, el regidor Antonio Ortiz de Zárate y el jurado Bernardo Crespo, eran sus muchas filtraciones, al estar en piedra viva el arca de recogimiento. De pretender el Concejo repararla —lo cual habría tenido un coste de 2.400 reales, bastante superior al de las obras de mantenimiento realizadas durante las últimas décadas—, se tendría que embetunar y zulacar18 para su impermeabilización, además de aprovecharse con mayor eficacia la conducción de las aguas desde el arca superior. Entre dichas actuaciones, todas de escasa consideración, cabe mencionar las realizadas en 1740 por el cantero y alarife José Fernández —embetunado y zulacado de la bóveda del arca—; las que inició en 1757 el alarife José Díaz, consistentes en dejar las aguas corrientes, u otras en 1760, cuando el mismo Díaz restituyó uno de sus dos caños, que se había roto. Especificaba este maestro de obras que dicho conducto “sea de bronce, por ser materia que con la humedad no recibe perjuicio, y el hierro sí”. En 1763-1764 fue necesario renovar el segundo caño y emprender otras reparaciones menores, de las cuales se conservan en el Archivo Municipal las cuentas correspondientes.

Por estos informes poseemos cierta información sobre la fuente primitiva, de la que se menciona cierta “taza o desembarco de aguas por el trompetero” (más bien un “pilón y golpeadero” que un recipiente con valor estético). Aunque sí poseía, al parecer, “el ornato de armas y demás” que los alarifes, antes de saber que se construiría una nueva fuente monumental, recomendaban trasladar “con gran cuidado” a la segunda ubicación. Por aquel entonces era su caudal “igual al diámetro de una peseta (que viene a ser cuatro reales de agua corriente)”19.

Así las cosas, sugerido su traslado por un coste de 6.200 reales hasta “donde hay una piedra frente el solar de Carabaxal”, el Ayuntamiento acordó su pública subasta con el conocimiento de la Junta de Propios y Arbitrios. Se indicaba, además, “que se pongan algunos árboles para la mayor hermosura y aseo del terreno en que se ha de colocar dicha fuente”20. Al no hallarse postor para el proyecto tras la subasta, el Ayuntamiento indicó a los comisarios “que la referida obra se ejecute por el maestro que hizo la tasación de ella y con arreglo a las condiciones que puso”21.

Inicio de la construcción y canalizaciones

Según los alarifes Juan Hernández y Alejandro Francisco Pascual, era necesario “fortificar de fábrica el arca o depósito que debe quedar en esta parte con su registro de ventana y llave, con lo demás que pide esta obra”, todo “hecho de albañilería, bien estucado y solado”22. La conducción se realizaría “con caños correspondientes de barro, de calidad fuerte, bien cocidos, y si fuesen vidriados será mejor”. Deberían ir “sentados en fábrica de albañilería de cal, bien machihembrados, azulacados con zulaque del que se acostumbra gastar en fontanerías de agua”.

Una vez llegada la conducción al nuevo emplazamiento —prosigue el informe del 19 de febrero de 1774— “se formará un arca depósito de las aguas para que salgan por el caño o trompetero al público, guardando el orden en su fábrica como se requiere, con tres solados encontrados y el último raspado y cortado”. A su caja “se le dará el hueco que necesite, pues los gruesos se han de considerar según el peso de las aguas, dándole buenos cimientos y su arco de albañilería para cerrarla”. Con respecto a la fachada, donde se habría de “colocar el ornato de armas y demás”, debía tener el grueso “que necesite a una total firmeza”. El “pilón con el golpeadero de aguas” debía ser suficientemente estanco, evacuando “al arroyo con atarjea de fábrica para que nunca salga al camino”, siendo asegurados sus sillares mediante grapas de hierro emplomadas.

Por último, se planteaba erigir cuatro asientos de fábrica con unas dimensiones de nueve pies de largo, dos de grueso y medio de alto (sin su cimiento), “formados con sus pilares de albañilería en los extremos y lo demás de mampostería de cal, solados de losa berroqueña, machihembradas de una en otra con pernos de hierro para que tan pronto no se desunan”, debiendo todo “quedar revocado fingido de cantería y como se requiere al recreo tan público en esta ciudad”.

Nada más iniciada la obra, en mayo de 1774, surgieron dudas sobre la idoneidad de quien iba a ser su responsable, Manuel Navarro, advirtiendo el Ayuntamiento que debía ejecutarse “por maestro de toda inteligencia, mediante no tenerla el que la está practicando”23. El regidor Ortiz de Zárate, “comisario para la composición y reedificación de la fuente”, intercedió no obstante por él, manifestando la extrañeza que había causado a los demás comisarios que se le considerase “inhábil, siendo sujeto que es de los más antiguos maestros de albañilería”, así como “repetidas veces veedor de su gremio” y experto “especialmente en cañerías y formación de chimeneas francesas”. Navarro había trabajado también al servicio de “la Real Capilla de Sres. Reyes Viejos, convento de San Juan de la Penitencia y otros”, además de servir a “muchos particulares”, entre ellos los arzobispos Luis Antonio de Borbón y Luis Fernández de Córdoba, habiendo “hecho y formado las cañerías de los sitios de la Dignidad, aún en las sedes vacantes”. Así mismo, destacaba su actuación en algunos jardines particulares, como los del canónigo Andrés Cano [Mucientes] y el regidor Luis Quero. Ortiz de Zárate le consideraba “el único inteligente en semejantes obras”, advirtiendo al Ayuntamiento que la única alternativa sería obrar “trayendo a forastero de los hidráulicos de la Corte, que será difícil y muy costoso, y que estos no ejecutarán más que lo que ejecute el dicho Manuel Navarro”24. A la vista de tal informe —que trasluce la pugna entre los arquitectos ilustrados de la Academia y los maestros de obras facultados por los antiguos gremios25—, el Ayuntamiento acordó que dicho maestro prosiguiera con la obra.

Lo cierto es que varias manos participaron en las obras de canalización iniciales. A mediados de junio de 1774 fueron examinados dos diseños para el arca cuya autoría resulta dudosa, habiendo sido formados, al parecer, no por el maestro Navarro, sino por el propio Ortiz de Zárate y Francisco García Abienzo26. También es mencionado entre los peritajes iniciales el alarife Francisco Jiménez Revenga, uno de los maestros de obras más activos en el Toledo de aquellos años27. Sea como fuere, el Ayuntamiento determinó no elegir hasta que se pronunciase el Consejo de Castilla, al cual se acababa de escribir “a fin de que se sirva conceder facultad para que se pueda gastar el caudal necesario para traer el agua de la Fuente de Cabreigo [sic] tan útil al abasto de este vecindario al Camino Real”28. Sí se manifestó, a finales de julio, la necesidad de habilitar lugar necesario para la nueva fuente, encomendándose la elección a los comisarios29.

Mientras tanto, el maestro de obras de albañilería Manuel García, conforme a las indicaciones del alarife Juan Hernández, realizó una nueva revisión del manantial, encontrando “ser poco el caudal de agua que vierte a causa de hallarse rotos sus conductos y extraviadas sus aguas, que según sus viajes vienen desde el arca de arriba, que se halla muy maltratada”. En este punto era necesario “hacer de cantería sólida trescientas sesenta varas, con lo que sería mucha la abundancia de agua”. Y con respecto al traslado, avanzaba que “es preciso hacer un tazón y estanque recipiente de las aguas que han de entrar, así para abastecer al público como a los pasajeros y vecinos de aquellos cigarrales, y también para que beban los ganados transeúntes con toda comodidad”30. Su valuación de las operaciones se elevaba ahora a 30.000 reales de vellón.

En agosto llegaron finalmente noticias de Madrid. Manuel Becerra, contador general de Propios y Arbitrios, solicitaba al intendente general de la ciudad y provincia de Toledo, Alberto de Suelves Claramunt, que informase acerca del sobrante de Propios y del presupuesto final de las obras31. Becerra concedería licencia “a la justicia y Junta de Propios de la ciudad” para hacer la obra el 3 de marzo de 1775, “para que sin incurrir en pena alguna pueda proceder por administración o por subasta si se estimase por más conveniente”32. Los trabajos no deberían exceder de los 30.000 reales previstos, siendo “con arreglo al plan y condiciones formadas por el maestro mayor de esta ciudad”.

El 30 de marzo de 1775, ya demolida la fuente vieja, se produjo un reconocimiento de las canalizaciones por parte de dicho arquitecto, José Hernández Sierra (1705-1782), uno de los principales representantes del barroco final toledano33. Lo hizo, en primer lugar, del “viaje de cañería que se ha construido desde el arca alta en que lavaban las lavanderas hasta la fosa contigua al camino real de Aranjuez”34. Toda la línea construida sumaba 500 varas “de cañería de caños de a seis”, recogiendo un caudal de cuatro reales fontaneros y medio, a los cuales se podría sumar —por un coste de 4.000 reales más, incluidos varios terraplenados— “otro manantial de medio real de agua que nace por las sutiles vetas de un peñasco que hay a un lado del arroyo, más abajo del arca alta”. Esos cinco reales completos surtirían cada hora más de noventa arrobas de agua, cantidad significativamente superior a las siete que daba el manantial anteriormente.

Hernández Sierra encontró ya cubierta la mayor parte de la canalización, por lo que tan solo pudo hacer algunas recomendaciones: “En toda cañería es prevención de arte dejar respiraderos para dar salida al aire y registros a corta distancia unos de otros para reconocer los atascos que pueden ocurrir en lo venidero y facilitar los zaqueos”. El maestro mayor tenía sus dudas sobre la capacidad y posición de las arcas, aunque confiaba en que el diámetro de los caños y la pureza de las aguas no provocasen atascos. Sí solicitaba que se demolieran las 30 varas finales de cañería, contadas desde el margen de la fosa, “por razón del retroceso que deben hacer las aguas para subir por el codillo y centro de la fuente de piedra para verter por los surtidores”. Por el contrario, pedía sustituirlas por un tramo de “cañería real de caños de a cinco”, colocando en el extremo un “rallo”35 de plomo grueso, con orificios del tamaño de un garbanzo. También recomendaba fortalecer con mampostería de cal —e incluso mediante un zampeado de maderas gruesas36 (cuyo coste no incluía en su estimación)— toda la zapa del pilón, por ser mucho el peso de las piedras que debía sustentar.

Construcción de la taza

El mismo informe del 30 de marzo de 1775, realizado por Hernández Sierra, proporciona diversos detalles sobre la parte más monumental de la fuente. Esta debía realizarse en “piedra berroqueña de las canteras de Villaverde” —dehesa toledana situada entre los municipios de Ajofrín, Villaminaya y Sonseca—, según un “adjunto diseño, sin delfines”, no conservado, que se supone próximo a la semántica de Ventura Rodríguez37. Hernández Sierra realizó también modelos de yeso de la fuente que, junto con las monteas, dirección y planificación, importaron 207 reales “en dos veces”38.

Con respecto a la extracción y conducción de la piedra, el maestro mayor indicaba la necesidad de entregar las plantillas correspondientes a los canteros y sacadores de Ajofrín, siendo acarreada por “conductores de Burguillos o de Villaminaya, cuyo método consta por experiencia ser el más económico y conveniente para conseguir que la piedra sea de la dureza y grano que pide la clase de obra”. Luis López Maestre, vecino del segundo de ambos municipios, condujo tres de las “cuatro piezas para las cuatro ochavas del pilón, que hace cada una veinte pies”. Trasladó la restante Pablo Martínez, de Burguillos39. “Cuatro piezas circulares que completan el pilón”, cuatro más para el zócalo, “una pieza para la escocia y agallones”, dos “triangulares para el friso y cornisa”, así como “dos triangulares para el plinto”, remataban el conjunto.

El coste de la fuente, con pilón y solado, “piedra del codillo [sic], toda barrenada por el centro hasta los surtidores”, más dos piedras para sentar cántaros de cobre, cañones de hierro o bronce, grapas y pernos de cobre, plomo, empedrado de una vara de cal alrededor del pilón y terraplenado, ascendía a 13.000 reales, sin contar el coste de “los bancos o canapés, para lo que hay en aquel terreno algunas losas, según sea su forma”. A dicha cantidad debían sumarse también los 4.000 reales que el maestro mayor proponía invertir en la incorporación del nuevo venero, lo que proporcionaría medio real fontanero más de caudal.

La construcción de la fuente a punto estuvo de verse comprometida por la gran cantidad de tareas que se realizaban en la ciudad al mismo tiempo, cuyas “cuantiosas obras actuales de cantería, nunca vistas en Toledo” —indicaba el 15 de septiembre de 1775 en otro memorial José Hernández Sierra, que mencionó 131 canteros trabajando sólo en las obras catedralicias, más las del Hospital de Santa Cruz y el Alcázar (“y en la Fábrica de las Espadas será lo propio”)—, incrementaban notablemente el precio de la piedra y su trabajo40. De hecho, alguna de las cuatro cuadrillas de canteros que se presentaron para ejecutar las obras de la fuente de Cabrahígos exigía el doble del jornal habitual. La de Valentín Carrasco, por ejemplo, requería “solo de manos y asiento” la cantidad de 9.500 reales, siendo por cuenta de la ciudad “todos los materiales necesarios, plantillas de tabla y hojalata, taller cubierto, cabria, aparejos para subir las piedras y andamios hechos, plomo, grapas y demás aprestos de que carecen y no les corresponden”. Finalmente, fue el cantero José de la Puente, vecino de Ajofrín —que con su equipo había iniciado ya la construcción—, el encargado de reanudar las obras por 8.500 reales, siendo de su cargo las aguzaduras de herramientas.

Hernández Sierra indicaba a mediados de septiembre de 1775 estar

“hecha la plantificación del zócalo y basamento sobre las losas de elección, todo engrapado y emplomado, con la columna interior taladrada para el ascenso del agua, dos losas grandes labradas para el escalón y principiadas las más principales desde el día siguiente en que se hizo el ajuste”41.

Pero las condiciones de los canteros exigían un incremento de 4.000 reales sobre los 13.000 anteriormente fijados, pues cada pie cúbico se había visto encarecido entre 2,5 y 3 reales de vellón.

Con todo, en un apéndice aparte de las cuentas finales, el maestro mayor expresaba —pese a ser “moderado” el volumen de la fuente— las dificultades que habían tenido los “canteros manipulantes” para ejecutarla, pues “ni las monteas en grande, ni las plantillas, ni los modelos en yeso que he trabajado para darles toda luz en la operación les servían sin la instrucción verbal”42.

Coste final y propuesta de acondicionamiento

La “Cuenta de todos los gastos causados en la construcción de la fuente de piedra de Cabrahígo”, formada por Hernández Sierra, importó finalmente 15.995 reales y 32 maravedís. La mayor partida fue para la saca, desbaste y traslado de la piedra, excluidas las aguzaduras de las herramientas, por parte del cantero José de la Puente.

En el apéndice aparte, el maestro mayor sugería “ampliar algo más en forma semicircular el plano en que está colocada la fuente” para dar salida a las aguas de lluvia. También recomendaba “colocar y sentar en simetría los cuatro pedestales con sus bolas que se trajeron de Valdecaba” —de las obras del puente situado en una dehesa cercana—, disponiendo entre ellos “unos bancos o canapés de piedra con sus cartelas o pies de lo mismo”. Por último, manifestaba que “el empedrado que circunda la grada sobre que está constituido el pilón es de piedra ordinaria y muy estrecho, porque el dinero destinado se acababa”. De ahí que recomendase su sustitución por otro de piedra fina y cal, saliendo “desde la grada tres varas lo menos, sujetándolo con muestras de tizón a los extremos” y “algún corriente” que podría aprovecharse de la piedra sobrante de Valdecaba. Apenas dos meses después, el 27 de abril de 1776, el mismo Hernández Sierra adjuntaba un bosquejo —desaparecido de la documentación conservada en el Archivo Municipal— con los bancos, similares a los “de la otra parte del Puente de San Martín” y siete en total, en los cuales “pueden estar sentadas cómodamente setenta personas”43. Especificaba cómo construirlos y también cómo disponer las zanjas para aguas llovedizas, proponiendo, además, que se sepultasen “unas piedras grandes que hay entre el camino real y el de Santa Bárbara”, más el riego de los álamos “por medio de unos cañones de hoja de lata”. Ascendería este gasto a 10.000 reales.

Evolución posterior

Si las obras de limpieza y reparación de la fuente de Cabrahígos fueron recurrentes antes de su actual emplazamiento, lo mismo sucederá después. El 2 de julio de 1781, Francisco Ruano Calvo, junto con un oficial y cuatro peones, tuvo que emprender el desatasco de “uno de los dos caños de bronce y la ejecución de dos líneas de asientos habiendo aprovechado toda la piedra que se trajo de la Puente de Valdecaba y otros reparos precisos para la permanencia de la fontanería”44. Apenas cinco años después, en 1786, se produjo la creación de la “Fuente Nueva”, a la que seguirá la “Fuente del Burlador” (o “del Burlador de la Rosa”). La ornamentación del paseo proseguirá con la llegada, en 1787, de una de las estatuas de reyes procedentes del Palacio Real de Madrid, concretamente la del visigodo Wamba, que permanecerá instalada en esta zona de la ciudad hasta la segunda mitad del siglo XX45. En 1790, coincidiendo con una visita de los nuevos monarcas, la ciudad destinará 1.580 reales al embellecimiento de todo el entorno. Preocupaba ya por entonces al corregidor, no obstante, la escasez de aguas para el riego de los álamos del paseo. Por ese motivo se solicitaba el 28 de febrero de 1791, so pena de un ducado de multa, que quienes sacasen agua de la fuente de Cabrahígos repusiesen la cantidad correspondiente para los plantíos46.

A lo largo del siglo XIX se producirán diferentes actuaciones de limpieza y mantenimiento, sin que ninguna de ellas afectase visiblemente a la taza erigida por Hernández Sierra. En ellas participaron algunos de los principales arquitectos toledanos de las primeras décadas de la centuria, como Miguel Antonio de Marichalar o Eugenio Antonio Alemán. Así, el 7 de noviembre de 1825 fue informado el Ayuntamiento, a través del maestro de albañilería Alfonso Crespo, de “hallarse interceptadas las aguas que se conducen a la fuente llamada de Cabrahígo, de que se abastece la mayor parte del vecindario”, siendo necesario revisar también “la fuente que está a la salida del puente de Alcántara, mano derecha, que se denomina la Nueva”47. Ambas fueron revisadas por el maestro mayor Marichalar, quien halló sus manantiales “sumamente escasos a causa de lo poco que ha llovido hace muchos años, que, como es notorio, hasta los arroyos y fuentes más abundantes se han secado”. En lo referente a la fuente de Cabrahígos, indicó el 15 de diciembre de 1825, “la cañería está corriente, pero uno de los caños se halla atascado con algún palo, en términos que no vierten nada por él, y es preciso dejarlo corriente”. El arquitecto recomendaba “agregar un pequeño manantial que en lo antiguo se incorporaba en la segunda arca, pero hace muchos años que la cañería está atascada y perdido enteramente su curso”; habilitarla sería de gran utilidad, y su coste, 2.600 reales, no muy elevado. Pese a la necesidad de la obra —el director general de Propios y Arbitrios señalaba el 17 de noviembre de 1828 ser la intervención “de toda preferencia por ser casi las únicas [fuentes] de que se surte el pueblo, y que están muy escasas por lo defectuoso de sus cañerías”—, los trabajos no serían autorizados hasta tres años después.

Finalmente, en noviembre de 1828 se permitió que la obra saliese a subasta y que se realizara bajo la dirección de Marichalar. Frente a la postura inicial de 8.000 reales, se postularon Alfonso Crespo, Pablo Correas y José Álvarez, quien finalmente se comprometió a realizar el trabajo por 6.000 reales, quedando contratado el 10 de abril de 1829. A pesar de la rebaja, el maestro de obras cumplió sobradamente, tal como se desprende del informe realizado, el 30 de junio de 1829, por el arquitecto Eugenio Antonio Alemán, “profesor de Arquitectura de la Real Academia de San Fernando, teniente maestro mayor de las obras del Tribunal y Contaduría mayor de rentas decimales de esta ciudad y Arzobispado de Toledo”. La operación incluyó “zulacar las juntas de ambos receptáculos, rallos, restauración de empedrados, revocos, libertad en los desaguaderos, arqueta y cerco”. Diez años después, en 1834, sería necesario realizar unas “composturas en las arcas y zarqueo [sic, por zaqueo] de las cañerías”, con un coste de 1.388 reales, algo de lo cual se encargó el albañil Lorenzo Illana. En las mismas fechas debió de realizar nuevas reparaciones el maestro albañil Alfonso Crespo, bajo la supervisión de Marichalar. Efectivamente, el 28 de septiembre de 1835, el arquitecto certificaba la reparación de los “viajes de las cañerías” y el aumento de caudal de la fuente de Cabrahígos, a la que se había agregado un venero,

“hecho el caño con su correspondiente depósito a la terminación de la arrollada por cima del murallón de la presa, para lo cual se ha gastado el ladrillo que existía en el mismo paseo junto a la casita del encargado del correccional, con acuerdo del señor corregidor y señores comisarios”.

A mediados del siglo XIX, la fuente de Cabrahígos se encontraba ya plenamente integrada en el embrionario barrio de la Estación48. Algunos años después serán realizadas sus primeras fotografías (Figura 4), obra del pionero Casiano Alguacil (1832-1914)49. Pero no por ello finalizará la exploración de los recursos hídricos del entorno. El “ingeniero director de la distribución de aguas” en 1871, José López Vargas, solicitó al Ayuntamiento “hacer algunas exploraciones en las mismas [vías], evitar las filtraciones y atender a la reparación y conservación de los acueductos, que en años anteriores suministraban un caudal abundante de las mejores aguas potables que tiene esta ciudad”50.

Figura 4. La Fuente de Cabrahígos fotografiada por Casiano Alguacil hacia 1885

Figura 4. La Fuente de Cabrahígos fotografiada por Casiano Alguacil hacia 1885

Fuente: Archivo Municipal de Toledo.

Su caudal del agua era en marzo de 1901 de un litro por doce segundos (7.000 litros por día, que —contando “con otros manantiales subyacentes que se irán recogiendo en pocetas sucesivas”— podría alcanzar los 9.000)51. Un reconocimiento dirigido por el arquitecto municipal, Juan García Ramírez (1847-1934), permitió encontrar un acuífero a 1,50 metros de profundidad entre restos de canalizaciones rotas, alcanzándose un caudal medio de 15.000 litros en 24 horas (y hasta 30.000, según estimaciones)52. El coste habitual a comienzos del siglo XX era de 50 céntimos por carga. El periódico La Campana Gorda, en 1899, anunciaba la distribución a domicilio de “agua de Cabrahigo” a 3 pesetas la cuba de 50 cántaros (el agua del río costaba 2 pesetas la misma medida).

Los análisis realizados a comienzos del siglo XX —entre ellos uno de Emilio Echevarría (1905) que fue destacado por el doctor Antonio Piga (1879-1952), figura eminente de la medicina española53— confirmaron la potabilidad de sus aguas. Echevarría les atribuía 18 grados hidrotimétricos, siendo las de Cabrahígos, Bastida y del Cardenal las únicas fuentes en buenas condiciones. La primera de las tres contenía “proporción excesiva de materia orgánica total y nitrógeno albuminoide”, según otro análisis de 190854.

Es de gran interés en estos años, coincidiendo con la construcción de la actual Estación de Ferrocarril55, una protesta por el urbanismo desordenado del barrio que fue publicada en un periódico local, El Eco Toledano:

“La hermosa fuente de Cabrahígos se levantaba en el centro de una plazoleta semicircular con su magnífico asiento y respaldo de ladrillo, habiendo sido todo ello desfigurado recientemente y destruido en parte con la construcción de unas horribles casas no sujetas en sus líneas ni en sus rasantes a ninguna ley ni estudio racional, como si el estudio de estas casas y sus emplazamientos hubiesen sido ideados por algún sastre remendón o zapatero de viejo”56.

Rubricada con el seudónimo de “Casildo Alijares”, esta columna hacía responsables al Ayuntamiento —por su culpa, “el ensanche natural que tiene Toledo será más antihigiénico y antiartístico que la propia urbe”—, a la Dirección de Obras públicas de la provincia y a la Comisión de monumentos, a la que acusaba de haber “mirado con indiferencia la artística fuente del gran don Ventura Rodríguez, que en unión del banco y de la plazoleta, constituía un rincón artístico, un todo armónico, una unidad que no debió consentir sin su protesta, fuese desnaturalizada”. Prueba del interés que entonces despertaba el monumento, por mucho que su auténtica autoría hubiese sido olvidada por completo, era su reproducción —“artística fuente de jabón, copia exactísima de la de Cabrahígos, construida por Ventura Rodríguez”— en un establecimiento de la calle Hombre de Palo (Sobrinos de Marín). El Porvenir entrevistaba en 1918 a Justo Marín y “se quejaba de que nadie se ha ocupado de la fuente, representación de una de las mejores joyas artísticas que tiene Toledo”57. Su autor fue Ángel Pedraza, futuro ceramista.

Consideraciones estéticas aparte, eran habituales los conflictos en el entorno de la fuente, desde peleas entre quienes acudían a llenar los cántaros —el diario La idea criticaba en 1899 “el exceso de celo de algún dependiente del Municipio” por no permitir a los vecinos proveerse de agua hasta después de estar llenas las cubas de los aguadores58— hasta actos vandálicos, como la sustracción de tapas de registro59. En 1910-1911 apenas sobrevivieron unos meses, debido al pastoreo de rebaños de cabras y a la retirada de la alambrada protectora, 400 árboles procedentes de los viveros de El Escorial que habían sido plantados por la Asociación de los Amigos del Árbol en su entorno60.

La vida cotidiana en torno a la fuente fue también blanco de mofas ciudadanas en diversas ocasiones, como el diálogo entre dos asnos de azacanes (aguadores) que ridiculizaban al alcalde Benegas61, o cierto “baile de las sirenas” —dedicado al “rey de la noche y centinela avanzado de la moralidad acuática”, el teniente de alcalde e historiador Teodoro de San Román— que se producía por haber “todas las noches alegría y bullicio, baile y jarana entre los mozos y mozas que acuden a por agua”62. Había, así mismo, chistes acerca de los retrasos que ocasionaba la falta de agua y su excesiva distancia respecto a la población, como el de la “muchacha que va por un cántaro de agua a la fuente Cabrahígo, y cuando regresa, la confunden con su madre las vecinas del barrio”63.

A comienzos del siglo XX se planteó la necesidad de ampliar el depósito, siendo aprobado un vaso de 60 metros cúbicos de cabida en sesión municipal en la primavera de 190264, por rebosar las aguas y correr “abundantemente por las regueras de los árboles del paseo de la Rosa”65. En 1918 existía un proyecto para instalar “una llave de retención” que evitase este desperdicio66. Finalmente, en 1924 se construyó un nuevo depósito exterior, de ciertas dimensiones, en la barriada de la estación. Una fotografía del mismo fue publicada en prensa67 (Figura 5).

Figura 5. Construcción del nuevo depósito para la Fuente de Cabrahígos en 1924

Figura 5. Construcción del nuevo depósito para la Fuente de Cabrahígos en 1924

Fuente: El Castellano Gráfico, 27, 1 de diciembre de 1924.

En el último tercio del siglo XX, recién iniciada la Transición, las fuentes del barrio de Santa Bárbara recibieron especial atención por parte de Ángel Rosa Gómez, conocido, precisamente, como “el concejal de las fuentes”68. Fruto de ese interés fueron las obras de acondicionamiento de la fuente de Cabrahígos que la Real Fundación de Toledo impulsaría en los años noventa69. Restaurada y ligeramente desplazada respecto a su ubicación de 1775 entre los años finales del siglo XX y comienzos del XXI, con motivo de la creación del bulevar del Paseo de la Rosa, la fuente preside en la actualidad una pequeña rotonda de este singular barrio toledano.

Conclusiones

La fuente de Cabrahígos es uno de los principales referentes monumentales del barrio de Santa Bárbara, por mucho que sean muchos los vecinos que reconozcan desconocer el origen del topónimo70. Se trata de la más interesante de las tres pequeñas fontanas del eje comprendido hasta el puente de Alcántara, lo que ha hecho de ella un “símbolo destacado e hito representativo del barrio y su historia”71. Prueba, en palabras de uno de los mejores escritores toledanos contemporáneos, Luis Béjar, de que “Carlos III, el Borbón ilustrado y promotor, también supo ser rey de aldeanas pequeñeces”72. La fuente realizada por José Hernández Sierra —arquitecto escasamente conocido en Toledo, más allá de los estudios sobre el siglo XVIII— ha sido testigo de los desafíos urbanísticos, económicos y sociales que han moldeado su entorno.

Una de las principales aportaciones de este estudio ha sido precisamente profundizar en ese contexto hasta la actualidad, así como recoger detenidamente su ejecución y características formales, las cuales le valieron su atribución al arquitecto Ventura Rodríguez. La fuente de Cabrahígos no solamente ha desempeñado un papel crucial como abastecedora de las mejores aguas de Toledo hasta fechas recientes, sino que también se convirtió, a comienzos del siglo XX, en punto de interacción social y objeto de debate sobre el desarrollo de un barrio que en aquel entonces comenzaba a desarrollarse, según recogió El Eco Toledano en 1914.

La fuente Nueva (1785) y la fuente del Burlador también formaron parte de este proceso, con su diferente ejecución —la primera fue prevista para ser instalada inicialmente en la plaza de Zocodover o en el interior de la puerta de Alcántara, trasladándose finalmente más allá del puente para no contravenir los intereses del duque de Alba— y particularidades formales, en las cuales trabajamos en la actualidad.

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_______________________________

1 Ponz, 1787, 262-263.

2 El Correo de los Ciegos, 10 de noviembre de 1786, 39.

3 García Ruipérez, 1995, 141-164.

4 Covarrubias, 1611, 166r.

5 Gómez de Castro, 2019, 376.

6 Pisa, 1605, 15r. Rojas, 1644, 80.

7 Rojas Rodríguez-Malo, 2018, 53-59.

8 Moraleda y Esteban, 1897, 4-7.

9 Moraleda y Esteban, 1908; 1912. El doctor denominaba a esta fuente “el Mondáriz toledano”, equiparando la calidad de sus aguas con las del manantial gallego, muy apreciado a comienzos del siglo XX.

10 Cerro Malagón, 1995.

11 Porres Martín-Cleto, 2002.

12 López-Covarrubias, 2013.

13 Peces Bernardo, 1994.

14 Mora, 1991-1992, 71-83.

15 Archivo Municipal de Toledo (en adelante, AMT), Agua. Fuentes. Caja 17. 1574-1894. 19 de febrero de 1774.

16 AMT, Agua. Fuentes. Caja 17. 1574-1894. 14 de septiembre de 1774.

17 Es decir, de la distancia de una legua en derredor de la ciudad, demarcación regulada en las antiguas ordenanzas municipales (Martín Gamero, 1858).

18 El zulaque, según Bails (1802, 111), era “lo mismo que betún”, consistente en una “masa compuesta de cal, aceite, estopa y otros ingredientes, que sirve para embetunar y juntar los cañones y arcaduces unos con otros en las cañerías”.

19 AMT, Agua. Fuentes. Caja 17. 1574-1894. 14 de septiembre de 1774. El “real de agua” o “real fontanero” era la medición del caudal que circulaba por una cañería de la misma sección que un real de plata. Aznar de Polanco proporcionaba en su tratado su diámetro exacto, a partir del real de a ocho segoviano.

20 AMT, Actas de sesiones plenarias (en adelante, Sesiones), 4 de marzo de 1774.

21 AMT, Sesiones, 11 de abril de 1774.

22 AMT, Agua. Fuentes. Caja 17. 1574-1894. 19 de febrero de 1774.

23 AMT, Sesiones, 2 de mayo, 13 de mayo y 16 de mayo de 1774.

24 AMT, Sesiones, 16 de mayo de 1774.

25 Mingo Lorente, 2020, 33-34. Entre los tratados de fontanería más conocidos en la España del siglo XVIII son de destacar los de Ardemans (1724) y Aznar de Polanco (1727).

26 AMT, Sesiones, 17 de junio de 1774.

27 AMT, Sesiones, 19 de agosto de 1774.

28 AMT, Sesiones, 15 de junio de 1774.

29 AMT, Sesiones, 29 de julio de 1774.

30 AMT, Agua. Fuentes. Caja 17. 1574-1894. 3 de julio de 1774. AMT, Sesiones, 17 de agosto de 1774.

31 AMT, Sesiones, 19 de agosto de 1774.

32 AMT, Sesiones, 13 de marzo de 1775.

33 Nicolau Castro, 1987. Gómez Fernández-Cabrera, 2013.

34 AMT, Agua. Fuentes. Caja 17. 1574-1894. 30 de marzo de 1775.

35 Su significado equivale a “rayador” o colador, es decir, una superficie agujereada que retuviese los sedimentos, pero dejando pasar el agua (Diccionario de la Lengua castellana, 1780, 775).

36 El zampeado o pilotaje consistía en realizar un “encadenado de tablones ensamblados unos con otros a escuadra, de modo que tiene tanto de lleno como de vacío, y sirve para fundar encima un edificio, cuando el terreno carece de la competente firmeza” (Bails, 1802, 111).

37 La analogía, sin embargo, no serían sus grandes y conocidas fuentes monumentales madrileñas, como las del Paseo del Prado, sino ejemplos mucho más modestos y compactos, como la fuente que preside la Plaza Mayor de Atienza (Guadalajara).

38 AMT, Agua. Fuentes. Caja 17. 1574-1894. 6 de octubre de 1775.

39 AMT, Agua. Fuentes. Caja 17. 1574-1894. 30 de agosto de 1775.

40 AMT, Agua. Fuentes. Caja 17. 1574-1894. 15 de septiembre de 1775.

41 AMT, Agua. Fuentes. Caja 17. 1574-1894. 15 de septiembre de 1775.

42 AMT, Agua. Fuentes. Caja 17. 1574-1894. 28 de febrero de 1776 (apéndice).

43 AMT, Sesiones, 27 de abril de 1776.

44 AMT. Caja 17. 1574-1894. Agua. Fuentes. 22 de julio de 1781.

45 Mingo Lorente, 2023.

46 AMT. Caja 17. 1574-1894. Agua. Fuentes. 28 de febrero de 1791.

47 AMT, Caja 17. 1574-1894. Agua. Fuentes. 7 de noviembre de 1825.

48 Madoz, 1849. Martín Gamero, 1866.

49 AMT, Sig. CA-385; Sig. CA-386 (negativos sobre placa de vidrio). Ambas imágenes, junto con una pequeña selección de fotografías históricas de la fuente, pueden encontrarse en el blog “Toledo Olvidado”. https://toledoolvidado.blogspot.com/2019/07/los-olmos-de-carlos-iii-que-aun.html.

50 AMT, Caja 17. 1574-1894. Agua. Fuentes. 31 de agosto de 1871.

51 La Idea, 9 de marzo de 1901, 3.

52 La Campana Gorda, 11 de abril de 1901, 1.

53 El Heraldo Toledano, 3 de marzo de 1906, 2.

54 El Heraldo Toledano, 14 de marzo de 1908, 1.

55 Cerro Malagón, 1992.

56 El Eco Toledano, 22 de enero de 1914, 1.

57 El Porvenir, 7 de junio de 1918, 3.

58 La Idea, 25 de noviembre de 1899, 3.

59 El Heraldo Toledano, 1 de julio de 1907.

60 El Eco Toledano, 24 de febrero de 1911.

61 La Aurora, 22 de octubre de 1898, 3-4.

62 La Campana Gorda, 30 de julio de 1899, 2.

63 El Heraldo Toledano, 19 de julio de 1909, 4.

64 El Heraldo Toledano, 4 de abril de 1902, 3. La Campana Gorda, 3 de abril de 1902, 3.

65 El Eco Toledano, 18 de marzo de 1911, 2.

66 El Eco Toledano, 16 de febrero de 1918, 3.

67 El Castellano, 1 de diciembre de 1924.

68 Boletín de Información Municipal [de Toledo], 1980, 49.

69 Dorado Badillo, 2007, 199-201.

70 Rodríguez de Castro, 2017.

71 Alconada Romero, 2023, 49.

72 Béjar, 2011, 21.