The corpus of oral narrative in the western Mediterranean basin: comparative study and digital edition (CONOCOM)
M.ª Pilar PANERO GARCÍA
(Universidad de Valladolid)
https://orcid.org/0000-0001-7346-0778
RESUMEN: Este monográfico reúne diversas aproximaciones al estudio de la oralidad y la narrativa tradicional en el Mediterráneo, desde Marruecos hasta Italia y España. A través de perspectivas filológicas, antropológicas y comparatistas, los autores analizan los procesos de transmisión, transformación y resignificación de cuentos, canciones y repertorios populares. El conjunto ofrece una reflexión coral sobre los vínculos culturales entre las dos orillas, la continuidad de las formas orales en la escritura y la vigencia del relato como vehículo de identidad, memoria y creatividad colectiva.
PALABRAS CLAVE: Oralidad, Folklore, Mediterráneo, Tradición narrativa, Transmisión cultural.
ABSTRACT: This special issue explores diverse scholarly approaches to orality and traditional narrative across the Mediterranean, with a particular focus on the cultural interactions between Morocco, Italy, and Spain. Drawing on philological, anthropological, and comparative methodologies, the contributors examine processes of transmission, transformation, and reinterpretation of folktales, songs, and popular repertoires. Collectively, the volume offers an interdisciplinary reflection on the enduring connections between the two shores of the Mediterranean, highlighting the continuity of oral forms within written traditions and the persistent role of storytelling as a medium for identity, memory, and collective creativity.
KEYWORDS: Orality, Folklore, Mediterranean, Narrative tradition, Cultural transmission.
Ya ves, palabra, ya ves,
herida, tú, sin edad…
Manuel del Cabral, «Palabra»
Presentamos en este número monográfico parte de los resultados del Proyecto de I+D del Ministerio de Ciencia e Innovación “El corpus de la narrativa oral en la cuenca occidental del Mediterráneo: estudio comparativo y edición digital (CONOCOM)” (referencia: PID2021-122438NB-I00), financiado por la Agencia Estatal de investigación (AEI) y el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER) y cuyo investigador principal es el profesor David Mañero Lozano.
El objeto de la investigación es el estudio comparativo de la tradición oral narrativa ibérica con tres países de la cuenca occidental mediterránea: Italia, Argelia y Marruecos. Las investigaciones que presentamos ahora sirven para ofrecer un andamiaje teórico al archivo sonoro del Corpus de Literatura Oral (https://corpusdeliteraturaoral.ujaen.es/), que consta de importantes repertorios orales procedentes de dichos países y de otros territorios, especialmente de Hispanoamérica, a los que se llevaron diversas tradiciones que han hecho un hermoso camino de ida y vuelta.
A través de este volumen nos queremos acercar científicamente a la oralidad desde un punto de vista interdisciplinar gracias a la participación de profesores pertenecientes a áreas de conocimiento diferentes: teoría de la literatura y literatura comparada, literatura española, filología italiana, estudios árabes e islámicos, literatura infantil, antropología y etnomusicología. Así mismo, deseamos reivindicar la importancia de la conservación de la tradición oral como parte del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en claro riesgo de desaparición en unos casos; y, también, con enormes posibilidades creativas de adaptación y transformación que, con el paso del tiempo, le permiten sernos útiles en cada momento de la historia. Un ejemplo de esta última afirmación feliz la damos en la panorámica acerca del trabajo de un moderno contador de historias, José Luis Gutiérrez “Guti” o “Don Guti”, que ofrecemos en forma de entrevista como cierre del número.
El conjunto de trabajos reunidos en este monográfico brinda una visión amplia y comparada de la narrativa y la oralidad en el ámbito mediterráneo, con especial atención a las conexiones entre las tradiciones del norte de África y del sur de Europa. Las distintas aportaciones abordan la riqueza del folklore, los procesos de transmisión oral y escrita y la pervivencia de los relatos tradicionales en contextos contemporáneos.
Aziz Almahjour examina la evolución de los estudios sobre el folklore en Marruecos y las particularidades de la narración oral en el Mediterráneo occidental, destacando su papel como espacio de confluencia cultural. En la misma línea, Óscar Abenójar, Desireé López Bernal y Laura Moreno analizan variantes árabes y mediterráneas de tipos cuentísticos específicos, aportando nuevas versiones y comparaciones que permiten rastrear las transformaciones de los relatos a través del tiempo y el espacio. César Sánchez amplía el enfoque al ámbito infantil con su estudio sobre el cancionero oral marroquí y español; mientras que Marina Sanfilippo explora la relación entre adivinanzas y cuentos en las tradiciones italiana y española, subrayando su potencial narrativo y simbólico.
El volumen se consuma con estudios centrados en la tradición italiana: Fabio Mugnaini examina la función social de la narración en la Toscana; Cruz Carrascosa recupera la figura del folklorista Gennaro Finamore; Rosario Perricone analiza la dialéctica entre oralidad y escritura en la Opera dei Pupi siciliana; Ferdinando Mirizzi reflexiona sobre la autoría y la creatividad individual en el ámbito de la tradición popular; y Valentina Potenza se centra en la identidad rural que se resiste a desaparecer a pesar de que el «progreso» se construya destruyendo parte de la memoria colectiva, para lo que compara dos casos paradigmáticos, el lago del Turano en Italia y el embalse del Tranco en España.
A modo de epílogo, la contribución especial y autorizada de Joaquín Díaz sobre «el lenguaje y la comunicación» a través de los pliegos de cordel aporta dimensión comunicativa de esta literatura popularísima, pero sin perder de vista su condición material y, por lo tanto, visual. Él completa un panorama plural sobre la persistencia y la renovación de la oralidad como forma de conocimiento y transmisión cultural. De hecho, los estudios dedicados a la literatura popular han puesto de manifiesto la extraordinaria difusión de los pliegos —aquellos impresos de pequeño formato, doblados y suspendidos de un cordel mediante una caña o una pinza—, que circularon por millones desde la consolidación de la imprenta en la cultura europea como bien ha estudiado este autor. Sin embargo, la práctica de intercambiar oraciones por limosnas es anterior a dicho desarrollo tecnológico y hunde sus raíces en costumbres previas, ejercidas fundamentalmente por ciegos, quienes hallaron en esta actividad una forma de sustento que les permitía evitar la condición de mendicidad o vagancia. Tales ocupaciones, sujetas a una reglamentación que restringía su radio de acción a unas seis leguas alrededor del lugar de residencia, contribuyeron decisivamente a la transmisión oral y material de la cultura.
La utilización de hojas ilustradas como medio para explicar el mundo y difundir saberes posee, por tanto, una genealogía muy antigua, legitimada por la práctica cotidiana y por su evidente funcionalidad pedagógica y social. La lectura e interpretación de las imágenes para reforzar la comprensión de un texto —así como el empleo de recursos vicarios, como los títeres, que amplificaban e imaginaban lo transmitido de viva voz— favorecieron el desarrollo de una industria popular del impreso. Esta industria, articulada en torno a los llamados papeles de cordel, desempeñó un papel esencial en la democratización del conocimiento y en la expansión de la cultura escrita y visual hacia los estratos más amplios y humildes de la sociedad.
Los trece trabajos aquí reunidos ponen de relieve la vigencia epistemológica del análisis de la oralidad como espacio de mediación entre la memoria, la escritura y la identidad cultural, y reafirman el valor del Mediterráneo como territorio dinámico de intercambio imaginario y expresivo.
Con una lectura en conjunto de los mismos podemos pensar en la oralidad, pero no como un sistema de la transmisión de la cultura idealizado que nos evoca lo primitivo, como si con esta estuviésemos vacunados de situaciones de desigualdad o de utopías nada deseables. La oralidad, en cualquier grado, nos recuerda siempre que, más allá del sonido instantáneo, refrenda dos categorías: un pensamiento que, naturalmente, es holístico; y un saber, el de la tradición integrada, que se manifiesta en sentido diacrónico. Nuestra oralidad está vinculada, siempre lo ha estado, a lo visual que obtenemos de los signos de la escritura y de los símbolos como objetos portadores de un pensamiento (Goody, 1977; Ong, 2016). Estos últimos pueden ser infinitos —un pupo, una manzana mágica, un mechón de pelo rubio, etc.— como demuestran las narraciones infinitas.
En este sentido, la oralidad no puede entenderse como un simple residuo arcaico frente a la escritura, sino como una forma viva de organización del conocimiento que coexiste con ella. El acto de hablar, incluso cuando se apoya en la palabra escrita, conserva una dimensión performativa que actualiza la memoria colectiva y reactiva los vínculos comunitarios. La escritura, por su parte, lejos de anular lo oral, lo transforma: fija el flujo de la voz en la permanencia del signo, pero también lo reinterpreta, lo traduce y, en ocasiones, lo descontextualiza. Así, entre lo sonoro y lo visual se establece un continuo intercambio simbólico que redefine las formas de pensar, de recordar y de transmitir la experiencia. En esta línea resulta muy ilustrativa la aportación de Rosario Perricone, pues en la Opera dei Pupi siciliana, tanto en la tradición catanesa como en la palermitana, el etnotexto se vincula a resistencias, adaptaciones, restricciones, etc. y, por supuesto, a todos los objetos que la conforman. En esta línea Joaquín Díaz defiende la efectividad de la imagen y de otros recursos vicarios para reforzar la comprensión del texto o de la narración oral.
Comprender esta relación implica reconocer que todo lenguaje —ya sea pronunciado, escrito o representado— es un modo de inscripción del pensamiento en el mundo, una huella que, al mismo tiempo, conserva y transforma lo que nombra. Las otras tecnologías también modifican nuestra forma de pensar y comunicarnos, pues también compartimos historias a través de la televisión, de las redes sociales, de un blog o de unos papeles ilustrados.
Desde una perspectiva cultural y antropológica, la oralidad se configura como el espacio primordial donde la comunidad articula su memoria y reafirma su identidad. En ella convergen las voces del pasado y del presente, no como mero testimonio, sino como práctica viva de transmisión y reinterpretación del saber. Cada acto oral, por efímero que parezca, reactiva una red de significados compartidos que sostienen la continuidad del grupo como en los trabajos de César Sánchez Ortiz y Valentina Potenza. En ellos la oralidad hace presentes mundos extintos.
La palabra hablada, en este sentido, no solo comunica: crea vínculos, legitima jerarquías, actualiza ritos y preserva valores. Su fuerza reside en el carácter performativo que otorga a la comunidad la capacidad de recrearse constantemente a través del decir. De ahí que las sociedades con una fuerte impronta oral no se conciban como carentes de escritura, sino como depositarias de un conocimiento encarnado en la voz, el gesto y la presencia. Un buen ejemplo de la importancia de esta performatividad narrativa la tenemos en el trabajo de Fabio Mugnaini, que, además, se centra en géneros orales menores como marcadores de la identidad local, pero también del talento de individuos concretos. Sobre la individualidad y su capacidad para generalizar una inventio que se convierta en un bien colectivo reflexiona Ferdinando Mirizzi. Este pone el foco en la autoría en la literatura popular y no, como ha hecho tradicionalmente el folklorismo, en el producto final con fines acumulativos.
Incluso en contextos dominados por la cultura escrita, la oralidad persiste como matriz de sentido. Las narraciones orales, los relatos populares, las canciones y los proverbios constituyen formas de resistencia simbólica frente a la homogeneización cultural, recordándonos que el conocimiento no se conserva únicamente en los textos, sino también en los cuerpos, en las prácticas y en la memoria compartida. Con diversos trabajos comparatistas que aquí se presentan —Aziz Almahjour, Òscar Abenójar Sanjuan, Desireé López Bernal, César Sánchez Ortiz, Laura Moreno Gámez, Marina Sanfilippo y Valentina Potenza— el enfoque etnocéntrico se diluye independientemente de que los modelos narrativos unan o diferencien.
Con respecto a esto último, podemos pensar en la importancia del contexto recordando un pequeño ensayo, que es un texto clásico y archiconocido de la antropología, «Shakespeare en la selva» de Laura Bohannan (1922-2002). Esta cambia su punto de vista etnocéntrico —su lectura de Hamlet era la correcta y la única— e inicia un camino marcado por el relativismo cultural. Serán los tiv, nación étnica de África Occidental que se encuentra principalmente en las regiones de Nigeria y Camerún, los que le marquen, y abran el camino cuando ella les cuenta la historia de la venganza de este príncipe danés según su único punto de vista hasta entonces. Bohannan, a través de la experiencia del trabajo de campo, desafía la dificultad de la comunicación intercultural y se desprende de su prejuicio, pues la traición y la venganza no son entendidos por todos de la misma forma.
Es precisamente durante la narración oral de esta tragedia clásica, continuamente interrumpida por el anciano que consecutivamente le afea a Laura Bohannan su punto de vista, cuando la antropóloga norteamericana percibe que la interpretación de una narración depende del contexto cultural: el rey Hamlet no puede ser un fantasma, sino un presagio; el matrimonio de los cuñados Gertrudis y Claudio es correcto porque el levirato no solo no es condenable, sino que es deseable; la locura es brujería; un joven inexperto no puede vengar a un mayor, pues esta acción corresponde a un mayor responsable y no a un joven inexperto; y el agua no ahoga, lo hace la brujería. Sin embargo, en el desenlace de esta narración el anciano tiv envolviéndose en su toga concluyó con unas palabras reveladoras:
Alguna vez has de contarnos más historias de tu país. Nosotros, que somos ya ancianos, te instruiremos sobre su verdadero significado, de modo que cuando vuelvas a tu tierra tus mayores vean que no has estado sentada en medio de la selva, sino entre gente que sabe cosas y que te ha enseñado sabiduría (Bohannan, 2010: 65).
Cantamos, idealizamos, las bondades de lo oral, pero esto no puede ser más que un desiderátum porque llevamos miles de años fijándolo con todas las tecnologías de la palabra a nuestro alcance (Ong, 2016). Esto es importante porque la palabra hablada la relacionamos con el mito, la leyenda y el cuento (Levi-Strauss, 1992). Sin embargo, como nos muestra el anciano tiv y Laura Bohannan lo relevante son las vivencias, la memoria compartida y, por supuesto, las emociones que cada palabra, escrita o hablada, nos provocan. En las colaboraciones de este número monográfico hay trabajo hecho según la praxis de las distintas disciplinas académicas que manejan sus autores, pero el reto en sus investigaciones está en entender a las personas que con su narración transmiten sus vivencias y sus emociones, es decir, sus valores. Marina San Filippo y Óscar Abenójar San Juan nos ofrecen unos estudios en los que la narración es un vehículo para controlar los miedos o la angustia que provocan situaciones indeseables.
Así entendida, la oralidad no es tanto un vestigio del pasado como una práctica que revela la dimensión afectiva del conocimiento. Cada palabra, al pronunciarse o leerse, convoca una experiencia común, un entramado de resonancias que conecta a los individuos con su comunidad y con su historia. Havelock nos da la clave acerca de la importancia que, todavía, tiene la oralidad:
Sólo en el siglo XX, podríamos decir, se ha cumplido por completo la lógica de la trasferencia de la memoria al documento. La nuestra es, sin duda, una cultura prosaica.
El punto más importante de mi argumentación, sin embargo, es que debemos dejar que nuestra herencia oral siga funcionando. Por limitadas que sean sus formas de expresión y cognición —rítmicas, narrativizadas, orientadas a la acción— constituyen un complemento necesario para nuestra conciencia abstracta (2013: 44).
En las sociedades contemporáneas, la oralidad no ha desaparecido: ha mutado. Las tecnologías digitales han generado nuevos espacios donde la palabra vuelve a adquirir cuerpo y presencia, aunque sea mediada por pantallas. Los podcasts, los relatos audiovisuales, las redes sociales o las narrativas transmedia reproducen, a su manera, la antigua escena del relato compartido. En ellos, la voz recupera su fuerza comunitaria: informa, persuade, emociona y, sobre todo, crea pertenencia. Desireé López Bernal y Cruz Carrascosa nos ilustran acerca del desarrollo diacrónico de tradiciones cuentísticas en diversos momentos como la Edad Media y el siglo XIX, pero que llegan a nuestros días. Ferdinando Mirizzi elige dos casos que demuestran lo versátiles que son algunas narraciones que revitalizan, con las adaptaciones necesarias en momentos concretos de la historia, relatos del pasado.
A veces tenemos datos de modos de vida pretéritas gracias a los datos etnográficos que recogen dialectólogos y folkloristas como el abruzzese Gennaro Finamore, con su repertorio canciones infantiles, canciones de amor, canciones humorísticas, canciones sentimentales, etc. que nos acerca Cruz Carrascosa. Más allá de la tarea de colector romántico, que lógicamente hace una selección, los datos que nos lega Finamore, nos descubren «otras formas de crear o transmitir el saber o la belleza, introducen un valor —o valores— prácticamente inéditos en las maneras de apreciar la cultura» (Díaz G. Viana, 1999: 75).
Esta reaparición de lo oral no implica una simple nostalgia por el pasado, sino una reelaboración de las formas de memoria colectiva. Los discursos que circulan hoy, fragmentarios y globalizados, se inscriben en una continuidad cultural donde el decir sigue siendo un acto de creación y de comunión. La oralidad digital, aunque aparentemente efímera, se sostiene en la misma lógica ancestral: la de narrar para permanecer, de compartir la palabra para dar sentido a la experiencia.
En última instancia, toda oralidad —antigua o moderna, ritual o mediática— nos recuerda que el conocimiento no se transmite solo mediante signos o estructuras, sino a través de la emoción que despierta el encuentro entre las voces. En ese cruce de memorias y afectos se cifra, aún hoy, la vitalidad de las culturas que están los estudios de caso abordados en este monográfico. Como el extraordinario poeta con el que iniciamos esta presentación cuestionamos el destino de la palabra, una «herida sin edad».
BOHANAN, Laura (2010) [1966]: «Shakespeare en la selva», en Lecturas de Antropología Social y Cultural. La Cultura y las Culturas, Honorio M. Velasco (comp.), Madrid, UNED, pp. 53-65.
DÍAZ G. VIANA, Luis (1999): Los guardianes de la tradición. Ensayos sobre la «invención» de la cultura popular, Oiartzun (Gipozcoa), Sendoa.
GOODY, Jack (1977): La domesticación del pensamiento salvaje, Madrid, Akal.
HAVELOCK, Eric (2013) [1991]: «La ecuación oral-escrito: una fórmula para la mentalidad moderna», en Cultura escrita y oralidad, David R. Olson y Nancy Torrance (comps.), Barcelona, Gedisa, pp. 25-46.
LÉVI-STRAUSS, Claude (1992) [1966]: El pensamiento salvaje, México D. F., Fondo de Cultura Económica.
ONG, Walter J., (2016) [1982]: Oralidad y escritura: tecnologías de la palabra, México, Fondo de Cultura Económica.