Díaz-Mas, Paloma (2005): Romancero, Real Academia Española – Espasa (Biblioteca Clásica de la Real Academia Española)

La mayor parte de las personas que hemos leído y estudiado el romancero hemos recurrido en algún momento a la compilación de Paloma Díaz-Mas. Publicada en por la editorial Crítica en 1996 y reeditada en 2001, durante el más del cuarto de siglo de vida, esta compilación ha sido un verdadero referente para generaciones de estudiantes, profesores e investigadores y uno de los mejores puntos de partida posibles para aproximarnos y disfrutar del romancero. ¿Qué decir entonces de esta última reedición, profundamente reformulada, ampliada y actualizada? Es evidente que, si el punto de partida era excelente, la continuación lo perfecciona todavía más. Solo he encontrado un aspecto negativo, bastante grave, eso sí, que me reservo para el final, pero ya adelanto que no tiene nada que ver con el magnífico trabajo de la autora.

Esta reciente publicación proporciona una cuidada selección de ciento veintinueve romances. Como señala Díaz-Mas al exponer los criterios de edición, «pretender editar todo el romancero en un solo volumen es imposible, ya que se conocen miles de romances y de versiones» (p. 628). Cabe recordar que incluso la empresa más ambiciosa que ha existido, la colección del «Romancero Tradicional de las Lenguas Hispánicas», ideada por Ramón Menéndez Pidal hace más de un siglo, la cual pretendía editar el corpus del romancero en su conjunto, no ha pasado, por diferentes motivos, de doce volúmenes que suponen una parte mínima de las decenas de miles de versiones recopiladas. Por ello, cualquier compilación de romances que se proyecte en un único volumen, como la que nos atañe, más que buscar agrupar el mayor número de textos, lo que debe hacer es proporcionar una idea fidedigna del romancero en toda su complejidad. La misma autora expone esta intención, que como enseguida veremos, cumple con creces:

la misión de un libro como este es presentar una compilación de textos representativos, que permitan a los lectores hacerse una idea lo más completa y fiable posible de las características y múltiples matices del romancero, atendiendo a sus fuentes y modos de transmisión, su cronología, su temática, sus características formales y estilísticas, sus usos y funciones en la sociedad —o, más bien, en las sociedades— en las que los romances se transmitieron, y su evolución a lo largo del tiempo. Y que permita, también, apreciar su expresividad, su calidad poética y su belleza. (p. 629)

Los textos seleccionados para la presente edición se clasifican en 10 categorías temáticas: i) romances de tema épico, con subsecciones para los romances de los Infantes de Lara, del Cerco de Zamora y del Cid, de Bernardo del Carpio y de Fernán González, ii) romances históricos, con subsecciones de romances del rey Rodrigo, de la historia de los reinos peninsulares durante los siglos XIII y XIV, de Alfonso V de Aragón, de los Reyes Católicos, iii) romances fronterizos, iv) romances carolingios, v) romances novelescos, con subsecciones sobre romances sobre trasterrados y cautivos, doncellas guerreras, casos de amores, conflictos familiares, vi) romances de tema clásico, vii) romances de tema bíblico, viii) romances religiosos y x) romances sobre libros impresos.

Como cabe esperar de un género como el romancero, los textos incluidos superan en verdad la cifra de ciento veintinueve. Para unos cuantos romances se presentan dos o tres versiones que permiten comparar las diferencias que surgen de su característico modo de transmisión y recreación. Uno de los grandes logros de la antología de Díaz-Mas de Crítica fue haber sido de las primeras que incorporaron textos de la tradición oral moderna del romancero, poniendo en valor su trascendental pervivencia a lo largo de varios siglos, culturas y lenguas. Esta dinámica se mantiene en la edición actual, puesto que se incluye una muestra de textos en español, portugués, catalán y judeo-español que visibiliza las principales tradiciones orales en España, Portugal, América y el Mediterráneo.

Para editar los textos antiguos, se recurre a las fuentes primarias, es decir, a los manuscritos, pliegos sueltos, cancioneros y romanceros de los siglos XV, XVI y XVII que han transmitido el romance. Los textos de la tradición oral moderna se toman, en cambio, de las publicaciones en libros y artículos y de los archivos digitales donde se editan las versiones recopiladas de la tradición oral en encuestas de campo.

Lo más valioso, a mi modo de ver, es que cada uno de los romances, en sus diferentes textos, viene acompañado de una amplísima anotación que proporciona las principales claves para interpretarlo correctamente en su contexto histórico-literario. Cada una de las secciones y subsecciones se abre con una breve introducción general. A su vez, cada romance contiene una nota explicativa inicial que comenta aspectos como su temática, sus vínculos con otros textos o tradiciones como cantares de gesta o baladas internacionales, su éxito en la literatura del Siglo de Oro, los testimonios antiguos conservados y su pervivencia en la tradición oral moderna. Cada texto viene acompañado, también, de numerosas notas que explican los detalles lingüísticos, históricos y literarios de términos, expresiones y versos de especial interés o difícil comprensión. Además, se incluye un apartado separado de notas complementarias donde se proporciona un resumido pero muy completo y actualizado estado de la cuestión sobre el estudio y la edición de cada uno de los romances, algo especialmente útil para todas aquellas personas que deseen seguir profundizando en un texto o una tradición particular.

Acompaña la selección de romances un exhaustivo estudio titulado «El romanceo, una caudalosa corriente poética», donde Díaz-Mas repasa las características esenciales del género con gran profundidad.

En los tres primeros apartados, se discute la polisemia del término romance, la forma métrica —con la debatida cuestión de su octosilabismo, las excepciones hexasilábicas y los estribillos— y el estilo, prestando atención a las fórmulas, motivos, indicios, el fenómeno de la contaminación, la resignificación a nuevos contextos, la narratividad —aún en los casos más líricos como Fontefrida o El prisionero—, las diferentes estructuras propuestas —romances cuento, romances escena, romance diálogo de Ramón Menéndez Pidal frente a romances alfa y omega de Giuseppe Di Stefano y otras interpretaciones— y la noción de apertura.

En los cuatro siguientes apartados se repasa la tipología, explicando los conceptos clásicos de romance viejo, nuevo, vulgar, tradicional y los más específicos de romances juglarescos, trovadorescos, artificiosos y eruditos. Se revisa la espinosa cuestión de la fecha de composición primigenia y la autoría para textos que, cabe recordar, son mayoritariamente orales, anónimos y que se recrean continuamente. También se detallan las diferencias entre versión y variantes, conceptos muy asentados entre la crítica romancística, que, no obstante, a menudo se confunden. Y se explica la relación del romancero con la lírica y la épica románicas, la balada paneuropea, la literatura religiosa, las relaciones de sucesos, las coplas populares, las décimas y el corrido.

En el siguiente apartado se aborda la clasificación temática del romancero, exponiendo las dificultades de esta labor al tratarse de un género que resignifica los textos continuamente, donde un romance originalmente bíblico como Tamar y Amnón o histórico como La muerte del príncipe don Juan pierden a menudo sus referentes bíblicos e históricos y acaban convirtiéndose en romances sobre la estructura familiar. Asimismo, se repasan los intentos de clasificación desde las primeras compilaciones en el XVI hasta las más modernas, analizando con detalle las propuestas por Fernando Wolf y Conrado Hofmann en el XIX y la de María Goyri y Ramón Menéndez Pidal en el XX, que Díaz-Mas toma como punto de partida para la ordenación de los textos. A continuación, recuerda los principales usos y funciones del romancero, desde las adaptaciones musicales renacentistas y las reescrituras mediante contrafactas y glosas, hasta la utilización de romances como propaganda, como elementos paremiológicos, como letras de danzas, como acompañamiento de labores agrícolas o como cantos infantiles, aguinaldos, cantos navideños e incluso cantos luctuosos o de boda.

En el penúltimo apartado, se recorre la historia de los estudios romancísticos desde el XVIII hasta nuestros días. Se repasan las compilaciones románticas alemanas e inglesas y las iniciativas eruditas españolas y extranjeras del siglo XIX. Se presta especial atención a la magna empresa de Ramón Menéndez Pidal y María Goyri, reseñando, entre otras, las fundamentales encuestas entre los sefardíes que emprendió Manuel Manrique de Lara financiadas por la Junta para la Ampliación de Estudios a lo largo de todo el Mediterráneo, además de la labor de otros colaboradores en España. Se da cuenta también de las importantes iniciativas continuadoras, como las amplísimas encuestas sistemáticas llevadas a cabo por el Seminario Menéndez Pidal. Y se describen las principales líneas generales de estudio de la segunda mitad del XX y primer cuarto del XXI, especialmente en cuanto a la catalogación del romancero, la atención a la transmisión escrita, manuscrita e impresa y el empleo de las humanidades digitales para difundir este patrimonio.

Finalmente, se reseña la historia de la transmisión textual del romancero, describiendo los primeros testimonios manuscritos, las compilaciones del XV, los pliegos sueltos y los romanceros del XVI y la influencia del romancero en el teatro y la literatura del Siglo de Oro.

En definitiva, todo lo que hay que saber del romancero para adquirir una visión panorámica está detallado en este estudio de una forma clara y amena.

El balance, por todo lo resumido en estas páginas, es, a mi modo de ver, excelente. Además de la cuidada selección, edición y anotación de los textos y el exhaustivo estudio que le acompaña, este volumen constituye hoy por hoy la edición más completa y actualizada del romancero, como queda patente por la lista de más de más de trescientos ítems que se citan en la bibliografía y a lo largo del trabajo, en la que no solo se tienen en cuenta los estudios canónicos, sino también gran parte de las investigaciones, especialmente prolíficas, que han surgido en los últimos años. El Romancero de Paloma Díaz-Mas publicado por la Real Academia Española es, por todo ello, una herramienta realmente valiosa para iniciarse o profundizar en este género de la poesía tradicional.

El aspecto negativo que me reservaba para el final es el precio. Las publicaciones de la Biblioteca Clásica de la Real Academia Española en los últimos años se han vuelto insultantemente caras bajo el sello de la editorial Espasa. El Romancero de la Real Academia Española cuesta 70€, un precio que es inasumible para muchas personas y que bajo ningún concepto se debe normalizar. Es una pena que una obra magnífica, como otras tantas de la colección, quede relegada a la no siempre fácil consulta en bibliotecas. Cuando cursé el grado en filología, tuve la suerte de poder estudiar el romancero con la antología de Díaz-Mas de Crítica. Es una pena que las nuevas generaciones de estudiantes no puedan hacer lo mismo con la edición de la Real Academia Española. En el panorama actual de las humanidades, necesitamos las mejores ediciones posibles de las obras clásicas de nuestra literatura, como las que hace la Biblioteca Clásica, pero es absurdo que sean inaccesibles. La Real Academia Española se ha caracterizado siempre por una labor ejemplar y rigurosa para preservar y poner en valor nuestra literatura. Cabría recordar, no obstante, que este esfuerzo no sirve de nada si la gente no puede disfrutarla.

Nicolás ASENSIO JIMÉNEZ
(Instituto Universitario Seminario Menéndez Pidal; Universidad Complutense de Madrid)