Redondo, Agustín (2024): Revisitando el “Quijote” de otro modo, Prólogo de José Manuel Lucía Megías, Madrid, Sial Pigmalión [Colección Cervantes, 9], 273 pp.

Es sabido que el hispanismo francés, cuyo primer jalón de alto perfil académico remonta acaso a 1894, el año del nacimiento de la Revue Hispanique de Raymond Foulché-Delbosc, ha mostrado un interés sostenido por los registros más populares, folclóricos, costumbristas, periféricos, simbólicos, imaginativos, mitológicos, antropológicos, sociológicos, de las literaturas y culturas española e hispanoamericana; y que con esa atrevida aleación ha guarnecido muchos puentes que ha tendido entre las orillas de la filología, la historia (incluidas las llamadas historia cultural, historia social, historia de las ideas y de las mentalidades, microhistoria...), la historia del arte, la hoy denominada ciencia de las religiones, etc. Resulta llamativo el contraste con los también vigorosos hispanismos británico e italiano, que se han decantado más (escribo, por supuesto, en términos muy aproximados y flexibles) por la edición filológica, la crítica textual, la historia del manuscrito y el impreso, la historiografía de la literatura…

El caso es que la escuela francesa de hispanistas, en concreto la más asociada a los estudios literarios, ha alcanzado unas cuantas cotas de excepción, si juzgamos, para empezar, por el hecho de que algunas de sus puntas de lanza se han erigido en maestros, precursores y guías indiscutidos de los especialistas españoles e hispánicos. No es poco mérito, siendo como es difícil que los nativos de cualquier lugar asuman de buena gana que vengan extranjeros a dar lecciones relativas a lo propio. El de los Siglos de Oro, es, probablemente, el campo en que bastantes académicos franceses han descollado; pero no el único, puesto que han sentado cátedra también en los estudios de la Edad Media, de finales del siglo XIX y el arranque del XX, y en otros. Pero esas son harinas de costales que no nos incumben ahora a nosotros. El hito más reconocido e indiscutido sigue siendo, probablemente, el de Marcel Bataillon, quien abrió con pulso de cirujano y desveló a los españoles la entraña más honda, reservada y conflictiva de nuestro siglo XVI. Tampoco está en duda que Maxime Chevalier nos descubrió un género en sí mismo (el de los cuentos populares o folclóricos) y una poética (la de la agudeza) que pedía un escrutinio tan dúctil como exigente, en tanto que ponía un pie en la alta cultura letrada y otro en el folclore.

Pues bien, de ese escogido parnaso de sabios franceses de rasero original y abarcador forman parte otros dos que, desde la década de 1970 nada menos, han abierto y siguen desbrozando hoy caminos por aquí poco frecuentados, alguno podría decirse que casi ignoto. Si los convoco en el mismo párrafo es porque además han sido compañeros durante años en grupos de investigación y en publicaciones de referencia. Me refiero a Augustin Redondo, el gran impulsor de los estudios de folclore y cultura popular aplicados muy en particular, pero no solo, al Quijote; y a François Delpech, el gran desvelador de las raíces mitológicas y de las corrientes folclóricas profundas de nuestra literatura y nuestro imaginario, al hilo de sus afluentes paneuropeos e indoeuropeos (e incluso del oriente más lejano) por un lado, y de los semíticos por el otro; crisoles, esos, en que nuestra tradición cobra colores y contornos que han pasado mayormente desapercibidos para los de aquí.

Hay, por supuesto, más hispanistas franceses que han hecho aportaciones sustantivas a los estudios de nuestros Siglos de Oro y de otras épocas, descubriendo tierras y enfoques novedosos para nosotros, y pinchando con tozudez en la vena de lo popular y periférico: Cros, Canavaggio, Botrel... A ellos y a algunos más (discúlpense mis olvidos) les corresponden igualmente los méritos de, en la práctica, ser descubridores, delimitadores de enfoques, forjadores de útiles de análisis y de metapoéticas propias; y, con ello, de haber guiado a los españoles por el laberinto de lo español.

El profesor Augustin Redondo había publicado ya, antes de este recién llegado Revisitando el Quijote de otro modo (2024), dos títulos hermanos: Otra manera de leer el “Quijote”. Historia, tradiciones culturales y literatura (1998) y En busca del Quijote desde otra orilla (2011). Viene a completar ahora una trilogía que desde el título se anuncia trabada y coherente, y que sería de desear que llegase a tetralogía, a pentalogía y a más. Nos quedaríamos cortos si afirmásemos, ateniéndonos solo al arco cronológico declarado por los pies de imprenta (1997-2024), que estamos ante algo más de un cuarto de siglo de investigación. No solo porque su cimiento es el de la compilación de artículos, por lo regular ampliados, que habían ido apareciendo en publicaciones periódicas anteriores o muy anteriores. También, y sobre todo, porque lo que encontramos aquí es, en realidad, el fruto de toda una larga y fecunda vida (que comenzó en 1934, si damos crédito a las enciclopedias) de pensar y escribir desde una sensibilidad y una pasión que se combina pero va más allá de la mera erudición.

Pecaríamos también de avaros si no reconociésemos que la materia que ha encontrado acomodo en este libro y en los otros dos de su serie quijotesca hubiera podido cuajar sin muchos, intensos y fecundos merodeos del autor por territorios aledaños, como los explorados en su juvenil Antonio de Guevara (1480?-1545) et l’Espagne de son temps (1976), y en su obra de gran madurez Revisitando las culturas del Siglo de Oro (2007): un volumen caleidoscópico, innovador y penetrante, que iluminaba no pocas penumbras de las literaturas y culturas auriseculares no específicamente cervantinas. Redondo fue el coordinador además de un volumen titulado Releyendo el “Quijote” cuatrocientos años después (2005), que reúne ensayos de una nómina muy escogida de cervantistas y corona su generosa labor de promoción y edición de publicaciones colectivas, actas de seminarios y congresos, etc.

Asombran los lemas de los otros treinta y cinco grandes volúmenes que bajo su batuta salieron a la luz entre 1978 y 2004, casi siempre en el sello editorial de La Sorbona parisina, la universidad en la que fundó el laborioso CRES (Centro de Investigación sobre la España de los siglos XVI y XVII) y en que su magisterio como catedrático es recordado como una edad de oro, en lo que a los estudios hispánicos se refiere. Incluso si se ven reducidos, como se verán en las líneas que siguen, a contraseñas telegráficas: las mentalidades, el humanismo, el mundo al revés, la locura, la exclusión, los discursos de los grupos dominantes, los amores legítimos e ilegítimos, los discursos de los grupos dominados, los parentescos reales y ficticios, los parentescos ficticios, las mediaciones culturales, el cuerpo, la monarquía, los otros, las metáforas corporales, las imágenes del otro, las representaciones del otro, el miedo a la muerte, el individuo, la mujer, las relaciones entre hombre y mujer, las relaciones entre identidades culturales, la formación de los niños, las relaciones de sucesos, las figuras de los niños, los problemas interculturales, la escritura, las relaciones entre representación, escritura y poder, el saco de Roma, el poder, la profecía, lo paradójico de la relación entre literatura y poder, el Renacimiento “nunc et cras”, y la obra de Marcel Bataillon.

Costará encontrar una enciclopedia de nuestra cultura áurea, de sus manifestaciones literarias pero también de sus claves históricas, sociológicas y antropológicas, tan vasta, renovadora y sujeta a un hilo vertebrador tan coherente como esta. Construida en Francia y por empeño personal de un maestro francés, Redondo, que tuvo la visión de rodearse de un gran equipo de especialistas (sobre todo franceses y españoles, pero no solo), muchos de los cuales fueron alumnos y discípulos suyos, o bien colegas con los que mantuvo duraderos lazos de colaboración. Y centrada en la reinterpretación, desde los márgenes, los descartes, las disidencias, los fantasmas, del canon letrado convencional de la España áurea.

Por cierto, que sobre la mayor parte de ese generoso acervo de títulos esenciales, que debieran de ser leídos e interpretados en conjunto, pesa hoy la losa de la difícil accesibilidad, que es sentencia casi de olvido: se echa en falta su cita, desde luego, en mucha erudición actual que no debiera permitirse ese descuido, al que podría poner remedio su edición electrónica en la red.

Con todo ese bagaje gigantesco y esas incursiones previas por la periferia llegó Redondo a su trilogía sobre la pieza central del canon: el Quijote. Pero añadiendo, para que no quedase ningún recurso sustantivo fuera de la cocina, un ingrediente más, el de los estudios de folclore, que da otros enjundia y paladar al guiso. El folclore es, en su esencia, forma de vivir, de pensar, de relacionarse, y no solo de cantar y de contar, y está sujeto a códigos muy sutiles y reservados, sobre todo para los urbanitas y para quienes no han pasado por los protocolos de la etnografía de campo. El que maneja Augustin Redondo es un folclore de escritorio y biblioteca, más que de grabadora y mochila. Pero, haciendo de la necesidad virtud, él entiende y gestiona lo folclórico con pulso e intuición, y trabaja sobre una bibliografía de etnografía y cultura popular amplia, dúctil, abierta, que pivota no solo sobre el cuento, el romancero, las paremias y la onomástica a los que ya han sacado provecho otros quijotólogos, sino también sobre repertorios o esferas menos transitados, pero que él aprecia mucho, como los de la religiosidad y la medicina popular, las fiestas de pueblo (más que las de ciudad que exaltan las convencionales relaciones de fiestas), las leyendas, las creencias (acerca del tiempo, de los animales…), los oficios…

A las pesquisas del folclore cuya huella puede ser identificada en el Quijote, suma Redondo en este libro una densa y crucial disquisición metafolclórica, narratológica, relativa a “Sancho Panza, de ayudante de don Quijote a sustituto suyo” y desarrollada en tres partes (“Sancho, ayudante del héroe”, “Sancho, equiparado con el héroe” y “Sancho, sustituto del héroe”), que va mucho más allá de la rutinaria aplicación de las abstracciones de Thompson, Propp y Bremond. Fluye, en efecto, muy al ras del texto cervantino, agudamente seleccionado y troceado en cada pliegue de su argumentación.

En conclusión, que no faltan en este libro, que nació ya dentro del paradigma del interés de la escuela francesa por lo popular, la pesquisa del folclore como praxis y del folclore como teoría: no será fácil que alguien ponga pegas a la pluralidad de frentes y asedios que se dan cita en él.

Ese capítulo relativo a la posición o las posiciones que va ocupando Sancho en el dispositivo heroico de su novela lo finaliza Redondo llamando a primer plano a don Álvaro de Tarfe mientras está “abrazando a don Quijote y a Sancho” (II, 72), y al propio hidalgo titulando a su escudero “Sancho bueno, Sancho discreto, Sancho cristiano y Sancho sincero”, II, 11. Esta selección de citas me parece particularmente ilustradora de la perspectiva y sobre todo de la sensibilidad con que Redondo se acerca a la novela cervantina: afectiva, cordial, luminosa. Aun reconociendo que “se desarrolla todo con un enfoque burlesco” (p. 188, frase con la que cierra ese capítulo), lo cual está en sintonía con la consideración dominante hoy del Quijote como obra que busca hacer reír, su interpretación trasciende lo convencionalmente cómico y cristaliza en un humanismo cálido y en una confianza sincera en los seres humanos. Ni siquiera el epígrafe último y más extenso, denso y complejo del libro, el de “Las manifestaciones singulares de la presencia del puerco”, que se ve obligado a pisar, más que ningún otro, en el fango del conflicto racial, religioso, social, y a comunicar una visión no muy alentadora de la época de Cervantes, resta afabilidad a la hermenéutica de Redondo. Hasta para los pesimistas que, como yo, creemos ver en el trasfondo del Quijote más conflicto, zozobra y desmoralización que comicidad, los argumentos del maestro francés, y su modo de comunicarlos, son lección reveladora.

La estructura de Revisitando el “Quijote” de otro modo se despliega en cuatro grandes secciones: la primera, “Escudriñando el texto con otro enfoque”, acoge cinco capítulos: sobre las portadas de las primeras ediciones; sobre los tópicos de la mujer que cae de una torre, de la princesa mona, del derribo de don Quijote y Sancho por manadas de toros y de cerdos; y sobre los desenlaces de 1605 y 1615. La segunda sección, anunciada como pesquisa de los “Héroes cervantinos escrutados con otra óptica”, analiza las cuestiones de “don Quijote arbitrista” y arbitrario; “entre accidentes dentales y la oración a Santa Apolonia”, “entre engaño y desengaño”, “y el libro”; y culmina con el ya mencionado ensayo acerca de “Sancho Panza, de ayudante de don Quijote a sustituto suyo”. La tercera sección, “De zoomorfia. Animales ambivalentes examinados con otro encuadre”, se fija en el universo de los gatos y, ya lo dije, en el de los cerdos. La cuarta parte es de conclusiones. Cada capítulo acoge e interpreta, desde una interdisciplinariedad y un comparatismo medidos y contrastados, una plétora de motivos literarios y folclóricos. El cierre lo pone un capítulo bibliográfico de una treintena de páginas.

No hay reseña que pueda dar cuenta de todo lo que este libro aborda y desvela, ni de lo que identifica como objetivo prometedor en un horizonte abierto que tocará explorar a otros investigadores. Porque si no existe pesquisa literaria que pueda jactarse de perfecta ni definitiva, la provisionalidad es fatalidad más ineludible aún en los estudios de folclore. Añadiré algunas palabras sobre un solo caso: un capítulo de los más breves pero también de los más enjundiosos de este libro es el de “El tema de La mujer caída de una torre abajo”, que asigna paralelos cercanos y lejanos a la declaración de la hija de los venteros de que suele soñar que cae de una torre abajo para despertarse dolorida (I, 16), y a la escena del Persiles en que desciende de una torre una dama que no se estrella contra el suelo porque sus vestidos le sirven “de campana y de alas”. Entre los correlatos que propone el certero inventario de Redondo está la abundante narrativa e iconografía de personas caídas de torres, tejados y alturas que, por milagro usualmente de la Virgen, llegan ilesas al suelo. Pero no se conforma el profesor francés con descubrirnos ese dosier y otros, puesto que penetra además en las razones por las que Cervantes opta, siguiendo pautas parecidas a las que le mueven en otros episodios de su obra, por desacralizar el tópico heredado e intentar acercarlo a una explicación más racional o por lo menos más aparentemente racional, que parece vislumbre adelantado de los descensos en paracaídas o en alas de parapente de siglos después.

Pues bien, la nómina de avatares que nos ofrece Redondo, siendo nutrida y esclarecedora, no está cerrada. Don José Fradejas Lebrero llamó la atención sobre otros en su asombrosa disertación sobre “El hombre que voló”, en Más de mil y un cuentos del Siglo de Oro (Madrid: Iberoamericana-Vervuert, 2008) pp. 43-64. Desde allí nos recuerda, por ejemplo, palabras como las de Fuentelapeña: “No pocas veces cayendo mujeres de parte alta, resistiendo el aire en el hueco de las faldas, bajaron hasta el suelo tan poco a poco, que no recibieron lesión alguna”. Rafael Beltrán siguió ampliando diestramente el muestrario, en “Caía de una torre abajo: precedentes literarios y gráficos para el sueño de la hija de Palomeque (Quijote, I, 16)”, Hipogrifo 11 (2023) pp. 659-675. Y yo mismo me he ocupado del tema, en Pedrosa, “El albañil herido, entre Alfonso X y Goya: estrategias para levitar en el vacío de la (pre)modernidad”, “Tenh’eu que mi fez el i mui gran ben”. Estudios sobre cultura escrita medieval dedicados a Harvey L. Sharrer, ed. Ricardo Pichel (Madrid: Sílex, 2023) pp. 417-466.

No es empeño fácil localizar paralelos que se libren del escrutinio nada menos que de Redondo, Fradejas y Beltrán, pero no me resisto a convocar aquí el Libro de las veynte cartas e quistiones (ca. 1449) de Fernando de la Torre (ed. de Mª Jesús Díez Garretas, Valladolid, Universidad de Valladolid, 1983, p. 177), que se acordaba de una dama que “por vnas altas feniestras se dexó despeñar, pensando que su fin luego sería; mas las sus faldas vida le dieron, que antes que llegase al suelo cogiero[n] tanto ayre que le fezieron dar pequeña cayda, non peligrosa, mas inmortal”. Es argumento que sigue vivo, por cierto, en el registro folclórico actual. En estos meses últimos (escribo esta reseña en el mes de marzo) he escuchado varias versiones de un chascarrillo de este jaez que ha corrido por Cádiz y El Puerto de Santa María, al hilo de los tremendos vientos y lluvias que han azotado la zona: “—Oye, ¿tú te has enterao de que ha aparecido una señora ahí, en la playa de la Puntilla, haciendo parapente? —Pues no, no me había enterao. —Pues sí que la han encontrao, y han ido a preguntarle. ¿Y sabes lo que ha dicho? Pues que ella no sabía cómo había llegao allí, que ella lo único que había hecho había sido subir a la azotea a tender el edredón, allá en Chiclana”. Moraleja: que el viento que impulsa al folclore es siempre más poderoso que el que mueve a nuestra modesta erudición. Los sabios ensayos de Redondo, Fradejas y Beltrán (y esta modesta reseña mía) parten de esa fatalidad.

Muchas más reflexiones de esta especie estimulará este libro, que dejará larga huella. Revisitando el “Quijote” de otro modo lleva un fino prólogo de José Manuel Lucía Megías que llama la atención sobre la poética del mirar, el escrutar, el examinar, que en Redondo es no solo razón intelectual, sino también razón vital. La edición de Sial Pigmalión, que publica este libro como novena entrega de la prestigiosa Colección Cervantes, es luminosa y elegante, igual que lo es el contenido.

José Manuel PEDROSA