Bustamante Costa, Joaquín (2020): Fitonimia árabe ḥassāniyya. Los nombres de las plantas en el árabe del Sáhara Occidental y Mauritania, Cádiz, Editorial UCA y UCOPress (Libros de las Islas 5), 440 pp.

Los lectores del Boletín de Literatura Oral tienen entre sus manos una obra con abundantes fitónimos autóctonos que podrá encontrar en muchos de los géneros de la literatura oral del área geográfica propia del ḥassāniyya. Este trabajo es el fruto del rastreo concienzudo en trabajos publicados desde el siglo XIX hasta el último más reciente de 2019, el Diccionario Ḥassāniyya-Español de Ould Mohammed Baba. Estos nombres de plantas pertenecen a la variante lingüística beduina conocida como ḥassāniyya, cuya área natural es el territorio que se extiende desde el sur del valle del Draa en Marruecos hasta Mauritania, encuadrando también parte del Sáhara argelino, el noroeste de Malí y el norte de Senegal. El léxico fitonímico de esta variante tiene un fondo árabe oriental importante. Los Banu Hassān, pertenecientes a una confederación de tribus conocida como Banu Maʕqil, vinieron en una segunda etapa de arabización a partir del siglo XI, estableciéndose en el Sáhara, las estepas y la costa atlántica. A la aportación propia hay que añadir el adstrato de lenguas autóctonas como el tašelḥīt (norte), el zenāga (sur) y el tamāšeq (este) —las tres, variedades del amazige—, pero también de lenguas bantúes, wolof y fulani, del grupo mandé, bámbara y soninké, y el superestrato procedente de las lenguas coloniales, francés y español, e incluso el árabe clásico. A ello habría que añadir como adstrato el árabe marroquí e, incluso, el árabe argelino. Toda esta riqueza léxica —original, adstrática y superestrática— ha dado lugar a innovaciones y adaptaciones léxicas a lo largo de los siglos.

La originalidad de esta obra es la de haber aunado los nombres puestos a las plantas por los hablantes de esta variante árabe con las identificaciones taxonómicas dadas por los botánicos que incluyen el género y la especie de cada una de ellas. En relación con esto, el autor dice lo siguiente: «los lexicógrafos no tienen en cuenta la necesidad de la nomenclatura inequívoca, pero los botánicos no tienen la menor solvencia —ni interés— en la transcripción de los términos árabes» (p. 19). El autor explica en su obra que no ha podido llevar a cabo un trabajo de campo, pero sí resulta de gran ayuda al lexicógrafo y al botánico el haber podido poner orden en tanto trabajo hecho; de esta forma, la identificación es más clara y se puede constatar con precisión de qué planta se trata y establecer comparaciones entre zonas geográficas, dando cuenta de lo que es autóctono y de lo que es importado. Es un trabajo que no ha sido hecho hasta ahora y, por ello, Bustamente se propone «ir publicando sucesivos estudios fragmentarios referidos a zonas delimitadas», como ya lo ha hecho para al-Andalus y para Marruecos (p. 22).

Grosso modo, el libro está dividido en dos partes. Una primera compuesta por un estudio del léxico fitonímico que se extiende hasta la p. 124; y una segunda dividida en dos subapartados: el listado alfabético de los fitónimos del ḥassāniyya con su identificación botánica y el repertorio léxico de los taxones botánicos que cuentan con fitónimo vernáculo en ḥassāniyya, hasta la p. 425. El libro acaba con una bibliografía exhaustiva que va hasta la p. 440 y en la que se incluye bibliografía en red.

Aunque al lexicógrafo y al botánico le interesen consultar en un primer momento la segunda parte, que es la que ofrece todos los fitóminos ordenados, nos detendremos en la primera parte, por ser un preámbulo indispensable para comprender la valía de este trabajo. Y así, destacamos el estudio detallado del léxico patrimonial, adstrático y colonial. En este último apartado, nos ha resultado interesante mencionar un ejemplo de falsa interferencia. A menudo se ha tomado como cátedra lo dicho por Corominas y en el caso de la voz «banana», este argumenta que es de origen incierto y que es probable que sea de una lengua del Oeste de África. El origen, según Bustamante es —efectivamente— esta región africana, y en concreto el área en la que está presente el ḥassāniyya. Procede de banān «dedo» —con un nombre de unidad banāna— se trata de una denominación metafórica, por semejanza entre la piña de plátanos y los dedos de la mano, algo así como cuando decimos en español «dientes de ajo». Si en árabe clásico se dice iṣbaʕ mawz «un plátano» —literalmente «un dedo de plátano»—, de la misma forma en ḥassāniyya se emplearía con el mismo sentido sustituyendo iṣbaʕ por banān y eliminando después mawz y formando un nombre de unidad, banān-a. La RAE, en su diccionario, dice que banana es «voz del Congo», pero la banana ya era conocida en al-Ándalus y de aquí pudo pasar a Marruecos y al Sur de este país, o pudo llegar de Oriente a través del norte de África (pp. 32-35).

Siguiendo con esta primera parte, resulta muy interesante también el estudio presentado sobre cómo se crea un fitónimo. Uno de los mecanismos es hacer referencia a alguna cualidad o característica de la planta, por ejemplo, kammūn ṣūfa «comino lanudo» (Ammodaucus leucotrichus «cabellos blancos», p. 42), porque tienen muchos pelos, parecidos a la lana. Otros utilizan recursos de la lengua árabe, por ejemplo, umm ež-žlūd «la de los cueros», que ha derivado en mužžlūd (Pergularia daemia, p. 53), empleada como depilatorio en curtiduría; o bu xlāl «la del alfiler», espino cambrón del Senegal (Gymnosporia senegalensis, p. 57).

No menos interesante en esta primera sección es el estudio dialectológico (pp. 62-75) que coincide con rasgos beduinos de otras variantes beduinas del Mundo árabe en general, destacando la sonorización característica del hassāniyya f > v. Y la estructura semántica, en donde hay referencias a colores, por ejemplo, aḥmar aṛ-ṛāṣ «cabeza roja» (asteráceas como la Calendula maroccana, p. 76), felfel el-aswad «pimienta negra» (Piper nigrum, p. 79); a partes de animales, por ejemplo, azz lǝ-ḥmīr «mijo de burros», por el carácter silvestre del mijo (fonio del Sáhara, Poácea panicum laetum, p. 82), bezzūl ǝl-bǝgra «pezón de vaca», tipo de dátil (Phoenix dactylifera, p. 86); o a grupos humanos, por ejemplo, āknārī n-nṣāra «higos (chumbos) de cristianos», variedad espinosa (Opuntia ficus-indica, p. 109), tamr hindi «dátil indio», legumbre del tamarindo (Tamarindus indica, p. 111). Esta referencia a colores, partes de animales y grupos humanos es un recurso común a otras lenguas y regiones empleado en las denominaciones.

El estudio continúa con una serie de apartados curiosos como la designación de plantas por pares opuestos, una buena o verdadera y otra mala o falsa, por ejemplo, nxal ǝl-ḥǝrr «palmera noble» (Phoenix dactylifera, p. 116), la palmera datilera, frente a otras palmeras llamadas simplemente nxal; y otras cuestiones como la homonimia, metonimia, antonomasia y etimología popular. Y acaba con un apartado curioso sobre cognados canarios de los fitóminos del ḥassāniyya, por ejemplo, tāyinast (Trichodesma calcaratum, p. 122), en canario taginaste que procede del amazige, el primero lo ha tomado del tamašeq o el zenaga y el segundo del guanche.

Concluyendo, se puede decir que esta obra contribuye a poner orden en la fitonimia del ḥassāniyya, dispersa en distintas fuentes, ya que ha sabido presentar tanto la taxonomía creada por los botánicos como los nombres dados por los propios hablantes a lo largo de los siglos. Es, por tanto, una fuente para lexicógrafos y botánicos, al mismo tiempo que un trabajo exhaustivo con presentaciones etimológicas que deberían guiar a nuestra Academia de la Lengua. Y, como no, un tesoro para aquellos que quieran comparar la fitonimia de esta región con otras, y una valiosa guía de consulta para los estudiosos de la literatura oral del ḥassāniyya.

Francisco Moscoso García
Universidad Autónoma de Madrid