Desde la premisa de que el libro es, más que una extensión de la memoria y de la imaginación, una prótesis del cuerpo, Joaquín Díaz escribe su último libro. Se trata de un relato personal en el que explica, con la sencillez que lo caracteriza, la importancia que algunos textos han tenido en su vida a sabiendas de que el azar ha hecho que se topara con estos glifos pudiendo ser otros. A lo largo del volumen hay, además, un reconocimiento generoso a otros investigadores y escritores, algunos también amigos, que han reflexionado sobre los libros en los que centra su atención. Estos enriquecen aquello que, individualmente, ya le han aportado las lecturas. Ismael Fernández de la Cuesta, Luis Resines, Maximiano Trapero, Margit Frenk, Johan Huizinga, Karl Ludwig Selig, Italo Calvino, Gustavo Martín Garzo, Salvador García Castañeda, etc. serán compañeros y guías de los textos. Tampoco se olvida de sus maestros como Narciso Alonso Cortés o Julio Caro Baroja; ni de sus compañeros de trabajo como José Delfín Val o su hermano Luis.
Los libros sobre los que reflexiona se encuentran en su biblioteca y afirma de ellos que son una prolongación de su ser. Su encuentro con ellos se debe a razones diversas que va desgranando: son una herencia; los estudió; le provocaron placer; los compró, aun empeñándose; fueron un obsequio o donación; los dejó sin terminar su lectura; los prestó; simplemente, sabe que no lo leerá; los presentó, como uno de Tomás García Yebra, o no los pudo presentar por causa sobrevenida, como el de Philipine González Camino.
El primero en el que centra su atención es en una obra piadosa heredada de su madre. Se trata de Via-Crucis editado en 1943 por Eugenio Beitia. Este lo publica incorporando fragmentos del conocido poema épico compuesto en octavas reales del sevillano fray Diego de Hojeda, La Cristiada (1611), que versa sobre la pasión de Jesucristo basándose en los evangelios. Esta obra le ha provocado la curiosidad para indagar en las de otros misioneros y predicadores devotos e impulsores de unas tradiciones, todavía hoy muy arraigadas, como son el vía crucis, la devoción a la cruz y el canto del Miserere. El último traducido del salmo 50, «Ten mi Dios, mi bien, mi amor, misericordia de mí», popularizado se canta y ha sido investigado por el autor.
La selección de fábulas castellanas hecha por Alonso Cortés es un libro de 1923 que estaba en su casa y que leyó muchas veces, hasta el punto de saberse muchas de memoria, es para él un libro importante. Estas fábulas son un valioso documento de la tradición oral en Castilla de los primeros años del s. XX. Con el paso del tiempo el autor ha vuelto muchas veces al legado de don Narciso, y con mucho empeño cuando recorrió Valladolid para para ofrecer los cinco tomos del Catálogo folklórico de la provincia y cuando grabó los Cantares populares de Castilla basados en una publicación de 1914 del maestro.
Un libro que el autor estima porque lo ha estudiado a fondo es De música libri septem del famoso compositor burgalés Francisco de Salinas. La obra recoge, especialmente en el libro VI, rusticas canciones. Las canciones y romances fueron populares —conocidos o popularizados— en la época del compositor y en otras anteriores a los que este les concede gran valor, más incluso que a los modernos. Para Joaquín Díaz el maestro Salinas no fue un folklorista accidental, frente a lo que piensan muchos que lo encasillan directamente en la producción musical culta. Este capítulo reflexiona sobre la obra de Salinas en un contexto histórico concreto, el de la intolerancia religiosa, y con unas circunstancias vitales no siempre favorables, pero adscritas siempre a la virtud de la prudencia.
El cuarto libro, El rey de la montaña de oro y otros cuentos de los hermanos Grimm, más allá de posicionarse en contra del tópico romántico del pueblo creador, le da pie al autor para explicar el contexto en el que el neologismo folklore se hace necesario. En el aglomerado de la tradición también está la mano de los grandes recolectores, los hermanos Grimm o Bécquer son ejemplos conocidos, que toman los materiales del pueblo —entendido como colectividad anónima— seleccionando y modificando, es decir, dejando su impronta personal. Este discurso tramposo también ocurre en las transmisiones familiares y, actualmente, en Internet. El inventor de la palabra folklore, el anticuario y editor William Thoms, acuñó en 1846 este término para designar los restos del pasado, antigüedades populares y literatura popular. Él consideró que eran necesarias unas armas para reconstruir parte de la cultura que «pese a la antigüedad mayor o menos de su origen, seguía teniendo actualidad por construir la parte más genuina y representativa del individuo: su verdad y su mentira» (p. 75). Este capítulo orienta al lector sobre la importancia del cuento folklórico y la confusión de géneros al considerarlos los eruditos decimonónicos una degeneración de los mitos o unos mitos menores:
Para el erudito del siglo XIX no importaba lo que el mito narrara, sino la mentalidad que este tipo de narración reflejaba y lo que significaba para la historia del desarrollo humano. Poco importaba entonces si el relato era un mito, una leyenda o un cuento, pues, desde su punto de vista, eran narraciones que reflejaban un intento equivocado de explicar o describir la realidad, producto de una mentalidad precientífica que aún no había llegado al grado de desarrollo necesario para la elaboración de un pensamiento verdaderamente científico (pp. 69-70).
El error que todavía arrastramos se halla en la terquedad de excluir al individuo transmisor que, en su uso del cajón común en el que depositamos la Cultura, tiene una voz-biografía, una personalidad propia y está en un contexto histórico concreto. Joaquín Díaz nos remite a una obra para él «esencial». Se trata de Las falsificaciones de la historia de don Julio Caro Baroja, pues los límites entre la leyenda y la historia son vagos y cuando se ejecuta una falsificación con maestría es imposible controlar las versiones de los hechos —y aun peor de sus interpretaciones— alimentadas por la tradición oral. El capítulo contiene algunas ideas acerca de cómo el nacionalismo ha hecho uso del folklore.
Juegos de Noche Buena (1611) de Alonso de Ledesma es un libro, como su título indica, escrito en clave lúdica. Para Joaquín Díaz el juego en la tradición, a diferencia de algunos juegos actuales ejecutados con máquinas, es una herramienta que el hombre tiene para salir de la individualidad y mostrar su naturaleza gregaria y social. El libro protagonista de este capítulo responde a esas necesidades primitivas del hombre, aprender mediante la imitación y la proyección hacia el otro. En él se reivindica la figura de Ledesma, denostado en el s. XIX, no solo como un excelente versificador, sino como la de un eficaz comunicador según el tópico horaciano prodesse et delectare. En Ledesma lo útil se traduce como un consejo de un autor religioso y conceptista que sabía del poder de la lírica popular. Algunos de sus juegos ya circulaban impresos, mientras que otros los fijó él en el corpus tradicional.
Los libros de Bertoldo y las aleluyas, junto con los cuentos de Calleja, forman parte del entretenimiento durante las convalecencias infantiles del autor. Esta experiencia temprana se convierte para el estudioso de la tradición oral y coleccionista en un universo con muchas posibilidades a las que, además del interés, han contribuido circunstancias propiciadas por la casualidad. El impresor Ataulfo Rodríguez del Llano, tras ver a Joaquín Díaz en La clave, emblemático programa de televisión magníficamente conducido por José Luis Balbín, le donó todos los «papeles» que tenía en su imprenta antes de cerrar por jubilación. Entre los mismos había una gran cantidad de aleluyas, «papeles» modestos de gran éxito porque recogen los arquetipos humanos. Estas aleluyas han sido objeto del trabajo de otros investigadores en los últimos años.
El señor de los anillos (1954), novela de fantasía mítica heroica, de John Ronald Reuel Tolkien, un lingüista profesor de Oxford, autor de otras novelas como El hobbit (1937) o El Silmarillion (1977, póstuma), sirve a Joaquín Díaz para reivindicar la necesidad del mito. Las sociedades los adaptan y los recobran según las necesidades, pudiendo hablar de un verdadero reciclaje de mitos. El capítulo hace un recorrido por los de la obra de Tolkien en comparación con otros utilizados por autores clásicos.
El noveno capítulo gira en torno a la obra completa del vallisoletano José Zorrilla y Moral (1817-1893), precoz poeta lírico y narrativo, caracterizado por la facilidad versificadora en cualquier registro, vate hábil, histriónico y decidido como su personaje más conocido, Don Juan, que lo ha sobrevivido y superado en vida. Zorrilla es el poeta nacional romántico por antonomasia que encarna los ideales de la patria, el cristianismo, la Edad Media y el orientalismo, recurrentes en toda su obra. Antonio María Esquivel lo pone en el centro de su cuadro ficticio Los poetas contemporáneos (1846), pues muchos de los retratados no pisaron su estudio y otros ya habían muerto cuando lo pintó. Mediante su obra Joaquín Díaz expone las ideas de otros escritores contemporáneos a Zorrilla y de clásicos como Milton, que tanta influencia tuvieron en la idea del diablo y el infierno zorrillesca. Su Don Juan no es el más original, ni el más hondo psicológicamente de la retahíla literaria de don juanes, pero es el más teatral y el que mejor condensa y comunica las mil caras del mito.
Joaquín Díaz hace una lectura ecuánime y, sobre todo, diacrónica de Zorrilla y su obra en unos tiempos en los que está de moda utilizar una escala de valores actuales para juzgar obras del pasado. Don Juan, al igual que Gabriel, el espléndido personaje de Traidor, inconfeso y mártir, probablemente la obra dramática más lograda de Zorrilla, asume como las aspiraciones individuales se oponen al deber. En esta lucha por la libertad el desenlace trágico es la destrucción del héroe. Zorrilla, el hombre público laureado tuvo que bregar con la frustración por el desdén paterno y por la inferioridad que siente ante su personaje más popular.
El décimo capítulo lo dedica los libros sospechosos, a aquellos que su padre tenía bajo llave en un bargueño de su despacho, o bien porque podían desvelar estrategias para el orden mantenidas por los adultos como Higiene del matrimonio de Pedro Felipe Monlau, o por la crueldad que exponían como Efectos de los gases en la guerra del doctor Luistig. El autor se centra especialmente Medicina natural del médico holandés Adrián Vander que le sirve para hacer un recorrido por algunas ideas, ciertas o fantasiosas, de los saberes de la etnomedicina. No en vano este capítulo lo cierra con el dicho «de médico, poeta y loco, todos tenemos un poco» (p. 238).
Los manuscritos han sido muy importantes para el autor, dado que, en el archivo de la fundación homónima, además de pliegos impresos posee manuscritos de los siglos XVIII, XIX y XX. El autor reconoce la agudeza, las dotes memorísticas del escritor cuando es «el otro» o «el marginal», como es el caso de los pastores trashumantes capaces de acumular unos vastos y variados saberes para asegurarse la supervivencia. Joaquín Díaz reivindica la figura de Eugenio Fernández Olmos de la de la Unión de Campos, autor de una pastorela escrita en 1882 para ser representada; y otro anónimo de 1833, que contiene coplas en honor a la Virgen, cuyo autor probablemente fuera un maestro de capilla. Además de los manuscritos es interesante estudiar las anotaciones en muchas obras impresas.
Concluye este recorrido por los libros de varias épocas dos capítulos de signo contrario, pero complementario. Uno dedicado a los populares libros de recetas de cocina y a libros que explican los procesos de preservación o mejora de las cualidades de los alimentos —como hacer conservas, como cortarlos, etc.—. El otro a los libros con estagnación, es decir, libros que contienen composiciones dedicadas a la escatología, necesidad biológica de evacuar el vientre no exentos de otras consideraciones filosóficas, sociales y políticas.
Si el volumen se abre con una introducción, que es una declaración de intenciones, se cierra con un corolario, que es una reafirmación en el poderío que azar tiene en la vida del hombre. Este despierta la curiosidad y le ofrece una ilusión que no da lo seguro. En esta declaración de amor a los libros existe una veneración mayor al sustrato cultural donde campa la oralidad, que es necesario y previo a la escritura, porque parte de la conciencia y de los sentimientos humanos como el miedo o la alegría. Los libros nos moldean y nos enseñan a vivir.
Joaquín Díaz, un folklorista y músico que ha dedicado su vida a recoger y a dignificar el patrimonio literario y musical tradicional, nos ofrece una obra abigarrada en referencias, pero asequible en la que la anécdota, recurso que complementa el recuerdo de lo vivido y asumido, es importante. Glifos al azar es una extraordinaria mezcla de erudición y experiencia.
M.ª Pilar PANERO GARCÍA
(Universidad de Valladolid)
