Rubio Marcos, Elías (2022): Etnografía del alfoz de Santa Gadea, Santa Gadea, Excmo. Ayuntamiento de Alfoz de Santa Gadea, con la colaboración de la Excma. Diputación Provincial de Burgos, 254 pp.

Elías Rubio Marcos es, de entre todos los etnógrafos que han desarrollado su labor en los pueblos de la península ibérica, uno de los que más tiempo, con mayor implicación personal y con frutos más notables han vivido entregados a la labor de recuperación de los últimos vestigios y recuerdos del ayer campesino tradicional, según latía todavía en las memorias de los ancianos nacidos y criados antes de la Guerra Civil de 1936-1939. Un desastre que trazó una raya fatídica entre unos modos de vida apegadas a la tradición patrimonial inmemorial y otros modos de vida caracterizados por cambios socioculturales y tecnológicos urgentes, a menudo brutales, que cristalizarían en una globalización desordenada que tuvo efectos devastadores sobre la primera.

En lo que a Elías Rubio Marcos respecta, su actividad se ha desarrollado en la provincia de Burgos, de la que muy pocos rincones del suelo y del subsuelo habrá dejado sin escrutar, si se tiene en cuenta que su dedicación a la espeleología viene de su juventud en la década de 1950, y que sus afanes etnográficos, que le han llevado muchas veces a todos y cada uno de los enclaves habitados y deshabitados de su provincia, arrancaron de no mucho después. »

El absolutamente impresionante elenco de los títulos que ha publicado viene a corroborar la excelencia de su sostenida, densa y fecunda dedicación a la «observación participante», que es la etiqueta que convencionalmente se asigna a la etnografía directa, realizada en períodos muy largos de tiempo y en condiciones de absolutas implicación e inmersión: Treinta años de exploraciones (1951-1980). Memoria del grupo Edelweiss (1982), Monjes y eremitas. Santuarios de roca del sureste de Burgos (1986), Burgos en el recuerdo, I (1992) y II (1998), Arquitectura del agua. Fuentes de la provincia de Burgos (1994), La linterna mágica. Un siglo de cinematógrafo en Burgos (1995), Burgos. Los pueblos del silencio (2000), Pasiegos de Burgos. Los últimos trashumantes (2004), Memorias de Burgos. Entre la tierra y la voz (2015), La roseta y la cruz. Signos protectores en los hogares del medio rural burgalés (2021), Etnografía del alfoz de Santa Gadea (2002), Retratos de la memoria (2023). Súmense varios libros escritos en colaboración con otros autores: Álbum. Historia y arte, arquitectura popular, pueblos y paisajes de Castilla y León (1991), Héroes, santos, moros y brujas. Leyendas épicas, históricas y mágicas de la tradición oral de Burgos. Poética, comparatismo y etnotextos (2001); Cuentos burgaleses de tradición oral. Teoría, etnotextos y comparatismo (2002); Creencias y supersticiones populares de la provincia de Burgos. El cielo, la tierra, el fuego, los animales (2007). Y téngase en cuenta también un hermoso libro de cuentos propios, inspirados en relatos y paisajes de la tierra: El año de la gripe y otros relatos burgaleses (2005). Y, además, las más de setecientas deslumbrantes entradas de su blog Memorias de Burgos, vivo desde 2009 hasta el día de hoy. Omito la larga lista de artículos publicados en revistas y en libros colectivos, a propósito de ermitas y eremitas, jergas de canteros, fiestas y costumbres, patrimonio fotográfico, textil e industrial, trenes mineros, viejas y ruinosas explotaciones petrolíferas…

Cabe resaltar que sus fuentes no han sido exclusivamente las de la viva voz de los cientos o más bien de los miles de campesinos que, al paso de las décadas, ha entrevistado. Elías Rubio Marcos ha sido también un recalcitrante investigador de archivo; un fotógrafo de sensibilidad artística extraordinaria, que nunca ha dejado de preocuparse de que la imagen tuviera un lugar de honor en sus libros; y, más recientemente, un excelente hombre de cine y de teatro, a partir de su colaboración en varias películas y montajes teatrales de su hija Edurne Rubio; además de un agente comprometidísimo con la defensa y la revitalización del patrimonio artístico y paisajístico de su provincia.

Todo ello desde los lastres y méritos añadidos de que, en los duros tiempos de la posguerra, no pudiera hacer carrera universitaria, y de que haya hecho sus pesquisas etnográficas siempre por vocación, con financiación propia, autoeditándose él muchos de sus libros (aunque en los últimos tiempos han acogido algunos la Diputación de Burgos y algunas instituciones municipales). Fuera por completo de las estructuras, circuitos y burocracias del mundo académico.

Entre las últimas producciones de Elías Rubio Marcos destaca esta Etnografía del alfoz de Santa Gadea, publicada con solventes calidades por el Excmo. Ayuntamiento de Alfoz de Santa Gadea, con la colaboración de la Excma. Diputación Provincial de Burgos. Y espejo de las mejores cualidades de su polifacético trabajo: fotografías en color impresionantes, la gran mayoría realizadas por él (a paisanos, paisajes, grabados prehistóricos e inscripciones históricas, objetos, labores, arquitecturas, fiestas, costumbres, escenas de la vida cotidiana), sin que falten las rescatadas de viejos álbumes familiares; etnotextos (informaciones etnográficas, recuerdos, casos, leyendas, cuentos, canciones, juegos, paremias) transcritos de manera absolutamente literal, con escrúpulo tal que pudieran ser utilizados como muestras legítimas de las hablas de la geografía encuestada; y presentaciones modélicas, magistralmente documentadas y pedagógicamente expuestas, de capítulos y epígrafes.

El libro consta de seis capítulos. El primero, «Hijedo, el monte vivido» contiene epígrafes dedicados al «Aprovechamiento maderero del monte», «Cruces mojoneras grabadas en la roca», «Los preciados robles», «Las matas», «El vendaval del 41», «Otros aprovechamientos del monte», «Carreteros y cuberos», «El ‘Roble Sesteadero’ y otros gigantes», «Los animales de Hijedo», «La lobera de Poza el Lobo o Poza el Chivo» y «El Monte Hijedo, refugio de guerrilleros y bandoleros».

La primera parte del segundo capítulo, «Del ganado y los pastores, de la hierba y la turba», comprende: «‘La Pena’, ‘Andar la Guarda’», «Un ‘Prao del Toro’ para cada barrio», «Ferias en Santa Gadea», «Prados segaderos y otros cultivos», «Pajares, bocarones, postada y buquera», «La turba», «Los trabajos en las estaciones» y «Rol de la mujer en el Alfoz, el trabajo infinito». La segunda parte del segundo capítulo, «Costumbres», atiende a «Las Derrotas», «Poza Canteras, una laguna artificial multiusos», «Huertos de lino para los recién casados», «Los capadores de Aguayo», «Tratamientos sociales», «El Canto, una piedra hincada para posar las talegas de grano», «La nieve» y «Alimentación, la patata como estrella».

El tercer capítulo, «Elementos auxiliares», se fija en los «Pozos excavados en la roca», «Los canteros y la piedra», «Solidaridad en la construcción de las casas», «Una tejera de asturianos en la ‘Casa del Tío Basilio’», «Los molinos», «Fuentes y lavaderos», «Colmenares roqueros en el Alfoz», «El alumbrado» y «Llega la luz eléctrica al Alfoz».

El cuarto capítulo, «Mitos y leyendas», despliega los epígrafes «Leyendas, tesoros ocultos y espantos», «Las ranas de Poza Canteras no dejaban dormir al señor de La Casona», «Un guardadamas de la reina en Quintanilla», «La Casa de la Vieja», «Relatos sobre brujas», «Tesoros escondidos», «Las huellas de ‘La Patada’», «Aparición de la Virgen» e «Indianos».

El quinto capítulo está estructurado en cinco apartados. El primero, «Religiosidad popular», se ocupa de «Capillas de ánimas» y de «Otras ermitas»; el segundo se centra en las «Fiestas mayores y otras diversiones» y contiene estos epígrafes: «Fiestas mayores del Alfoz», «Las Hogaretas», «Enramadas de San Pedro», «Las cantinas», «El Día de la Morcilla»; el tercero es el relativo a la «Medicina tradicional en el alfoz», y se fija en las «Pomadas, ungüentos y un poco de magia como terapias», así como en los «Usos medicinales de las plantas en el Alfoz»; el cuarto apartado, el «De la vida y de la muerte» atiende a «De la vida», «De la muerte» y «La Cofradía»; y el quinto, el de «Creencias y supersticiones en torno a los animales», recupera informes acerca de los «Animales que predicen el tiempo», los «Animales anunciadores de la muerte» y «Otros animales, otras creencias».

El sexto capítulo es un «Anexo» que atiende a «Gentilicios, algunas palabras y expresiones del alfoz», y que además ofrece un «Pequeño diccionario» y un elenco de «Informantes».

Del tronco de cada epígrafe nace, por lo demás, un profuso follaje de «testimonios» cuyo elenco resulta tan extenso y complejo que no puede tener acomodo en el limitado espacio de esta reseña. Baste señalar, para despertar el apetito de los plausibles lectores de este libro, que en el epígrafe de «La casa de la vieja» se podrán encontrar fascinantes leyendas, de antigüedad seguramente prehistórica, de fundación y de establecimiento de límites, que llevan títulos tan sugerentes como «Adelante con la cruz, que a la vieja se la llevó el diablo» y «La vieja y la carrera entre Los Riconchos y Santa Gadea», y algunos más. Sus protagonistas son mujeres viejas y borrosamente mitológicas que dieron lugar a las delimitaciones de pueblos diversos del Alfoz. Se acuerdan, los dos relatos señalados, de cierta vieja de Los Riconchos que proclamó que la propiedad de su monte sería para los naturales del pueblo en el que fuese enterrado su cuerpo. El cura de Santa Gadea, un trickster o tramposo de marca mayor, ideó una astucia para robar el cadáver a los naturales de Los Riconchos, que se vieron así despojados de lo que creían suyo. Eso en la primera leyenda, porque la segunda atribuye la victoria a la diligencia de los nativos de Santa Gadea, no a su cura. En la misma órbita se halla el relato de «La vieja de Celada dona sus tierras al primero que tocara a muerto por ella»: su protagonista hizo entrar en competencia a los habitantes de Montejo y de un núcleo de población hoy desaparecido, la Granja de Celada. Se trata de relatos conectados, por vías sinuosas, con otros que afloran en epígrafes y testimonios distintos, como el de «Las cruces mojoneras grabadas en las rocas», el de las penalizaciones por «Cambiar los mojones de las fincas» y el de las costumbres que había de «Recorrer las cruces una vez al año»: prácticas todas que tenían que ver con las fijaciones de límites de fincas y de pueblos.

Otro epígrafe que llamará la atención de muchos potenciales lectores es el de los «relatos sobre brujas», que acoge testimonios con títulos tan fascinantes como los de «Las brujas arrastran cadenas», «Una bruja en la noche con un paraguas blanco», «La bruja que se bebía el vino de una barrica», «Las brujas asustan a los cerdos», «El Espino Cernaula, en Picu Nava, punto de reunión de las brujas», «Las brujas detienen los carros», «La bruja ‘Perejila’ se transforma en gato», «Hacían creer que había brujas en Quintanilla», «Una bruja se transforma en gato»… Todo un festín para los estudiosos, que no son pocos, de la brujería.

Reproduzco, para que podamos hacernos una idea de la fidelidad a la lengua oral, del escrúpulo en la transcripción y del valor etnohistórico y etnográfico de los testimonios que atesora este libro, uno de «José Ruiz Ruiz, de Santa Gadea de Alfoz. Tenía 88 años cuando fue entrevistado el 23 de julio de 2015. También fue entrevistado en 2016»:

Los capadores «venían todos los años de Aguayo».

Pues eran unos señores de Aguayo que se dedicaban a capar los animales, los novillos, los corderos ... Venían todos los años de Aguayo, que está por Reinosa, pa’llá. Ellos salían a tocar la chifla, ¡chifriiiiiii!, y la gente salía: «Ahí tengo uno novillos pa capar, ¿cuánto?». «Pues a peseta cada uno», o a real, o lo que fuera. Te agarraba los novillos y te los capaba. [Y] como ganaban alguna pesetilla, solían venir ya con un caballo, aunque fuera un caballote malo, pero ya les valía para transportarles.

Daba gusto oír el chiflo, qué bien sonaba.

[Se decía]:

Desde últimos de abril

y primeros de mayo,

salen a tocar la chifla

los capadores de Aguayo.

Después, ya venían los veterinarios. Pero los veterinarios, de momento, la gente no estuvo contento con ellos, porque los capadores te capaban a mano, y los veterinarios traían una tenaza fuerte y te cogían los testículos y muchos te arrancaban todo. Estaban más contentos con los de Aguayo. Después ya, los veterinarios fueron poco apoco aprendiendo.

Este relato, seleccionado al azar de entre los cientos que se dan cita en este libro, es mucho más trascendente de lo que a primera vista pudiera parecer. Se trata, ni más ni menos, de una reliquia de valor inapreciable de nuestra historia y de nuestra cultura, de un reflejo crudo al tiempo que una metáfora delicadísima, como muchos de los que le flanquean en estas páginas, de un mundo físico y mental que, entre sones y versos que fueron apagándose, y entre resistencias y desgarramientos a los que no les quedó otra que rendirse, quedó borrado ya de la faz de la tierra… Aunque no por completo, porque entre el olvido y nosotros se interpusieron la grabadora, la cámara de fotos y el taller de escribir libros y de conjurar destrucciones definitivas de Elías Rubio Marcos.

José Manuel PEDROSA
(Universidad de Alcalá)