Underthe water: history, voices, and consequences ofhydroelectric reservoirs in the Mediterranean. The cases of lake Turano and the Trancoreservoir
Valentina Potenza
(Universidad de Jaén)
https://orcid.org/0009-0009-1569-167X
Resumen: Los embalses hidroeléctricos transformaron profundamente el paisaje mediterráneo durante el siglo xx, trayendo consigo avances técnicos, pero también fracturas sociales, económicas y culturales en los territorios afectados. Este trabajo analiza el contexto histórico y político que impulsó la construcción de grandes infraestructuras hidráulicas, centrándose en dos casos paradigmáticos: el Lago del Turano en Italia y el Embalse del Tranco en España.A través de testimonios directos de habitantes de Colle di Tora y otros pueblos del Valle, que recopilé personalmente entre 2020 y 2023 durante el trabajo de campo en el que basé mis estudios sobre la comarca, y de Bujaraiza, recopilados en los estudios mencionados en la bibliografía, se estudian las implicaciones sociales, económicas y culturales derivadas de estas transformaciones. Imágenes y datos acompañan el análisis para ilustrar cómo, bajo las aguas tranquilas de estos lagos artificiales, descansan historias de pérdida y memoria colectiva.
Palabras clave: Embalses hidroeléctricos, Paisaje mediterráneo, Transformación territorial, Impacto socio-cultural, Memoria colectiva, Historia oral.
Abstract: Hydroelectric reservoirs profoundly reshaped the Mediterranean landscape over the course of the twentieth century. They brought remarkable technical progress, yet also left deep social, economic, and cultural scars in the regions they transformed. This work explores the historical and political forces that drove the construction of large hydraulic infrastructures, focusing on two telling examples: Lake Turano in Italy and the Tranco Reservoir in Spain.Drawing on the voices of people from Colle di Tora and other villages in the valley—whose stories I personally gathered between 2020 and 2023 during fieldwork for my regional studies—and on accounts from Bujaraiza found in existing research, this study delves into the human consequences of these sweeping changes. Photographs and data accompany the narrative, helping to show how, beneath the calm surfaces of these artificial lakes, lie powerful tales of loss and collective memory.
Keywords: Hydroelectric reservoirs, Mediterranean landscape, Territorial transformation, Social-Cultural impact, Collective memory, Oral history.
La historia contemporánea del Mediterráneo está profundamente entrelazada con el agua, no solo como recurso geográfico o económico, sino como elemento estructurador de procesos sociales, políticos y culturales. A lo largo de los siglos, mares, ríos y valles mediterráneos han configurado paisajes agrícolas, rutas comerciales y universos culturales que se entrelazan en una narrativa común.
Sin embargo, durante el siglo xx, el agua dejó de ser solamente sustento y paisaje para convertirse en símbolo de modernidad, progreso y poder estatal. Las grandes presas y los lagos artificiales que surgieron tras ellas fueron presentados como hazañas de la ingeniería, capaces de transformar la economía local, llevar electricidad a regiones remotas y garantizar seguridad hídrica frente a sequías e inundaciones.
No obstante, bajo esas aguas calmas y aparentemente serenas, permanecen sumergidas vidas enteras: pueblos enteros, campos fértiles, caminos antiguos, tradiciones, la memoria de generaciones y una parte invaluable del patrimonio cultural mediterráneo.
El presente trabajo se sumerge, tanto en sentido literal como metafórico, en estas historias invisibles. Se busca iluminar la dimensión humana y social que quedó relegada en los discursos oficiales sobre modernidad hidráulica. Para ello, se centra especialmente en dos casos emblemáticos: el Lago del Turano, en Italia, y el Embalse del Tranco, en España. A pesar de estar separados por lenguas, geografías y contextos políticos, ambos comparten un destino común: el sacrificio de comunidades enteras en nombre del progreso.
El trabajo que aquí se presenta se mueve especialmente en el ámbito de la literatura oral italiana, puesto que mis investigaciones doctorales, que se inscriben dentro del marco de estudios de doctorado «Estudios de Literatura Hispánica» del Departamento de Filología Española de la Universidad de Jaén, se centran en un área específica, el Valle del Turano, en la comarca de Rieti, área fronteriza entre Lazio y Abruzzo. Todo el repertorio incluído en el presente estudio ha sido directamente recogido por mÍ de informantes de edades comprendidas entre los 70 y los 90 y más años, como explicaré con mayor detalle en el siguiente apartado.
Este estudio pretende ofrecer no solo una reconstrucción histórica, sino también un espacio para las voces de quienes vivieron esos procesos. Sus testimonios, cargados de nostalgia, rabia, ironía o resignación, constituyen el hilo narrativo que guía esta investigación.
Además, se abordan las consecuencias económicas, culturales y ambientales que tales infraestructuras han dejado en el territorio, así como el fenómeno reciente del turismo de la memoria, que transforma antiguos dramas colectivos en espacios de interés turístico1.
Finalmente, se reflexiona sobre el papel de la memoria y la justicia en la construcción de un verdadero progreso. Porque si algo revela el Mediterráneo es que, bajo sus aguas, no solo se oculta el pasado, sino también preguntas fundamentales sobre el futuro.
En el presente artículo expondré los resultados más relevantes de mi investigación de campo, incorporando testimonios directos de las personas entrevistadas. Por lo que respecta a la metodología, he realizado una búsqueda de informantes a partir de los que, de alguna manera, ya conocía por vínculos familiares u otros motivos, hasta llegar a otros nuevos, recomendados por estas personas. He intentado que fuesen de edad avanzada y procedentes del entorno rural del Valle, puesto que reconocía en ellos un caudal de información muy rico, pero no siempre ha sido posible dar con todos los informantes deseados. Para consultar este repertorio debe tenerse en cuenta que la edad media del grupo entrevistado es de entre 70 y 97 años y la época en la que se recopilaron es de tres años, entre 2019 y 2022. A lo largo de tres años, aprovechando los momentos en los que se suspendía el estado de alarma y los varios confinamientos debidos a la situación pandémica, se han realizado entrevistas cualitativas a partir de un modelo de cuestionario que confeccioné según las indicaciones de mi director de tesis y de algunos de los modelos de entrevista proporcionados por la Asociación italiana de historia oral (AISO), que dedicó a este tema algunas conferencias y jornadas de estudio en las que participé durante estos años de investigación.
El modelo de entrevista fue así ideado a partir de lecturas sobre los temas aquí abordados, que modifiqué o desarrollé dependiendo de las características de cada persona entrevistada.2 Antes de cada entrevista, describí a mis informantes la finalidad de mi trabajo y las características de las preguntas, así como la posibilidad de grabarlos en vídeo, en caso de que me lo permitiesen. Para cumplir con los objetivos del proyecto mencionado, he realizado campañas de entrevistas en algunos de los municipios de la comarca estudiada, en particular en los pueblos que se encuentran geográficamente cercanos al lago del Turano, como Turania, Colle di Tora, Castel di Tora y Collalto.
A este propósito, quiero aquí comentar que realizar las entrevistas en el territorio estudiado no fue una tarea fácil, debido no solo a la pandemia que hemos vivido, sino también a la proverbial reticencia de sus habitantes, ancianos que, en muchos casos, llevan una vida bastante solitaria, y que por lo tanto siempre han mantenido una postura cerrada y cohibida. Por ejemplo, varias personas rechazaron hablar, o aceptaron y se negaron a la hora de empezar, arguyendo que no recordaban nada, aunque sabía de antemano que tenían un repertorio rico en creencias de su zona de origen.
Por lo que respecta a la diferencia de sexos, me resultó tan fácil entablar conversación tanto con mujeres como con hombres; sin necesidad de generalizar, puedo comentar que, con respecto a las entrevistas que no habían sido concertadas previamente y que realicé de manera más espontánea, en algunos casos los hombres se han revelado más dispuestos que las mujeres, debido también a las diferentes rutinas diarias que hacen que muchas vecinas pasen más tiempo en casa mientras que me resultó más sencillo acercarme a los hombres que, especialmente en verano, se pasan el día en los bares jugando a las cartas o simplemente sentados fuera de casa charlando entre ellos.
El resultado de esta labor es un conjunto de muestras narrativas y líricas de diferentes temas, que se incorporan en el Corpus de Literatura Oral (CLO), en su apartado dedicado a la Colección italiana. Debido a que el estudio se presenta en el mencionado programa de doctorado, hemos considerado oportuno traducir al español los archivos recopilados, que en su mayor parte representan el dialecto del Valle. Sin embargo, el reto de traducir puede presentar una trampa: las traducciones realizadas pueden conllevar en algunas muestras una pérdida de eficacia comunicativa, debido en primer lugar a la dificultad de reflejar la complejidad del tejido textual del dialecto y seguidamente a la reproducción y contextualización de su unidad dialéctica de forma y contenido.
Por lo tanto, siendo consciente de la dificultad que entraña el hecho de acudir a disciplinas tan complejas como la traducción, considero justificado el riesgo, esperando que las faltas inevitables no invaliden el resultado.
Por otro lado, el hecho de transcribir los discursos originales y de traducirlos al español permitirá, en futuras pesquisas, la realización de trabajos comparativos (de fórmulas, temas, motivos, paralelismos…) con otras lenguas romances y con tradiciones de diversos lugares del mundo, ampliando la gama de posibilidades en literatura comparada.
Finalmente, el estudio sobre el embalse de Bujaraiza y la comparación entre las dos regiones afectadas por intervenciones hidroeléctricas en períodos históricamente cercanos se han llevado a cabo mediante la consulta del material señalado en la bibliografía y los lugares de Internet indicados al final del artículo.
Desde la Antigüedad, el Mediterráneo ha sido escenario de civilizaciones que nacieron, prosperaron y desaparecieron en torno al agua. No es casual que la palabra «hidráulica» tenga raíces en estas tierras, pues controlar el agua siempre ha significado controlar la vida, la economía y el poder. McNeill (2000) resume magistralmente esta idea al señalar: «El agua en el Mediterráneo siempre fue sinónimo de poder. Quien controla el agua, controla la vida y la economía» (McNeill, 2000: 45).
Durante los siglos xixy, especialmente, el xx, la Revolución Industrial y el avance tecnológico generaron nuevas exigencias: energía hidroeléctrica, riego para zonas áridas, y sistemas de defensa frente a inundaciones. En regiones mediterráneas, caracterizadas por lluvias irregulares y sequías frecuentes, la idea de embalsar ríos y aprovechar su fuerza se convirtió en un objetivo político y económico prioritario.
En Italia, el régimen fascista liderado por Benito Mussolini (1922-1943) convirtió las grandes obras hidráulicas en un símbolo de propaganda política. No se trataba solamente de infraestructuras: representaban el poder del Estado para «dominar la naturaleza» y redibujar el territorio según su voluntad.
El fascismo promovió la idea de la «bonifica integrale», es decir, la redención de tierras consideradas improductivas o insalubres, impulsando así la construcción de presas, canales y embalses en diversas regiones del país. Scandurra et al. (2021) subrayan que estas presas no eran simples infraestructuras, sino auténticos monumentos modernos. Las imágenes de época muestran a Mussolini inaugurando compuertas, rodeado de banderas y fervor patriótico (véase la Imagen 1), mientras los periódicos proclamaban que «donde había pantanos y miseria, surgiría el progreso» (Scandurra et al., 2021: 78).

Imagen 1. Mussolini inaugurando la presa del Salto, conectada a la del Turano mediante un túnel. Fotografía tomada del portal Il capoluogo d’Abruzzo.
Sin embargo, más allá de la retórica oficial, las consecuencias para las comunidades locales fueron dramáticas. Las obras sumergieron tierras agrícolas fértiles, alteraron ecosistemas y forzaron el éxodo de miles de campesinos, quienes perdieron tanto su sustento económico como su arraigo cultural.
En España, el Plan Nacional de Obras Hidráulicas de 1933, impulsado por la Segunda República, buscó reorganizar los recursos hídricos para convertir ríos como el Guadalquivir en motores de modernización económica y social. La Guerra Civil (1936-1939) interrumpió muchos de estos proyectos, pero tras la victoria franquista, el régimen retomó y amplió las obras, dotándolas de un fuerte componente propagandístico. Domínguez García afirma: «Cada presa se exhibía como un monumento al Nuevo Estado, aunque ello implicara la desaparición de pueblos enteros» (Sanchez Domínguez, 2001).
Las inauguraciones se convirtieron en actos políticos, cargados de discursos patrióticos y promesas de prosperidad. El embalse del Tranco, en Jaén, es un ejemplo paradigmático. Aunque su construcción comenzó durante la República, fue concluido y explotado bajo la dictadura franquista, transformándose en símbolo del régimen y, al mismo tiempo, en tragedia para comunidades como Bujaraiza, cuyos habitantes fueron desplazados y sus tierras sumergidas bajo las aguas.
Aunque Italia y España son los protagonistas de este estudio, es relevante recordar que fenómenos similares ocurrieron en otros países mediterráneos. En Francia, por ejemplo, varios pueblos en los Alpes Marítimos quedaron sumergidos en la década de 1950 para dar paso a embalses hidroeléctricos. En Grecia, proyectos como la presa de Polyphytos desplazaron a miles de personas durante los años sesenta.
Así, el sacrificio de pequeñas comunidades rurales en nombre de la modernidad hidráulica es un fenómeno profundamente mediterráneo, reflejo de una época que creía que la tecnología podía moldear la naturaleza sin límites ni consecuencias.
El Valle del Turano, situado en la comarca de Rieti, constituye una zona limítrofe entre Lacio y Abruzzo, compuesta por cerca de sesenta municipios y, según datos del ISTAT, cuenta hoy en día con una población aproximada de 10.614 habitantes.
Antes de la construcción del Lago del Turano, el río homónimo discurría entre valles estrechos y fértiles, sostén económico de comunidades campesinas como Colle di Tora. En 1931, este pueblo contaba con algo más de seiscientos habitantes, dedicados casi exclusivamente a la agricultura —principalmente cultivo de trigo, maíz y olivo— y a la cría de ovejas. Se trataba de una sociedad eminentemente rural, anclada en valores patriarcales y en redes de apoyo mutuo.
Las relaciones sociales eran estrechas y basadas en la colaboración constante. Las familias compartían faenas agrícolas, labores domésticas y también dificultades. La identidad se forjaba en torno al vínculo con la tierra y a apodos familiares, muchos de los cuales aún perduran. Dichos apodos a menudo hacían referencia al oficio del pater familias —como «los del caldero»— o a rasgos peculiares de cada familia, como «los refinados».
Las ferias semanales en Rieti constituían el principal espacio para la venta de productos agrícolas y la adquisición de mercancías necesarias para la vida cotidiana. Existían también rutas tradicionales para la trashumancia de rebaños, conocidas como «tratturi», hoy sumergidas bajo las aguas del lago.
Savina, una informante de Colle di Tora que entrevisté en agosto 2020 —y que falleció a los 98 años— evoca aquellos tiempos con una mezcla de nostalgia y melancolía: «Addòstal’acqua ce stava la pianura, una pianura bella… Signora mia se lo racconti sembra come se stai a raccontà una favola: i facioli, ce stava de tutto, era una bellezza vederla, la piana nostra. Poi venne Mussolini, fece ‘u lago, e ce l’ha levata»3.
A partir de los años 1927-28, los habitantes de Colle di Tora comenzaron a observar la presencia de ingenieros y topógrafos en sus tierras. Estos hombres, vestidos con uniformes grises, recorrían los campos, levantaban planos, realizaban mediciones y marcaban el terreno con estacas de madera. Sin embargo, nadie ofrecía explicaciones claras sobre el propósito de aquellas actividades.
La propaganda fascista era omnipresente. El periódico La Stampa publicaba en 1931 titulares como «Il Duce visita le grandi opere di bonifica delle paludi pontine», proclamando la promesa de un renacimiento económico para la región y afirmando que «tra quattro o cinque anni vedrete qui accamparsi cinquemila famiglie e trentamila persone».4
El fascismo promovía la idea de un «Renacimiento sabino» con proyectos como la estación de esquí en Terminillo y la ambiciosa bonificación del Agro Reatino. Aunque la idea de construir el embalse se gestó antes de los años treinta, encontró un impulso definitivo gracias a los objetivos propagandísticos del régimen.
Entre 1935 y 1938, el valle se transformó en un auténtico escenario de actividad febril. Camiones, hormigoneras y centenares de obreros procedentes de distintas regiones de Italia colmaron la zona, alterando la tranquilidad habitual. El estruendo constante de las máquinas, las nubes de polvo y el paisaje convertido en un mar de hierro y cemento definieron aquellos años.
Manlio y Roberto, vecinos de Colle di Tora que entrevisté en agosto de 2021, recuerdan con claridad ese periodo: «Al tempo del lago, che è durato tre anni, la gente lavorava, tutti a lavorà nei lavori della diga. L’agricoltura l’hanno dovuta svolge tutta sulla montagna… Hanno fatto delle promesse che poi non hanno mantenuto…Noi qua è tutta montagna, giù sotto era tutto piano…»5.
La Sociedad Terni, empresa encargada de las obras, prometía empleo y prosperidad. Sin embargo, las condiciones laborales resultaron durísimas: jornadas de más de diez horas, frecuentes accidentes y barracones improvisados para alojar a los trabajadores. Un documento conservado en el Archivio di Stato di Rieti menciona la muerte de dos obreros debido a un derrumbe mientras se vertía el hormigón.
Hacia finales de 1938, comenzó el proceso de llenado del embalse. El agua fue subiendo lentamente, cubriendo en primer lugar praderas donde pastaban rebaños, después caminos seculares, pequeñas ermitas, y finalmente los campos de cultivo más fértiles.
Maria, otra informante de Colle di Tora que entrevisté en agosto de 2020 y quien era apenas una niña en aquel tiempo, lo describe así: «Dovevanocomincià a mettel’acqua, illavoro era finito dovevanomettel’acqua, che veniva crescendo crescendofinchèarrivò…»6.
Savina añade: «No la casa no, ma c’è stati chi l’hanno dovuta cambià… Tanti non se ne volevano annà de casa, gli hanno messa l’acqua dentro pe’ falli scappà via, perché non volevano andà via…»7.
A medida que el nivel del agua ascendía, las familias recibieron órdenes de abandonar sus tierras. La Sociedad Terni ofrecía indemnizaciones, pero las cuantías resultaban claramente insuficientes. Se calcula que el precio pagado oscilaba entre seis y ocho liras por metro cuadrado, mientras que el valor real superaba las catorce. Muchos campesinos firmaron documentos sin entender su contenido, debido a los bajos niveles de alfabetización.
Germana, otra vecina entrevistada en febrero de 2019, lo resume con amarga sencillez: «Gli diedero delle stupidaggini, l’hanno messo alla Banca Deposito e Prestito e lì so’ rimaste, quei pochi centesimi che gli hanno dato»8.
Antes de la construcción del lago, Colle di Tora mantenía una economía agrícola modesta pero estable. El municipio contaba con más de seiscientas hectáreas de terreno cultivado. La producción anual de aceite de oliva superaba los sesenta quintales, y se vendía principalmente en Rieti, y en menor medida, en Roma. Debido a la construcción del embalse, fueron expropiadas, por razones de utilidad pública, 845 hectáreas en el Valle del Salto y 535 hectáreas en el Valle del Turano, lo que supuso, en los hechos, la pérdida de la totalidad del territorio agrícola de ambas cuencas, única fuente de sustento en contextos predominantemente montañosos como aquellos9.
Los datos recogidos en el Archivio di Stato di Rieti muestran que entre 1936 y 1960, la ganadería ovina se redujo de 1.200 cabezas a poco más de 600.10
Germana lo expresa con amargura: «Le terre migliori stanno tutte sotto al lago … Erano arrabbiati tutti… … Il paese stava quaggiù, stava tutto quaggiù, capito?... Poi il paese si è ritirato su: chi ha fatto gli alberghi, le cose, allora… Ma gente come noi so’ rimasti a zero». 11
La pérdida de tierras obligó a un proceso de transformación económica. Colle di Tora, de ser un pueblo fundamentalmente agrícola, pasó a orientarse lentamente hacia el turismo, aprovechando el atractivo paisajístico del nuevo lago. Aunque el turismo trajo ciertos beneficios económicos, también significó la pérdida de una identidad cultural profundamente ligada a la vida campesina y al trabajo de la tierra.
Además, la desaparición de caminos tradicionales cambió profundamente la dinámica social y comercial. Rutas que antes conectaban Colle di Tora con localidades vecinas como Paganico o Castel di Tora quedaron cortadas por el nuevo lago.
En fin, la propaganda fascista aseguraba que la construcción del lago traería progreso y electricidad gratuita a la región. Se prometía que la energía generada abastecería no solo a las grandes ciudades, sino también a los pequeños pueblos ribereños. Sin embargo, la realidad fue muy diferente.
Según Scandurra et al. (2021), la producción energética del embalse superó los 42 GWh anuales, pero la mayor parte de esa electricidad fue destinada a Roma y a la industria siderúrgica de Terni. Colle di Tora, mientras tanto, siguió en la penumbra, sin acceso generalizado a la electricidad en la mayoría de los hogares hasta bien entrada la década de 1950.
Roberto y Manlio expresan con ironía la decepción colectiva: «Questi hanno promesso che davano l’elettricità gratis al paese, che davano questo, che davano quell’altro, e invece una volta fatto il lago non hanno… C’hanno dato solo che guai»12.
La frustración fue aún mayor porque, además de perder sus tierras, muchos habitantes sintieron que el sacrificio no se tradujo en mejoras concretas para sus propias vidas. Mientras veían pasar cables de alta tensión sobre sus cabezas, sus casas seguían alumbradas con lámparas de aceite. La promesa de modernidad quedó, para muchos, en un simple eslogan propagandístico.
En fin, también los factores climáticos y sismológicos de la zona afectada por la construcción del embalse hidroeléctrico cambiaron de manera sustancial. Según Bechini et al. (2001) la evolución dinámica de las laderas puede experimentar una aceleración, incluso rápida, debido a determinadas condiciones geolitológicas e hidrogeológicas. La presencia de un embalse artificial puede implicar variaciones significativas en las condiciones ambientales y, en particular, en el régimen de infiltraciones subterráneas, que constituye a menudo la causa principal de los fenómenos de deslizamientos.
Bujaraiza se encontraba enclavado en el corazón de la Sierra de Cazorla, en la provincia de Jaén, en una zona de relieve escarpado, caracterizada por extensas masas forestales de pino carrasco, encinares y olivares centenarios. Formaba parte del término municipal de Hornos, aunque tenía vida propia como núcleo habitado y mantenía un fuerte sentido de comunidad. Su ubicación, en pleno Parque Natural de las Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas —hoy una de las mayores áreas protegidas de Europa— dotaba al pueblo de una riqueza natural extraordinaria.
A comienzos del siglo xx, Bujaraiza contaba con algo más de 800 habitantes. Los registros del Censo de 1930 indican que la aldea disponía de 162 viviendas, de las cuales el 85% estaban construidas en piedra y cubiertas con teja árabe, un elemento arquitectónico típico de la zona. Las casas, generalmente de una sola planta, se distribuían a lo largo de calles estrechas y empinadas que seguían la pendiente natural del terreno.
La economía de Bujaraiza se sustentaba principalmente en la agricultura de subsistencia y la ganadería caprina y ovina. La aceituna constituía el cultivo más valioso, tanto para el consumo doméstico como para su venta en los mercados de Cazorla y Úbeda. Además, cada familia solía poseer pequeñas huertas que les proveían de hortalizas, legumbres y frutas. Los censos agrícolas de 1933 reflejan que Bujaraiza producía anualmente unas 70 toneladas de aceituna, destinándose casi la mitad a la fabricación de aceite en pequeñas almazaras locales.
La vida comunitaria giraba en torno a la iglesia de San Bartolomé, un templo pequeño, de nave única, levantado en el siglo xviii, que no solo cumplía funciones religiosas, sino también sociales. Allí se celebraban bautizos, bodas y reuniones comunales. Cada 24 de agosto, toda la comarca se reunía en Bujaraiza para participar en la romería de San Bartolomé, una festividad cargada de música, baile, procesiones y comida compartida. Según los testimonios orales recogidos en el Archivo Histórico Provincial de Jaén, la romería de 1943 congregó a casi mil personas, sabiendo que sería la última antes del desalojo.
Las relaciones sociales en Bujaraiza, así como en los pueblos del Valle del Turano estaban profundamente entrelazadas. Existía una red sólida de parentesco y vecindad. Cada familia era conocida por un apodo que, como en muchas zonas rurales, servía para distinguir linajes, oficios o rasgos personales. Entre los más recordados figuraban «los del Molino», que poseían uno de los pocos molinos de aceite, y «los Cazadores», conocidos por su habilidad para proveer carne de caza en épocas difíciles.
Además de su vida agrícola, muchos hombres de Bujaraiza trabajaban de forma estacional en la recogida de aceituna en otras zonas de Jaén o incluso en Córdoba, mientras que las mujeres mantenían la economía doméstica y cuidaban huertas, animales y niños. La trashumancia —el movimiento de rebaños en cortas distancias— era habitual, permitiendo aprovechar pastos de diferentes altitudes según la estación.
A nivel educativo, Bujaraiza contaba con una pequeña escuela unitaria, dirigida por un maestro que a menudo era originario de otra localidad. Los archivos reflejan que, en 1935, había unos 45 niños escolarizados, aunque muchos abandonaban los estudios antes de los diez o doce años para ayudar en el campo o en la ganadería familiar.
El pueblo vivía en condiciones modestas, pero los testimonios recopilados destacan un fuerte sentido de dignidad y arraigo. La vida transcurría entre el trabajo duro, las tradiciones religiosas, las celebraciones comunitarias y la cercanía con la naturaleza.
La cotidianidad de Bujaraiza estaba impregnada de costumbres ancestrales, canciones populares y cuentos transmitidos oralmente que reforzaban la identidad colectiva. Este tejido social y cultural se vería trágicamente interrumpido por el proyecto hidráulico que lo sumergiría bajo las aguas del embalse del Tranco.
El origen del Embalse del Tranco se remonta al Plan Nacional de Obras Hidráulicas de 1933, impulsado por la Segunda República, con el objetivo de ordenar los recursos hídricos, garantizar el riego en zonas áridas y producir energía eléctrica de forma sostenible. Sanchez Domínguez (2001) señala que el Guadalquivir era considerado una arteria vital para el desarrollo económico de Andalucía.
El proyecto inicial contemplaba la construcción de una gran presa en la Sierra de Cazorla, aprovechando el estrechamiento natural del valle. Ingenieros como Francisco Cazalla y Ángel Venero firmaron los primeros estudios técnicos, destacando la estabilidad geológica y la viabilidad topográfica del lugar.
Sin embargo, la Guerra Civil española (1936-1939) detuvo bruscamente las obras. Tras la victoria franquista, el régimen retomó con fuerza el proyecto. Franco consideraba las grandes infraestructuras públicas como instrumentos de propaganda y de control social. Sánchez Picón (1996: 342) explica:«Cada inauguración de presa servía para exaltar la victoria del Nuevo Estado sobre la miseria y el atraso». La construcción comenzó oficialmente en 1940 y se prolongó hasta 1946. Participaron centenares de obreros, en su mayoría jornaleros locales, pero también prisioneros políticos obligados a trabajar en condiciones penosas. Sánchez Picón documenta la magnitud técnica de la presa, que alcanzó una altura de más de 80 metros y una capacidad de almacenamiento cercana a los 500 millones de metros cúbicos. En términos de ingeniería, fue una de las obras hidráulicas más impresionantes del sur de España en aquella época.
Aunque ideada por la República, el régimen franquista se apropió del proyecto como símbolo de su poder (véasela Imagen 2). La propaganda insistía en sus beneficios: generación hidroeléctrica, riego agrícola y control de avenidas. No obstante, esta narrativa oficial ocultaba el enorme precio humano que supuso su construcción. Más de 2.800 hectáreas fueron expropiadas, y el pago medio no superó las 1,25 pesetas por metro cuadrado, a pesar de que el valor real oscilaba entre tres y cinco pesetas.

Imagen 2. Fotograma del reportaje sobre la presa del Tranco emitido dentro delNo-DO de 24 de junio de 1946
La creación del embalse del Tranco supuso el desplazamiento forzoso de varios núcleos de población. El caso más paradigmático fue el de Bujaraiza, que quedó completamente sumergida bajo las aguas. Según los datos recopilados en el Archivo Histórico Provincial de Jaén, se expropiaron unas 2.800 hectáreas de tierras de cultivo, olivares y monte, lo que provocó una fractura social y económica de dimensiones considerables.
La mayoría de los desplazados de Bujaraiza y de pueblos vecinos se dispersaron por distintas provincias. Una parte emigró hacia Cataluña, atraída por la pujante industria textil y metalúrgica. Otros se trasladaron a Madrid o se reubicaron en municipios cercanos dentro de Jaén. Un porcentaje menor incluso emigró a Francia, impulsados por la demanda de mano de obra durante la posguerra europea.
Estudios demográficos indican que, entre 1945 y 1955, la población serrana de la comarca perdió aproximadamente un 30% de sus habitantes. Esto no solo supuso una pérdida de fuerza laboral, sino también la disolución de redes sociales y familiares profundamente arraigadas. El impacto del desplazamiento se transmitió a las generaciones siguientes. Muchos hijos y nietos de los desplazados crecieron en entornos urbanos, alejados de sus raíces serranas y con un sentimiento difuso de pertenencia. Así lo explica María de La Cruz, nativa de la Vega del pueblo de Hornos de Segura:
Todo, todo de riego. ¡Pero aquello era el paraíso! Todo de riego y árboles frutales de todas clases. Aquello era una maravilla. Muy importante será el pantano, no lo discuto. Yo no entiendo de eso y digo que quien lo hizo, supo lo que hacía y de alguna manera pues valdría la pena que lo hicieran, sino el Estado no se hubiera gastado el dinero que se gastó. Pero no han valorado lo que se perdió en la Vega. Lo mejor de Hornos. Aquello no se valoró. Se le ha dado valor al pantano y no lo discuto pero nunca se ha preocupado nadie de pensar: Y lo que se perdió allí para hacer el pantano, ¿Cuánto valía?13
En el año 2012, una prolongada sequía redujo drásticamente el nivel de agua del embalse del Tranco, hasta dejar al descubierto los restos de Bujaraiza. Muros, calles y parte del ábside de la antigua iglesia emergieron, como fantasmas del pasado, ante la mirada atónita de quienes nunca pensaron volver a ver su pueblo.
La aparición de estas ruinas atrajo a turistas, periodistas y estudiosos. Muchos habitantes o descendientes de Bujaraiza viajaron hasta allí, impulsados por la necesidad de reconectar con sus orígenes, aunque el reencuentro resultó, para muchos, profundamente doloroso.
Para quienes procedían de familias desplazadas, ver nuevamente los restos de Bujaraiza provocó sentimientos contrapuestos. Por un lado, era la posibilidad de recuperar fragmentos de una memoria colectiva largamente silenciada; por otro, implicaba revivir el dolor de la pérdida, la violencia de un desarraigo que había marcado a toda una comunidad.
La sequía convirtió el embalse en una especie de escenario arqueológico improvisado, cargado de significado histórico y emocional. Lo que durante décadas había permanecido oculto bajo las aguas, emergía como testimonio mudo de un sacrificio territorial que todavía pesa en la memoria colectiva.
La construcción de embalses como el Lago del Turano o el Embalse del Tranco no solo transformó el paisaje físico, sino que impactó profundamente en las economías regionales, a menudo con consecuencias mucho más graves de lo que la propaganda oficial había previsto o reconocido.
En Colle di Tora, la pérdida de las tierras más fértiles arruinó a numerosas familias. Los mercados de Rieti notaron inmediatamente la disminución de la producción de aceite y cereales. Los comerciantes se vieron obligados a traer aceite de otras zonas, encareciendo así el producto para los consumidores locales.
En Bujaraiza, la situación fue todavía más dramática. Mientras las comunidades locales sufrían la pérdida de sus hogares, tierras y modos de vida, los beneficios económicos derivados del embalse se concentraron en manos de grandes empresas hidroeléctricas y propietarios agrícolas a gran escala. El embalse permitió el desarrollo de nuevas zonas de regadío en la provincia de Jaén, triplicando en algunos casos la superficie dedicada al cultivo intensivo del olivar. Sin embargo, estas nuevas tierras fueron adquiridas, en su mayoría, por latifundistas ajenos a los pueblos que habían sido anegados.
La población desplazada lo perdió absolutamente todo y, en muchos casos, no recibió suficiente dinero para reconstruir su vida. Los antiguos campesinos se convirtieron en jornaleros sin tierra, dependiendo de empleos precarios y mal remunerados. Además, en algunos casos, los desplazados se vieron obligados a seguir pagando impuestos municipales durante años por terrenos que ya estaban sumergidos bajo el agua.
Martínez-Alier define este fenómeno como «sacrificio territorial», refiriéndose a la idea de que ciertos territorios y comunidades son destruidos para alimentar el crecimiento y la riqueza de otros sectores de la sociedad. El autor subraya: «Las comunidades rurales, sacrificadas en nombre del progreso, rara vez figuran en los balances económicos, pero el coste humano y cultural de su desaparición es inmenso» (Martínez-Alier, 2002: 93).
Para las comunidades afectadas, el progreso significó perderlo todo: la tierra, la identidad, los vínculos sociales y la posibilidad de proyectar un futuro digno sobre la base de su propio territorio.
No todo el impacto de los embalses fue económico. Las consecuencias ambientales y culturales también resultaron profundas y, en muchos casos, irreversibles.
En el Lago del Turano, la creación del embalse alteró el ecosistema local. Surgieron nuevas especies de peces, pero desaparecieron anfibios como ranas y sapos, que antes poblaban acequias y charcas. Los olivares quedaron anegados y el microclima de la zona se volvió más húmedo, lo que afectó incluso a la estructura de las viviendas antiguas, provocando problemas de humedad en muros y cimientos.
En Bujaraiza, el embalse del Tranco transformó por completo el paisaje. Donde antes crecían pinos, encinas y olivares, apareció un inmenso espejo de agua. Si bien el embalse atrajo a aves acuáticas, se perdieron especies propias del ecosistema montañoso. Sin embargo, quizás el impacto más profundo no fue ambiental, sino cultural.
Bujaraiza era un lugar donde las familias estaban unidas no solo por lazos de sangre, sino también por costumbres compartidas, celebraciones religiosas y una memoria colectiva que daba sentido a su existencia. La desaparición física del pueblo implicó, al mismo tiempo, la pérdida simbólica de un espacio que estructuraba la vida social.
La desaparición de estos pueblos no significó únicamente la pérdida de construcciones materiales. También supuso la fragmentación de comunidades, la ruptura de tradiciones orales, la desaparición de nombres de lugares, canciones populares y relatos que se transmitían de generación en generación.
El embalse, aunque pudiera verse como una obra de ingeniería admirable, borró del mapa una parte esencial del patrimonio cultural mediterráneo. Muchos descendientes de los desplazados han crecido sin un vínculo físico con la tierra de sus antepasados, lo que ha dejado huellas profundas en su identidad y sentido de pertenencia. Pietro Petrucci, un informante de Turania que entrevisté en 2020, ha dedicado a este tema uno de los cuentos que forman parte de su libro titulado «Ai cari anniCinquanta».
En el cuento titulado «I villeggianti» se describe la relación entre los niños del pueblo y los de los emigrantes que se habían mudado a la capital y que solo volvían para veranear. En las páginas de Pietro queda patente el sentimiento de ajenidad y al mismo tiempo la tentativa de reanudar vínculos, a pesar de las diferencias en la educación y en el estilo de vida:
Ogni anno, a cominciare dai primi di luglio, questo equilibrio veniva però interrotto. Da Roma, pronte a trascorrere le ferie estive a Turania, iniziavano a tornare in paese molte delle famiglie emigrate negli anni precedenti. Noi giovani le conoscevamo quasi esclusivamente per nome, ma da come i nostri coetanei parlavano e nuotavano, sembrava che tutto ciò che non fosse alla romana per loro non contasse nulla.14
De los casos que he estudiado en el Valle del Turano, se podría deducir que los mismos habitantes se han apoderado de la fábula del «locus amoenus», convirtiéndola en un «status quo», en una situación vigente que los diferencia positivamente de los que emigraron, distanciándolos de los nuevos urbanistas gracias a unas características reivindicadas finalmente como excepcionales y que, al mismo tiempo, los han llevado a replantearse de manera aún más conservadora sobre la dimensión local.
A partir de la década de 1980, tanto el Lago del Turano como el Embalse del Tranco empezaron a convertirse en destinos de un fenómeno inesperado: el turismo de la memoria. Lo que en otros lugares del mundo son monumentos, museos o rutas históricas, en estos casos son ruinas que emergen de las aguas, cargadas de un profundo simbolismo.
A partir de la década de los años ’80 del siglo pasado el turismo en el Lago del Turano ha crecido de forma constante y hoy en día las excursiones en barco se promocionan como viajes a pueblos fantasmas. Los guías señalan bajo las aguas la ubicación de antiguos olivares, caminos medievales y restos de las antiguas aldeas. Sin embargo, para muchos habitantes locales, este interés turístico genera incomodidad.
En fin, el cambio climático está dando un giro inesperado a la historia de los pueblos sumergidos bajo los embalses. Las prolongadas sequías en Italia y España han reducido en varias ocasiones los niveles de agua de los embalses, dejando al descubierto ruinas que habían permanecido ocultas durante más de setenta años.
Lo que antes era solo recuerdo, ahora emerge de forma tangible y visible. Para muchos, este fenómeno supone una oportunidad para rescatar la memoria; para otros, reabre heridas que creían cicatrizadas.
En el Tranco, las emergencias de Bujaraiza en épocas de sequía han atraído a miles de curiosos. En 2012, las ruinas emergidas aparecieron en portadas de periódicos nacionales.
Existe una tensión evidente entre el legítimo deseo de recordar y el riesgo de convertir el sufrimiento en un espectáculo. Rufí-Salís et al. (2020) advierten que, sin un relato respetuoso, el turismo puede trivializar tragedias colectivas.
En algunos lugares se están dando pasos para integrar la memoria de forma respetuosa en la experiencia turística. En Colle di Tora, por ejemplo, se organizan exposiciones fotográficas que explican lo que quedó bajo el lago. En el Tranco, asociaciones de descendientes de Bujaraiza reclaman que se instale un panel informativo permanente junto a la presa, narrando la historia de las familias desplazadas.
Tanto la transformación del Valle del Turano como la del embalse del Tranco simbolizan la búsqueda de un delicado equilibrio entre el progreso y la preservación de las raíces culturales.
Sanchez Domínguez (2001) sugiere que el cambio climático está reescribiendo incluso la geografía de la memoria. Lugares que el Estado quiso enterrar bajo las aguas vuelven a la superficie, obligándonos a mirar de frente historias que muchos preferirían mantener sumergidas.
Así, el cambio climático no solo altera ecosistemas o economías. También obliga a reabrir debates sobre justicia histórica, sobre el precio real del progreso y sobre el derecho de las comunidades a mantener viva su memoria.
El Lago del Turano y el Embalse del Tranco son, en el fondo, reflejos de una misma historia. Aunque separados por lenguas, culturas y geografías, Colle di Tora y Bujaraiza comparten un destino común: la desaparición forzada en nombre del progreso.
Bajo esas aguas tranquilas permanecen casas, olivares, canciones, rutas de pastores y, sobre todo, la memoria de generaciones enteras. El cambio climático, de forma paradójica, está devolviendo esas ruinas a la superficie, obligándonos a mirar de frente lo que durante décadas se quiso olvidar.
Quizá ha llegado el momento de contar esas historias. De reconocer que no puede existir un progreso auténtico si se construye sobre pueblos ahogados, sobre territorios borrados del mapa y sobre memorias silenciadas. Porque la memoria, aunque sumergida, siempre encuentra la forma de salir a flote.
No puede soslayarse que, en ambos casos, los proyectos hidráulicos estuvieron marcados por decisiones políticas y económicas que priorizaron objetivos de Estado, a menudo sin considerar suficientemente las consecuencias humanas y culturales. El análisis de estos episodios revela patrones recurrentes: falta de transparencia, promesas incumplidas, indemnizaciones insuficientes y la imposición de un relato oficial que silenciaba las voces locales.
En este sentido, resulta imprescindible comprender que la modernidad hidráulica no fue solo una proeza técnica, sino también un ejercicio de poder que transformó radicalmente la vida de comunidades enteras. La memoria de estos pueblos sumergidos constituye hoy una herramienta esencial para reflexionar sobre los límites éticos del desarrollo.
Al estudiar casos como el Lago del Turano o Bujaraiza, se evidencia la existencia de un costo oculto en el discurso del progreso. No basta con contabilizar kilovatios producidos o hectáreas de regadío ganadas. Es necesario incluir en esos balances el valor de la identidad cultural, los vínculos sociales y la justicia histórica.
Además, el impacto psicológico y emocional sobre las personas desplazadas y sus descendientes merece una atención mucho mayor. La pérdida del territorio no solo significa dejar atrás casas y tierras, sino también perder un espacio de significado colectivo, un lugar que configuraba la identidad y las relaciones sociales. Esto se refleja, por ejemplo, en la aparición de mecanismos de humor negro, sarcasmo o retraimiento identitario que, en el caso del Valle del Turano, han funcionado como estrategias de supervivencia emocional.
Estas conclusiones se refuerzan con los análisis realizados sobre el cancionero recopilado en el marco de mis investigaciones actuales. Este corpus revela cómo la tradición oral se convirtió en refugio para expresar dolor, nostalgia, resistencia e incluso burla frente a las promesas incumplidas del Estado.
En definitiva, la verdadera modernidad no puede medirse únicamente en términos de infraestructura o crecimiento económico. Debe incluir la memoria, la justicia y la reparación. Porque el progreso que exige olvidar a pueblos sumergidos y a comunidades desplazadas nunca podrá considerarse completo ni éticamente legítimo.
Hoy, cuando el cambio climático devuelve a la superficie las ruinas de estos lugares, tenemos una segunda oportunidad para narrar estas historias, para honrar a quienes fueron silenciados y para construir un futuro que no repita los errores del pasado. Contar estas historias no es solo un acto de memoria, sino también de justicia y dignidad.
Proyecto de I+D del Ministerio de Ciencia e Innovación «El corpus de la narrativa oral en la cuenca occidental del Mediterráneo: estudio comparativo y edición digital (CONOCOM)» (referencia: PID2021-122438NB-I00). Agencia Estatal de Investigación (AEI) y el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER).
Bechini, C.; Bertocci, R.; Cataldo, L.; Grazioli, G.; Lang, A.; Lupini, L.; Maistri, A. y Prat, E., Salvucci R. (2001): Studio sulla stabilità dei versanti degli invasi nelle aree colpite dal terremoto del 26 settembre 1997 e di quelli ricadenti nelle aree sismo genetiche limitrofe, Presidenza del Consiglio dei Ministri –Dipartimento dei Servizi Tecnici Nazionali – Servizio Nazionale Dighe, Collana Monografica, v. I, pp. 27-35, IPZS, Roma. Comitato Italiano per le grandi dighe (2012), Bibliografia delle Dighe Italiane, ITCOLD
Gómez Muñoz, José (1998): El último Edén. Bajo las aguas del embalse del Tranco, Jaén, El Olivo editora.
Lorenzetti, Ricardo (2014): «La questione energetica nella provincia di Rieti con particolare riguardo ai laghi del Salto e del Turano», Micron, 30, supplemento alla rivista quatrimestrale Arpa Umbria, pp. 89-105.
Martí i Pérez, Josep (1996): El folklorismo. Uso y abuso de la tradición, Barcelona, Ronsel.
Martínez-Alier, Joan (2002): The Environmentalism of the Poor, Cheltenham, Edward Elgar. https://doi.org/10.4337/9781843765486
McNeill, John R. (2000): Something New Under the Sun: An Environmental History of the Twentieth-Century World, New York, Norton.
Petrucci, Pietro (2018): Ai cari anni cinquanta. Black Sheep creative.
Rufí-Salís, M.; González, M.; Marull, J. (2020): «Cultural heritageunderwater: submergedvillages and socio-environmentaljustice», Water Alternatives, vol. 13, nº 2, pp. 390-408.
Sánchez Picón, Andrés (1996): La construcción del embalse del Tranco y su impacto social y económico, Revista de Historia Económica, 14/2, pp. 337-364.
Sánchez Domínguez, Maria Angeles (2001): Instrumentación de la política económica regional en Andalucía, 1946-2000: fundamentos teóricos y evidencia empírica, Universidad de Granada.
Scandurra, Giuseppe et al. (2021): «Hydroelectricplants and landscapetransformation in Italy», Energy Policy, vol. 154, pp. 112-125.
Fecha de recepción: 17 de julio de 2025
Fecha de aceptación: 29 de septiembre de 2025

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1 Sobre el concepto de folclorismo, o instrumentalización del folclore, remito a Martí i Pérez (1996).
2 Para una profundización en el tema de la construcción del modelo de entrevista, remito a la página de recursos de AISO: https://www.aisoitalia.org/interviste-sullintervista/.
3 «Donde ahora está el agua, antes había una llanura hermosísima… Señora mía, contarlo parece un cuento: las judías… Había de todo, era una belleza verla, nuestra llanura. Luego vino Mussolini, hizo el lago y nos la quitó» (Savina Teodori, testimonio personal, 2020). Las traducciones al español son propias. En adelante, las ofrezco al pie de página sin más aviso.
4 «El Duce visita las grandes obras de saneamiento de las marismas pontinas» y «Dentro de cuatro o cinco años verán acampar aquí a cinco mil familias y treinta mil personas» (Archivio storico La Stampa, Torino, martedì 6 ottobre 1931).
5 «En el tiempo del lago, que duró como tres años, toda la gente trabajaba en el embalse. El cultivo se trasladó a las montañas… Prometieron cosas que luego no cumplieron. Por aquí solo hay montaña, mientras que el suelo de allá abajo era llano…» (Manlio y Roberto Loreti, testimonio personal, 2020).
6 «Tuvieron que empezar a llenar el lago. El trabajo ya había terminado y empezaron a subir el agua poco a poco, hasta que llegó arriba…» (Maria Silvestri, testimonio personal, 2020).
7 «Nosotros no, pero hubo quienes tuvieron que mudarse… Algunos no querían irse, y les metieron agua dentro de las casas para que se marcharan. La verdad, no querían abandonar…».
8 «Les dieron poco dinero. Lo metieron en el Banco de Depósito y Préstamo… y ahí se quedó, los pocos centavos que les pagaron» (Germana Federici, testimonio personal, 2019).
9 Lorenzetti R. (2014:99)
10 Istituto Centrale di Statistica (ISTAT), Catasto agrario 1929. Provincia di Rieti, Roma, 1933.
11 «Las tierras más fértiles quedaron bajo el lago… La gente estaba furiosa. El pueblo estaba aquí, todo estaba aquí, ¿me entiendes? Con el tiempo, el pueblo se ha recuperado un poco: algunos han montado hoteles, negocios y esas cosas… Pero gente como nosotros se ha quedado sin un duro».
12 «Prometieron luz gratis para el pueblo. Prometieron esto y lo otro… Pero una vez construido el embalse, no hicieron nada. Solo metieron la pata».
13 Gómez Muñoz (1998: 8).
14 «Cada año, desde principios de julio, ese equilibrio se rompía. Desde Roma, listas para veranear en Turania, empezaban a volver al pueblo muchas de las familias que se habían ido en años anteriores. Nosotros, los jóvenes, las conocíamos casi solo de nombre, pero por cómo hablaban y nadaban nuestros coetáneos, parecía que para ellos todo lo que no fuera a la romana no valía nada» (Petrucci, 2018: 9).