Epilogue. Language and communication
Joaquín Díaz
(Fundación Joaquín Díaz)
Resumen: Los estudios sobre la literatura popular han demostrado que los pliegos —esos papeles doblados e impresos con diversos contenidos, vendidos colgados en cordeles mediante cañas o pinzas— se han difundido por millones desde la irrupción de la imprenta en la cultura europea. Sin embargo, también se sabe que la práctica de intercambiar oraciones por limosnas surgió mucho antes, y que fueron los ciegos quienes la adoptaron como estrategia para no ser considerados mendigos o vagabundos, categorías que los obligaban a permanecer en un área limitada de seis leguas alrededor de su lugar de residencia. El uso de papeles ilustrados para explicar el mundo tiene raíces muy antiguas, respaldadas tanto por la costumbre como por una lógica práctica. La interpretación de imágenes para facilitar la comprensión de los textos —o incluso el empleo de recursos sustitutos como los títeres, que potenciaban y embellecían lo aprendido oralmente— alimentó una verdadera industria de pliegos. Con ellos, el conocimiento y la cultura se extendían hasta los estratos más humildes de la sociedad.
Palabras clave: Literatura de cordel, Ciego, Titiritero, Lectura, Interpretación, Oralidad.
Abstract: Studies on popular literature have shown that pliegos—those folded and printed sheets of paper containing various content, sold hanging on cords with sticks or clothespins—have been distributed by the millions since the advent of the printing press in European culture. However, it is also known that the practice of exchanging prayers for alms emerged much earlier, and that it was the blind who adopted it as a strategy to avoid being classified as beggars or vagrants, categories that forced them to remain within a six-league radius of their place of residence. The use of illustrated papers to explain the world has very ancient roots, supported both by custom and practical logic. The interpretation of images to facilitate the understanding of texts—or even the use of substitute resources such as puppets, which enhanced and beautified what was learned orally—fueled a true industry of pliegos. Through them, knowledge and culture reached even the humblest strata of society.
Keywords: Chapbook literature, Blind person, Puppeteer, Reading, Interpretation, Orality.
La práctica de recurrir a papeles ilustrados con imágenes para explicar la vida es antiquísima y está refrendada por el uso y por un sentido práctico. La «lectura» o interpretación de las imágenes para comprender mejor un texto, o incluso el uso de elementos vicarios como los títeres para potenciar y fantasear con lo que se aprendía de viva voz, es un hecho que alimentó la industria de los papeles plegados con los que se aventaba el conocimiento y la cultura hacia los niveles más básicos de la sociedad. Sin embargo, la ausencia de filtros o controles sobre sus contenidos, debido principalmente a que la autoridad eclesiástica no los consideraba peligrosos ni contra la doctrina ni contra la moral por ser breves y de escasa entidad, convirtió a esos mismos pliegos vendidos e «interpretados» con inevitable intencionalidad en dardos tan certeros como envenenados. Los restos de antiguas creencias y religiones se mezclaban así con una visión ortodoxa de la moral creando un género difícil de definir por la variedad y enfoque de los contenidos que se ofrecían. A todo ello contribuía además la preparación y facilidad para transmitir de los cantores populares, herederos de una riquísima tradición aédica que nos podría remontar a la cultura griega o a Bizancio. Muy lejos de la sofisticación de los medios de comunicación actuales, el ciego se movía a gusto transmitiendo lo que hoy se llamarían fake news o noticias falsas, no porque tuviese un interés especial en mentir sino porque su intención real era la de despertar la imaginación de su audiencia y jugar con ella.
Creo que pocas estampas pueden representar mejor ese mundo complejo y variado de la comunicación popular que aquella, debida al arte de José Ribelles, en que un ciego, acompañándose de una zanfona y se supone que, cantando una historia, comparte capa —espalda contra espalda— con un lazarillo que maneja y hace salir por encima del rebozo a dos títeres, materiales actores del relato. La figura es sorprendente y caótica: cuatro piernas, una cabeza sin ojos, dos monigotes, un instrumento extraño y el público embobado ante ese pandemonium. Algo similar ofrecen más tarde Alba y Ortego cuando representan a un titiritero interpretando un «Juan de las Viñas» al aire libre, aunque esta vez sin público. Otra muestra del mismo artificio la podemos contemplar en el cuadro de Luis Menéndez Pidal, titulado Guiñol en la aldea, pintado en 1913.
Me gusta que el origen y el aspecto de estas imágenes sea incierto y confuso; aún más, me encanta que sea también un trastrueque de conceptos que convierte la pequeña boca sin telón del teatrillo portátil en un inmenso cosmorama donde el universo se asoma y se ve representada la vida entera.
Y así ha sido durante siglos… Joaquín Álvarez Barrientos, en su artículo «Literatura y economía en España», incide en esa dilatada tradición comunicadora, pero recalca el giro que el interés del ciego da, tal vez como inconsciente portavoz de una sociedad más liberada y progresista, a partir de la tercera década del siglo XIX:
[…] de entretener, como parece que hacía prioritariamente en los primeros siglos, ha pasado a denunciar. Ha dado, como veremos luego, una dimensión más a los asuntos que le sirven de materia literaria. Una dimensión política. Al parecer, esta denuncia, no siempre se hizo de forma ceñida a los hechos, y se abundó en expresiones groseras y llamativas. En lo que hoy llamaríamos sensacionalismo, utilizando también las conexiones con el folletín, la entrega, etc. (1987: 320-321).
Sensacionalistas y groseras eran, en efecto, las expresiones habituales de Perico el ciego, uno de los más célebres invidentes de todos los tiempos, al que inmortalizaron sus propios hechos y los comentarios que sobre ellos hacían numerosos escritores contemporáneos, alguno de ellos molesto —como Antonio Trueba— porque ciertamente les restaba popularidad:
Cuando por primera vez fui a Madrid —escribe el autor vasco en De flor en flor, en 1882—, ya era piedra de escándalo en aquellas calles, por las suciedades que cantaba, un ciego de diez a doce años. Aquel ciego es el que aún se conoce en Madrid con el nombre de Perico, y por espacio de medio siglo ha mantenido su triste celebridad de desvergonzado (cit. Díaz, 2022: 32).
Nos imaginamos, conociendo el carácter un poco pacato de Trueba, lo que podía escandalizarle, aunque él mismo, hablando poco después de los textos de los romances, dice que Perico era, entre sus autores, uno de los más decentes. Lo cierto es que Perico el ciego fue, junto con el ciego Cornelio del Escorial y con la ciega de Manzanares, uno de los personajes más notables del siglo XIX.
Benito Pérez Galdós recuerda —porque seguramente le escuchó— los corrillos que se formaban alrededor de su persona y de su ingenio:
Al son de su guitarra canta, no las proezas de los héroes, porque no los hay, sino las vivas historias de bandoleros y ladrones. Atento público le escucha con simpatía y emoción. Yo me he sentido medieval agregándome a este pueblo. Anoche hicieron furor dos o tres coplas de Perico harto ingeniosas. O me engañé mucho, o eran alusivas a nuestra reina, que anda ya en jácaras de los cantares callejeros. Desengáñate, Manolo; aquí no hay más cronista popular que Perico el Ciego, ni más poetisa que la Ciega de Manzanares (Pérez Galdós, 1906: 192).
María Francisca Díaz Carralero, la ciega de Manzanares, se hizo, efectivamente, famosa por su capacidad para improvisar en verso y por su innata facilidad para salir de cualquier aprieto en el que quisieran meterle los malintencionados que le demandaban públicamente ripios originales. Es bien conocida la respuesta que dio a unos eruditos presumidos que le pidieron una improvisación sobre el pie forzado de la palabra «indio», tan difícil de rimar en español. La contestación les calló la boca:
Un soldado dijo rindio
por decir que se rindió
y de ese modo encontró
un consonante con indio.
Antonio Ferrer del Río y Juan Pérez Calvo en Los españoles pintados por sí mismos hacían esta prolija descripción de nuestro personaje:
Es el ciego, empleando para todo su gramática parda, el mejor buscavidas que pudieras idear. Cuando no hay guerra civil ni política militante, y por consiguiente ni gacetas extraordinarias ni hojas volantes, nuestro héroe saca del archivo un mazo de coplas, inventa sucesos horrorosos, hace que se ahorquen media docena de personas o se envenene una familia, degüellen dos amantes desgraciados o devore un lobo rabioso media población; y cualquiera de estos hechos que, por supuesto «acaba de ocurrir», sale de madrugada pregonándolo por los barrios bajos y plazuelas de la capital: en tales casos llega su astucia hasta el punto de imaginarse que ni a un hombre solo y ciego le han de creer por lo que diga, ni habiendo tantos como él habría de ser privilegio suyo la venta de noticia tan garrafal. Para que esto no suceda, se ponen de acuerdo tres o cuatro de la hermandad, se reparten las coplas, marcan el itinerario que han de llevar en la seguridad de no perderse, y como si fuera fresca la noticia la predican desesperados y a escape, atrapando en red tan bien tendida algún incauto pececillo que ansioso la devora y se encuentra con un suceso raro acaecido el año del hambre. Otras veces hace su tráfico con mujeres, y puedes calcular qué gentecita será, cuando por dos cuartos da 4.007, siendo de advertir que para llamar la atención recorre las calles gritando los vicios y defectos que cada una tiene, sin que haya una virtud que las adorne.
Tiene bajo su dominio la venta de nuevos calendarios, y de viejos también, los motes nuevos para damas y galanes; los fósforos finos y el papel para fumar, de hilo, por supuesto (1843-1844: 481).
De la variedad de sus funciones hablan los grabados y del batiburrillo de contenidos algunos pliegos que especifican en su última página las colecciones publicadas, sus títulos y los lugares de venta: por esas informaciones podemos deducir que los libreros, impresores o depositarios ofrecían con la misma naturalidad romances que jácaras, vendían con la misma facilidad sainetes que aleluyas, ruedas de los enamorados, de los amantes y de la fortuna que libritos de cortejar, juegos de manos, recetarios de cocina, almanaques, horóscopos o libros de sueños y planetas. Anunciaban además variados surtidos en novelas históricas, folletines, revistas teatrales, argumentos reducidos de zarzuelas y óperas, folletos de cine, cancioneros, etc. etc. etc. Está claro que un depósito no vendía lo mismo que un coplero ambulante y que la oferta de éste estaba limitada por el peso y por el tipo de público al que se iba a dirigir pero hemos ido conociendo poco a poco algunos de los recursos usados por los ciegos y buhoneros quienes pedían a las imprentas que les enviaran los pliegos empaquetados a fondas y posadas de confianza, donde los recogían para emprender otro tramo del camino con material renovado o con las noticias más recientes, aunque la novedad estuviese sólo en el título.
Las áreas del saber preferidas por estos cantores ambulantes cubrían la información y la formación, si bien predominando siempre el carácter noticioso o intrigante de lo transmitido. A lo largo de la interminable Edad Media aprendieron quienes fueron sus maestros —juglares, copleros y ciegos— a combinar artísticamente la imagen y la palabra hablada o cantada, arte que tan pronto la imprenta supo llevar a su terreno produciría tesoros como la Biblia pauperum. Una regla no escrita —la de leer las historias de izquierda a derecha y de arriba abajo— asimilaría esta forma primitiva de expresión a la interpretación de un texto, en el que las letras unidas formaban palabras que componían frases con las que se comunicaban ideas. Así podía contemplarse, bastante antes de la invención de la imprenta, en la citada Biblia pauperum o Biblia de los pobres, concebida en formato de historia gráfica y con páginas ilustradas con imágenes y texto en las que, a través de 7 o 9 viñetas de las cuales la central destacaba el tema principal, se aprendían mejor los pasajes del libro sagrado.
Algunos de los personajes que aparecían hablando, ya mostraban el texto de su parlamento, o bien en forma de «bocadillo» o filacteria al estilo de los comics actuales o bien bajo la correspondiente imagen. Con ese mismo sentido religioso y didáctico —casi catequético— hay innumerables muestras iconográficas en las que, todavía en el siglo XV pero ya salidas de una imprenta, se puede apreciar el formato de una tira y el desarrollo de una «historieta». Un ejemplo claro sería el tema denominado «Cristo y el alma» que, en sucesivas viñetas, iba describiendo los intentos del Salvador por rescatar al alma de sus múltiples defectos —pereza, gula, trabajos inútiles, presunción— para desnudarle de ellos y poder coronar finalmente su esfuerzo en una estampa o aleluya completa.
La historia así narrada era «literatura gráfica» apoyada en unas pocas líneas que completaban la imagen y que contenían un diálogo entre Cristo y el alma. Pero también existieron de forma coetánea dibujos «sin palabras», y en las primeras muestras españolas algo posteriores («Auca del sol i la luna», «Juegos de la infancia», de los siglos XVII y XVIII) se ofrecía un paso previo a la capacidad para leer. En esos pliegos primitivos de aleluyas, realizados todos uniendo tacos de madera trabajada a favor de veta, las imágenes de grueso trazo y fácil identificación presentaban motivos de personas, animales, edificios y barcos. En efecto, toda la vida de la época parecía estar reunida en una, nueve, 24 o 48 viñetas que iba a entender hasta el más torpe.
Hay hechos que marcan por múltiples razones la vida de un país y de sus habitantes. Podría decirse que las guerras ocupan, con gran diferencia, el lugar preferente entre los sucesos memorables. La vida y la muerte dejan de ser entonces esos hitos familiares que van señalando los cambios generacionales para convertirse en motivo de narración y, en consecuencia, de opinión. Desde ese momento la Historia se transforma en "historias", alimentadas por la iconografía, el teatro o las canciones populares que pasarán a la tradición oral. El tiempo ha demostrado que hay muchas clases de historia y que la denominada «historia real» —esa que se supone describía objetivamente los hechos sucedidos— sólo se comprende si va acompañada de una historia poética, de la historia legendaria, de la historia soñada, de la historia social, de la historia de las creencias, de la historia de los individuos que protagonizaron actos heroicos o de los relatos —ciertos o no— de personajes a quienes el pueblo admiró y protegió en su memoria.
Agustín Redondo, el sabio hispanista francés, nos descubría hace más de 40 años desde la Sorbona cómo las llamadas «relaciones», precedente de las gacetas y periódicos, más cercanos en el tiempo, fueron durante todo el Siglo de Oro, un medio privilegiado de transmisión cultural distinto de los libros. Esas relaciones de sucesos, a menudo centradas en un solo tema y calificadas pomposamente como ciertas, verdaderas o auténticas, pasaron de ser anónimas a tener autor a partir de los años 70 del siglo XVI, apareciendo ciegos como Cristóbal Bravo (en Córdoba), Francisco de Figueroa (en Murcia) o Gaspar de la Cintera (en Úbeda) que demostraron ya tener un oficio en el que no cabía la improvisación y sí un innegable poder de convicción. Su profesionalidad y su capacidad para transmitir denotaba, vuelvo a repetir, siglos de antigüedad y un magisterio en el arte de la comunicación. La autenticidad que el Concilio de Trento exigía a los milagros tuvo que ver, sin duda, en esas pretendidas certificaciones que parecían acreditar los hechos milagrosos transmitidos a través de las citadas relaciones. La misma credibilidad ofrecían las historias sobre erupción de volcanes, terremotos, aparición de cometas en el cielo, maldades cometidas por fieras y monstruos, etc., etc., aunque pareciesen exageradas o imposibles, tal era la capacidad de los ciegos para hacer creíbles sus relatos. Traeré dos casos aparecidos en pliegos y sucedidos en esta provincia de Valladolid, el primero en el pueblo de Tordehumos en 1579 y el segundo en Medina del Campo en 1629. El hecho acontecido en Tordehumos, procedente de la colección de pliegos que Pascual de Gayangos donó a la Biblioteca Nacional, relata bajo el título «Obra nueva» que un vecino de la villa, que solía representar el papel de Jesús en el Auto celebrado todos los años el día del Corpus, debía una cantidad de dinero a un tendero y, para no tener que satisfacer la deuda, se acogió a lugar sagrado. Cuando fueron a decirle que se acercaba el día de la representación, se negó a participar alegando que el tendero acreedor procuraría con artimañas que le prendieran de verdad. Finalmente accedió, tras darle garantías de que la representación se haría en un entarimado al lado de la iglesia. Entretanto, el tendero había encargado a un amigo que hiciese de Judas y que aprovechase la escena del beso para dar un empujón a Jesús y sacarle del tablado. Así sucedió en efecto, cayendo del entarimado el nazareno y aprovechando el alguacil del pueblo para echarle mano. En ese momento, y viendo que se le llevaban preso, Jesús volvió la cara hacia San Pedro y le requirió: «Y vos, Pedro, ¿qué decís?» a lo que el discípulo respondió sin palabras empuñando la espada que llevaba y abriendo con ella la cabeza al alguacil. Todos los actores de la obra acabaron en la cárcel, dictando finalmente el juez una sentencia ejemplar por la que se absolvió a Cristo de pagar la deuda, a Judas se lo condenó a doscientos azotes y al alguacil a que se curara la herida a su costa.
La segunda relación refiere el lastimoso suceso que aconteció el día de Viernes Santo en Medina del Campo mientras predicaba un descendimiento el padre fray Juan Deza en la iglesia de San Agustín, donde un mes antes habían tenido lugar diversas obras y habían retirado precipitadamente las cimbras antes de que fraguara bien el cemento. Murieron doscientas personas y en la relación se describen algunos de los casos más espeluznantes.
Otro de los adjetivos muy frecuentes en los títulos de los pliegos que contienen relaciones es el de «nuevo». En el que presento ahora se publica un romance sobre un labrador del reino de León, muy avaricioso que, tras una vida dedicada a la adquisición de tierras y a la usura, se convierte gracias a la predicación de un misionero (ver figura 1). Un pobre llega a su casa pidiendo limosna y posada y el labrador, ignorando que se trata del mismo Dios, le da hospedaje y agasajo. En reconocimiento a su sincero arrepentimiento Dios se lo lleva a la gloria esa misma noche del 26 de octubre de 1733. Dado que es el año en que el jesuita Pedro de Calatayud comienza a llevar sus misiones por toda España, no me extrañaría que fuese él mismo quien hubiese convertido al labrador.

Figura 1. NUEVA RELACION Y CURIOSO ROMANCE en el qual se declara, y da cuenta de un maravilloso fin que tuvo un Labrador del Reino de León...Sucedió en 26 de octubre del año 1733. Sin imprenta ni año.
Otro modelo de relato que se ajusta como anillo al dedo al pliego impreso es el de los memoriales. A través de ellos se elevaban peticiones a un personaje de la realeza o de la nobleza para que alcanzase determinados favores al solicitante. Por venir a cuento mencionaré en primer lugar un famoso memorial que Lope de Vega dirigió a comienzos de la segunda década del siglo XVII a su majestad el rey Felipe III y que María Cruz García de Enterría descubrió en la Biblioteca del Museo Británico. En ese memorial, Lope se despacha a gusto contra los ciegos que cantan por las calles versos suyos o le atribuyen otros de mala factura que él rechaza:
Mandado está, que algunos hombres que inquietan el vulgo, fastidian la nobleza, deslustran la policía, infaman las letras, y desacreditan la nación Española, no pregonen por las calles Relaciones, Coplas, y otros géneros de versos: pero su desobediencia y vida vagabunda, les ha dado atrevimiento a proseguir en este oficio. Y como no solamente conviene instituir la Policía desde su principio (como fue opinión de Aristóteles en sus Políticos) sed etiam ipsam corrigere, debe V. Alt. remediar este daño con grave castigo de su rebeldía y desacato, para que así cese este linaje bárbaro de gentes, más pernicioso a España que los Gitanos, para quien tantas veces se han nombrado jueces (1971: p.151).
Como ejemplo físico de ese tipo de escritos, traigo este, dirigido por un autotitulado «pobre de las Covachuelas» al Doctor Bullón, acerca de la situación de España en la guerra entre Felipe V y el archiduque Carlos de Austria. El texto, escrito en un lenguaje de germanías, menciona también el cambio experimentado en el país hasta en los bajos fondos:
Si en tiempos de mi Felipe estábamos con libertad cristiana, debajo del yugo suave y católico, con la licencia de poderse ir un pobre a San Bernardino, al Pardo o a otras partes a pedir una limosna, o a la sopa…Hoy, (no puede irse) ni al altillo de San Blas a tomar el sol o despulgarse o remendarse sin que lo desnuden hasta los zapatos los soldados del tal redentor Carlos.
De la misma época es el pliego conteniendo las proezas de Guido de Estaremberg —Guido Wald Rüdiger—, conde de Starhemberg, cuando tomó Madrid en 1710. Después de comprobar el mínimo apoyo de la población madrileña al Archiduque, abandonó la capital, quedando un tiempo al mando de las tropas austríacas en Cataluña. El pliego, publicado en Sevilla por los herederos de Tomás López de Haro, tiene en su última página un curioso soneto que se puede leer siguiendo los rayos de una estrella que acaban en la sílaba central «te».
Finalmente muestro unas «Debidas aclamaciones a Felipe V» en las que, albricia tras albricia, también se menciona a Valladolid, la ciudad en que fue proclamado rey en 1700. Esta serie se cierra con una nota de política internacional en el pliego que la cámara baja de la Gran Bretaña dirige a la reina Ana alabando la decisión de dar por finalizada la guerra que se había declarado a Francia y España.
Como vamos comprobando, la historia podía mostrar diferentes vertientes según fuese contada en el pliego correspondiente por un partidario o por un contrario, pero en cualquier caso se destacaban hechos acontecidos, sucesos notables, controversias que diesen origen a debates, comportamientos heroicos o errores humanos que pudiesen cantarse o narrarse en tono dramático en las plazas y mercados donde el cantor se situaba para vender. Nada mejor para abastecer al público de esos mercados que transcribir y pregonar aquellas noticias o conocimientos que ayudaran a cubrir necesidades humanas tales como la satisfacción de la curiosidad —la natural y la morbosa— o la catalización de las inquietudes despertadas por las corrientes artísticas de cada época. El ciego llevaba papeles impresos con crímenes, acontecimientos, incendios, inundaciones y todo tipo de sucesos sorprendentes y vendibles, pero también con juegos de manos, modelos de cartas de amor, libros de adivinación de sueños, oráculos y hasta oraciones milagrosas o consejos evangélicos. Tal vez por esta razón (o bien porque vendían los evangelios en forma de pequeños amuletos) cuando Valle Inclán hace una acotación para anunciar la aparición de un coplero, escribe: «Asoma en la puerta de la venta un ciego de los que la gente vieja llama aún evangelistas, como en los tiempos de José Bonaparte; antiparras negras, capa remendada y, bajo el brazo, gacetas y romances. De una cadenilla, un perro sin rabo, que siempre tira olfateando la tierra» (Valle Inclán, 1930: 141).
Otra explicación al calificativo de «evangelista» podría ser la de que el coplero, como los ángeles, venía también pregonando nuevas (para el caso no importa si buenas o malas, ciertas o falsas) y vendiendo «evangelios» que se doblarían y meterían en bolsitas primorosamente bordadas para la protección de los recién nacidos. En la Edad Media, y sobre todo a raíz de la aparición de órdenes religiosas de predicadores, como los dominicos o los franciscanos, comenzaron a proliferar los exempla, es decir unos pequeños relatos que se insertaban en los sermones y que servían para adoctrinar entreteniendo. Como pequeñas narraciones que podían dar ocasión para reflexionar o para extraer una moraleja se mantuvieron durante siglos y muchas de las historias difundidas a través de los papeles doblados contenían esa breve doctrina que servía para conocer cómo debían vivir y actuar los seres humanos. La finalidad de la poesía popular es, en muchos casos, crear un manual inmaterial de preceptos para saber vivir y comportarse frente a los demás. Algo que se podría comunicar ejemplificando a través del comportamiento de héroes o de figuras legendarias. Junto al Magisterio de la Iglesia, que siempre buscó en las vidas de los santos la ejemplaridad, se alinean las creaciones o invenciones de la piedad popular y los ribetes legendarios —a veces con resabios de otras religiones anteriores— que configuran finalmente la imagen deseada del santo o santa, del mártir o la heroína, plasmada después en grabados o dibujos para su reconocimiento y veneración.
Por poner un ejemplo de gran antigüedad que algunos autores como Gustave Cohen sitúan históricamente a la par de la Canción de Rolando en Francia, mencionaré la Canción de San Alejo (ver figura 2). Este relato, que según Cohen es una auténtica «epopeya religiosa», que cuenta la leyenda de aquel que:
abandona intacta a su joven esposa la noche de bodas y lleva, por Oriente, una existencia mísera, huye del milagro originado por su santidad y, en harapos, desconocido, halla asilo debajo de la escalera de la casa paterna. No será sino después de su muerte cuando se descubran su condición y su santidad. Entonces estalla el dolor de los suyos, el del padre, el de la esposa, el de la madre, extraña e ingeniosamente diferenciados (Cohen, 1977: 45).

Figura 2. El Bienaventurado San Alejo. Verdadera relación y curioso romance de la vida y muerte del bienaventurado San Alejo. Valladolid, imprenta de Dámaso Santarén, 1855.
La historia de San Alejo también será recogida en la Leyenda dorada de Santiago de la Vorágine, en el siglo XIII. Alejo, noble romano (nacido en tiempo de Honorio el Magno, según dicen algunas fuentes), se casa con una joven virtuosa, a la que pide licencia para ir a Tierra Santa, dejándola a cambio un anillo cuya piedra se enturbiará cuando él se halle en peligro. Entrega todas sus riquezas, vive diecisiete años fuera de casa y, finalmente, regresa de su viaje; va a vivir, vestido de pordiosero, a la propia casa paterna, donde nadie le reconoce y donde residirá hasta su muerte sufriendo resignadamente. Al fallecer, las campanas doblan solas y resplandece la casa; cuando llegan todos, el santo tiene entre sus manos un papel donde aclara quién es. El hecho misterioso y extraordinario de que las campanas doblen solas se produce en la tradición y en los relatos legendarios por múltiples motivos. Uno puede ser por el fallecimiento de un justo a cuya circunstancia se quiere dar relieve por sus bondades o por su vida ejemplar.
En realidad, todas las versiones en prosa o verso parecen proceder de una leyenda siríaca que a partir del siglo VI difunde la existencia de un «hombre de Dios» de vida ejemplar y silenciosa. Las adiciones griegas, persas o bizantinas vienen a añadir más interés a la historia que, al final, llega a España a través del Flos sanctorum de Alonso de Villegas, recogido después por Juan Basilio Santoro, canónigo de Calahorra, propagándose y difundiéndose en numerosas versiones alimentadas por los párrocos en sus homilías. Es fácil, por tanto, que alguna de estas leyendas procediera de los sermones que los ciegos —refugiados en los templos para rezar y pedir— escuchaban a los predicadores en sus habituales fervorines. Luego, esas historias formarían parte de un aprendizaje obligado de los niños invidentes, que se ponían a servir y recibir lecciones de vida de ciegos rezadores mayores que ellos. El lazarillo de Tormes ya habla de un ciego que:
ciento y tantas oraciones sabía de coro, en un tono bajo, reposado y muy sonable, que hacía resonar la iglesia donde rezaba; un rostro humilde y devoto, que con muy buen continente ponía cuando rezaba, sin hacer gestos ni visajes con boca ni ojos, como otros suelen hacer. Allende esto, tenía otras mil formas y maneras para sacar dinero. Decía saber oraciones para muchos y diversos efectos: para mujeres que no parían, para las que estaban de parto, para las que eran mal casadas, que sus maridos las quisieran bien. Echaba pronóstico a las preñadas, si traía hijo o hija. [...]. Con esto andábase todo el mundo tras él, especialmente las mujeres, que cuanto les decía creían (Anónimo, 2006: 70-71).
José Gestoso y Pérez, el erudito escritor sevillano, sitúa en la Sevilla de fines del siglo XV, a 14 de septiembre de 1495 exactamente, la fecha en la que Leonor Rodríguez, mujer de Juan Sobrino, ollero de Triana, de un lado, y de otro Juan de Villalobos, ciego, hacen contrato para que éste se haga cargo de un hijo del matrimonio, llamado Lope, ciego también y de doce años de edad, con objeto de que le sirviera en el oficio de rezar, durante cuatro años: el maestro enseñaría los rezos y oraciones al discípulo y le daría de comer, beber y vestir, casa y lecho. El discípulo le ayudaría en cuanto le mandase, siempre que fueran cosas honestas y factibles.
El investigador Pablo Pérez Constanti encuentra en los archivos de la Catedral de Santiago, un documento donde se refleja el contrato firmado entre Pedro de Coiro, maestro de zanfona, y Juan Vázquez, niño ciego, mediante el cual se obliga aquel, por seis ducados al mes, a enseñar el oficio al aprendiz, «para lo cual le ha de dar sanfonía que toque con yerros tocantes a dicho oficio como se acostumbra» (cit. Díaz, 1996: 24).
Como se ve, no es solo el repertorio lo que se entrega de una generación a otra de ciegos (rezadores o cantadores), sino un modo de interpretar y transmitir, de comunicar en suma. A ese patrimonio de textos y mímicas habrá que añadir un hecho más: la movilidad de los ciegos y su costumbre de acudir cíclicamente a ferias o mercados lejanos, haciendo rutas que a veces duraban una estación del año, lo cual influyó también decisivamente en ese trasvase y difusión de repertorio que sería difícil de comprender de otro modo. A la evolución lenta y natural de la tradición local habría que agregar este aluvión anual de la tradición transeúnte, que inundaba el medio rural con una bocanada de aire ciudadano. La influencia no queda ahí: el ciego tomaba buena nota de crímenes, desgracias, sucesos espeluznantes y tragedias del campo para llevarlos después a las calles y plazas de la urbe. Quien hable todavía de aislamiento cultural para aldeas y pueblos españoles en los pasados cuatro siglos es que no conoce o no quiere conocer las rutas de arrieros, trajineros, buhoneros y cantores ambulantes hasta finales del siglo XIX y, en el caso de los ciegos, hasta bien entrado el siglo XX.
Quienes busquen una explicación al hecho de que un personaje como Rodrigo Díaz —el Cid— haya despertado durante siglos el interés de generaciones y generaciones de lectores y oyentes, deberán recurrir a su distintivo de héroe. Cuando el Cantar se escribe, el Cid ya era famoso y los versos que componen el manuscrito de la Biblioteca Nacional de Madrid son en realidad «las nuevas», o sea las noticias, que de él se dan para quienes deseen satisfacer su curiosidad sobre el personaje heroico. Como todos los héroes, el Cid tiene una personalidad múltiple que se adapta a las épocas, a los cambios sociales y a las conveniencias. Sus genes, su carácter, su comportamiento son, en cuanto humanos, muy cercanos a quienes se aproximen a escuchar los relatos que sobre él se vayan produciendo. Rodrigo suspira, sonríe, llora, sueña, se alegra y hasta reacciona de forma práctica o lógica ante los problemas que la suerte o el hado le plantean. También es mesurado, leal, valiente y bien nacido. Pero además de todo eso, lo que le da una especie de derecho que le eleva sobre el resto de los mortales es su capacidad para asumir el riesgo de enfrentarse a los conflictos, así como su virtud especial para solucionarlos.
Por supuesto que el concepto de «historia» va cambiando y modificándose desde la Edad Media, en que las crónicas aceptaban sin rubor aspectos fantásticos y milagrosos, hasta llegar al siglo XIX en que la verdad trata de abrirse paso entre la maraña de hechos, cuentos y patrañas que llegan de edades pretéritas. Por poner otro ejemplo me referiré brevemente a los amantes de Teruel, narración que según Menéndez y Pelayo proviene de una invención apócrifa de Juan Yagüe de Salas, quien afirmaba haberla copiado de una antigua epopeya fechada en 1217. Menéndez y Pelayo demuestra que el relato es una ficción de Yagüe «que ni siquiera tiene barniz de antigua excepto al principio, lo mismo que antes había contado en su fastidiosísimo poema publicado en 1616» (1961: 27). Los motivos principales de la historia —amor y fidelidad— se trufan antes con otros aspectos que la tradición folklórica va introduciendo y desarrollando. El pliego que muestro está basado en la obra de Hartzenbush, quien respetó el año de 1217 para iniciar la trama.
En fin, que el pliego es un excelente vehículo, con el soporte de una voz adecuada, para difundir historias, discursos, diálogos, coloquios, consejos, cartas e ideologías circunstanciales o de ocasión, sean hechas en tono serio o jocoso. La sátira es un arma en manos de un poeta fértil o de un artista gráfico con ingenio. Véase si no esta estampa que se conserva en el Museo de Historia de Madrid con el tema de Napoleón y sus ambiciones. El emperador se encuentra haciendo planes entre Inglaterra (representada en la cumbre de la sagacidad) y España (en la cumbre de la generosidad). El español, generoso, está en cuclillas diciendo «Allá va eso para prueba de mi aprecio. Perdona la cortedad» y está soltando un montón de zurullos que caen sobre la mesa del francés y le hacen exclamar: «Ah, España ingrata». Un verso en la parte inferior izquierda reza: «El que en el norte triunfó / con la mentira y patraña / al intentarlo en España / ésta en su plan se cagó».
Independientemente de los héroes y las hazañas bélicas, predominan en los pliegos, especialmente en los siglos XVII y XVIII las desgracias habidas en el mar y las escaramuzas tenidas con los piratas, quienes, junto a valientes, guapos, toreros y bandoleros llenarán los dobleces de aventuras. Con la llegada en el siglo XIX de los diarios y periódicos se irá dando entrada a los sucesos siniestros, espantosos, terribles y horrorosos que competirán en interés con los crímenes más atroces y espeluznantes, castigados finalmente con el garrote o con la prisión perpetua.
Al contenido del papel —curiosamente muy pocas veces se escribe «papel» para denominar al pliego doblado—, se van integrando sin dificultad los diferentes géneros en que se desarrollan los temas épicos y líricos: el romance octosilábico y asonantado pero siempre «nuevo», las canciones, los trovos glosados, las décimas, las jácaras, los tangos, los gozos —tanto los de tono espiritual como los compuestos a lo profano en honor del venerado chocolate—, las jotas, las redondillas glosadas, los pregones, los chistes, los disparates, las bromas y todo lo representable, desde aquello que podía «echarse» en el reducido ámbito de un cuarto de estar —como un sainete— a lo que precisaba de una tramoya y unos actores, como una tragedia (ver figura 3). Desde soliloquios dieciochescos debidos a la pluma de Tomás de Iriarte en los que se suicidaba la reina Dido, a Tonadillas que podían ser de don Ramón de la Cruz o del mismo Iriarte pero que se representaban sobre las tablas antes de dar paso al género chico. Pasillos, sátiras o entremeses animaban así, de forma volandera, a asistir a las representaciones para las que se imprimían pasquines en los que se informaba fielmente de todo lo que un espectador ocasional podía contemplar y disfrutar. Son bien conocidas las quejas de los empresarios teatrales por la competencia que les hacían los ciegos al difundir por las esquinas las tonadillas más populares de obras que todavía estaban en cartel. Convertidos en actores de ocasión, los ciegos aprovechaban el éxito de alguna obra teatral para suplantar en la calle a sus protagonistas e introducir «morcillas» que sacaban de quicio a los sesudos dramaturgos. La cultura llegaba a las clases populares, analfabetas en su mayoría por la escasa atención que se daba a los maestros en los pequeños municipios, a través de pliegos cantados o abecedarios recitados. Las, gracias a Dios olvidadas «amigas» escuelas de niñas en las que las propias maestras eran iletradas, parecían paliarse con cartillas, papeles doblados conteniendo las oraciones básicas y algunas nociones aritméticas cuyo privilegio de impresión mantuvo tan celosamente la catedral de Valladolid, pese a los intentos fraudulentos de algunas imprentas para editar y vender ese tipo de documentos. La religiosidad del pueblo español fue el cimiento sobre el que se edificó la proliferación de novenas, salves, himnos, milagros, verdaderos retratos, vidas ejemplares, despertadores y relojes espirituales para el fomento de la devoción, carteles admonitorios, oraciones, estampitas de santos, procesiones que a veces se vendían en tiras para ser recortadas y pegadas en interminables rollos que luego los niños podrían visionar en pequeños teatrillos…

Figura 3. Trovos nuevos para cantarse con guitarra. El cuatro y el tres. Barcelona, imprenta «El Abanico». Hospital 19.
Y hablando de recortables, entretenimiento bien extendido en toda Europa, tendríamos que mencionar los soldaditos para jugar que en Francia fueron objeto de atención en la localidad de Epinal y en España en los talleres gráficos de Bosch o de Paluzie. Los niños imitaban en sus entretenimientos lo que veían en la calle particularmente en el siglo XIX, tan prolífico en guerras, batallas, paradas y desfiles. Tampoco podemos olvidar los ventalles y los abanicos, algunos de ellos hermosamente cromolitografiados para ser pegados sobre el varillaje y aliviar el calor. Las sombras, otro entretenimiento infantil vinculado a la linterna mágica, tenía incluso guiones preparados para acompañar pequeñas obras de teatro, como el de las Tentaciones de San Antonio en cuyo pliego andaban revueltos santos y demonios hasta que la curiosidad infantil los iba separando adecuadamente para que cumpliesen su papel en el pequeño sainete.
Algunas de las primeras aucas catalanas, mallorquinas y valencianas se dedicaron a los juegos de lotería al estilo de los juegos de las suertes medievales italianos y españoles. Si uno compara las imágenes de los juegos de las suertes o de las loterías romanas y sicilianas con las figuras de las primeras loterías españolas comprobará que ahí estaban el sol y la luna, el unicornio y el león, el ciervo y el jabalí, la palma y la sirena, el toro y el corazón atravesado. En algunos casos, curiosamente, también aparecían un mochuelo y una oca, símbolos de los juegos de tablero que se convertirían sin duda en los más populares del Renacimiento. Así como los juegos de adivinación estuvieron perseguidos por la Inquisición en España, los juegos de lotería públicos fueron sistemáticamente prohibidos por el Estado a partir del siglo XVIII, siglo en el que se inventa la lotería estatal como sistema para aminorar la deuda pública y pasan esos juegos al ámbito doméstico, convirtiéndose en distracción de niños o de la familia.
En un panorama tan extenso y peculiar como el que he venido describiendo, donde cabía todo lo imaginable, también había espacio para lo futurible. Sabemos que, a partir del siglo XVI, se hacen numerosísimas impresiones de los libros llamados almanaques, lunarios o reportorios de los tiempos, en los que, tras la reforma del calendario por Gregorio XIII en 1582, se ponían al día todos los conocimientos provechosos y útiles para el ser humano provenientes de diversas civilizaciones: las causas del tiempo y su medida, las fiestas y su cómputo, la historia y cosas notables sucedidas en el mundo, y las señales de la atmósfera, cuya variación o alteración tenía influencia sobre los llamados días judiciales y, principalmente, sobre la aplicación exitosa de las medicinas.
Así pues, los pronósticos y las profecías no podían estar ausentes de este maremágnum que ha convertido este texto en un curioso cajón de sastre, del que espero que salga un patrón digno de un terno ponible y no punible.
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Fecha de recepción: 31 de julio de 2025
Fecha de aceptación: 9 de septiembre de 2025
